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¿Por qué Eneas no se lleva consigo a la reina Dido en su viaje?

Por Rodrigo Marcano

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Eneas narrando a Dido, reina de Cartago, la caida de Troya. Obra de Pierre-Narcisse Guèrin (1774-1883)  

  

  

  

La cuestión sentimental que nos embarga al final del Libro IV de la Eneida es difícil. ¿Por qué dejar atrás el amor, el gran amor, que da sustento e ilusión de atemporalidad al hombre? Este es un asunto cuya gravedad se excusa en decenas de lecturas, pero nunca nos deja satisfechos. Desde la más burlesca de ella, que implica reducir a Cartago, los feroces enemigos de Roma, como una ciudad de desubicados que sobrevivieron al invierno gracias a la ayuda recibida por parte del príncipe troyano a cambio del fugaz amancebamiento con la reina, hasta asuntos más nobles y acertados.

  

 La épica, parafraseando la observación de Aristóteles sobre los personajes homéricos, pinta a los hombres mejores de lo que son. Esto implica que no están sometidos a sus Deseos personales, por benignos y pacíficos que sean. Pero entonces, ¿a quién se someten?

  

 En el caso de Eneas, vemos que es un mortal emparentado con los dioses. Su madre, nada menos que Afrodita, vela por él con la dedicación que Tetis derrochaba en Aquiles. Pone sus dones particulares al servicio de su protección en las querellas divinas, en pos del cumplimiento de su destino. Por consiguiente, Eneas no recibe los designios divinos como cualquier mortal. Los mandatos de los dioses están teñidos de un componente filial que lo estrecha con ellos. Es comprensible que ese gran héroe descendiente de Dárdano se comporte como un niño que en el borde de las circunstancias no puede hacer más (ni siquiera dudar de los dioses porque sería dudar de sí mismo) que seguir las palabras de sus padres. Cuando ve detrás de sí, sólo puede verse con las ruinas de su ciudad y los caprichos divinos que la llevaron al suelo. Después de experimentar una imagen como esa, la humanidad en el príncipe se reduce y da paso a aquella gracia suprema que lo emparenta con los dioses. Esa es la gracia que Virgilio refleja como la principal característica del pueblo romano.

  

 Esta fuerza de empuje que lleva a Eneas a la separación que vemos en el episodio del libro IV, lo sobrecoge y lo sobrepasa, aunque como detalle esencial. Virgilio nunca nos muestra al príncipe sometido (como Aquiles) por esa cualidad. Guarda recelo hacia su madre, pero no deja de respetar y acatar. El equilibrio a esta inmensa fuerza puesta en este personaje lo podemos hallar en el libro VI. En el episodio del encuentro entre Anquises y su hijo, se le revelan a Eneas los misterios. La transmigración de las almas expuesta en este encuentro establece los verdaderos límites de la tarea de Eneas. Virgilio coloca un nuevo rango que parece sobrepasar a los dioses, colocándolos como guardianes del orden de la vida y de la muerte. Dentro de ese orden está el imperio y se puede ver su porvenir. Observándolo en esa dimensión, Anquises consigue darle a Eneas fortaleza a su espíritu y de alguna manera enmendar en él (no en nosotros) el conflicto sufrido por la separación. Borrando también el encuentro espectral con Dido, ya que Eneas olvida su paso del inframundo al salir de él, dejándolo con la experiencia subyacente.

  

 Virgilio nos muestra en su épica los grandes asuntos con una claridad de detalle asombrosa. Se introduce en los dioses de manera tal que estos dejan de ser formas caprichosas hasta convertirse en fuerzas primordiales sin escapar a los límites de su obra. Termina por conciliar a Homero y a Empédocles, separados por Aristóteles en cuestiones de estilo, para solidificar la borrosa idea de destino. Aún de esta manera, Dido no queda salvada. Sin embargo, es imposible imaginar otra vía valorando el peso de los hados y de quien los recibe.

 

 

 

 

 

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