Guía del lector
Reseñas y crítica
Mundos de tinta y papel
Mundos de tinta y papel
- Diego Rojas Ajmad (Venezuela)
- Editorial Equinoccio
- 2008
El libro como punto de fuga
Vinculamos al libro con la oralidad, el códice, el papiro, las hojas de papel. ¿Pero qué se esconde más allá de esta visión? ¿Cómo se fraguó la noción de éste en Venezuela? ¿Dónde empieza su historia y cómo termina ubicándose en el imaginario colectivo? Por Roger Vilain Lanz
Mundos de tinta y papel, de Diego Rojas Ajmad, pasa la mirada a los siglos XVIII y XIX venezolanos e indaga acerca de qué modos una comunidad lectora, no otra que el país de la Colonia, fragua una idea del libro en relación con sus prácticas sociales. Hurga la dinámica, entonces, de una nación que está haciéndose, vista en función de otra hechura: la del libro y sus múltiples aristas, sus sinuosas configuraciones, sus diversos meandros para llegar a ser.
Se trata de poner enfrente al libro como objeto cultural, más allá de la visión reduccionista que lo acerca al fajo de cuartillas, al producto que salió de una empresa editorial y nada más. Como si una historia borgeana nos cubriera de pronto, el trabajo de Rojas escudriña los laberintos que otorgan vida propia al hecho libresco tal como lo conocemos, a sus fascinantes repercusiones en el plano de la sociología, pasando por el entramado semiológico que produce y sin obviar aspectos que lo hacen definitivamente posible: el texto propiamente dicho, el autor, el lector, la tradición y el contexto. El libro, pues, cargado de representaciones desde su concepción en la Colonia y hasta nuestros días.
Lo que Rojas nos lanza en pleno rostro como fundamentos de su ensayo son los quehaceres específicos, sociales, en torno a la utilización del libro en Venezuela, lo cual produce en consecuencia la irrupción de imaginarios colectivos en torno a éste, que terminan por considerarlo: 1.- un instrumento de saber, 2.- un instrumento de poder y 3.- un instrumento de utopía. En cuanto a lo primero, valga la mención, sólo como ejemplo ilustrativo, al análisis de la casa colonial que lleva a cabo el autor, desde una perspectiva arquitectónico-simbólica y abrazado con la revisión iconográfica del libro en esa época, para vislumbrar cómo ciertas prácticas realizadas por la sociedad lo incluyen en esa categoría. En relación con lo segundo, Rojas se pasea por la constitución del libro en tanto generador de autoridad sustentada en el conocimiento, y a propósito de lo tercero, la tensión de lo que se nos cuenta pone el ojo escrutador sobre la interpretación del texto impreso como instrumento para la utopía, es decir, para la emancipación, para la libertad del individuo y de las masas.
Partiendo de una visión culturalista, Rojas nos hace pensar, invita a fruncir el ceño, nos mueve el piso y nos dice algo nuevo acerca de cómo el libro en la Venezuela de los últimos trescientos años ha venido perfilándose, y por supuesto perfilándonos, gracias a una dialéctica que no cesa y en la que, querrámoslo, o no, estamos siempre involucrados.
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