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Después del temblor

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 “Una palabra desgraciada es aquella que no llega a su hora”

Albert Camus. Combat. 8 de agosto de 1945

 

Nos hemos acostumbrado al temblor. También a ello nos han obligado. Y no me refiero sólo a las sacudidas corporales ocasionadas por el miedo, y algunas veces, por el terror ante lo que nos sobrepasa. Uno tiembla también en este país, y cada vez más seguido, de ira. Y esa forma de rabia, al igual que el temor, suele traducirse en respuestas ajenas a la racionalidad, y más peligroso aún, a lo razonable. Se trata de una de las más calculadas estrategias diseñadas por esta mafia de desalmados a quienes les ha tocado ejercer, e imponernos, todo el oscuro poder de su resentimiento: esa otra cara de su ambición. Pero esta costumbre del temblor trae consigo cierta comprensión, en la medida en que tantos años sometidos a él nos permiten analizarlo desde la distancia y entender que la constante agresión a la libertad y a la justicia –esa dupla insustituible en toda sociedad civilizada– es la que nos ha privado de dar una respuesta distinta al trémulo estupor. No hemos terminado de acusar un golpe cuando de pronto recibimos otro, y otro, y otro más. Siempre contra las cuerdas, agotados por un mecanismo sistemático de la golpiza. ¿No es entonces esa perversa seguidilla de aturdimiento mental la que nos ha impedido, a quienes nos repugna todo signo de autoritarismo –venga de donde venga–, hacerle frente a las represiones con el único instrumento que, tarde o temprano, terminará por suprimirlas: la inteligencia?

Caer en esta trampa que busca despertar en nosotros lo que éticamente despreciamos en el otro, esto es, la violencia y el odio, ha sido uno de nuestros fracasos más repetidos. No ignoro, claro está, que responder con ponderadas y acertadas acciones a las permanentes humillaciones de quienes conocen nuestras mayores debilidades –los temblores del miedo y la intemperancia–, no es una empresa fácil de lograr. Mucho menos de sostener. Y sin embargo, resulta urgente no olvidar lo que hemos de vencer primero en nosotros para luego defendernos de quienes no ignoran que la vileza también nos habita cuando cedemos a las acciones irreflexivas, a ese instinto feroz que ellos mismos azuzan. Esos espasmos apasionados que solemos confundir con argumentos, cuando no con proyectos de corto y mediocre alcance. No desconozco además que el temblor, por protección o disimulo, puede llegar a transformarse en indiferencia, y a veces en infértil desconsuelo, incluso cuando las pruebas de la ignominia se exhiben sin tapujos. Y ante esta degradación de nuestra vida ciudadana, la única que nos es posible tolerar sin menoscabo de nuestra libertad, la indiferencia de muchos se asemeja no sólo a la indolencia, sino, en casos extremos e insalvables, a una ominosa complicidad.

No resulta entonces impertinente preguntarse sobre el papel que desempeña la voz pública del escritor en esta inmensa escenografía del oprobio. ¿Hasta dónde y hasta cuándo sus opiniones –encendidas o calculadas, rebeldes o complacientes– pueden llegar a trocar los temores en lucidez, la impotencia en compromiso, la rabia en coraje? No creo albergar respuestas claras. Tampoco garantías de que esos cambios pudieran ser posibles o eficaces. Sólo intuyo que esta ausencia de certezas es la que me obliga a exhibir mis dudas antes de que se me vuelvan desolación. Quizás traer a la memoria las palabras de Albert Camus, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1957, me permita abrigar por lo menos la dimensión que podría adquirir ese compromiso: “El papel del escritor no se aparta de los deberes difíciles. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de los que hacen la historia: el escritor está al servicio de los que la padecen... El silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en el otro extremo del mundo, basta para hacer salir al escritor de su exilio, por lo menos cada vez que logra, en medio de los privilegios de la libertad, no olvidarse de ese silencio y hacerlo resonar por los medios del arte”.

