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Solamente lector Solamente lector

A mi amiga Diana Rangel, que está leyendo en la foto
Me sucede a menudo. Estoy en una reunión, generalmente entre amigos escritores, y de pronto alguien que recién acaba de conocerme me pregunta con curiosidad, casi con naturalidad, ¿y tú qué escribes? ¿Narrativa, poesía, ensayo, crónicas? Primero hay un silencio incómodo. Luego un carraspeo. Hasta que respondo: No, realmente no escribo. Soy lector. Bueno, sí escribo , todos escribimos, pero, tú me entiendes, no me considero escritor. Y no me refiero sólo a publicar. Es que esa palabra, escritor, esa condición no llego a decir sagrada para no sonar solemne o cursi, aunque así la siento me parece que exige un trato más riguroso con el lenguaje. Yo soy más bien un lector. Eso soy. Así acostumbro responder y casi he llegado a soltar eso solamente soy, pero el adverbio me resulta un exceso y lo omito a tiempo, aunque supongo que no sería inexacto. ¿Así que lector?, dicen y entonces me miran con cierto aire de incredulidad. Parecen no entender. O acaso entienden muy bien. Algunos cambian de tema, fingen comprenderme o se retiran, pues deducen que estoy tratando de hacerme el gracioso o el irreverente, lo cual no he pretendido en lo absoluto. Otros esbozan una especie de sonrisita comprensiva, casi condescendiente y vertical, como quien piensa: pobre, no se atreve a salir al ruedo de la escritura. Desconfía, titubea, se ha quedado varado en la lectura. Ese tránsito. Ese limbo. Su conciencia de los límites de su palabra lo paraliza, o tal vez el temor a hacer el ridículo con un libro menor lo enmudece. Está condenado a convivir con el mundo de la literatura, con los escritores, sin poder acceder de lleno a sus territorios. Pobre Luis, pobre Bartleby. Alcanzo a imaginar esos pensamientos en sus silencios. ¿O acaso son proyecciones de los míos: pensamientos sobre mi silencio? Sólo sé que ante la expectativa de los demás sobre mi posible futuro como escritor, lo único que puedo decir, con total transparencia, es que preferiría no hacerlo.
Quiero creer que no hay arrogancia ni tampoco falsa modestia en mi respuesta. Al menos no consciente, no planificada. Más bien es el reconocimiento de una de las escasas certezas que poseo sobre mis obsesiones. Lo extraño es que la mayoría de quienes me hacen ese tipo de preguntas son escritores ergo, experimentados lectores a los que no les debería sorprender que uno se sintiese lector a secas, sin la obligación de un libro por publicar en el porvenir. No veo por qué un hábito debiera conducir inevitablemente al otro. Reconozco por supuesto la vecindad entre ambos, sus posibilidades de contagio, de entrevero, de encadenamiento, pero no pienso que la Ítaca de todo lector sea siempre la escritura, por mucho que se haya insistido en esa inexorable travesía. Sus búsquedas son similares, pero sus caminos no han de ser exclusivamente los de la causa y el efecto. Nunca he confundido la literatura con la suma grandeza como para pretender confundir ahora la lectura con un arte menor. Ambas son formas de creación imaginaria, ni peor ni mejor que cualquier otro mecanismo de invención. Sólo un par de hermanas de una misma madre, que es la soledad.
