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A Basilio Álvarez Basilio y el agua
Entrevistado por Enza García
Basilio terminó de grabar en Venevisión y llegó a la torre Corp Banca con dos botellas de agua saborizada. Porque no le gusta que el agua no tenga sabor. Entonces se alegró mucho de que esa agua exista, porque lo otro es andar con un limón en el bolsillo. Subimos al pent-house, a la sala donde Daniel Sarcos, dirigido por Basilio, cuenta que su vida no es tan sensacional. Basilio apagó el celular y tomó agua. Yo destapé mi botella y también tomé. Le di play al grabador.
¿Quién es Basilio Álvarez?
Es una persona compleja (risas), según las referencias que recibo de la gente. Quizás la mejor definición que puedo tener a estas alturas es que soy el padre de Miguel Ángel, que es lo más claro que tengo en la vida. Miguel Ángel es mi hijo de ocho años, y es el sentido de mi existencia. Es la sabiduría que llega, porque desde su sencillez y su sensibilidad me enseña muchas cosas. Y gracias a Dios es una parte de mí que vuelve para enseñarme lo que tenía olvidado. Lo otro es que Basilio Álvarez es una persona que hace mucho teatro, que tiene un grupo que se llama Skena que cumple 30 años en octubre, que ha tratado de llegar a través de las artes escénicas a la gente más joven con talleres en diferentes colegios e instituciones culturales. Por lo demás, de Basilio Álvarez no tengo una definición muy clara.
¿Le hace falta teatro al venezolano?
Tal parece que sí y mientras más pasan los años, más le hace falta. Estamos presenciando un boom que es el resultado de años de trabajo, pues el público está asistiendo en gran cantidad. Hace 15 ó 20 años, uno podía decir que el entretenimiento por excelencia del venezolano era el cine, pero siento que el teatro en los últimos años ha hecho falta porque el venezolano es más cariñoso, más apegado. Y yo creo que eso tiene que ver más con el teatro en su esencia. Porque el venezolano, más que ir a una discoteca de efectos especiales y música que también va, es más de tener contactos humanos, de hacer una fiesta en una casa o en una azotea, de tener abierta la puerta y salir juntos, y el teatro, a diferencia de las demás convocatorias, es eso, un contacto personal, una vivencia participativa, donde hay unos actores en un escenario que posibilitan esa convivencia artística.
¿Qué perdemos, entonces, cuando perdemos un espacio como el Ateneo de Caracas?
Perdemos una casa, porque ese es un sitio de reunión, según como yo entiendo las cosas. Perdemos un lugar donde existe una familia que convoca. Es como si tuvieras un amigo y éste te dijera que se va a Australia, entonces tú no sólo sientes que se va la persona, sino también lo que generaba esa persona, que nos reuníamos los jueves en la noche a leer, a escuchar buena música. De manera que si se va el Ateneo perdemos lo físico y lo material, que son las estructuras, pero también perdemos un sitio mágico que tiene una vida, una historia, un ser viviente que generó una convocatoria de público y de artistas. Por ejemplo, Carlos Jiménez, quien hizo muchos espectáculos que cambiaron el rumbo del teatro, no sólo venezolano, sino latinoamericano con Rajatabla. Y al mismo tiempo, grandes maestros que emigraron de otros países por la dictadura, como Juan Carlos Gené de Argentina, Horacio Peterson de Chile, Hugo Ulive de Uruguay, hombres que tuvieron que huir de países donde no tenían libertad y eran perseguidos, para llegar a una nación donde su trabajo artístico pudo desarrollarse precisamente en el Ateneo de Caracas. Así que mi mayor miedo es que si lo perdemos, este lugar se convierta en lo que hoy en día es el Celarg o el Teresa Carreño, en los que sólo hay cabida para una sola forma de pensar, donde ya no pueda ir el amigo, el enemigo y el que te cae mal. Y esto va más allá del pensamiento político, tiene que ver con el respeto humano. Porque además el pensamiento político no tiene nada que ver cuando hay un espacio artístico para que la gente se exprese. Hoy es el Día Internacional del Teatro, y están estas palabras que dicen que ciudadano es el que transforma, pero ese discurso no me llenó, me pareció que hay algo que va más allá. Porque pienso, por ejemplo, en mi papá y mi mamá, unos seres que hicieron sólo tercer o cuarto grado de primaria, que no tienen una educación formal ni un pensamiento político demasiado formado, sino que son inmigrantes, y vinieron a este país, y levantaron una familia trabajando como burros. Quizás no se les pueda decir que transforman la sociedad, pero su contexto humano ha generado felicidad y belleza, y creo que eso significa algo, que son más valiosos que muchos otros seres con una formación de pensamiento político.
