Ovidio: Amor y exilio

Ovidio desterrado de Roma. William Turner
En los albores del Imperio Romano, sometidas las rebeldías y guerras civiles, se propició un fenómeno literario que haría brotar una nueva rama en la tradición. La era dorada de la poesía latina se funda en tres poetas cuyas voces zanjaron una ruta inexplorada bajo la protección de las imágenes antiguas. Los cantos latinos fulguran novedad ante la poesía más remota, pues en ellos se configuran los mitos para abrazar los tipos heroicos, quimeras e ideales de un orden social jamás visto. Virgilio cantó el nacimiento del imperio, y con él, las formas de la épica se volvieron más narrativas al quebrar el orden circular del relato; Horacio escribió versos morales que enaltecían el carácter del romano, y lo identificaba en el mundo frente a los griegos que no deseaban hacer nada más que adorar (Horacio, Ars Poetica, V323). El tercer nombre de este triunvirato fundador es quizá el más moderno de todos, pues en la lectura de su obra podemos encontrar una serie de elementos que constituían una separación del perfil del poeta clásico. Ovidio explora la poesía de una forma distinta. Nunca será sólo poeta, sino que a su vez será un poeta confesor de sus pasiones, o un poeta médico que tratará de aliviar el pesar de sus lectores. En sus escritos encontraremos (y cuando él lo niegue todavía lo podremos sospechar) numerosas referencias autobiográficas que, entrelazadas, nos trazarán el viaje épico de sí mismo como héroe de su propia obra. Amores Amores es un libro sobre la fragilidad del hombre enamorado. En él se descubren los reveses de su alma causados por la gran ilusión. El tono patético con el que Ovidio nos expone imágenes de gran belleza puede desconcertarnos. Los lamentos de amor se convierten en una compleja experiencia que detalla cada aflicción del hombre ante la belleza de la amada. Ovidio no va a cantar la belleza de la mujer-madre, tampoco de la bruja que está sujeta al camino de la mística, con el vientre ardiente de deseos y ambiciones. Por el contrario, va a ser el primero en hablar e idealizar el amor sin mitos, la belleza mundana y sus consecuencias reales. No hay una verdadera tragedia que aglutine la experiencia del amor. La tragedia flota en el alma de los personajes, pero no en la experiencia misma. Son los amores del hombre común. El atractivo de Corina no tiene las implicaciones del de Helena. Mientras que la espartana es presa de su bendición (lo que alude al sentido trágico), la romana es libre de vivir sus atributos a su antojo. Bajo este signo, la épica de Ovidio no es sobre la guerra de muchos, sino sobre la guerra de un hombre. La metáfora no recurrirá a las grandes imágenes que reflejan luz sobre los corazones de los héroes, sino que se concentrará en mostrar aquello que está a la sombra de la deslumbrante grandeza: resaltar los aspectos débiles de un hombre que no puede amar sin anularse a sí mismo. La poesía de Ovidio es la poesía del hombre débil. Cuando leemos a Virgilio, vemos a un poeta que busca en las imágenes del pasado las formas que se perpetúan en un canto que alude a la grandeza del hombre. En los versos de Ovidio se sostiene también la tradición mitológica, pero sus versos ostentaran la magnificencia olímpica para revelar la fragilidad de las emociones humanas. El corazón del hombre "ovidiano" desconoce el coraje. Es incapaz de escapar a su hambre y a sus temores. Apenas puede distinguir su destino de sus mezquindades. Este es el núcleo emocional que pertenece al tipo de hombre que despierta y descubre al verse en el espejo que no tiene una Ítaca a la cual volver, ni una Roma por la cual quemar su historia y sus viejos dioses. Este camino es el de aquél que viaja a la deriva como un objeto arrojado al espacio. En el vacío y el silencio se desplaza sin resistencia en una sola dirección. Su virtud radica en que, aun agotado de toda energía, puede seguir intempestivamente su curso. Por eso el hombre mundano no es capaz de grandes pasiones. Su mundo emocional es frágil y antes de quebrarlo abordándose a sí mismo, prefiere el truco y la ilusión del instante. Incapaz de pelear, no puede tomar y defender a una mujer como a su propia patria. En la guerra épica, otros reciben los golpes y nosotros aprendemos a fuerza de observación. En la guerra personal, los golpes vienen a nosotros de los que están cerca. No hay bandos ni campos para trazar una estrategia. Cada golpe borra las facciones del héroe-amante, hasta que pierde su ser en el amor. Fragmentos:
