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Arthur Rimbaud: el ángel más devoto 

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La obra de Arthur Rimbaud comprende ambiciones y construcciones crípticas que siguen desconcertando a los lectores. Su vida es difícil, pero imperativo su estudio, pues de ese modo podemos obtener un reflejo de la búsqueda de fe que lo llevó a la política, la poesía, la música, los idiomas, los oficios, el comercio y, finalmente, al arrepentimiento. Su fervor trasciende y rige la rebeldía que se le atribuye. Su figura es altamente mitificable, hasta el punto de atrapar a los lectores más constantes en el espejismo de la identificación.

Este enfant terrible es una encarnación misteriosa e impulsiva que en nuestra actualidad de medidas y clasificaciones, se distingue como una estrella negra en el firmamento de la literatura. Su naturaleza extraña parece ser más llamativa hoy en día para aquellos que buscan recrear la imagen de sacrificio y redención por encima de las demostraciones de rebeldía. Las tesis que hacen de Le coin de table de Henri Fantin-Latour una última cena” se imponen no sin gran estruendo y derroche.

El mito de Rimbaud no se puede desmontar. Alrededor de esta poesía se ha creado una nebulosa en la que podemos incursionar con la certeza de que regirá nuestros pasos una vez haya abierto una grieta en nuestra cotidianidad. La tregua que ponemos al pasar de los días en pos del cumplimiento de nuestras metas, del conocimiento de nuestro propio ser, es algo que podemos notar en un breve momento de contemplación. En el alma sensible de Rimbaud ese pacto fue siempre causa de abrumadoras tensiones. Una profunda inconformidad y una creciente soberbia van a hacerlo desconfiar de las correspondencias armoniosas entre el mundo visible y el invisible. Esto lo llevará a buscar una estética que le permitirá recomponer el mundo. Así será la primera influencia que sentiremos en su lectura. Pero antes de hablar del poeta Rimbaud, es prudente precisar algunos hechos que componen el fenómeno literario que conmovió el curso global de la poesía, máxime cuando tales hechos ocurrieron entre sus quince y diecinueve años.

La particularidad de haber dedicado sólo cuatro años de su vida a la escritura ha causado desconcierto. Aunque en este tiempo no fue ampliamente reconocido, se convirtió en un poeta que cambió su concepción sobre la poesía al menos dos veces. También demostró ser un gran déspota que denostó cada círculo literario al que Paul Verlaine lo llevó una vez reunidos en París.

Antes y después del monstruo de ojos azules, hay dos seres distintos que lo rodean. Son el inicio y el desenlace que encierran sus versos. Ambos fueron víctimas de la naturaleza inflexible que viajaba por la sangre desde su madre. El primero es el niño prodigio que aprendió latín y griego en el colegio, mientras toleraba con paciente cortesía a sus profesores. El mismo que un tiempo atrás aprendió la Biblia de memoria, bajo la mirada materna, siempre bien dispuesta a aplicar severos castigos al asomo de cualquier descuido. El segundo es el agotado y arrepentido capataz de canteras, comerciante de café y contrabandista de armas de Abisinia, depositario de todas las penas que heredó de su vida anterior.

Enid Starkie, en una biografía exhaustiva (Arthur Rimbaud: una biografía, Siruela, 2000), nos cuenta sobre la primera vida del poeta. En ella se dibuja una pintura más trágica y misteriosa que aquellas que han deformado la verdad con apresuramientos y esnobismos. Para Rimbaud, el hacerse maldito para ser poeta no es producto de un ligero espasmo emocional. Por el contrario, la aseveración comporta un juego muy serio.

Tenemos que imaginar a un niño que posee una inteligencia especialmente dotada. Esto le permite ver el mundo con una nitidez asombrosa, siendo capaz de distinguir los finos detalles de todo lo que pasaba frente a él. Colores, sonidos, gestos, eran recibidos por su cabeza con una fidelidad incomparable. Hasta ahora tendríamos a un exitoso funcionario, o quizás a un gran veterano que habría defendido la frontera durante la Gran Guerra, pero los hados lo dotaron de una sensibilidad tan grande como su inteligencia. Tal combinación muestra a un ser sumamente maleable frente a todo lo que percibe. Tanto, que al mismo tiempo busca salvar un poco de inocencia para dormir. Bajo este signo encontramos a un niño que juega con imágenes que pueden injuriar las almas adultas, con la ventaja de que no hay nadie que tome más en serio un juego que un niño.

