La ciudad y los libros
Crónicas
La crónica latinoamericana Notas desabotonadas. La crónica latinoamericana
Texto leído en el evento de ReLectura, Periodismo y Literatura, el 29 de noviembre de 2008. Invitados: Sinar Alvarado y Boris Muñoz.

Ya que últimamente me han invitado a hablar de cualquier cosa, menos de lo que de verdad sé un poquito, aprovecho para darle las gracias a ReLectura y, en particular, a Rodrigo Blanco, por la genial idea de fraguar, junto a Sinar Alvarado, este encuentro en el que por fin me tocará conversar sobre algo que es mi pasión. Una pasión a la que de paso le he entregado horas de estudio y de escritura.
Quiero comenzar esta breve intervención recordando algo que me pasó hace apenas dos días. Estaba en un restaurante con dos amigos. Uno de ellos es mi compañero de gandulerías, el poeta Ezequiel Borges, y conversábamos precisamente acerca de este evento. Ezequiel me habló de la crónica de un peruano que había venido a Caracas y se la había pasado en un taxi. De modo que era una crónica urbana desde el punto de vista de quien recorre la ciudad en un carro y basada en los testimonios de los taxistas. Luego de relatarme lo fantástica que era, me imprecó: Tienes que incluir más crónica en Exceso. Me quedé mirándolo sin decir nada. Él se volvió hacia mí y, con ese tono de profeta con el que quiere hacerle honor a su nombre, añadió: La crónica es el presente, es el pasado, es el futuro y es el ser del ser de la literatura latinoamericana. Sin la crónica seríamos murciélagos sin radar, porque un murciélago sin radar está jodido.
Ya que, según veo, la crónica está otra vez de moda, empezaré desglosando la declaración de Ezequiel para desde allí construir un posible argumento sobre esta forma definitoria de nuestra literatura. Empezaré por lo más rimbombante, eso del ser del ser de la literatura latinoamericana, luego me referiré a los murciélagos y al final recobraré el principio: Tienes que incluir más crónica en Exceso.
La arqueología del presente
Es evidente que no le falta razón a quien afirma que la crónica es el ser del ser de nuestra literatura. Repasemos algunos ejemplos.
Si nos remontamos al paleolítico de la crónica, es decir, a las Crónicas de Indias, hayamos un corpus notable de la escritura urbana en nombres como Bernal Díaz del Castillo, Guamán Poma de Ayala, y el Inca Garcilaso de la Vega también conocido como el primer mestizo biológico y espiritual de América y Príncipe de los escritores del Nuevo Mundo, cuyos Comentarios reales fueron proscritos por sediciosos y peligrosos. O nuestro José de Oviedo y Baños, quien también hace gala de una escritura ambivalente que exalta la conquista española y a la vez denuncia su enorme salvajismo.
Además, la crónica contribuyó muchísimo al primer gran parto de la inteligencia literaria americana con el Modernismo. El poeta, héroe y grafómano cubano José Martí es probablemente el primer escritor que se plantea el problema de nuestra modernidad urbana y lo hace a partir de crónicas neoyorquinas que son gemas de la prosa, pero también densas reflexiones sobre el problema de la sociedad capitalista. La progenie de Martí fue amplia y brillante, empezando por Rubén Darío, Gutiérrez Nájera y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, uno de nuestros más grandes y subestimados flâneurs.
Del Modernismo a nuestros días, cuando aparece la telenovela y se convierte en otra fuente de ingresos, la crónica ha sido uno de los métodos más favorecidos por el escritor latinoamericano para no morir como artista del hambre aunque a duras penas. Si queremos poner a prueba la tesis, pensemos solamente en algunos nombres al vuelo como César Vallejo, Roberto Arlt, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Tomás Eloy Martínez y, más tarde, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Juan Villoro. Inclusive, Tomás Eloy Martínez sitúa el nacimiento del nuevo periodismo latinoamericano con la llegada a Maiquetía de Gabriel García Márquez los primeros días de enero de 1958, poco antes de que Marcos Pérez Jiménez perdiera una maleta llena de dólares mientras abordaba a toda prisa el avión Vaca sagrada.
Sin embargo, hay una diferencia entre los primeros mencionados y los segundos. Para García Márquez, Vargas Llosa o Martínez, la crónica fue, por mucho tiempo, una vía de mantenimiento y, en el mejor de los casos, una forma de calistenia prosística con sus exigencias ideológicas, políticas y estéticas, por supuesto. Pero Monsiváis, Poniatowska y Villoro han hecho de la crónica el medio de expresión que mejor los emblematiza como autores.
Ahora bien, hay otra diferencia que tiene que ver con el lugar del escritor en la sociedad. Por mucho tiempo, el periodismo se vio como una distracción ominosa para el escritor, un oficio menor y bastardo que lo doblegaba y lo hacía servil a la realidad. Basta recordar que en el cenit del boom latinoamericano, Vargas Llosa pronunció aquí en Caracas su célebre discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos, La literatura es fuego, en el que clamaba a voz en cuello: La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Y más adelante agregaba: Nuestra vocación ha hecho de nosotros, los escritores, los profesionales del descontento, los perturbadores conscientes o inconscientes de la sociedad, los rebeldes con causa, los insurrectos irredentos del mundo, los insoportables abogados del Diablo.
