Equipos
Entrelíneas
El reencuentro El reencuentro

Tarde o temprano, los que pertenecemos a esa comarca de perfiles llamada Facebook terminamos por reencontrarnos algunos con resistencia y otros con melosa algarabía con un pasado que creíamos perdido, olvidado y, en ciertos casos, inexistente. No hay en los ámbitos de la virtualidad un lugar común en su acepción más exacta tan concurrido como esta inmensa tribu del exhibicionismo donde en más de una ocasión nos hallamos con personas cuya presencia pretérita, lejos de ser un sobresalto temporal, significó una compañía entrañable. Algo ajeno, presentíamos en ese entonces, a esas desapariciones que a la larga propiciamos, padecemos o simplemente aceptamos con natural resignación. Hasta que alguien que no veíamos desde hacía muchos años reaparece en el muro de Facebook y de improviso las aguas del Leteo donde se hallaba sumergido se empiezan a transformar en las corrientes fluviales de Heráclito.
Así fue como Luisa volvió a aparecer hace un par de semanas en mi vida. Sus palabras eran breves, exigían una certeza: ¿Eres tú el mismo Luis Yslas que estudió conmigo en un instituto de inglés en 1988? Si es así, qué gusto saber de ti, haberte encontrado, aunque sea por aquí, decía su mensaje. ¿El mismo?, me dije, shakespeariano, al leer su pregunta. Pero luego esquivé con rapidez ese dilema ontológico que empezaba a salpicarme de dudas, y le respondí que sí, que era yo, que también me alegraba saber de ella, lo cual no sólo era gentileza, sino la verdad. No sabía nada de Luisa desde el siglo pasado. Luego me explicaría que una amiga en común a quien le di clases de literatura en el Iudanza le había mencionado mi nombre hacía unos meses, y entonces sintió la curiosidad de averiguar dónde andaba yo. Así que acudió al método cada vez más expedito para buscar a quien se nos ha perdido. Luisa me ubicó con facilidad en Facebook y a la semana siguiente de su mensaje nos reunimos en un café de Los Palos Grandes: 20 años después de haber interrumpido una amistad que de a ratos era bilingüe, otras veces musical y siempre y en todo lugar, sumamente divertida.
Hablé poco esa noche en el café. Tenía una gripe galopante que me impedía conversar con soltura, aunque no se lo dije, ignoro si por cortesía o por timidez. Me dediqué más bien a escuchar a Luisa, quien me sorprendió por su memoria prodigiosa y una simpatía que los años habían dejado intacta. Fue un viaje al pasado a través de sus palabras, un regreso a esa época en que nos tocó sentarnos en los pupitres del instituto de inglés británico de San Bernardino, sin saber que dos décadas después volveríamos a esos días, o a la reelaboración de esos días, en cuyas imágenes por instantes me costaba reconocerme. Así los recuerdo ahora: ella acababa de llegar de Barinas y estaba a punto de iniciar estudios en la escuela de Comunicación Social de la UCV. Era inquieta y aplicada, muy dada a la ensoñación, a la poesía romántica y a la trova cubana. Un tanto comeflor y etérea, pero encantadora. Yo también acababa de terminar el bachillerato, pero a diferencia de Luisa no sabía qué sería de mi vida estudiantil con apenas 11.3 puntos de promedio. En realidad me lo imaginaba, pero era preferible correr un tupido velo. Luisa había decidido estudiar inglés mientras aguardaba el inicio de sus clases universitarias. Yo me había inscrito en ese instituto por dos razones: para poder traducir sin ayuda las canciones de los Beatles y para justificar en mi casa que por lo menos estaba estudiando algo en la vida, mientras intuía que mi destino sería irremediablemente la buhonería o la vagancia con acento británico.
