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El ojo en la letra

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En las imagenes: Michelle Ascencio, Francisco Massiani y Salvador Garmendia. Todas las fotos pertenecen al libro El ojo en la letra, de Lisbeth Salas (Alfa, 2008). El tamaño de las imágenes fue modificado para su utilización en esta página.

 

 

I
Leer es recordar. Revisando el hermoso libro de Lisbeth Salas, El ojo en la letra, me provocó leer de nuevo el libro de retratos de escritores venezolanos que en 1987 publicara Vasco Szinetar. Al compararlos, impresiona el duro paso del tiempo. En fotos como las de Pancho Massiani y Alfredo Silva Estrada la factura de los años impacta.

Más allá de esta comprobación un poco obvia (el tiempo pasa) me puse a pensar en la relación que los lectores establecen con la imagen, específicamente con el rostro, de sus escritores favoritos. El mayor ejemplo de entusiasmo que puedo citar lo brinda Joseph Brodsky al hablar de W. H. Auden. Brodsky llega a ver en las dos cejas alzadas de un retrato de Auden dos rimas características de sus versos. 

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II
¿Qué es lo que busca un lector en el rostro de su escritor dilecto? Básicamente, y perdonen la ambigüedad, todo y a la vez nada. Tengo la impresión de que un lector nunca va a quedar decepcionado al contemplar por primera vez las facciones de un escritor que admira. Los rasgos pronunciados o anodinos serán siempre la confirmación de algún elemento de su obra. Igualmente, las imperfecciones, sobre todo las más pronunciadas, serán el símbolo de la genialidad, de aquello que el escritor tiene de único. O ni tan único. Yo, por ejemplo, he terminado por asociar a los escritores cabezones con la inteligencia torturada de los mártires de la literatura: Poe, Baudelaire y Ramos Sucre llevan en la frente, en el tamaño de su frente, la marca de su unicidad y de su malditismo. Otro tanto podría decirse de los escritores estrábicos y ciegos como Sartre, Cortázar y Borges, cuya mirada parece siempre descifrar cosas que los demás no ven. Las categorías, en este sentido, sólo pueden proliferar.

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III 
La fotografía es un arte que está irreversible y materialmente atado al presente. Fija para siempre (esa es la promesa de cada foto) un presente y acelera el pasado del mundo. Mientras la imagen captada permanece fiel a sí misma, el resto de las personas y las cosas envejece. Las fotografías de escritores acentúan estos malentendidos con el tiempo. Los lectores suelen aferrarse a una sola imagen de su escritor preferido. Casi siempre la más famosa, aquella que ha logrado atrapar el aliento del modelo y mantenerlo vivo a lo largo de los años. Así, para muchos, Samuel Beckett y Truman Capote son en realidad el Beckett y el Capote de Cartier-Bresson. De la misma manera que para muchos de nosotros Hanni Ossot sigue viva y hermosa en uno de los pasillos de la UCV de sus culpas, en aquella fotografía tomada, de una vez y para siempre, por Vasco Szinetar. Lo mismo podría decirse en unos años de Armando Rojas Guardia, cuya imagen sirve de portada al libro de Lisbeth Salas. Esa fotografía, sin duda la mejor de todo el conjunto, promete sustituir en la memoria de los lectores de poesía venezolana a cualquier otra imagen que se tenga del poeta.



IV
 
En La arqueología del saber Michel Foucault confesó escribir para perder el rostro. Y yo también creo que detrás de toda escritura hay siempre un juego de máscaras y transparencias. Sin embargo, ya sabemos que las intenciones de los autores poco cuentan en la historia de la literatura. En Venezuela le debemos a Vasco Szinetar y a Lisbeth Salas haber rescatado del laberinto de nuestras letras a más de un rostro culpable de más de un placentero desvelo.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón

comentarios (2) >> feed
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escrito por A.M.A.S, mayo 23, 2009

Excelente..

putos
escrito por jazmin delgado sanches, enero 24, 2010

yo busco la obra no chingaderas cabrones deberas no sirven de nada smilies/angry.gif smilies/angry.gif smilies/angry.gif smilies/angry.gif smilies/angry.gif smilies/angry.gif smilies/angry.gif smilies/angry.gif smilies/angry.gif

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