Compartida por otros grandes escritores, esa visión hizo que durante mucho tiempo la crónica fuera desdeñada a recopilaciones azarosas que no revestían un particular orgullo para sus autores. Pero si uno piensa en la capacidad subversiva, la carga de denuncia, descontento y perturbación que dejan libros como Operación masacre de Walsh, La pasión según Trelew de Martínez, La noche de Tlatelolco de Poniatowska o el mismo Relato de un náufrago de García Márquez, no queda otra que concluir que también la crónica es fuego.
Me atrevo aquí a arriesgar una opinión a contracorriente: la crónica ha pervivido en los escritores no sólo para mitigar su hambre, sino también porque es la forma que mejor los vuelve contemporáneos de su público. Tal como la definía Susana Rotker, la crónica debe tanto al proceso de profesionalización del escritor ocurrido a fines del siglo XIX como a su curiosidad. En ese sentido, no hay mayor diferencia entre Martí y Caparrós o Skónik y Meneses. Para todos ellos se trata de una forma de escritura que les permite indagar en la realidad y hacer lo que Rotker llamó la arqueología del presente. En esa medida, la crónica es, efectivamente, el ser del ser de la literatura latinoamericana.
Ahora vamos con los murciélagos
Villoro dice que la crónica es el ornitorrinco de la prosa y separa sus funciones en 7 características. No las voy a detallar, pero diré que si la crónica es como un ornitorrinco el cronista se parece más a un murciélago. En realidad, los cronistas son los X-Men de la prosa.
¿Por qué? Porque a pesar de ser mamíferos como la mayoría de los animales terrestres no quiero implicar aquí que la mayoría de los periodistas sean unos animales terrestres, vuela. Volar, en este sentido figurado, significa usar el lenguaje para conferirle a la escritura cierta altivez verbal y un uso de la imaginación que la hacen literaria. Eso, y no otra cosa, es lo que se le pide al cronista, aun cuando hoy se vea sometido a unos niveles de exigencia y rigor periodísticos mucho mayores que en el pasado.
Los peligros de la moda
Y cuando me dicen tienes que incluir más crónica en Exceso, pienso enfáticamente en los peligros de la moda. Hoy todo es crónica: Idea crónica se llama un libro argentino que reúne crónica con poesía. Desde luego, una y otra no son antagónicas; pueden convivir, de hecho lo hacen, en el espacio literario. Sin embargo, hoy casi cualquier cosa es crónica, un recurso en torno a cualquier cosa sobre la cual los aspirantes a plumíferos deciden derramar su tinta sin el menor escrúpulo ni rigor. Como editor, cuando me proponen una crónica tuerzo los ojos. ¿Qué es una crónica? Por lo general, se piensa que es el tipo de escritura más apto para la nadería y el ego-trip. Creo que la crónica necesita conjugar la mirada subjetiva con una experiencia transubjetiva y, en ese sentido, una experiencia colectiva. Su importancia debe trascender lo meramente subjetivo y conectarse, por algún lado que a veces resulta ser un ángulo imprevisto, con un interés colectivo. Sólo así puede revelar ese lado oculto o poco visto de las cosas y transmitirlo al público. Cuando digo esto me viene a la mente una breve crónica que leí recientemente. Se trata La cárcel del amor del colombiano José Alejandro Castaño del libro Zoológico Colombia. A partir de una serie de visitas a una cárcel que alberga prisioneros de ambos sexos, Castaño le da una dimensión universal al drama de la relación entre privación de libertad y amor o necesidad afectiva. Es evidente que este tipo de intensidad no se da todos los días, pero también queda claro que el cronista supo darle a la situación y los personajes su justa dimensión, y entender que tejiendo las historias de los prisioneros podía alcanzar una resonancia que una sola historia difícilmente habría alcanzado. En ese caso, a mi juicio, hay claramente una crónica. Por eso, cuando se me proponen textos a los que se pretende llamar crónicas soy celoso y hurgo justamente en ese ángulo de la dimensión. Si, por mínima que sea la historia, la situación o el personaje al que se quiere llevar al papel, lo contado contiene ese elemento de experiencia que le da un carácter transubjetivo, pues le doy la bienvenida. Sin embargo, para lograr una buena crónica hace falta no sólo talento y buena pluma, sino también una gran dosis de capacidad de observación de la realidad y de cierta disciplina de la mirada. Diría que hace falta una buena dosis de un tipo de entusiasmo especial, porque se trata de un entusiasmo disciplinado y crítico a veces hasta escéptico ante lo que se ve. Pero esa suma de elementos sólo aparece de vez en cuando
Por Boris Muñoz
29 de noviembre de 2008
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