Pero es que además te dieron vida a ti, que sí tienes una herramienta de transformación
Exacto. Lo que pasa es que de algunas discusiones a mí lo que me quedan son frases en la cabeza. Cuando empezó todo esto, en el 2002 ó 2003, yo me decía que estaba pasando algo que no pasaba antes, que todo el mundo estaba asumiendo un pensamiento político, todo el mundo se estaba preocupando por asumir una posición. Entonces la escritora Perla Farías dijo ¿No sería más sano que nuestros hijos también tuvieran opción de no tener que escoger una posición política? Ah, no sé, ahí está el asunto.
¿Qué te decepciona?
Me decepciona la injusticia, la falta de solidaridad y la falta de vergüenza. Que las cosas se hagan y ya. Porque le gente puede equivocarse, tomar malas decisiones o ambicionar cosas que no deben ser, y uno puede entender eso perfectamente. Incluso puedo entender que una persona actúe mal por una necesidad específica, pero de verdad me decepciona que una persona lo haga y no tenga vergüenza ni respeto, ni ética. Y en el país eso es lo que más se siente, esa falta de vergüenza, de pena. Ese exceso de descaro. Qué sé yo, hace 20 ó 30 años también se hacían cosas malas y la gente pasaba por encima de los demás, pero creo que sí había esa cosa de ocultar su rostro porque sabía que estaba haciendo algo malo. Pero ahora no. Ahora los ves caminando por ahí.
¿Qué personaje de la literatura te gustaría ver sobre las tablas, que no fuera de una obra de teatro?
Sancho Panza. Es un personaje que me gusta mucho por lo que te decía hace un momento sobre mi papá y mi mamá, que son gente muy real, sin ambiciones intelectuales o utopías. Sancho es un personaje muy apegado a la tierra. Siempre he estado pendiente de él, porque se han escrito varios monólogos, aunque no me han gustado mucho los que he conseguido.
¿Y si escribes tú el monólogo?
Podría ser, pero habría que trabajar burda (risas).

¿Te sientes unido a esta tierra?
Sí, pero tampoco puedo negar que me siento unido a la tierra de mis padres. Ellos son asturianos. Hoy precisamente le comentaba a Marisa Román que quería ir con mi hijo de vacaciones a los pueblos de mi papá y mi mamá. Unos pueblos separados por un valle. Unos pueblos ganaderos del campo adentro, con muchos sembradíos, donde se dedican a la leña y a la leche. A mí me tocó cuando tenía 6 ó 7 años estudiar un año completo allá, porque los hermanos de mis padres, que también eran inmigrantes, tuvieron que volver a construirles una casa a mis abuelos. Entonces hicieron la casa, con lo que habían ganado aquí y en el resto de América. Esos meses a mí me tocó estudiar en el campo, donde ni había cuadernos, porque hasta tuve que usar una pizarrita y tiza, y llevar a las vacas al prado y ordeñarlas toda la mañana a las cinco, y esperar al camión que recogía la leche. También nos dedicábamos al maíz y por las noches nos pasábamos sacando los granos de la mazorca para después hacer la harina. Siento que eso me marcó mucho, y tiene que ver con mi manera de ver al teatro, como una reunión alrededor de la fogata, una convocatoria como cuando se reúne mucha gente en el ático de una casa para cenar. Estoy arraigado a esta tierra porque todo lo que he hecho, lo he hecho aquí. Pero siempre hay una cosa de infancia en las obras que dirijo y en las cosas que he escrito, que tiene que ver mucho con esa raíz que no es mía, porque yo nací aquí en La Candelaria, en la Cruz Roja, pero como tuve esa experiencia, pues tengo eso tan arraigado con España. No de gratis muchas de las obras que monto en los talleres, desde hace más de 20 años, son españolas. ¡Ay, Carmela!, que la acabo de hacer, es una de las obras más importantes del teatro español.
Llegado a este punto, hice un veloz repaso: las preguntas acertadas o tontas que he hecho en otros momentos, los rostros, los discursos. Pensé que Basilio no tenía un discurso, que sólo era él, que llegaba diciendo que no le gustaba que el agua no tuviera sabor. Eso me puso un poco nerviosa, aunque más bien fascinada, porque entonces me preguntaba con cuál otra verdad me iría a salir. Y no se me ocurrió otra cosa que preguntarle...
¿Qué conoces de la literatura venezolana?
