Reseña

Reseñas

María Fernanda Palacios presenta el libro ¡Socorro! de Carlos Villalba

Leer más...
Que recomiendan?

Recomendaciones 

Los escritores recomiendan auténticos banquetes literarios

Leer más...
Actividades

Historietas literarias

19 de junio: Joaquín Ortega, Gonzalo Jiménez y Florencio Quintero hablan del cómic

Leer más...

¿Libros que se van para no volver?

 

Image

Los escritores de la casa hablan de esos libros que prestaron y que alevosamente jamás fueron devueltos. En este caso, se aceptan devoluciones.   
 

Gustavo Valle

Pedir prestado es hacer patria. Pero, como en toda economía formal o informal, ocurren fraudes. Un día le presté a S. mi querida edición de La interpretación de los sueños. Al cabo de ocho meses me devolvió el libro completamente subrayado, con marcador amarillo fluorescente en las ideas principales y fucsia las secundarias. ¡Un carnaval aquel Freud! Ustedes me dirán: ¡pero te lo devolvió! Y sí, me lo devolvió, pero no sé si fue a consecuencia de éste u otro trauma, pero a partir de entonces cuestioné el psicoanálisis, lo fustigué con ardor.

Otro día salí de casa con Fragmentos a su imán, el libro póstumo de Lezama Lima. Se lo iba a prestar a Z. Quedamos en un bar de Sabana Grande y allí comenzamos a beber. Pero bebimos tanto y tan seguido, que al despedirnos yo me olvidé de prestarle el libro y él se olvidó de pedírmelo. De vuelta a casa, beodo y parlanchín, lo dejé abandonado en el taxi. ¡Ah, las historias literarias que atesoran los taxis!

Y es que si hablamos de préstamos hay que hablar de abandonos. Hace años, cuando mi madre pudo recuperar una casita que tenía alquilada, me encontré tirado en el piso, junto a un montón de basura, las Obras Completas de Shakespeare. Los arteros inquilinos se habían llevado las pocetas, los grifos, las lámparas, los enchufes, todo, pero habían dejado a Shakespeare. Recogí al damnificado de entre los escombros. Lo rocié con Baygón para liquidar las termitas.        

Un día le presté a M. mi destartalada edición de Historias de cronopios y de famas. ¡Ese sí fue un gran día! M. tardó como dos años en devolverlo, pero cuando lo hizo, el libro llegó a mis manos irreconocible: encuadernado en cuero con lomo repujado, y en la tapa se leía el título en suntuosas letras doradas. Jamás volví a encontrar tanta generosidad en el género humano.  

Mi amigo, el poeta Leonardo Luzón, tenía una estupenda biblioteca. Pero la suya era bastante excéntrica: cada libro estaba guardado dentro de una bolsita de plástico transparente. Como es de suponer, era particularmente quisquilloso para prestar libros, pero cuando lo hacía, el préstamo incluía la bolsita. ¡Ah, Leonardo, adorable fetichista!

Pero la historia más siniestra pertenece a  B., que robaba libros de las bibliotecas municipales. Yo solía ir a su casa a leer, y un día me di cuenta de que muchos de sus libros tenían sellos de bibliotecas municipales. Poco a poco desarrollé una estrategia que me permitió sustraer esos libros sin que B. se diera cuenta. Es decir, comencé a pedírselos prestado. Y le pedí tantos libros prestados, que al cabo de un tiempo me hice de mi propia biblioteca de libros de bibliotecas municipales. Me sentía un Robin Hood de los libros. Un “ladrón que roba ladrón… y todas esas idioteces. Esta ha sido la única forma de heroísmo que he experimentado.

Image 

 

Jesús Nieves Montero

Fíjate, aunque debo aclarar que realmente se trata en parte de negligencia mía, le presté a una amiga Seis propuestas para el próximo milenio de Ítalo Calvino y todavía no lo he podido recuperar. También tengo por allí prestado el libro de ensayos de Severo Sarduy, La simulación, el cual lloro casi día por medio, pues en él hay un texto donde Sarduy ejecuta con precisión un símil entre el ejercicio del escritor y el tatuaje, explicando cómo escribir es tatuar en la masa del lenguaje y que no puede haber tatuaje sin pérdida de sangre, por lo que lo mismo es equivalente en este oficio.

Me animas a hacer los reclamos correspondientes, mañana envío las comunicaciones.

