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Sobre El lector

 

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Últimamente he pensado en Josef K. En vano, he tratado de descifrar los silencios de Kafka. Josef K, de alguna forma, miente. No es ingenuo; él sabe por qué lo persigue la justicia. Para ganar adeptos a su causa buscó la complicidad de un sólido testigo: el lector. Tengo la sospecha de que Max Brod incineró la nota introductoria de El Proceso –esa novela costumbrista. De haberse conservado ese hipotético prefacio sabríamos que Josef K mentía… Este ejercicio retórico –reflejo de pobreza creativa y esquizofrenia literaria– fue motivado por el cine. La cuestión kafkiana, con melancólico soundtrack de Nico Muhly, apareció durante los créditos de El lector (Stephen Daldry, 2008).

ImageHe visto en estanterías la novela de Bernhard Schlink. El perfil de Kate Winslet aparece en el centro de la colección extranjera –formato gualda– de Anagrama. Mi condición de fetichista literario impone severas reticencias. No me gusta comprar libros en cuya portada aparece el cartel de la adaptación cinematográfica. No he podido leer, por ejemplo, la Expiación de Mc Ewan ya que Anagrama decidió etiquetar el texto con la cara de Keira Knightley. Otorgar rostros de actores y actrices a personajes es una actividad que me resulta incómoda. Los personajes, sencillamente, tienen múltiples fisionomías. Dejando a un lado esta digresión justifico, entonces, mi culpa: No he leído la novela de Schlink. En esta BUTACA, sin embargo, expondré algunos comentarios relacionados con la versión cinematográfica de Daldry.

La tragedia de Hanna Schmitz motiva una catarsis inconclusa. La cuestión ética sostiene un argumento ante el cual es difícil tomar posición. Stephen Daldry explora esa dificultad con lucidez. El personaje principal es tragado por una moral de etiquetas. Ante las paradojas y contradicciones de lo público, el director apela al individuo. Es allí donde está la riqueza de El lector. Esta es una película íntima. El entorno social es sólo un espacio de biombos y tramoyas. Daldry se centra en la persona. El destino individual, más que la responsabilidad ante la ley, es el núcleo de la desgracia.

El lector es un díptico en el que se confrontan el amor y el poder. La primera parte del filme establece el vínculo entre los protagonistas. Hace pocos días, en sobremesa de comida china, una amiga, actriz de teatro, desempleada y aspirante a la gloria, me contaba que sólo se desnudaría en pantalla ante un director como Stephen Daldry. Y es que Daldry, como mostró con Las Horas (2002), es un intérprete privilegiado de la ontología femenina.

El discurso erótico sostiene la trama. Los cuerpos esquivan habituales retóricas. Hanna Schmitz (Kate Winslet) y el joven Michael Berg (David Kross) son amantes normales. La sexualidad entre los protagonistas proyecta una belleza ordinaria. El deseo se presenta como algo rústico, humilde. Hay naturalismo en el tacto, en la curiosidad del imberbe, en el aprendizaje sentimental y físico. El lector es un elogio a la piel. En este film, hombre y mujer proyectan una desnudez que el cine norteamericano –a favor de un erotismo pobre– suele sacrificar.

La película propone una cuestión interesante: el potencial erótico de la lectura. La literatura aparece como un preludio hardcore. La Emilia Galotti de Lessing se convierte en una especie de juguete de la cadena comercial Kamasutra. La dama del perrito de Chéjov se transforma en fascinante fetiche. La dialéctica sexualidad-lectura es el eje narrativo. Michael Berg (David Kross/ Ralph Fiennes) es un buen lector y esa cualidad es la que le permitirá convertirse en amante. Los párrafos de Tolstoi sustituyen el contacto. Hay humedad en la palabra, ansiedad en el significado y vigor en la metáfora. La lectura de El amante de Lady Chatterley expresa una tensión erótica ingenua y lasciva. La escena es preciosa. Lawrence habla a través de la tímida voz de Michael. Hanna Schmitz atiende al relato. No le gusta lo que cuenta pero estéticamente cede, quiere saber más, desea saber qué pasa, qué sigue. El libro se presenta como una forma irresistible de lujuria.