De la literatura venezolana lo que más conozco es la dramaturgia: Leoncio Martínez, Rengifo, Cabrujas, Chocrón, Chalbaud. Pero de la literatura a la que te refieres, bueno: Gallegos, pero en realidad no hay nada mío realmente arraigado a la literatura local porque no la conozco. Aunque con la obra de Úslar Pietri me pasa lo siguiente: yo estudié Física y Matemática y desde pequeño siempre me gustó la educación. Durante 10 años di clases de Matemática y Física, y de Cálculo en la UCAB, y coordiné esa área en el colegio Champagnat en Caurimare, sólo que por las tardes seguí en paralelo el teatro. Entonces me identifico con los ensayos educativos de Úslar por esa parte docente que también me acerca mucho a los trabajos de Simón Rodríguez.
Háblame más de Skena, a propósito de la educación.
Nace el 13 de octubre de 1979 y por culpa de Skena es que estoy aquí, porque yo desde niño tuve muy claro que quería ser profesor y enseñar en el campo de la matemática, que era lo que más me gustaba. De hecho, a mi hijo le pasa lo mismo, la matemática le surge hasta jugando cartas o dominó (risas). Pero Skena surge cuando yo estaba en cuarto año de bachillerato. Por ese entonces, unos ex alumnos hicieron una convocatoria para formar un grupo de teatro en el colegio. Yo no les paré ni media bola porque a mí el teatro me resbalaba, no había visto una sola obra en mi vida. Pero cuando salieron, le dijeron a Eva Briceño, una muchacha que mí me gustaba mucho y a la que no sabía cómo acercármele, Eva, tú no puedes faltar. Y eso fue lo único que yo escuché, y pregunté qué por qué, que de qué hablaban, que a qué cosa no podía faltar ella. Entonces me dije: Si Eva no puede faltar, yo no puedo faltar. Y ese viernes fui por eso, y Eva no fue, y nunca fue, pero ese viernes me fue tan bien, que me apasioné. Dos años después empecé a dirigir el grupo y me senté a hacer un proyecto de teatro, porque no quería que fuera algo esporádico como suele suceder; estaba pensando en un taller que se hiciera todos los años. Y se logró instalar, y ya va a cumplir 30 años formando gente que sigue dando talleres. Tenemos seis en este momento que trabajan con 40 ó 45 adolescentes: uno funciona en el Trasnocho, otro en el Ateneo, dos en el Champagnat, uno en el Madre Matilde de Prados del Este y el otro en el Concepción de Terrazas. Y es un trabajo que empieza en octubre, los muchachos reciben formación y al final terminan montando una obra, algo que tenga una calidad bastante sólida dentro de las posibilidades, porque la idea tampoco es formar actores, aunque muchos salen de allí. La idea del proyecto es algo en lo que yo creo: el teatro como una gran excusa para formar buenas personas.
Me diste la respuesta sin hacerte la pregunta
Ah, bueno Entonces es eso, el objetivo principal de Skena es usar las artes escénicas para sensibilizar al adolescente venezolano, para hacerlo más ético y que tenga más mística. Y muchos de ellos siguen en otros campos, pero terminan siendo personas muy imaginativas y sensibles, cosas que aplican en sus respectivos campos.
Bueno, ahora la última pregunta
Ajá
¿Cuál es el personaje qué más quieres?
¿El que más quiero? De los que he hecho, ¿no? Porque si no digo Miguel Ángel Uhmmm, bueno, a todos los quiero. Pero haciendo un recorrido rápido A ver, hay un personaje que hice aproximadamente hace como 13 años, en Esperando a Godot. Estábamos Iván Tamayo, Alejo Felipe, Julio Mota y yo. Y a mí me tocó Estragón, que en la obra le dicen Gogo Fíjate, de esta otra obra (señala el escenario frente al que estamos sentados, el de Mi vida no es tan sensacional), que la dirijo yo, la gente me dice: pero bueno ¿a Daniel Sarcos? Pero es que a mí me gusta el trabajo del teatro porque te atreves a descubrir algo nuevo. Una obra está escrita, tú la materializas y te sorprendes, puede o no ser así, porque mañana la montas, qué sé yo, en Chile, y sale de otra manera. Y lo mismo que me pasa con una obra, que es ensayarla varios meses, para descubrirla y materializarla, pues también me gusta sentirlo al trabajar con gente que quiere actuar pero que no son actores de teatro, y que tienen una inocencia para acercarse al hecho teatral que es muy bonita. Y cuando uno es profesional es difícil recuperar esa inocencia, por eso me gusta trabajar con adolescentes. Y te cuento todo esto a propósito de Estragón, que fue como el gran personaje que me tocó hacer, el primero que de verdad me creí y que no me importaba si había o no un público allí, porque ése de verdad era yo.
Entonces me reí y le dije a Basilio que eso era muy bonito, y él se rió con una risa enorme y pura. Al día siguiente lo vi interpretando a Iván en Art, el bufón al que todo el mundo olvida, y salí ligeramente fanatizada por el hombre al que no le gusta que el agua no tenga sabor.
27 de marzo de 2009
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