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"All the lonely people, where do they all come from?
I
A Edgar Lee Masters le bastó un solo libro para ingresar con pie firme en la historia de la literatura: La Antología de Spoon River, considerada por Jorge Luis Borges como una de las obras más auténticas de América, y altamente recomendada por Roberto Bolaño en su lista de libros imprescindibles, tal vez porque se trata de un poemario que puede leerse perfectamente como un conjunto de cuentos pero también como una novela breve cuya arquitectura de vasos y voces comunicantes revela la sabiduría de un fabulador pura sangre. Es posible que en esa triple condición genérica resida una de las razones por las que, apenas apareció en la escena literaria de Estados Unidos en 1915, el libro se convirtió en un best seller uno de los atípicos casos que registra la historia comercial de la poesía: 19 ediciones solamente ese año, y más de 75 para 1950, fecha en que fallece su autor. El éxito, sin exagerar, le llegó a caudales: elogios, premios, condecoraciones, fama. A tal punto que Ezra Pound dijo de su autor que finalmente, América había descubierto un poeta. A los pocos años de ese estallido editorial, la obra era vista como un clásico de la lengua anglosajona. Un escándalo, por la mirada cáustica de la civilización norteamericana que ofrecía el poemario, pero también, un motivo de orgullo y celebración en tanto que contribuyó al renacimiento poético de Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX, junto a nombres como Pound, Eliot, W. C. Williams y Wallace Stevens. La Antología de Spoon River elevó a Lee Masters al pedestal de los grandes escritores en lengua inglesa. Su nombre, desde ese providencial año de 1915, permanece en el Parnaso de las letras occidentales. Pero el hombre, el abogado de bajo perfil que, luego de leer los epigramas satíricos de la famosa Antología griega compilada hacia el siglo I a. C., recibió la bendición esa mezcla de inspiración y arrojo creativo de dar a luz el libro tantas veces soñado en la soledad del anonimato, durante los años siguientes se vio paradójicamente condenado a padecer el peso del éxito: la maldición de haber creado una obra tan elevada que su frondosa altura ensombrecería todo lo que infructuosamente escribiría después de La Antología de Spoon River. No sin malicia, Borges señaló que, desde 1915, Lee Masters publicó muchos libros de versos, con la esperanza de repetirlos. Ha imitado a Whitman, a Browning, a Byron, a Lowell, a Edgar Lee Masters en 1924 apareció su Nueva Antología de Spoon River, recibida con un elocuente silencio. Del todo en vano: es, por antonomasia, el autor de La Antología de Spoon River. No sería inexacto pensar entonces que Lee Masters nace literariamente en 1915, y muere literalmente ese mismo año. Como si en ese libro hubiera expresado todo lo imperecedero que podía decir, y lo demás, de allí en adelante, sólo sería reescribir, publicar, reeditar, vender, pero jamás volver a convocar, con vocablos de implacable belleza, la desolación sin fondo y la crueldad sin remedio de los seres humanos. Porque mientras Lee Masters escribía ese conjunto de epitafios de una ciudad imaginaria llamada Spoon River donde todos los habitantes hablan desde la muerte, estaba escribiendo también, y sin saberlo, su propio epitafio. El inicio y el fin de su carrera artística, pero a la vez, las palabras lapidarias que le otorgarían, al menos el tiempo que duren los lectores en el mundo, la ilusoria inmortalidad.