 

Juan Carlos Chirinos

Lo malo de cuando presto libros es que olvido el libro y a quién se lo he prestado; y, el día que lo busco en mi biblioteca, ya no sé si no está porque nunca lo tuve o porque alguien lo posee de manera espuria y por alguna razón -casi siempre por amor- no se atreve a devolvérmelo. La misma razón por la que yo no he devuelto los que algunos corazones incautos me han dejado poseer. Sólo una vez he recuperado un libro que había prestado a uno que supuso que a mí no me haría nunca falta y había decidido robármelo en mis narices: El cantar de los Nibelungos. El muy pillo se iba del país con mi ejemplar del poema germánico escondido en el fondo de su maleta, pero yo fui más astuto -nuestro padre Loki, origen de todo fraude, protege a los lectores inocentes-.  Creo que he prestado (pero ya no sé a quién) las Narraciones extraordinarias del dos veces centenario Edgar Allan Poe, en una muy apetecible edición de Bruguera; y un ejemplar de Ficciones, de Borges, editado en aquellas humildes pero preciosas ediciones de la extinta Oveja Negra. El resto de los libros que he prestado los tengo ubicadísimos, sé su paradero, tengo sus coordenadas: Así que no se hagan los locos, aquellos que los tienen, ¡y devuélvanmelos ya!

 

Juan Carlos Méndez Guédez

La lista debe ser larga. Por suerte, la memoria es un abismo en el que solemos perdernos.

Sólo recuerdo en este momento un par de libros. Entre la llama y el hielo, de Plinio Apuleyo Mendoza, y Frente al espejo de Miyó Vestrini. Dos libros en los que periodismo y literatura se funden de manera genial. Los presté unos días. Se trataba de un trabajo puntual que un amigo necesitaba realizar. Pero nunca más se supo. Ni de los libros, ni del amigo.

Claro que como uno en el fondo es un laico muy judeo cristiano también me ha dado por recordar los libros que yo no he regresado. El Obabakoak  de Atxaga, y un libro de ensayos de Paz Castillo. En el primer caso intenté por todos los medios devolverlo pese al océano que me separaba del dueño de ese libro. Al final, con generosidad infinita, esa persona me dijo que no importaba; en el otro caso, esta misma mañana meto el libro de Paz Castillo en un sobre y lo devuelvo.

 

Eduardo Cobos

 

La lenta furia de Fabio Morábito. Una pequeña historia: en el ’92, yo era librero, y un buen día, o mal día, depende, me ofrecen trabajo en Fundalibro en el extraño cargo de Jefe de Almacén. Acepté. No sé cómo es el oficio de Jefe de Almacén (un oficio se ejerce a veces por siempre), pero puedo decir que lo fui por ocho meses, los más largos y de cierta forma los más tediosos de mi vida. Era indio y jefe. Los depósitos se encontraban en un sótano. El primero de ellos era para los libros que iban a las ferias regionales. En el otro, que quedaba mucho más abajo, estaban los libros que se habían mojado por lluvia en la I Feria Internacional del Libro y que Fundalibro se había visto en la obligación de comprar. Un día decidí revisar lo que había allí. Entre cientos de títulos estaba el de Morábito, que había sido publicado por Vuelta. Es decir, la típica cubierta corrugada gris verdosa y las páginas gruesas, cosidas, con la mancha abundante en letra bruñida, absolutamente apta para el ojo. Entre tanta desgracia personal, La lenta furia se transformó en un descubrimiento prodigioso, no dejaba de recomendar a cualquiera sus cuentos o leer en voz alta algunas líneas de esa prosa clara y melódica (quienes conocen el libro saben de qué les hablo). Eso ocurría cuando se incorporó, de pronto, Juan Carlos Santaella a Fundalibro. No sé si Santaella es un buen o mal tipo. Para mi infortunio sólo me constó lo segundo, ya que mi entusiasmo se lo hice extensivo y le confié mi Morábito. Al mes del préstamo le pedí el libro. Le dio vueltas al asunto. Insistí al tiempo, al salir ambos de una fiesta. Santaella dijo, medio gritado, que yo era un pendejo, porque, según aclaró, hay dos tipos de esos especímenes, los que prestan y los que devuelven los libros. Y él, por supuesto, nunca me lo iba a devolver. Han pasado los años, y he prestado y me han prestado muchos libros, cumpliéndose así el inevitable y gozoso ciclo de la amistad libresca: todo libro prestado se devuelve siempre, es la única ley que posibilita una red recíproca de lectores. Aunque nunca más he vuelto a ver o a saber de Santaella, todavía tengo la esperanza de que recapacite y me devuelva La lenta furia, porque nadie puede, después de tantos años, seguir siendo tan miserable. Así es que con paciencia y sin furia cualquier día espero tu correo Juan Carlos.

