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Apuntes sobre Lobo Antunes, Otero Silva y Rushdie

Lisboa, Caracas y Cachemira coinciden en la Plaza Mayor

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Un hombre joven lee La muerte de Carlos Gardel (1994) de Antonio Lobo Antunes. Otro lector, constipado y afligido, acerca sus ojos gastados a una vieja edición de Fiebre (1939) de Miguel Otero Silva. Más allá, bajo la estatua del rey Carlos, una mujer de treinta y tantos desaparece en las páginas de la novela de Salman Rushdie, Shalimar, el payaso (2005).

La muerte de Carlos Gardel, edición de bolsillo, fue un regalo de la amante portuguesa. Escuchaban fados en un iPod. Ella, en castellano intuitivo, le pidió que le contara historias de su tierra. El lector joven –seductor lamentable– le había comentado que en Venezuela los portugueses tenían un estereotipo burlesco. Le habló de cachitos, de pastelitos de queso, de cuarticos de chicha y Riko Malt. «Si, de verdad, quieres conocer el sentimiento trágico portugués –dijo ella– debes leer a Antonio Lobo Antunes». El galán de feria, usando la provocación como recurso, le preguntó la dirección de la carnicería Antunes, dijo que no la conocía. «Eres un imbécil», respondió ella mostrando su fastidio. Él apeló a lo de siempre, al chiste: habló de conserjerías, del Central Madeirense, le contó el oficio de un hombre llamado Emilio Lovera. Se besaron sin ternura ni entusiasmo. Sus labios mezclaron sangre de encía con cerveza negra. «Extraño Lisboa. Últimamente me siento como un personaje de Lobo Antunes. En sus novelas, incluso, aparecen pendejos como tú». Volvió a besarla e ignoró el comentario. Unos días después, matando el tiempo en la plaza, recordaría la sentencia.

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El otrora gerente leía Fiebre. Encontró en la Cuesta de Moyano, por tres euros cincuenta, la edición de Seix Barral del año 75. Le aburrió –en relectura– tanto la historia política como el fervor juvenil. Su interés se enfocó en el personaje de Cecilia. Ataque de tos. El aire frío le rajó la garganta. La Cecilia de Otero le recordaba a su propia Cecilia. «Sólo en la peladera ‘e bola se sabe quién es quién», solía decir el gordo Atilio. La peripecia antigomecista de Vidal Rojas le provocaba una entusiasta sensación de derrota. «Ese país siempre fue una mierda, ya lo decía Díaz Rodríguez en Ídolos Rotos y eso era comenzando el siglo –retumbaba la voz desafinada del gordo–. Incluso en Fiebre, esa perversión sensiblera sobre la generación del 28, se percibe esa idiosincrasia de la mierda». «Cállate y sírveme otro trago», acostumbraba decir el gerente lector. El gordo Atilio había sido maestro de escuela. En 2002, luego de dar saltos eufóricos sobre el techo de un Toyota Corolla a las afueras de una embajada, decidió ir al exilio. El gerente, durante mucho tiempo, permaneció en Caracas y, presionado por otros comediantes, improvisó el rol de activista político. Cecilia puso condiciones y plazos. El gerente emigró a España con el fin de salvar su matrimonio. Durante dos meses sacó fotocopias en la Biblioteca Nacional. Luego –gracias a la recomendación de otro gerente exiliado– consiguió trabajo en una compañía que reparaba aires acondicionados. Cecilia lo abandonó tras una discusión insulsa. Andando por El Retiro, un domingo cualquiera, consiguió el libro de Miguel Otero y decidió irse a leer a la plaza.

