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Retrato de un caníbal Retrato de un caníbal
Retrato de un caníbal
Las grandes obras de la civilización son documentos de barbarie, dice Walter Benjamin en sus conocidas Tesis sobre la Historia. De esta manera, el filósofo alemán nos ayuda a borrar de un plumazo la falsa disyuntiva con que se ha planteado, desde Domingo F. Sarmiento hasta Rómulo Gallegos, el problema de la modernidad en América Latina. Es tan falsa esa disyuntiva que, de hecho, la frase de Benjamin nos lleva a sustituir la conjunción disyuntiva del subtítulo de Facundo (Civilización o barbarie) por una conjunción copulativa (Civilización y barbarie).
Esta perspectiva que ve la barbarie como el otro lado de la moneda de todo proyecto modernizador (y no como un enigma casi siempre relacionado con la experiencia incontestable del Mal) permite entender ciertos episodios complejos de nuestros días.
Uno de estos episodios salió a la luz pública en 1999. Su epicentro tuvo lugar en un pueblo en las cercanías de la ciudad de San Cristóbal, en el estado Táchira (Venezuela) y los estertores estremecieron al mundo entero. Se trata del caso de Dorancel Vargas Gómez, mejor conocido gracias a la prensa sensacionalista como El comegente.
La historia de los asesinatos cometidos por el que es hasta ahora el único caníbal del prontuario delictivo venezolano, se la debemos al periodista Sinar Alvarado por su libro Retrato de un caníbal: los asesinatos de Dorancel Vargas Gómez (Debate, 2005). Este libro obtuvo en el mismo año de su publicación el Premio de Periodismo de Investigación promovido por Random House Mondadori y el Banco de Venezuela. Estamos hablando, galardones aparte, de un relato magistral y horroroso, perpetrado a sangre fría.
II
Como bien lo señala Alberto Salcedo Ramos en la contraportada del libro, Sinar Alvarado es tributario de ese gran maestro del género que es Truman Capote. Ciertamente, en esta especie de novela de no ficción, Alvarado logra mantener la fidelidad a los hechos reales (mediante una investigación rigurosa que apela, entre otras fuentes, al testimonio, la revisión de la prensa y de los sumarios del caso) sin dejar de lado el potencial narrativo que contiene esta historia. Es tan comedido el balance entre ficción y realidad que la voz del narrador en ningún momento deja traslucir la del autor. De modo que los hechos, para utilizar un lugar común, parecen hablar por sí mismos. Aunque, tomando en cuenta la naturaleza de los sucesos allí narrados, más que hablar, los hechos emiten sonidos guturales, gritos que se remontan a un tiempo que luce demasiado lejano para nuestra comprensión.
Hasta hace unos años, el canibalismo era la transgresión cultural mayor, por impensable, que podía cometer el ser humano. Esto quedó claramente demostrado en 2002 con el caso de un alemán llamado Armin Meiwes, un técnico en computación de 42 años que se comió a un hombre al que había contactado para tal fin por Internet. Uno de los principales problemas que debió enfrentar la Fiscalía germana fue la cuestión de que el canibalismo no estaba tipificado como crimen dentro de sus leyes. No sé cuáles fueron las consecuencias jurídicas de este caso, pero es previsible que en adelante haya llevado a la necesidad de plantear la posibilidad de que un ser humano decida un día comerse a otro ser humano y por ello prever un castigo para tal acción. De la misma manera que los millones de personas torturadas y asesinadas durante la Segunda Guerra Mundial dieron pie al establecimiento de los derechos humanos y a la condena por crímenes de lesa humanidad.
El caso de Meiwes (cuyo antecedente inmediato es Hannibal Lecter) parece la personificación de la sentencia de su compatriota Benjamin. ¿No son los técnicos informáticos los representantes paradigmáticos de la razón moderna? Tal y como lo recoge un reportaje del diario La Nación, de Argentina, el caníbal de Roteburgo confesó que desde pequeño soñaba con la posibilidad de comerse a los compañeros de clase que le gustaban. ¿Cómo conciliar, entonces, la realidad cotidiana y racional de Meiwes con sus anhelos más profundos? El único recurso que nos queda es recordar el famoso grabado de Goya y concordar en que a veces el sueño de la razón produce monstruos.
III
La historia de Dorancel Vargas Gómez me lleva a pensar en un sueño o en una pesadilla más específica: la que produce la modernidad en Latinoamérica. Y es que el caso de El comegente es radicalmente distinto del de Meiwes por factores socioeconómicos, culturales y, sobre todo, individuales. Dorancel es un hijo de una numerosa, nómada y humilde familia de los Andes venezolanos. Es la variante atroz de la típica oveja negra de toda tribu filial. Sin embargo, la diferencia fundamental con su colega alemán radica en lo siguiente: Dorancel Vargas Gómez está completamente loco. Esquizofrenia paranoide residual, según el dictamen de los diversos médicos que, durante su accidentado camino, lo atienden en cárceles y en institutos para enfermos mentales.