Image 

 

Federico Vegas

Un ejemplar de  El Guardían en el centeno (la peor traducción de un título que se conoce. Si, al menos fuera El guardián de Daniel Centeno, O El centeno de Israel). Se lo presté a un primo, quien se hizo el sueco por seis meses. Cuando le reclamé el libro, me dijo:

—No te hagas el pendejo, ese libro te lo presté yo hace cinco años.

Lo peor es que no sé si es verdad.

 

Salvador Fleján

Una vez le presté Vidas imaginarias a Rodrigo Blanco Calderón y aún imagino que algún día me lo devolverá.

 

Fedosy Santaella

Recuerdo que en la universidad presté Bajo el volcán de Malcolm Lowry. No lo vi más, pero tampoco lo reclamé, pues la joven a la que le presté esta maravillosa novela tenía fama de bruja, y con las brujas uno no se mete ni tampoco se le pide que devuelvan libros. También recuerdo que una vez llevé a un viaje de trabajo El largo adiós de Raymond Chandler. Íbamos camino a Guatemala en una línea área centroamericana de esas que más bien parecen autobuses. Durante el vuelo, me cambié de puesto y me fui a sentar con un compañero de trabajo, que estaba en la  parte trasera del avión, más cerca de los sobrecargos y el licor. Ahí estuvimos bebiendo y conversando hasta que el capitán nos informó que había problemas con el tren de aterrizaje. Que el tren de aterrizaje "no aparecía", así dijo, y luego agregó que tendríamos que aterrizar sobre espuma en la pista o sobre el mar. Parecerá mentira, pero en lo primero que pensé fue en mi novela, que estaba por allá sola, abandonada, sin nadie que se dignara a darle, por lo menos, un breve adiós. Cabe decir que al cabo de unos minutos de tensión pasó un señor con un destornillador. Mi compañero y yo lo vimos levantar una tapita en el piso para luego empezar a darle trancazos a algo metálico. Poco después se escuchó ese sonido típico del tren de aterrizaje cuando baja. Todos suspiramos, y el hombre, quizás el copiloto del avión, regresó a la cabina. Al rato aterrizamos en el aeropuerto de Panamá, rodeados de camiones de bomberos y ambulancias. De salida me reencontré con mi novela. Sentí como si me hubiera reunido con un ser amado que hubiera estado pedido por años. En fin, yo creo que ese día estuve a punto de prestarle mi libro -y mi alma-, a la muerte, o si prefieres a La Muerte. Y no creo que ella hubiera tenido intenciones de devolverme nada. Ni mi libro, y mucho menos mi alma.

  

Armando José Sequera

Recuerdo un caso espeluznante: durante siete años seguidos compré, presté y perdí igual número de ejemplares de Doña Bárbara, siempre de la edición azul de Espasa Calpe. Siete estudiantes de bachillerato -algunos vecinos y otros parientes-, me lo pidieron prestado y, al no regresármelo, compré otro y otro y otro, hasta ocho ejemplares. El octavo me fue devuelto por una amiga de mi hija, estudiante universitaria, y permaneció en mi biblioteca varios años. Un día, sin embargo, una sobrina que se hallaba de visita lo vio y lo pidió prestado y su no devolución es la causa por la que esta obra de Rómulo Gallegos no habita ahora en mi casa

 

 

 
  
comentarios (2) >> feed
A propósito del malévolo comentario de Eduardo Cobos
escrito por Juan Carlos Santaella, marzo 12, 2009

Lástima que Cobos me considere de esa manera. Es injusto. Siempre fui una persona muy amable y buen compañero de trabajo. Cierto que no pude devolverle el libro de Morábito que alguna vez me prestó, pero nunca fue mi intención. Si él me considera mala persona por este hecho, sería posible que yo me atreviera a decir algunas cosas de él que son impublicables. Cobos, aparte de sus razones, siempre fue una especie de resentido oculto entre los bastidores de Fundalibro. Tipo extraño, misántropo, aunque buen lector. Además de ser un tanto mezquino. Igual lo aprecio en la distancia. Supongo que se fugó a Chile.

...
escrito por YOSELIN DE URIBE, noviembre 05, 2009

EL CONTENIDO ES MUY IMPORTANTE PERO SE DEBE TOMAR EN CUETA OTROS ENSAYISTAS COMO JUAN CARLOS SANTAELLA

Escribir comentario
quote
bold
italicize
underline
strike
url
image
quote
quote
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley

busy
< Anterior   Siguiente >

Patrocinante