La primera asociación que me vino a la mente al leer La Antología de Spoon River fue con esa otra obra de difuntos que hablan de un pasado de abandonos, crueldades y ambiciones, pero también de escasos momentos de ternura que completan el fresco de unas vidas sepultadas por la soledad. Me refiero a Pedro Páramo de Juan Rulfo, autor con quien Lee Masters no sólo comparte el interés por los espectros, sino la condición de ser escritores de una sola obra (no desconozco, claro, el valor de El llano en llamas, pero este libro de cuentos, hay que admitirlo, adquirió proyección universal gracias a la novela de Rulfo). Sin embargo, a diferencia del narrador mexicano, Lee Masters no encaja dentro de esa raza de autores que Enrique Vila-Matas ha denominado los escritores del No, es decir, aquellos poseídos por el síndrome bartleby: Esa pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizá precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre. Lo menos que hizo Edgar Lee Masters como sí lo harían Rulfo, Rimbaud, Westphalen, Salinger y tantos otros bartlebys incurables fue dejar de escribir o quedarse paralizado. Ya se vio cómo luego de su éxito trató por todos los medios de recuperar el tono y la estatura poética que había alcanzado en La Antología de Spoon River. Probó con el teatro, con el ensayo, con la biografía, con la novela. Y con mayor empeño y frustración con la poesía. Pero ninguno de esos libros ni siquiera su autobiografía hizo mucho ruido entre los lectores. No resulta extraño por eso que casi toda su producción de aquellos años llegara a asemejarse bastante a los libros de sus autores admirados. Lee Masters se empezó a parecer, más que a un escritor, a un copista de obras maestras, en un afán por acercarse al alma de los grandes escritores, y, de ese modo, aproximarse a aquel hálito poético que alguna vez le fue dado crear; como un fantasma que se resistiera, por empecinada nostalgia, a abandonar el mundo de los vivos. Es probable que Lee Masters llegara a comprender al final de su vida, con menos desasosiego que resignación, que aquella gracia concedida por los dioses durante los días que escribió La Antología de Spoon River, no le sería otorgada de nuevo. ¿No afirmó el crítico Horace Gregory que el libro parece haber sido escrito en un estado de trance tal que incluso llegó a provocarle un colapso nervioso a su autor? Como quiera que haya sido, no se le puede criticar a Lee Masters el haber procurado repetir los logros de ese supuesto y fecundo trance. Nadie que haya probado las mieles de la belleza y la gloria literarias se resiste con facilidad a abandonar del todo ese sabor que es también un saber no exento de riesgos. Se me ocurre pensar que quizás por haber vislumbrado y cifrado la revelación de una belleza lacerante y trágica, es decir, por haber tenido el estremecedor privilegio de escuchar o de inventar que se ha escuchado las voces de la muerte, y trasladar luego ese sobrenatural sonido al papel, los escritores como Lee Masters, como Rulfo, y hasta me atrevería a decir, como Dante, ya tienen poco o nada que contar luego de esa inmersión visionaria en el revés de la vida. Lo demás, también en este caso, es el silencio. Y por mucho que lo haya intentado, Lee Masters debe haber intuido que lo que escribió después de ese libro feliz y fatal de 1915 sólo fue una forma de comunicar no tanto la necesidad de decir como su imposibilidad de callar.
II
La imagen inicial de La Antología de Spoon River es una colina de tumbas: el cementerio de un imaginario pueblo del Oeste Medio norteamericano quizás una recreación simbólica de la ciudad de Lewinston, en Illinois, donde el autor vivió parte de su adolescencia. En ese primer poema, La colina, una voz anónima recurre al tópico del ubi sunt, propio de las elegías: ¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley, el abúlico, el forzudo, el bufón, el borracho, el peleador?, para luego responderse: Todos, todos están durmiendo en la colina. Sin embargo, pronto ocurre el despertar. Cada uno de los poemas siguientes pertenece a un nombre, a la voz de un habitante de Spoon River. Un total de no menos de 244 criaturas fantasmales quienes, a través de sus epitafios, recuerdan episodios de su paso por el mundo. Un repertorio de espectros, de relatos, que van configurando la trágica historia del pueblo: una región desolada donde la iniquidad, la ambición, el puritanismo y la impostura de la mayoría de sus pobladores parecieran haberlos condenado a un incómodo estado sepulcral que no les da paz ni silencio, que los empuja a confesar, no sin ironía y en algunos casos con remordimiento, sus fallidas e incompletas existencias. El fracaso es la sensación más recurrente en estas evocaciones de ultratumba. Se trata de poemas que son minúsculas autobiografías pero además cuentos que construyen un diorama implacable de Spoon River, y a escala metafórica, uno de los más severos juicios literarios que se han hecho sobre el género humano.