Me gustó El lector. Sé que Daldry –como la mayoría de los directores de talento– es creador para auditorios selectos. Sus películas proyectan un perfil intelectual que, en ocasiones, resulta aburrido y pedante. Su obra, en igualdad de condiciones, es susceptible de pasión y de rechazo. Asumiré el riesgo –a pesar de la censura inevitable de los puristas– de compararlo con Bergman. Hay fragmentos de Bergman. Hay ideas de Bergman. Las horas, en este sentido, resulta más sueca –más impenetrable. Hanna Schmitz me recordó a la Liv Ullmann de Persona (1966). El modelo de Daldry, claramente, responde a otras intenciones y a otro contexto pero la ambigüedad del individuo, la duda, el concepto del deber, el error, la culpa y la indecisión son argumentos que, a mi juicio, interesan a Daldry e interesaron al maestro de Malmö.     

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El complemento del díptico presenta el problema del poder –la confrontación con lo público. Cuando Michael Berg se enamoró de Hanna Schmitz pensaba que ella era una persona normal. La normalidad supone un pasado simple, un trabajo convencional, una familia cualquiera y una rutina transparente. Hay una diferencia significativa –que habitualmente se confunde– entre el silencio y el engaño. Cuando el personaje de Kate Winslet decidió apropiarse la virginidad del muchacho pensó, probablemente, que su decisión no tendría mayores consecuencias. Aparece, entonces, la Historia, el reclamo, el señalamiento. Surge esa figura abstracta y contradictoria que, en criollo, solemos citar como «la gente». La multitud, como acostumbra, lo disgrega todo. Desaparecen los nombres propios y aparece la ley. El tribunal sustituye al cuartucho miserable. El jurado y la opinión pública dirán que Hanna Schmitz es culpable. Michael colapsa. Individuo y muchedumbre no sintonizan. El lector, en este contexto, recrea la estructura convencional de la desgracia.

Es probable que, con el paso del tiempo, olvide el argumento de El lector. No es una película que me haya generado fracturas irreparables. Sin embargo, será difícil olvidar algunos planos de Kate Winslet en la sala de baño. El agua estancada transparenta su pecho. La mirada cansada hace preguntas silentes, personales y ajenas. Hanna Schmitz, en esa tina funghi, aparece como una versión moderna de la nobleza salvaje. Su desnudez presenta a una mujer inocente. Ante la sociedad esa nobleza se extingue. Las circunstancias la obligaron a tomar decisiones complicadas. Su relación con el mundo representó su condena.

Desde el inicio de El Proceso Josef K se presenta como un personaje incomprendido. No entiende por qué lo solicita la justicia. No se sabe cuál es su delito. Por más de noventa años el lector occidental se ha conmovido ante esta incertidumbre. Se habla de la burocracia, de la maldad del sistema, del orden repulsivo del mundo. Sin embargo, vale la pena preguntar: ¿Y si Josef K, a diferencia del lector común, sabía cuál era su culpa? Hanna Schmitz, sin duda, sabía lo que callaba. Ese silencio posibilitó la tragedia. La comparación con El Proceso, como comenté al inicio del texto, fue una relación inevitable que surgió al salir de la sala. La triste historia de Michael y Hanna me hizo pensar en los silencios de Kafka; del Kafka, verdaderamente, culpable.

 

Por Eduardo J. Sánchez Rugeles

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comentarios (1) >> feed
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escrito por Jefe Górgory, abril 05, 2009

Eduardo. comulgo plenamente con tu aversión hacia los libros con portadas de cine (apelar al coco pelado de Marlon Brando para vender "El corazón de las tinieblas" me resulta francamente una artimaña chapucera). Confieso que no he visto la película (Detesté a más no poder ese bodrio hipervalorado de "Las horas"), pero la presencia de la Winslet (soy fan incondicional, desde que me quemo las retinas en el "Hamlet" de Branagh), seguramente hará que cambie de opinión.

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