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El fantasma de Liendo

Presentación de Alberto Barrera Tyszka de la novela El último fantasma de Eduardo Liendo

 

Como si no fuera suficiente con lo que nos pasa, ahora resulta que el fantasma de Lenin está en Caracas. Se ha mudado a un libro de Eduardo Liendo y pretende invadirnos, colarse furtivamente en nuestras vidas. No es un caso nuevo. La literatura, en general, suele ser una buena residencia para los fantasmas. Henry James fue un gran maestro en este tipo de hospedajes. Estaba convencido de que los fantasmas existían. Y se empeñó en escribirlos, en que al menos pudiéramos verlos y tocarlos a través de las palabras.

ImagePero en la literatura los fantasmas siempre tienen un motivo. No conocen la casualidad. No se meten de gratis en los libros. En la página 160 de la novela que hoy nos convoca, el narrador se pregunta: “¿Qué podría ganar yo con la novela de El Ultimo fantasma? Nada, absolutamente nada. Como no sea la ira de algún comisario político fanático y del pelotón de los ilusos incorregibles, que pretenden cambiar al mundo sin cambiar ellos ni de franela”. Desde el inicio de la historia, Eduardo Liendo propone este contrapunto soterrado entre el escritor y su fantasma. Lenin se presenta en su casa y, aunque jamás lo diga, el narrador asume que, con su sola presencia, está exigiendo que él escriba. Que escriba sobre Lenin, por supuesto. Los fantasmas son muy vanidosos. En el fondo, se trata de una gran metáfora de la musa torturadora, de la obsesión literaria como experiencia de acoso: el fantasma insiste puntualmente, acorrala; el escritor se defiende. Resiste. La obra, al final, tiene mucho de huida irremediable, de expiación, de contrataque, de conjura, de palabra liberada.

Porque, aunque tal vez Eduardo Liendo desee eludir la etiqueta, esta novela tiene una honda impronta confesional. El narrador es un escritor, está jubilado, vive en los Palos Grandes, adora a su esposa que –por cierto– nació en Argentina… el libro está poblado de señales que, de manera deliberada, construyen un personaje claramente auto referencial. Creo, además, que éste es uno de los valores de la novela. Las páginas dedicadas al tránsito de un venezolano formándose en la Unión Soviética resultan fascinantes y conmovedoras. En sus díalogos con el fantasma de Lenin, el narrador logra recuperar su propia memoria. Lo invisible le permite regresar a lo real. Moscú y Leningrado son el escenario del encuentro entre la dureza de la historia y la inocencia personal.

Todas esas páginas retratan nítidamente el encantamiento ante la diversidad, ante un territorio y una experiencia extranjera, pero también la desilusión. Son el relato de una  pérdida. Es la historia de una generación única, la versión de un escritor que, desde muy cerca, desde la misma nieve, vio crujir sus sueños: “Si existía una utopía socialista, yace triturada en las calles de Praga”

Esta faena minuciosa, donde Lenin y Liendo buscan, a su vez, sus propios fantasmas del pasado, va construyendo una tensión secreta a medida que avanza la novela. Poco a poco, la respiración del libro y del lector comienzan a compartir la misma ansiosa expectativa: ¿Cuándo regresarán estos dos a la actualidad? ¿Qué piensa el viejo Vladimir de nosotros? ¿Cómo nos ve? ¿Qué dice sobre lo que nos está pasando?

No voy a delatar las estrategias narrativas del libro. No voy a contar el final. Pero sí me gustaría advertir que esta novela es una novela y no un panfleto. Que jamás cede ante la tentación de la ceguera. En más de un momento puede incluso resultar desconcertante: “Yo no soy culpable de tu estupidez ni la de millones de tipos como tú”, afirma vehemente y con toda razón, Lenin en medio de uno de los últimos debates. 

Eduardo Liendo no se aprovecha de un mito indefenso para sacudir sus propias opiniones. No pone en boca del líder soviético lo que él desea decir. Por el contrario, en la construcción narrativa, siempre el escritor se hace responsable de contarle al fantasma su propia versión de Venezuela: “En mi país (…) No sólo se puede ser marxista sin leer a Marx, leninista sin leer a Lenin, maoísta sin leer a Mao, sino que usted puede ser casi cualquier cosa sin haber leído nunca sobre el asunto en cuestión. Viene con nuestra idiosincrasia. Con decirle que hasta se puede ser presidente del país sin tener ni puta idea de lo que se trata”.

Deseo enfatizar esto porque, en los tiempos que corren, quizás algún malicioso o algún distraído crea que esta nueva novela de Eduardo Liendo es, en realidad, el próximo manual de la próxima coordinadora democrática. Para nada. En estas páginas no hay, por suerte, vocación ancilar, sentido utilitario. No estamos frente a un editorial disfrazado de arte. Este libro nunca olvida su designio y su destino literario. Incluso vista como un balance, como estricto ajuste de cuentas personal, la novela se enlaza de inmediato con la tradición ficcional del doble, de la alteridad como prolongación de uno mismo. Los tropiezos con Lenin, afirma el narrador, “me permiten confrontarme conmigo, es decir, con el que fui –y unas líneas después, se pregunta– ¿Significa acaso que por momentos lo suplanto y me transformo en su voz?”

Como en los relatos de Henry James, en la novela de Eduardo Liendo nunca se discute la existencia de los fantasmas. Ellos son un hecho. Las dudas se mueven en otro lado. El problema no es si están o no están sino quién los ve y por qué los ve. Esa pregunta ronda de manera insistente debajo de las páginas de este libro. Ella es, probablemente, la que nos devuelve luz y sombra sobre lo que vivimos hoy día: quizás también el presente sea un fantasma, una gran representación del vacío: “El espejismo está al desnudo –escribe Eduardo Liendo–. No es válido pretender establecer el rumbo hacia el provenir con la mirada fija en el espejo retrovisor”.

Librería Alejandría II. Paseo Las Mercedes

29 de enero de 2009

 

 

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