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Una nueva Pompeya

Por Paola Romero

 

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Habrá que preguntarles a todos ellos si Caracas es una ciudad
O solamente una idea.

 

Es extraño conocer a un escritor, y después de leer su novela, enterarse que primero fue poeta. Este reconocimiento a destiempo me hizo saber que estaba dominada por el compartido prejuicio que dice que en el proceso creativo de un autor existe un supuesto orden, y que saltar de un género a otro implica, o una gran osadía o descuido intelectual.

Gustavo Valle es poeta, cronista, guionista y narrador. Superado el prejuicio, el orden de los factores no altera el producto, en este caso, la palabra. Recién finalista y ganador de la III Bienal Adriano González León con su primera novela Bajo tierra (Norma, 2008), Valle vuelve a la palestra literaria con su faceta de narrador agudo y divertido, describiendo las hazañas de dos jóvenes ucevistas, que acompañados de un ex-chamán, descienden en las entrañas de una Caracas moribunda, para salir días después como un vómito de las ruinas de un deslave natural. 

Luego de haber leído Bajo tierra, el poemario Ciudad imaginaria (Monte Ávila, 2006) de anterior publicación, muestra claras correspondencias con las imágenes y la temática narrativa que desarrolla el autor en la novela. El tema de ciudad, la soledad, el desencuentro, el viaje, la relatividad del tiempo y el cuerpo como algo lúdico y pasional, estaban ya engendrados en sus versos.

Ciudad imaginaria no fue concebida originalmente como un poemario; poemas sueltos y en apariencia disímiles fueron agrupados en cinco secciones que, de manera muda y secreta, se entrelazan por un hilo que las une y las equilibra, animadas todas por una cuestión fundamental: la palabra como medio para recrear mi presencia, mi yo en un tiempo, que no es ni presente ni pasado ni futuro, sino el tiempo de la memoria compartida del hombre que vive y padece la ciudad. 

La sección Ciudades inaugura el libro y plantea las premisas que se repetirán en distintas imágenes y fórmulas a lo largo de las secciones posteriores. Para el poeta, a diferencia de la intuición común, la ciudad no es un refugio sino más bien una cachetada que nos hace reaccionar ante la inminente soledad y el desencuentro: “la soledad es el lugar de las ciudades” 

Entre los íconos típicos citadinos –el taxista, el mendigo, los perros callejeros– la soledad es un personaje más que se ausenta. Lo que existe entonces es Cartago, Babel, Timanaku, El Dorado. Surge una dialéctica entre la ciudad real –la del tráfico, la del smog, la de la cachetada– y la ciudad imaginaria, la que se sueña y recrea. En el ensayo “Un bolero llamado Caracas”, perteneciente al libro de crónicas viajeras La paradoja de Ítaca (2005), Valle dice sobre Caracas: como si de pronto le salieran alas a la ciudad para salir volando lejos, hacia ese lugar ignorado con que sueña, esa ficción que no alcanza, una especie de El dorado caraqueño, su propia y deseada ciudad invisible, quizás más al sur, todavía más al sur, donde comienzan las selvas” 

Las secciones Fantasmas y Viajes agregan al tema de la ciudad la aventura solitaria del viaje interior por los recuerdos y los fantasmas de la memoria. Una falsa impresión nos hace ver el mundo como distinto y, a la vez, el mismo; Caracas puede estar en el puerto de Amsterdam o en el Ateneo de Madrid. Los días en el mundo deambulan solitarios por las calles y la memoria se va construyendo de este espejismo entre el estar y pensar haber estado. 

ImageEl tema del exilio es una pieza inevitable en Viajes, sugerido en la bella imagen de una mochila que carga con el peso de nuestra memoria de otra ciudad. El exilio, más que una despedida en aviones que nos alejan o acercan a otros espacios, es un exilio interior, de aquél que fuimos y que dejamos de ser. En “Bitácora de butaca” dirá el autor: “Pretendes hacer de estos exilios una página genial de literatura. Estás allí para poder estar en otra parte. Estás aquí, en Madrid, y llevas en tu mochila la memoria de otras ciudades, los paisajes imantados te persiguen”. 