Sé que entre la denuncia y el silencio, entre el compromiso directo y el trabajo solitario del creador, hay una infinidad de matices, de razones y concesiones, muchas de ellas respetables. Pero tampoco quiero imaginar que a esta altura de la legitimación de la barbarie, pueda acaso algún intelectual de este país no asquearse ante la gravedad de los hechos recientes que, en apenas una semana, nos dan cuenta de destrucción de libros, persecuciones violentas, acusaciones imaginarias, destituciones aberrantes, y condenas insólitas que pasarán a la historia de las infamias jurídicas de este país. Cuando la justicia asume la genuflexión como principio de obediencia, todos nos convertimos en culpables en potencia. Y la inocencia, a su vez, queda en entredicho. Tolerar esta cadena de bajezas y venganzas por apoyar una ideología política –diestra o siniestra–, o por no apoyar ninguna en virtud de una aristocracia intelectual del silencio, ya me resulta no tanto incomprensible como insostenible, acaso porque se trata de estremecimientos que trascienden el oficio personal.

La historia, en este sentido, ofrece evidencias alentadoras sobre la incidencia que puede tener la voz de un escritor en una sociedad amenazada en sus más sólidos principios. En 1896, Émile Zola, Marcel Proust, Auguste Rodin, Anatole France, Jules Renard, André Gide y Claude Monet, entre otras personalidades de la cultura francesa, conformaron un movimiento extraordinario y firmaron un manifiesto público en defensa de Alfred Dreyfus, un capitán judío del ejército francés, acusado injustamente de traición a la patria, condenado en un juicio repleto de irregularidades y xenofobia, y enviado a una de las prisiones más temibles de aquella época: la Isla del Diablo. De estos intelectuales, Émile Zola fue uno de los que más arriesgó. Su artículo “Yo acuso”, publicado en la primera página de L’Aurora, conmocionó a la sociedad francesa y desencadenó tal revuelo que el caso Dreyfus se convirtió en un símbolo de la reivindicación de los valores democráticos, y además, en una de las muestras más contundentes del papel socialmente efectivo de los intelectuales –palabra que adquiere, a raíz de este caso, el sentido que hoy le asignamos, es decir: el del hombre en búsqueda de la verdad. Tal fue la magnitud de este movimiento, que Alfred Dreyfus fue sometido a un nuevo juicio en el que se probó su inocencia y se le concedió la libertad en 1898. Es cierto que el coraje de Zola le costó persecuciones, cárcel y exilio, pero también es innegable que su enérgica posición le valió, tanto a él como a los hombres que apoyaron y acompañaron su empresa ética, el haber pasado a la historia como un frente intelectual que contribuyó a desmontar un aparato macabro del poder, y a devolverle la libertad a un ciudadano cuya inocencia se volvió una cuestión de honor: nada menos que defender, a partir de un juicio particular, la justicia humana. Estas formas del arrojo vienen a recordarnos además que los totalitarismos no se construyen ni sostienen sobre las virtudes autoritarias, sino sobre las indolencias de quienes aún gozamos de ciertas parcelas de libertad.

Volver a Camus, a la luz de estas remembranzas, quizás ayude a darle forma y sentido a la noción del compromiso que hoy creo requerimos como una urgencia espiritual, pero también, como un motivo transformador: verdadero. En pleno fragor de la II Guerra Mundial, y escritas desde la clandestinidad, sus Cartas a un amigo alemán representan una de las pruebas más significativas del escritor que asume el riesgo de no callar cuando la estridencia dictatorial se hace insoportable. Esas cartas, cuyo ficticio destinatario es un nazi a quien su autor se dirige sin perder en ningún momento la claridad del pensamiento y la certeza de la victoria, tenían, según el mismo Camus, “una finalidad, que era la de echar alguna luz sobre el ciego combate en que estábamos lanzados y, como consecuencia, hacer más eficaz ese combate”. Y esa fue, precisamente, una de las convicciones más arraigadas en la vida de este escritor francés: iluminar a sus lectores, a sus semejantes, sobre todo en esos momentos en los que la noche de la tiranía oscurece y aturde el pensamiento; dar la cara y la voz, ofrecer la palabra encendida, pese a sus propios temblores (y contra ellos), que seguro eran frecuentes en ese ambiente de asco que el nazismo quiso perdurable. La siguiente cita permite comprender la asombrosa vigencia de estas cartas, los paralelismos entre lo que Camus valora y lo que hoy nos toca proteger, pero sobre todo, la urgencia de este tipo de voces que nos remuevan sin aturdirnos, afinando y dándoles forma a nuestros más íntimos rechazos, a nuestros incómodos temblores:

“Mucho teníamos que dominar y quizá, por comenzar, la perpetua tentación que sentíamos de querer imitarlos. Porque siempre hay algo en nosotros que se deja llevar por el instinto, el desprecio a la inteligencia, el culto a la eficacia. Nuestras grandes virtudes terminan por cansarnos. La inteligencia nos avergüenza y, a veces, imaginamos alguna feliz barbarie en que la verdad sería lisa y llana. Pero, en este punto, la cura es fácil: ahí están ustedes para mostrarnos adónde conduce la imaginación y nos lanzamos de nuevo por la buena vía. Si creyera en cierto fatalismo de la historia, supondría que permanecen ustedes a nuestro lado, ilotas de la inteligencia, para servirnos de ejemplo y corregirnos. Renacemos entonces para el pensamiento y hallamos un mejor equilibrio”. 

Lo que he escrito hasta aquí puede resultar un ejercicio utópico. Puede ser y no lo evito. Han sido las utopías del ayer las que han producido muchos de los privilegios ciudadanos que hoy nos son tangibles. No creo que la resistencia intelectual deba entenderse sólo como un proceder contemplativo. Tampoco como una mera formalidad para curarse de la mala conciencia ni como un medio de promoción de obras individuales, y hasta de egos desbocados. Creo que estamos hablando de la necesidad no de salvadores, sabios o mesías del intelecto, sino de la presencia más activa de hombres cuya materia prima es la inteligencia y la imaginación, y que por ese mismo trato detenido con el lenguaje propio y ajeno, cabría desear de ellos una forma más abierta -voluntaria- de compromiso con todos los que, ahora, en este país, viven en el desconcierto, en el extravío emocional y mental, con un temblor irritado, aterrado y solitario.

Por Luis Yslas

7 de abril, 2009

 

comentarios (1) >> feed
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escrito por Libia Kancev, abril 07, 2009

Hola Luis: no creo que esperes que escriba que tú artículo anterior está bien escrito. No quiero ni pensarlo, ni escribirlo y mucho menos decirlo. Simplemente, me causa una tremenda pena el hecho de que TENGAS RAZÓN, DE QUE ALGUIEN TENGA QUE HACER ESTA ESPECIE DE LLAMADO DE AUXILIO. Hoy mismo, he pasado un día de mucha soledad, por ello encendí el televisor: fue Globovisión, un poco para escuchar qué noticias había. Y es literal cuando digo para escuchar pues me dedicaba a realizar algunas tareas pendientes en casa, aprovechando estos días de asueto donde mis hijos la pasan fuera de Caracas (tengo tres hermosos hijos: dos de ellos de apenas 12 y 5 años). Sin embargo, por momentos me resultaba imperativo pararme frente al televisor. Intentaba descifrar la "verdad" de ciertas noticias, moviéndome entre el cansancio, la incredulidad, la servidumbre de muchos diputados de la Asamblea Nacional. la mención de los comisarios y policías setenciados practicamente a "cadena perpetua" con "pruebas" muy cuestionables. Me debatía entre las preguntas de cómo salir de lo que parece una pesadilla no sólo política sino que nos ha salpicado hasta lo profundo de nuestro ser (al menos para mí ha sido así), de qué servía la inteligencia y el conocimiento; me preguntaba, a su vez, qué hacía tanta gente en la Isla de Margarita o en otras partes del territorio nacional o hasta fuera del país cuando el mismo se nos está cayendo a pedazos.

Esta mañana me levanté muy temprano. Quería dedicarme un rato a darle forma a un cuento que escribía para mi hija menor, basado en la torpeza de discriminar a alguien por su color de piel. Luego, algo me desvió de este objetivo y vino todo lo que te cuento en el primer párrafo, posterior a lo cual decidí ir a dar una vuelta. Regresé y recordé tú programa de radio. Oí, muy por encimita, algo de lo que decían acerca de los minicuentos pero, definitivamente no estaba de ánimo. Enciendo la computadora para "ver que hay" y zas, me topo con tú artículo, con el Yo acuso de Zola y las Cartas de Camus. Exclamar "¡Por Dios!", es lo que me queda en este instante. L.

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