Tampoco sé responder otra cosa a quienes, ya de manera más amistosa, y hasta cariñosa, me preguntan cuándo voy escribir entiéndase: publicar de una buena vez. A esas personas, que además sé que me estiman, les respondo que me siento a gusto, sin angustias al menos no escriturarias, en mi condición de lector. Que tal vez no he hecho otra cosa, desde que salí de la universidad, que ejercer la lectura en ocupaciones que de algún modo la refuerzan o la complementan: profesor y corrector. En ambas tareas no he hecho sino ejercitar dos formas de leer: la que se hace en voz alta y busca llegar a cierta hondura de quien escucha, y la que se ejerce calladamente y se adentra en la delicada ingeniería del lenguaje. Pero igual insisten. Debes escribir, me aconsejan, con palmaditas de apoyo, con frases de esperanza y buena voluntad. Imaginan, y muchos aseguran, que el disco duro de mi computadora está repleto de relatos inéditos, de ensayos, de poemas, hasta de gruesas novelas que, por timidez o por egoísmo o sabrá Dios por qué razones del recato, no he sacado a la luz. Yo les agradezco esas generosas atribuciones ficticias, pero lamento decepcionarlos, no hay nada de eso. Apenas algunas cartas cuyo único mérito es la intimidad de un pasado que prefiero conservar en silencio. Comprendo el estímulo de estos amigos, sus deseos más cargados de presión que de comprensión. Incluso trato de entender su perplejidad, por no decir su decepción, cuando les afirmo con énfasis que sólo deseo ser lector por el resto de mis días. Pero es inútil. La imagen del lector no tiene pegada, pareciera lejana al sentido de trascendencia, de aceptación social. No digamos de destino o felicidad.
Acaso esto se deba a que por tradición milenaria, la lectura ha sido entendida como una pausa, como una ocupación transitoria: una distracción, un escape o una preparación: jamás una meta, siempre una vía hacia otras esferas menos intermediarias. Leer es una actividad que se realiza durante el paréntesis entre las grandes ocupaciones. Como la de ser escritor, por ejemplo. La aparente facilidad con la que la gente lee a diario quizás haga suponer que escribir literatura requiere de una mayor dificultad, de una mejor y más prolongada preparación intelectual y emocional. Que crear un libro es una empresa más elevada, más trabajosa, que leerlo. Puede que haya cierta lógica en esa comparación, hasta que uno comprende que la lectura, cuando se ejerce a fondo, con las entrañas y el coraje de abandonarse, es decir, de perderse entre las páginas de un libro con los riesgos que eso implica: léase el Quijote, puede resultar una tarea tan honda, desmesurada, peligrosa y maravillosa como la de escribirlo. Leer y escribir se aprenden casi simultáneamente, pero en el caso de la literatura, un lector de ficciones puede pasarse la vida ensimismado en la escritura ajena, satisfecho con lo que otros puedan haber escrito, acaso porque la literatura y la existencia se le confunden de tal manera que su experiencia vital pasa necesariamente por la experiencia lectora. Leer también puede ser un arte de vivir. O viceversa. En ese caso, la escritura de este lector pura sangre opera a otro nivel, distinto al que la gente espera. Metafóricamente esta clase de lector procura escribir con su vida, ya no con las palabras, lo aprendido, lo absorbido, en los libros. Porque para este tipo de lectores puros, como escribiera Ricardo Piglia en El último lector, un fascinante ensayo que trata con lucidez estos asuntos, la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida. Ulises Lima y Arturo Belano son ejemplos ficticios y extremos de esta raza de lectores. Roberto Bolaño, su creador, un ejemplo extremo y real, es decir, trágico, de un lector para quien la vida y la escritura eran otras formas de seguir leyendo hasta la última página posible.
Pero también esa mirada escéptica, y a veces compasiva, de muchas personas ante la reivindicación de la lectura como un destino vital, como un oficio que se basta a sí mismo, se deba a la reputación contradictoria que han tenido los lectores en el transcurso de la historia. Nadie en su sano juicio se atrevería a negarle las virtudes reconstituyentes que la lectura prodiga al alma y al pensamiento. Pero tampoco se puede obviar el hecho de que existe algo excluyente, distante, en el acto de leer que produce cierta silente incomodidad en quien se ubica fuera del orbe lector. Se trata de esa especie de poder solitario, de autonomía impenetrable que irradian las personas que se sientan en un sofá, o se echan en una hamaca o se acuestan sobre la alfombra para internarse, por ejemplo, en las historias de una novela de Albert Camus, de Stephenie Meyer o en la poesía de Roberto Juarroz. Hay, sin lugar a dudas, una imagen egoísta, misteriosa y de aislamiento en todo lector, que lo ubica al margen de la acción, del devenir temporal, cronológico. Y el tiempo, claro, en esta era tan vulgar como bursátil, es oro, es decir, negocio. Y leer, su contraparte: el ocio. De ahí que muchas veces el lector sea acusado de flojo, de indiferente, de estar demasiado tiempo fuera del tiempo real de las actividades prácticas, productivas. O al menos, visiblemente productivas. Leer, sí, muy útil, muy fructífero, pero no en exceso, por favor, parecieran pensar muchos padres cuando sus hijos se niegan a apagar la luz y cerrar el libro. Porque, según algunos, tanta lectura aturde, seca el seso, resta tiempo para las ocupaciones esenciales. ¿Qué es lo esencial? El aislamiento del lector, además, no suele ser una actitud muy simpática para el común de las personas, acaso porque es un estado más frecuente de lo que muchas pueden soportar o aceptar.