La patria es un anhelo, un ideal, es esa “ciudad imaginaria” que nosotros mismos creamos y recordamos con melancolía: “¿he salido de mi triste país? / ¿continúo en los ligerísimos aviones? / ¿cómo reconocer mi lugar si todos los lugares me son ajenos?”  Esta idea –una preocupación de cierto modo metafísica– del autor, vuelve a brotar en boca de un personaje de su novela Bajo tierra al decir: “La ciudad de los sueños de mamá estaba hecha de una cosa y la otra. Como si fuera un collage. Ella sentía nostalgia por una ciudad que nunca visitó. Y a esa ciudad nunca visitada le agregaba la ciudad a la que siempre quiso ir”. 

Las tres secciones restantes –Árboles, Palabras y Cuerpos– son, en mi opinión, el lado luminoso de este poemario. La palabra ya no es el medio para el poema, sino el poema en sí mismo. El poeta las manosea, las digiere, las suspira y las aspira en un proceso que le es inevitable Las palabras son libres portadoras de las imágenes de nuestra imaginación y no piden permiso para salir de nuestra boca: “Nunca las obligues a tus labios, / la andadura vagabunda  dibujará su destino. Hay un tiempo / para las palabras”. 

Los árboles cumplen una función poética en la estructura y la vitalidad de la ciudad; son los sostenedores de nuestros sueños, de nuestros paseos los domingos, de nuestras tardes en el balcón viendo a la gente pasar: “A lo largo de las aceras, / como una galería de columnas, / sostienen a las ciudades, / para que no se caigan”. La vida recorre como un aire trasparente la ciudad y se cuela entre las ramas de estos árboles monumentales, fundacionales, mientras el mundo sigue girando su secreto destino: “El mundo viaja en sus raíces / En la savia de sus ramas se desplaza / Pero él está quieto / Se queda fijo”. 

ImageCuerpos dedica un espacio a la celebración de la mujer y a su cuerpo, que es el refugio de los placeres, la piel en la que reposan el mundo, la música, las palabras y el poema: “Flor fecunda / nuez del goce, vida / de la vida / El mundo tiembla en / tu cuerpo / bajo tu piel única”. Valle logra combinar con delicadeza imágenes eróticas con una sensualidad y reposo tan propio del goce de los amantes recientes. En el poema “La cama de latón”, las palabras se suceden en la música de una cama, que abandonada por sus habituales habitantes, grita y reclama la vuelta del elemento erótico: “cojea la cama y rechina / más que nunca, tiemblan / sus heroicos resortes al recordar / las tardes aquellas, parece / quejarse esta cama / de la ausencia de tus muslos”. 

Ciudad imaginaria es, más que un conjunto de poemas reunidos bajo un título, una propuesta, una cosmología vista desde los ojos de un alma solitaria, transeúnte de una ciudad que le es ajena, pero a la vez propia y entrañable. La ciudad se duerme como una Pompeya en ruinas, y amanece para limpiarse el barro y continuar el día. Un recorrido nostálgico escrito de la voz de un poeta que sabe, vive y añora una Caracas perdida desde sus versos extranjeros.

 

Por Paola Romero

 

comentarios (3) >> feed
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escrito por Ximena , abril 07, 2009

Excelente artículo y muy completo. me gusta la relación que haces entre el poemario y la novela. Terminas diciendo que Valle es un poeta que sabe, vive y añora una Caracas perdida desde sus versos extranjeros. A eso respondo: Eres una lectora que logró sumergirse en las obras de Valle rescatando esa voz y esa añoranza que emigra nostálgica, con todos los poros llenos de Caracas.
Te felicito Paola, sigue escribiendo.



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escrito por leb, abril 12, 2009

Paola, qué buen tino por haber reflexionado sobre ese libro. Gustavo es un poeta, y por lo tanto tiene una cosmovisión. La ciudad imaginaria es un magma que nos nutre a todos, y así como es realidad (la ciudad imposible y todo eso) también es celebración de la imaginación. Qué bueno que hayas podido reconocer eso. Celebro la hendija por donde te metiste para verlo, y, por supuesto, celebro al poeta Gustavo. Hay que estar pendiente entonces con la greca crepitante. Saludos desde Alaska.
leb
leb

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escrito por Paola, abril 12, 2009

Ximena, Luis Enrique, gracias a ambos por sus bellas notas.

La greca siempre está crepitante...

P.

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