A medida que Luisa ponía sobre la mesa anécdotas del pasado, pero aderezadas también con asuntos de su vida actual una hija en España, unos talleres de danza, yo iba a la vez evocando, pero en monólogo interior, esos lejanos días en que mi amiga me confesaba cuánto le gustaba la poesía y yo le arrugaba la cara en un alarde de ignorancia, por no decir de estupidez, que ella toleraba con una paciencia budista. La literatura me parecía algo tan inaccesible como insípido, sin sospechar que en cuestión de un par de años, cuando empezara a estudiar Letras en la UCAB, se me convertiría en una pasión vitalicia. Sin embargo, admito que gracias a Luisa conocí por primera vez la música de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés, los versos de Rafael Cadenas (que no entendí) y hasta llegó a prestarme un libro de Arnold Hauser que hasta hoy ignoro si se lo devolví. Esa noche, Luisa también rellenó esos espacios vacíos en los que no supe nada de su vida: al poco tiempo de entrar en la UCV se cambió para la escuela de Artes, luego estudió danza, se casó y tuvo una hija llamada Maya. Después vendrían los viajes: Estados Unidos, Puerto Rico, España. Y el regreso a Venezuela, hace ya casi un año. Todo eso contado con una sonrisa en el rostro que no desapareció en ningún momento, ni siquiera cuando me confesó que aunque sabía que mientras estudiábamos juntos yo era su mejor amigo, con quien se reía a carcajadas y compartía confidencias de todo tipo, le resultaba a veces un tipo frívolo, una especie de rockerito que no sabía muy bien qué hacer con su vida, pero que le caía simpático. Por eso dudó cuando su amiga mi ex alumna le dijo que yo le había dado clases. ¿Luis Yslas, profesor de literatura? No me cuadra, había pensado con sobrada razón. Hubo un silencio nada incómodo antes de mi reacción, hasta que al fin yo también sonreí aliviado porque era exactamente eso lo que había estado pensando todo ese rato: que ese Luis del que ella hablaba era un muchacho que, a pesar de resultarme unas veces superficial y otras borroso, me provocaba una especie de atípica compasión, pues en esa frivolidad a la que hacía alusión Luisa, en esa alegría ingenua y despreocupada, yo distinguía cierta ligereza en el andar y en el pensar que ya no volvería. Una frivolidad en estado bruto, que algunas veces echo de menos cuando la insoportable pesadez del ser, y con más frecuencia la del parecer, pega duro y despeja optimismos. No es que añore ese estado superficial de mi juventud, ni tampoco crea que me haya librado del todo de su acecho. La mirada comprensiva y hasta nostálgica de esos años sólo puede ser posible ahora por lo que soy, por la abismal distancia existencial entre ese Luis que se reía con ironía a cada rato sin pensar mucho en el futuro, y éste que ahora piensa con ironía a cada rato sin reírse mucho del presente, y ni hablar del futuro. Ya preveía que este tipo de reencuentros pueden llegar a suscitar esa sensación no tanto de déjà vu como de vértigo, pues en el fondo se trata de reencontrarnos, a través de los otros, con el otro que fuimos. O al menos, con ese otro que fuimos para nuestros amigos.
Es comprensible entonces que mientras traían la cuenta y la charla llegaba a su final, recordara El otro de Jorge Luis Borges. Ese relato estremecedor en el que un Borges de 70 años se encuentra con él mismo, pero 50 años más joven, en un banco de Cambridge, pero también de Ginebra. El hombre mayor, ciego, abrumado por la fama y la soledad, y con una obra literaria consumada, y el muchacho que posee el ímpetu de los inicios, el entusiasmo por las lecturas románticas y la ingenuidad de creer que la literatura tiene un deber social. A pesar de estas evidentes diferencias, ambos se reconocen en su inteligencia, sólo que la del mayor está sometida a la mesura y al escepticismo, y la del joven se muestra como una agudeza inquieta y, por instantes, recubierta de ornamentada retórica. A medida que el relato avanza, y los dos Borges intercambian informaciones del pasado y del futuro, el mayor confiesa, visiblemente emocionado, algo parecido a lo que sentí en ese café junto a Luisa: Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Y más adelante admitirá, poco antes de separarse del Borges joven: Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy. Luego Borges, el narrador, escribe que la razón de ese encuentro quizás reside en el cruce entre el sueño del más joven y la sobrenatural vigilia del mayor. En esa intersección del tiempo, en esa resolución que es fantástica y por momentos perturbadora, ambos Borges pudieron hablar a solas sintiendo que estaban acompañados.