Libro I: 1 V 1-10 Me disponía yo a escribir en el ritmo solemne hechos de armas y guerras violentas, de modo que el tema se ajustara a dicho metro. El verso de abajo era igual que el de arriba, pero Cupido se echó a reír y le sustrajo un pie, según cuentan. <<¿Quién te ha dado, niño cruel, tal derecho sobre la poesía? Los poetas no somos seguidores tuyos, sino de las Piérides. ¿Qué ocurriría si Venus quitase a la rubia Minerva sus armas, o si Minerva atizara las antorchas encendidas?>> Libro II: 4 V 1-10 No me atrevería yo a negar mis costumbres licenciosas ni a promover a causa de mis vicios una contienda basada en la mentira. Confieso mis faltas, si de algo sirve confesarlas. Ahora, después de haberlas confesado, vuelvo, loco de mí, a mis delitos. Lo odio, pero no puedo dejar de desear lo que odio. ¡Ay!, ¡qué pesado es soportar aquello de lo que te esfuerzas por despojarte! Pues me faltan las fuerzas y la ley para gobernarme. Soy zarandeado como una barca arrastrada por la rápida corriente. Libro III: 29-40 Engaña a la gente, engáñame a mí: deja que vaya yo ignorante y permíteme gozar de esa necia credulidad. ¿Por qué tengo que ver tantas veces cómo envías y recibes mensajes en las tablillas? ¿Por qué la parte central de la cama está hundida ya de antes? ¿Por qué tengo que mirar tus cabellos revueltos de algo más que dormir, y la señal de un mordisco que tienes en el cuello? Sólo te falta poner ante mis propios ojos tu infidelidad; si dudas en hacerlo por tu reputación, hazlo por mí. Se me va a la cabeza y muero, cada vez que me confiesas que me has sido infiel, y un frío sudor corre por mis miembros. Entonces te amo; entonces te odio, aunque en vano, porque me veo obligado a amarte. Entonces quisiera estar muerto, pero contigo.
Tristia
Я изучил науку расставанья(Yo he conocido la ciencia de las despedidas)Osip Mandelstam
Viejo, al otro lado del imperio y en su exilio en Tomis, Ovidio escribió su obra más conmovedora. Una larga reflexión sobre la literatura y la locura del mundo en un formato epistolar donde habla a veces a un amigo en Roma, otras a su esposa y otras al emperador que lo ha desterrado. Aquí ha desaparecido la voz del amante sin rumbo y ha quedado la voz del hombre que se ha perdido por completo fuera de los límites de lo conocido. El lamento de quien está desamparado tiene en este poema la capacidad de ver el mundo desde afuera.
Los cantos son partos de un ánimo sereno, y súbitas desgracias ennegrecen mis días; los cantos reclaman el sosiego y la soledad del escritor, y yo soy juguete del mar, los vientos y las sombrías tempestades. (Tristia, Libro I, Elegía 1)
Ovidio revalora su propia vida al dejar pasar a través de sí su tradición mitológica junto con sus memorias. Esta, como sus otras obras, puede ser interpretada por conducir a un fin después de pasar por un calvario emocional. En su caso, será llegar a una valorización de la poesía tras cuestionarse por el paradero que su acción y obra lo han llevado. Las razones del exilio son tan numerosas en las páginas de sus estudiosos como en Tristia. Aparte del arrepentimiento y de la provocación, los llamados a Augusto nos conducen también a un cambio en las formas poéticas. Antes culpará a Cupido por interrumpir su magna obra, ahora será la tristeza la que altere la formación de sus versos.
Hojea mi contenido; no verás en él más que tristezas, y las voces suenan en armonía con las circunstancias. Si notas que cojean y se detienen cada dos versos, es por razón del metro o lo largo del camino. (Libro III, Elegía 1)
Tristia es la épica de un hombre simple llevado al extremo. No hay en ella asomo de valentía ni heroísmo mayor al reconocimiento de que cualquier hombre puede ser conmovido y arrastrado por la belleza: ése que teme al tiempo y a la muerte, que carece de paciencia para aceptar la vida, y cuyas imágenes se eternizan no por imitar a las figuras estelares del firmamento, sino a las arrugas de su corazón.
Con él nace una noble vereda en la poesía, con senderos casi indetectables a lo largo de la historia. Esta veta creativa no es perceptible salvo por la concordancia entre las formas, las emociones y el tiempo del poeta. Lejos de ser una poesía aislada, habla de lo invisible en los paisajes manifiestos de la cotidianidad, con una lengua franca y sencilla. Es prueba viva de la universalidad de la poesía, induciendo a aquellos que resuenan con la belleza a que la busquen en sus pasos.
Todas las estatuas de estas diosas son capaces de corromper a un espíritu inclinado a la maldad, lo cual no impide que permanezcan firmes en sus lugares respectivos.(Tristia, Elegía 1)
Por Rodrigo Marcano
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