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La mujer que lee Shalimar, el payaso no conoce Cachemira. Apenas, por intuición geográfica, sabe dónde queda la India. Compró la edición de Mondadori en una de las librerías del Corte Inglés. La síntesis de la contraportada la sedujo: la novela contaría la historia de un asesino. Emigró a España con desarraigo militante. Se apropió –a conciencia– muletillas, laísmos y seseos. No hablaba de Caracas. Cuando, por azar, escuchaba el acento criollo pasearse a sus espaldas aceleraba el paso. El tiempo, sin embargo, había cambiado su prepotencia. La historia contada por Rushdie sobre los pueblos hindúes y musulmanes le habló de su familia. Percibió su perfil en la silueta de Boonyi. También ella tenía su Shalimar, el payaso. Hacía más de un año que había iniciado una relación con el más bruto y holgazán de los castellanos. La convivencia sacó lo peor de cada uno. «No me dejes ahora o nunca te perdonaré, tendré mi venganza, te mataré y si tienes hijos de otro hombre los mataré también», dice Shalimar, el payaso a su amada Boonyi. A ella, con modismos vulgares, le habían insinuado lo mismo. Se interesó por la novela de Rushdie el día que la amenazaron de muerte. Con Shalimar descubrió la lógica del asesinato. Tuvo el deseo de huir a Cachemira. Sabía, sin embargo, que aquel calavera podría encontrarla en cualquier lugar del planeta. Shalimar encontró al embajador Ophuls, encontró a Boonyi y, al final –en desenlace dramático–, también encontró a Cachemira.

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Un hombre joven lee La muerte de Carlos Gardel de Antonio Lobo Antunes y siente vergüenza. La obra integra, junto con el Tratado de las pasiones del alma y El orden natural de las cosas, un tríptico de la muerte. Nunca antes había tropezado con personajes tan amargos. La desolación de los caracteres le hizo reflexionar sobre su estupidez. «El tango es una excusa, esta gente, verdaderamente, sufre –se dijo–. Estos pobres diablos intimidan. Las páginas de Lobo Antunes, con intenso realismo, representan la crónica cotidiana del peor de los mundos posibles». Pensó en la amante portuguesa y paseó la vista por la plaza: hombres estatua, turistas italianos, japoneses fotografiando cualquier cosa, un viejo con un ataque de tos que cierra un libro con desgano, un mendigo, una pareja que hace cebo con pasión y sin vergüenza, al fondo percibe a una mujer absorta en un libro de un título difícil de leer. El joven enfoca. La distancia complica la lectura curiosa: Roth, parece ser el autor… no, Rushdie.

Otro lector, constipado y afligido, acerca sus ojos gastados a una vieja edición de Fiebre de Miguel Otero Silva. Tras la lectura decide ir a emborracharse al bar del gordo Atilio. Esa novela le recordó a Cecilia; la Cecilia de Caracas, la Caracas ochentera. Recordó el apartamento de Chacao, la mudanza a La Urbina, el trabajo en Corpoven. «Pendejadas –le dijo el gordo– los venezolanos sobrevaloramos las pendejadas. Esa novela que usted se leyó, mi doctor, es una mierda. Si se lee La muerte de Honorio verá que le cuentan lo mismo. Olvídese de Cecilia, olvídese de Caracas. Deje de pensar que su vida cambiará el día que se caiga el gobierno. Salud». «Por la botella, que es la más bella…», dijo el gerente antes del ataque de hipo.

Una mujer de treinta y tantos desaparece en las páginas de la novela de Salman Rushdie, Shalimar, el payaso. Tuvo curiosidad por el autor. Leyó biografías en Wikipedia y blogs de aficionados. Supo que Rushdie pertenecía a una importante generación de escritores ingleses. Amis, Barnes y McEwan fueron algunos de los apellidos que leyó en un portal llamado Relectura donde su amigo de infancia Luis Yslas escribía, eventualmente, dimes, diretes y crónicas de Caracas. Escuchó un ruido. Escuchó su nombre pronunciado con odio. Sintió un ardor frío en la espalda y, antes del fin, pensó en la trágica historia de Shalimar, el payaso.

 

                                                                                         Lautaro Sanz

lautarosanz@gmail.com

 

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