Creo entender que cuando nos reencontramos con el recuerdo que un amigo tiene de nosotros, estamos recreando esa cita imaginaria, ese sueño en la vigilia, que acontece en el cuento de Borges. Que también es posible, sin recurrir a los entramados de la ficción, recuperar ciertos rasgos del joven que uno fue, a través de la memoria de los amigos que retornan del pasado. Luisa me permitió, acaso sin proponérselo, identificar en el espejo de sus palabras a un Luis bajo cuyos relieves de aquel entonces habitaba el que ahora soy, o creo ser. Todas las probabilidades que hoy son hechos estaban allí y, sin embargo, qué lejanos me resultan sus modos de expresar su perplejidad ante el mundo, y qué cercana a la vez se me hace esa misma perplejidad suya que aún me habita, aunque bajo otras formas e incertidumbres. Me pregunto si Luisa y ahora pienso que hasta la alteridad de nuestros nombres era ya un presagio habrá sentido algo similar. Supongo que no, pues permanecí más callado que de costumbre, y porque además me da la impresión de que ella no cambió tanto en estos 20 años. Pero eso también puede ser un engaño. Un sueño, un espejo falso. A lo mejor, en esa mesa no sólo hubo un tercero, sino hasta un cuarto personaje, o muchos más, convocados por esa conversación tan semejante a un espejo retrovisor.
De manera que digan lo que digan los detractores del Facebook, este espacio de congregación puede llegar a ser una pócima efectiva contra esa devastadora plaga que estuvo a punto de sumir a Macondo en la desmemoria absoluta. Y ya sabemos que Macondo no es nada más una región de la literatura, sino una forma de nombrarnos y de explicarnos. Visto así, hay que reconocer que el errante Melquíades de esa historia novelesca, ahora con los artificios de la virtualidad, continúa prodigando sus magias en la nuestra, permitiéndonos rescatar del olvido ese otro nombre de la soledad las palabras y las personas que se tornan puente y contacto, las que pueden volver a fundar un afecto extraviado. Un afecto por los otros, pero también, de ser posible, por ese extraño que nos llevaba dentro en calidad de futuro, y cuyos gestos aún permanecen adheridos en la memoria de los amigos. Ya por lo menos Facebook me concedió una alegría impagable, la de recobrar una compañía. Estas palabras han querido ser el testimonio de mi asombrado agradecimiento.
Por Luis Yslas
9 de marzo de 2009
| comentarios (5) >> |
escrito por Julio Ormeño, marzo 10, 2009
Como siempre, animas a la relectura, me voy corriendo a la casa a encontrarme una vez màs con Borges.
Un abrazo
Julio
escrito por ingrid, marzo 10, 2009
creo q con este reencuentro podría avivarse en ti la esperanza de encuentrar a Pebbles o q ella te encuentre a ti...
yo por mi parte sigo un poco-bastante alérgica a esos reencuentros con personas de mi antaño y casi tiemblo cuando aparece una solicitud de amistad de un nombre q me suena a colegio. ¡no! me niego.
escrito por ingrid, marzo 10, 2009
... "encontrar a Pebbles"...
escrito por Inos., marzo 10, 2009
Actualización web 2.0 sobre lo que escribió alguna vez César Miró y cantó con sabor Rubén Blades...
Salú.
escrito por María Eugenia, marzo 24, 2009
Más allá de la belleza con que el lector-escritor, entrelaza cada una de las palabras, a partir de algo tan frívolo como facebook. Lo que queda al descubierto, es su memoria prodigiosa y su capacidad para mantener en la mente no sólo los recuerdos de la gente que ha marcado su vida, sino de cada uno de los libros que contienen historias asociadas a esos personajes. Siempre es un placer perderse en sus palabras, aunque reflejen un apego hacia el pasado.
| < Anterior | Siguiente > |
|---|