Este hecho, creo, determina la complejidad y riqueza narrativa del libro de Sinar Alvarado y explica las diversas lecturas que la historia de Dorancel Vargas Gómez propicia. El hecho de que el personaje protagonista de esta historia sea un enajenado mental irreversible, conduce a que el lector (al no poder juzgarlo) desplace su atención hacia los otros personajes y las otras historias. En otras palabras, a que el lector fije su mirada en las víctimas y no tanto en el victimario. O también, a que nos fijemos en Dorancel y sus víctimas (y por extensión, en la figura del indigente como síntesis del loco, el drogadicto y el alcohólico) como un excedente no previsto en las cuentas de nuestro proyecto de sociedad. Un incómodo margen de error que esa misma sociedad rechaza mediante la impiedad y la indiferencia.
En este sentido, la dedicatoria que antepone Alvarado a la lectura de su libro anticipa la dimensión testimonial de su relato: A los protagonistas de esta historia, todos víctimas. Un protagonismo compartido que deja ver una desgracia compartida y que no es otra que la de la locura, el fracaso y la pobreza. Marcas ya distintivas de la historia de nuestra conformación como país.
No es casual, pienso ahora, que la obra más conocida y celebrada de la literatura venezolana sea, precisamente, la historia del conflicto entre la incipiente civilización y la voraz barbarie. Aunque temática e ideológicamente Doña Bárbara (1929) sea una reverberación final del viejo esquema planteado en Facundo (1845), guarda una profunda conexión con el presente histórico de Venezuela. No hay que olvidar que Doña Bárbara, el personaje, es asimilada en la novela con el propio espacio de las acciones: la cruel inmensidad del llano. Ambos, el llano y Doña Bárbara, son conocidos bajo un mismo sobrenombre: la devoradora de hombres. Y en la escena final, cuando Doña Bárbara se hunde en la ciénaga, se produce la consubstanciación entre el personaje y su entorno, entre su circunstancia individual y la alternativa anacrónica (al menos para Gallegos) que representa para el país.
Si bien en la ficción de Gallegos triunfan Santos Luzardo y Marisela (la dupla modernizadora) sobre el orden titánico de la barbarie y el atraso, en la no ficción de Sinar Alvarado obtiene su revancha la barbarie esencial que acompaña como una sombra cada uno de nuestros pasos. Dorancel Vargas Gómez es también, y aquí sale despavorida la metáfora, un devorador de hombres. Al no ser responsable de sus actos, él como personaje no tarda en volverse espontánea alegoría. Es una fuerza ciega de la decadencia que acaba con las grises vidas de hombres que nacieron condenados por las taras del alcoholismo, la drogadicción y, en especial, la pobreza. El haber sido asesinados, descuartizados y consumidos por El comegente le otorgó a sus existencias (incluida la del propio Dorancel) un macabro brillo especial. Ese que Sinar Alvarado supo captar con una escritura honesta y valiente para restituirles lo que al final justifica las historias más terribles y absurdas: el desfalleciente latido de la dignidad.
IV
Al finalizar la lectura de Retrato de un caníbal uno no sabe cómo reaccionar. Se queda uno atrapado en el fuego cruzado de lamentos tardíos. No sabemos si recriminar a nuestro sistema judicial y penal que aun en la actualidad no cuente con espacios y recursos para mantener a los enfermos mentales que hayan cometido algún delito, apartados del resto de la población carcelaria recibiendo el tratamiento médico correspondiente. O compadecerse, de forma abstracta, por todos aquellos pueblos y caseríos dejados de la mano de Dios, en el que todos sus habitantes, hombres y mujeres, están condenados a repetir un formato de vida inalterable, donde la violencia, la precariedad y la tristeza sean la trama preestablecida. O preguntarse, con morbosidad estética, cuantos crímenes macabros son necesarios que ocurran para que, a través de un relato ficcional o no ficcional, recordemos que existen pueblos como Táriba o Michelena, parecidos, a su manera, al pueblo de Holcomb reconstruido por Truman Capote en su legendario libro. Pueblos que sacrifican a sus habitantes para obtener la llama breve de la atención pública.
Estas preguntas incómodas son las que quedan después de leer el libro de Sinar Alvarado. Un periodista que, en esta tierra de placeres, fuegos fatuos y parrandas interminables, nos recuerda que la realidad reaparece como una resaca al final de cada fiesta.
Por Rodrigo Blanco Calderón
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