Pese a todo lo que llevo dicho, mi primera imagen como lector se remonta a mis siete años y está indisolublemente unida a la escritura. Recuerdo que era un lector obsesivo de atlas, de textos de geografía, de libros de récords olímpicos, artísticos, científicos, cinematográficos. Me gustaba revisar el mapamundi y conservar en mi memoria el nombre de los países, sus capitales, sus idiomas, el número de habitantes, la figura de sus banderas. También era un fanático de llevar las estadísticas de los premios Nobel, Oscar, Grammy, de las medallas olímpicas, de los protagonistas de los mundiales de fútbol. Pero ninguno de esos datos quedaba fuera del registro escrito. Tenía un enorme cuaderno que titulé, en alarde infantil y ecuménico, El mundo y sus cosas, donde iba copiando toda esa copiosa información que devoraba diariamente. En la adolescencia también tuve un cuaderno similar, o varios, pero ya no de países ni de premios, sino de canciones. Cientos de letras copiadas de los cancioneros que venían en los Lps y en los cassettes. A veces llegaba a pasar horas metido en las discotiendas, sin llegar a comprar nada, sólo copiando las canciones de pie en una libretita, hasta que me sacaban a gritos o se me agotaba la mano. La cuestión ha durado hasta ahora, pues viéndolo en detalle, ¿qué han sido las guías de estudio que preparaba para mis clases de literatura en la universidad y en bachillerato sino antologías de un copista compulsivo que va llevando por escrito el reflejo de sus lecturas dilectas? Han sido miles de horas calcando relecturas en mi vida. Vuelvo a las palabras de Piglia en El último lector, que ofrecen la clave de esta propensión a la lectura que se va escribiendo a medida que se recorre: El copista, el amanuense, el escribiente, el transcriptor que escribe fielmente lo mismo que lee: una representación extrema del lector. Bartleby, de Melville, es la figura literaria más radical de este tipo de lector-copista, lector-ayudante. El copista como héroe literario. Un mundo clausurado, hecho sólo de copias y lecturas. De ahí su extrañeza.
He tenido que escribir todas estas palabras para darme cuenta de que mi condición de Bartleby quizás no se deba tanto a mi negación a escribir como a mi pulsión por copiar, por registrar, por parafrasear incluso mis lecturas más preciadas. No sólo soy un lector obsesivo, irremediable, sino ese lector que escribe, a veces mentalmente, vitalmente, lo que lee, o lo que recuerda o inventa haber leído, de modo literal, no literario. No me es ajena la connotación de extrañamiento, y hasta de sumisa alteridad que habita en esta confesión. No veo nada de heroísmo en esta actitud, pero tampoco nada de qué avergonzarse. Es probable también que todo se reduzca a que soy demasiado perezoso como para llevar a cabo la escritura literaria. Y ya. Pero la verdad es que no me acosa la voz de la conciencia creadora, tan necesaria para empezar a sentir el llamado, o al menos, la curiosidad, por la vocación literaria. Rilke pensaba que si uno no siente la escritura como una necesidad existencial, si uno puede vivir tranquilo sin escribir, entonces definitivamente no se puede llegar a ser un escritor auténtico.