Escritos en versos libres, y con un estilo narrativo conciso, rico en imágenes y frases en las que se equilibran el sarcasmo y la compasión, los poemas de este libro muestran una heterogénea galería de oficios y condiciones humanas. Sacerdotes, granjeros, alcaldes, médicos, carpinteros, prostitutas, alcohólicos, boticarios, millonarios, abogados, violinistas, poetas, maestras y una larga fila de almas conforman la coral fúnebre de Spoon River. Cada uno cuenta un fragmento de su vida: una anécdota, una idea o un detalle que la resuma o exprese. El desenfado de sus confesiones pareciera indicar que en la muerte ya poco importa encubrir lo que se ha sido. La franqueza, a veces rayana en el desparpajo, el reproche o la inconsolable tristeza, caracteriza el tono de los poemas. Y como se trata de seres que compartieron lugares y ocupaciones comunes, la imagen de un personaje suele irse completando, adquiriendo más relieve o sumando más versiones como en un juego de espejos a partir de las otras voces que construyen el rompecabezas final de la historia colectiva. Así, por ejemplo, al poema de Ollie Mc Gee, quien acusa al marido de haberla despojado de su juventud y belleza, le sigue el de Fletcher Mc Gee, cuyas palabras admiten que, en efecto, después de la muerte de su esposa, su espectro lo persiguió toda la vida. No son pocos los momentos en los que los personajes dejan entrever una mirada escéptica del mundo, a veces despiadada. Un hombre nunca podrá vengarse /de ese ogro monstruoso que es la Vida. /Uno entra en el cuarto; es decir, nace; /y luego debe vivir; agotar el alma, dice el ferretero Robert Fulton Tanner, mientras Jones, el indignado asevera que a veces la vida de un hombre se transforma en un cáncer /a fuerza de ser machucado y continuamente machucado y se hincha como una masa purpúrea /como excrecencias en los tallos de maíz. Más duro aun es Franklin Jones al preguntarse si la vida no será sino salir del cascarón /y después ir de aquí para allá en el patio, / hasta el día del patíbulo. /¡Salvo que el hombre tiene el juicio de un ángel, /y ve el hacha desde el principio! No escapa de este mural de infortunios la paradoja cruel de esos seres que habiendo llevado una vida deplorable, como el caso del borracho Chase Henry, son sepultados por azar junto a tumbas de honroso prestigio: Tomad nota, almas discretas y piadosas /de las contracorrientes de la vida /que confieren honor a muertos que vivieron en el oprobio. La otra cara de la moneda la ofrece el epitafio del Juez Somers, quien, pese a su intachable labor, yace ignorado por todos aquellos a los que dedicó sus mejores años como jurista. Es manifiesto también el antibelicismo del autor en varios de los poemas, como por ejemplo el de Knowlt Hoheimer: mil veces mejor la cárcel del distrito /que yacer debajo de esta estatua de mármol alada, /y este pedestal de granito /soportando las palabras Por la patria. /En todo caso, qué quieren decir. Inevitable no reconocer en esa queja el eco del arrepentimiento de Aquiles en el Hades, quien, según narra la Odisea, llega a renegar de su condición guerrera por haberle arrebatado el placer de vivir más años, sin glorias heroicas, pero entre sus seres amados. A veces, las referencias literarias son más directas, como en Lucius Atherton, un perverso don Juan rural que dice haber visto en el más allá una sombra poderosa que canta /acerca de una mujer llamada Beatrice; /y ahora comprendo que la fuerza que a él le hizo grande /me arrojó a mí a la escoria de la vida. Pero, sin duda, uno de los poemas más conmovedores de esta antología de almas en pena, acaso uno de los más bellos homenajes a la literatura, sea el del violinista Jack el ciego, quien luego de morir entre las ruedas de un coche, revela que en esa morada ultraterrena donde ahora deambula, ha conocido a un ciego con una frente /grande y blanca como una nube. /Y todos nosotros, violinistas, desde el más elevado al más humilde, /escritores de música y narradores de historias, /nos sentamos a sus pies /y le escuchamos cantar la caída de Troya.
Porque no todo es impuro o miserable en el fresco de La Antología de Spoon River. Como todo escritor clarividente, a Lee Master no le podía resultar verosímil y sí bastante insustancial un mundo sin contrastes en el que, a pesar de sostenerse sobre el escepticismo, no tuvieran cabida la compasión, la ternura o el amor desinteresado. Basta recordar las palabras de Reuben Pantier, quien luego de una prolongada vida disoluta, llora sobre el hombro de una prostituta recordando a su maestra de primaria, Emily Sparks, a quien le dice, desde la lejanía de la muerte, que su enseñanza no fue del todo en vano: Debo cuanto fui en vida / a tu esperanza que no quiso abandonarme, / a tu amor que no obstante me consideró bueno. La respuesta de ella no se hace esperar, pues el epitafio de Emily Sparks viene inmediatamente después del lamento de Reuben: Muchacho mío, dondequiera que estés, /haz algo por la salvación de tu alma, /para que todo tu barro, toda tu escoria, /sucumban al fuego, /hasta que el fuego no sea sino luz. /¡No sea sino luz! Emotivo diálogo inconcluso de dos seres que se recuerdan y se agradecen, pero incapaces ya de escuchar, de conocer, su compartida nostalgia. Más elocuente aún en torno al amor es el epitafio de Mary McNelly, una pieza de sutil lirismo que trae a la memoria versos de San Juan de la Cruz, Garcilaso de la Vega y hasta de Pedro Salinas: Viandante, /amar es hallar la propia alma /a través del alma del amado. / Cuando el amado se aparta de tu alma / es que has perdido su alma.