 

Combate de Hércules y del río Aquelo
(fragmento)
Entonces, Alcides se abalanza, con sus robustos brazos, le
   rodea el cuello, lo aprieta, lo destroza con sus potentes
   músculos,
y, volteando el tronco de un árbol lo lanza sobre él, dejándolo
   moribundo sobre la negra arena
y alzándose furioso le brama:
   “¿Te atreves a desafiar los músculos hercúleos, imprudente,
no sabes que crecieron en estos juegos –ya cuando aún
   niño, estaba en mi primera cuna–:
ignoras que he vencido a los dos dragones?”

 

Estos versos fueron escritos originalmente en latín, en el marco de un ejercicio escolar en 1869. Aunque todavía Rimbaud no había estado en contacto con los poetas de París, en este trabajo se advierten los ecos de los poetas parnasianos. Sin embargo, en la gran distancia que hay de una imagen personal, en el diálogo del héroe, habla también una fuerza que dice haber venido al mundo perfecta, para acometer su obra luminosa.

2*
¿Acaso no imaginas por qué de amor me muero?
La flor me dice: ¡Hola! ¡Buenos días!, el ave.
Llegó la primavera, la dulzura del ángel.
¡No adivinas acaso por qué de embriaguez hiervo!
Dulce ángel de mi cuna, ángel de mi abuelita,
¿No adivinas acaso que me transformo en ave
Que mi lira palpita y que mis alas baten
como una golondrina?

 

Se presume que este poema también fue escrito el mismo año. Las palabras que siguen a la fecha describen la situación en la que fue redactado: “He compuesto estos versos ayer, durante el recreo; he entrado a la capilla; me he encerrado en el confesionario, y allí, mi joven poesía ha podido agitar sus alas y emprender vuelo, en el sueño y en el silencio, hacia las esferas del amor”.

En este poema ya vemos con más intensidad las inclinaciones de la poesía de Rimbaud. En ella, comienza a surgir la imagen del individuo que se forma, pero a diferencia de todos los demás, es el hálito poético agitado por el amor el que saca al niño de los jardines y lo enaltece. De aquí en adelante veremos en Rimbaud un deseo de amar como creador, empezando a dar un carácter divino a sus impulsos. Sus ambiciones creativas cada vez más se hacían desmedidas y no encontraba en sí mismo una limitación que lo hiciera trabajar despacio y en silencio. Por ello, el pudor y timidez que lo sometían en las relaciones, era desconocido para él en su trabajo. Pero este joven de quince años es también un idealista republicano que al año siguiente se intentará alistar en el ejército cuando la cabeza del segundo imperio francés caiga en poder de los alemanes durante los últimos meses de la guerra franco prusiana, demostrando un fervoroso amor a la patria por encima de sus convicciones políticas.

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Le coin de table de Henri Fantin-Latour (En el extremo izquierdo inferior. Verlaine y Rimbaud)

 

El ser displicente y atormentado surgirá después de la derrota de Francia. En este momento, Rimbaud se hallaba en París, viviendo en la indigencia y tratando de conseguir una residencia fija en la ciudad de los poetas. Es allí, durante los días de la Comuna, que Francia firmó un tratado de paz con Alemania, mucho más humillante que el que se había propuesto inicialmente. El pueblo tuvo que ser amargo testigo de cómo veinte mil tropas germanas marchaban frente al Arco de Triunfo al día siguiente de haberles quitado millones de francos en indemnización, así como las provincias de Lorena y Alsacia, y el derecho de apostar la soldadesca en la ciudad. El gobierno paralelo de la Comuna estuvo a punto de iniciar una acción armada, a no ser por el consejo de los diplomáticos que le previno de las terribles consecuencias que tendría para la ciudad y sus pobladores. Sólo se ordenó una velación en el Arco de Triunfo para purificar la ciudad. En este tiempo, Rimbaud regresaría destrozado al hogar materno. Durante la Comuna había experimentado un cambio definitivo. En Charleville deja los estudios y se entrega al abandono. Pasea sucio por el pueblo, practicando la conversación escatológica con los extraños, en una actitud contraria a su antigua timidez. Es en este momento en que se forjan los planteamientos de lo que será su poesía.

El estallido del rebelde se pone de manifiesto en la Carta del vidente, escrita cinco días después de firmada la paz. En ella, la postura ante la poesía se torna fanática y decisiva. Isaiah Berlin, en Las raíces del romanticismo, nos plantea cómo surgieron los movimientos románticos en respuesta a la tentativa de la ilustración de buscar un modelo de pensamiento que resolviera todos los problemas de la humanidad. En esta etapa final del romanticismo, Rimbaud propone una poética muy similar a los modelos de la ilustración, sólo que se invierte en ella la luz por la oscuridad, el paciente esfuerzo de los años por la formación de un alma fugazmente carbonizada en vivencias extremas.