En mi caso, yo no puedo vivir a gusto sin tener a la mano un libro. No leer, para mí, es una mutilación: una angustia. Sé que la lectura me ha dado suficientes alegrías y conocimientos, pero también dolorosas revelaciones y privaciones como para no verla como lo que realmente ha sido durante todos estos años: una enfermedad que me recuerda, sobre todo cuando más arroja sus sombras o sus resplandores, que aún estoy realmente vivo. Quizá no hay días de nuestra infancia tan plenamente vividos dice con sabiduría Marcel Proust como aquellos que creímos haber dejado sin vivir, aquellos que pasamos con nuestro libro predilecto. Sin embargo, todo lector intuye además, no sin estremecerse, que en el revés de su pasión acecha el riesgo de que la literatura, lejos de acompañar su vida, la reemplace. Por eso puedo decir que tanto he aprendido de ella, de la lectura empedernida, que he llegado a advertir, y copio aquí las palabras de ese extraordinario lector que es Francisco Rivera, que hay que atreverse realmente a vivir cotidianamente con San Agustín y con Dante, con Cervantes y con Unamuno, con Shelley y con Auden para así estar dispuestos metafóricamente a romper sus libros cuando ya se nos conviertan en un estorbo para la vida. Quién sabe si cuando aparece esa sensación de estorbo en el lector, empieza su conversión en escritor.
Por Luis Yslas
1 de febrero de 2009
| comentarios (12) >> |
escrito por ingrid, febrero 02, 2009
Hola Luis
creo q con este texto compartiste algo muy íntimo con los lectores de Relectura, aunq intentes responder de una buena vez por todas a aquellos a quienes frecuentas y q insisten en "animarte" a escribir. Por algún motivo no pude evitar sentirme algo triste a medida q lo leí, pensé en ti y en otros q supuestamente están "llamados" a ser escritores, entendí lo incomprendidos q son e incluso entendí lo q piensan muchas pesonas cuando pasan y lo nos ven clavados en un libro, socialmente somos vistos casi con un letro de "no molestar", aunq la intención esté muy lejos de eso.
Sí, los escritores tb saben y han sido bendecidos con los placeres de la lectura, pero han ido más allá y tal vez les cueste comprender q otros no quieran hacerlo, q no lo necesiten; de todas formas este texto es una manera bastante ilustrativa de explicarte, ojalá todos -o buena parte de ellos- lo lean y comprendan q existe esa otra especie a la cual perteneces y q tiene tanto crédito y razón de ser como la suya.
saludos
Ingrid
escrito por Harold Blummer Palace, febrero 02, 2009
¿Bartlebyslas? Lo que pasa es que tu eres de claro linaje bolañesco (¡Ojo! no me refiero al autor de "Amuleto" sino al creador del Doctor Chapatín). Tu escribes "sin querer queriendo".
escrito por ingrid, febrero 03, 2009
jajajajaja!!!! lo q es conocerte!!! Harold Blummer dio en el clavo: "tu escribes sin querer queriendo"... genial!!!!
escrito por María Inés, febrero 03, 2009
Te entiendo perfectamente. Y me encanta todo lo que escribes por aquì. Poco me importa si escribes como lector o como escritor o como lo que sea.
escrito por Mitchele Vidal, febrero 05, 2009
...¿entonces qué será?
En todo caso "lees" tan bien, que siempre andas rodeado de escritores.
escrito por Anita, febrero 09, 2009
Wow excelente..Pocas palabras se me ocurren para describir lo que sentí al leer esto. Tengo la misma opinión de Vidal "Si esto no es escribir...¿Entonces q sera? Como dijeron por allá arriba..Escribes "sin querer queriendo" jaja quizás es lo mejor..Te sale bien..Te felicito..Y si eres lector nada más, pues lo haces muy bien..
éxito escrito por blancaA., febrero 09, 2009
A este texto llamo escritura. Excelente! Como excelente la bísqueda de Beatriz en Papel literario del 7 de febrero.
Pocos comprenden la necesidad visceral del buen lector.
Saludos cordiales,
B
escrito por Nohemi Araque, febrero 12, 2009
¿Y dices que no escribes? Tu texto es conmovedor y sobre todo con una carga de sinceridad que atrapa desde la primera línea. A mí también me pasa lo mismo, claro, no escribo tan bien como tu. Saludos
escrito por Libia Kancev, febrero 28, 2009
escrito por Lola Macaria II, marzo 02, 2009
Ay pero a Yslas hay que abrirle su club de fans. Me postulo para presidenta del mismo.
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