Finalmente, las voces muertas de Spoon River se apagan luego de las palabras de El ateo del pueblo, quien cuenta que, poco antes de fallecer y luego de una larga enfermedad, vio encenderse en su ánimo la antorcha de la esperanza: Escuchadme, vosotros que vivís en los sentidos /y sólo pensáis a través de los sentidos: /la inmortalidad no es un don, /la inmortalidad es un logro; /y sólo quienes se esfuerzan extremadamente /conseguirán obtenerla. Más allá del tono moralista de estos últimos versos, o acaso por ese mismo espíritu de redención, las palabras del ateo convertido se impregnan de cierta ironía si se piensa en los dolorosos años de esterilidad literaria que le deparó esta obra a su autor, luego de su temerario descenso en los territorios ficticios, pero no menos inquietantes, de la muerte. Lee Masters sabía qué sombras había logrado transmutar en belleza. Por eso quiso recobrar esa alquimia verbal, sin saber que ya había hecho suficiente para alcanzar la inmortalidad, o tal vez, con la certeza de que toda inmortalidad puede resultar vana comparada con la sensación de estar vivo, de ser temporal. Lo cierto es que La Antología de Spoon River ha sobrevivido como una pieza de mordaz resplandor poético en la que, si bien se vuelve al tópico de la transitoriedad de los bienes humanos, el oficio sabio de su autor le permitió escoger las palabras que no envejecen, las que actualizan las metáforas de siempre y nos las hacen cercanas y urgentes.
III
En su ensayo En el cementerio de Choroní, Eduardo Cobos advierte que el Cementerio General del Sur, ese deteriorado campo santo capitalino, ha adquirido todas las características de la ciudad de Caracas. Es verdad. Pero es terrible pensar en el revés de la frase, es decir, en que Caracas también se asemeja cada día más a la imagen de un cementerio en expansión. O en hundimiento. No nos dejemos engañar por el vocerío, por la parranda perpetua, por el vertiginoso transitar de sus muchos habitantes. La muerte es tramposa y adopta diversas vestiduras para distraernos, confundirnos, atraparnos. Las cifras no mienten. Basta abrir la prensa, contar los cadáveres que a diario abultan las estadísticas de esta necrópolis gobernada por esos cómplices del crimen que se hacen llamar salvadores de la patria. O muerte. Seres a los que las únicas urnas que les quitan el sueño son las electorales. Y a veces ni ésas. Por eso no hay tiempo para el despiste. A la vuelta de la esquina nos puede anticipar la bala que nos volverá un fantasma, una resta. Ya no cabemos en las morgues. Los números de la muerte, de cada muerte, son un reclamo en la conciencia, un mal que nos acecha, que nos obliga a desconfiar, a encerrarnos, a envasar al vacío nuestra vida. De todo esto, pero también de todo lo que callamos y ocultamos, nos habla este hermoso y estremecedor libro de Edgar Lee Masters. Por eso quizás se me hizo inevitable comentarlo. Porque en cualquier momento nosotros habitaremos Spoon River y sumaremos nuestra historia a su coral de epitafios, por lo que no me parece inútil preguntarse, incluso con premura, si existe vida no después, sino antes de nuestra muerte. Prefiero morir de vida y no de tiempo, escribió César Vallejo, y abrigar ese deseo, sobre todo durante esos estados de angustia en los que la vida se nos escurre, en los que nada de París y sí mucho aguacero, ya es algo. Es una convicción y una protesta. Una fe y una respiración. Porque esta cofradía deleznable que nos gobierna y que el libro de Lee Masters recrea con implacable exactitud (léase en especial el epitafio del Director Whedon) pareciera demostrar con sus actos que sólo en la colina de la muerte nos es posible alcanzar la auténtica igualdad que proclaman. De ser así, ahora entiendo mejor de qué socialismo me están hablando.
Por Luis Yslas Prado
8 de diciembre de 2008
Selección poética de
De la edición de Barral Editores (Barcelona, 1974). Traducción de Alberto Girri.
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