Carta del vidente (fragmento)

El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, entero; busca su alma, la inspecciona, la tantea, la aprende. En cuanto la conozca, ¡debe cultivarla! Esto parece simple: en todo cerebro se cumple un desarrollo natural; tantos egoístas se proclaman autores; ¡hay entre ellos tantos otros que se atribuyen su progreso intelectual! –Pero se trata de hacer al alma monstruosa: ¡a la manera de los espantapájaros, sí! Imaginad a un hombre que implanta y cultiva verrugas en su rostro.

Digo que es necesario ser vidente, hacerse vidente.

…Inefable tortura en la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, en la que deviene entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito –¡y el supremo sabio!– ¡Porque llega a lo desconocido!

 

En estas palabras, Rimbaud rechaza toda poesía que no proceda de una profunda experiencia mística. Se distancia de las ironías, a menos que éstas ataquen toda convención social o moral que estorbe en su camino. Así, la poesía se convierte en un medio para alcanzar la iluminación. Este pensamiento está ligado directamente con la magia. La vida no se celebra sino que se formula y resuelve en una ecuación de versos lo suficientemente larga para construir una escala que explore las profundidades del espíritu. Esta revelación desploma toda esa inocencia que albergaba. No se entiende todavía cuál fue el veneno que lo desquició al punto de llegar a ese titanismo intelectual. Muchos lo atribuyen a un posible hecho brutal durante su estadía en la Comuna. En un poema que envió en la última carta dirigida a su amigo y antiguo profesor, Izambard, se insinúa un oscuro y perturbador suceso.

Corazón robado

¡Mi triste corazón babea a popa,
mi corazón que colma el caporal
y me vierten en él chorros de sopa,
mi triste corazón babea a popa:
con las bromas sangrientas de la tropa
que brama un carcajeo general,
mi triste corazón babea a popa,
mi corazón que colma el caporal!
 
Itiofálicos y soldadinescos
sus chistes sangrientos lo han depravado;
y de noche componen unos frescos
itiofálicos y soldadinescos.
¡Oleajes abracadabrantescos
llevadme el corazón, que sea lavado!
Itiofálicos y soldadinescos
sus chistes sangrientos lo han depravado.
 
Cuando se agoten sus chimós gargálicos
¿cómo vivir, oh corazón robado?
llegarán con sus estribillos báquicos;
cuando se agoten sus chimós gargálicos
sentiré sobresaltos estomáquicos,
yo, el del corazón despedazado.
Cuando se agoten sus chimós gargálicos
¿cómo vivir, oh corazón robado?
 

Lo subversivo en esta poesía no es caprichoso. La vivencia detrás de la Comuna empujó al joven poeta a un abismo y aquél, sabiendo que no podría volver atrás, decidió abarcar toda la oscuridad posible. Por eso no considero esta rebeldía un estado de delirio o desprecio hacia todo. Tomando en cuenta las virtudes, la altivez y la gran fe que lo invadía, el único camino para continuar era reinventar sus dotes en una religión personal que dictaba el “desarreglo de todos los sentidos”. Por eso su vehemencia en los placeres no es comparable con la de su iniciador, Verlaine, quien llegó a sentir temor del ímpetu de Rimbaud al verlo mucho más violento y vicioso de lo imaginable. Todo porque cada vaso de absenta se tornaría en un escalón que lo acercaría a Dios.

Finalmente, pasada esta etapa, sobrevendrá en él un devastador arrepentimiento. La ola será tan fuerte como la que lo sumergió del mismo modo en la poesía. Tras escribir Una temporada en el infierno, entregará el manuscrito a su madre para que lo ayude en su edición. Al leerlo, la dama preguntará por el sentido críptico del texto a su hijo, y él le responderá que en él está escrito literalmente todo lo que le pasó en sus temporadas fuera de casa. Esta obra esconde en el trasfondo un descomunal llamado a la redención. El reconocimiento de que su vida de excesos no le ha dejado nada a su alma, de que su teoría del vidente lo ha convertido en un ciego perseguidor de mariposas. La poesía puede surgir en la tormenta, pero si la vemos como un medio para superarlo todo, inclusive a ella misma, tenemos que estar listos para desilusionarnos. Rimbaud, cansado, la abandonó para siempre como un Odiseo que ha pasado cientos de veces sobre Ítaca sin poder reconocerla.

Por Rodrigo Marcano

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comentarios (2) >> feed
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escrito por B., marzo 09, 2010

"Je dis qu'il faut être voyant, se faire voyant."

Felicitaciones
escrito por Juan Arabia, junio 16, 2011

Gracias por seguir recordando a este poeta tan necesario..

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