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2001 o los cobayas de Dios

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Advertencia: Esta nota contiene spoilers. No pretende ser un análisis sesudo de una obra cinematográfica que ha hecho correr ríos de tinta, sino una serie de impresiones personales sobre este film desde un punto de vista un poco menos académico y mucho más desenfadado.

  

ImageEntre los cineastas con un sentido verdaderamente refinado de la ironía hay que contar definitivamente con el estadounidense Stanley Kubrick. Tomemos por caso una de las películas paradigmáticas del realizador, considerada también como la más “seria” e intelectualmente “densa”: 2001: A Space Odyssey, estrenada en 1968. Concebida como una “proverbial buena película de ciencia ficción” (la frase es de Kubrick), 2001 representa la primera película del género que trasciende los límites de la space-opera hasta entonces de moda, tanto en su aspecto técnico como a nivel de guión, suscitando todo tipo de interpretaciones y polémicas sobre su alcance teórico y significados científicos, filosóficos e incluso místicos.

Sin embargo, es difícil encontrar quien enfoque a esta obra maestra desde el aspecto del sentido irónico (rayano en el sarcasmo) de su director, quien ya dejaba en claro en películas como Dr. Strangelove (1964), Lolita (1962) o incluso Paths of Glory (1957) que puede ser sumamente estridente o sutil en sus planteamientos satíricos.

Es conocida la desconfianza de Kubrick por las diversas manifestaciones de la “autoridad”, esas personas o entidades que pretenden dirigir los destinos de los demás seres humanos y que justifican esa pretensión en una supuesta superioridad intelectual, ética o religiosa. En prácticamente todas sus películas la “autoridad” se encarga concienzudamente de enredar las cosas y suele salir “con las tablas en la cabeza” como consecuencia de sus decisiones.

Image2001 no es una excepción. Ya desde su primer acto (“El Amanecer del Hombre”) se establece que los antepasados del homo sapiens no eran más que agresivas tribus de chimpancés al borde de la inanición, que se peleaban a gritos por transgredir sus respectivos territorios marcados por un charco de aguas sucias donde abrevaban de tanto en tanto. Un día se les aparece un extraño monolito negro que parece “iluminarlos” y a partir de ello empiezan a utilizar ramas y huesos como armas, las cuales utilizarán para matar a esos bichos parecidos a dantas con los que convivían pacíficamente y luego a sus congéneres de las tribus rivales.

Tal parece que esta especie de prólogo ya nos describe de cuerpo entero a nosotros, seres humanos modernos, sólo que se puede cambiar al monolito por alguna forma de autoridad (dioses, iluminados, presidentes de superpotencias, caciques de pueblo, etc.) y las armas por otras mucho más modernas y letales. Esta impresión queda confirmada por la ya mítica elipsis del hueso (arma primitiva) lanzada al aire que pasa a convertirse en un satélite artificial (¿arma nuclear en órbita?) millones de años después.

Ya en el umbral del siglo XXI (segundo acto del film: “TMA-1”), los descendientes de los simios vuelven a dirimir sus territorios sustituyendo los gritos por la diplomacia (nótense las sosegadas palabras con que el estadounidense Dr. Floyd y los rusos se intercambian sus desconfianzas mutuas) o los discursos llenos de palabras y que al final no transmiten nada (Floyd dirige unas palabras muy “políticas” a su llegada a la base lunar y contesta elípticamente a las preguntas), diálogos que no revelan mucho de lo que sus superiores han clasificado como “muy secreto”.

Una vez en el lugar donde se produjo la anomalía lunar que Floyd fue a investigar y en donde se encuentra una réplica del monolito que ya conocemos, éste vuelve a “iluminar” indirectamente a los humanos encaminándolos hacia otro peldaño “evolutivo” sin que ellos mismos lo sepan. ¿Transmisor de Dios? ¿Artefacto de experimentación alienígena? Lo único que empieza a quedar claro es que el monolito maneja el destino humano cuando y como quiere, pieza de un plan aparentemente muy bien trazado.

El tercer acto (“Misión Júpiter”) nos presenta a un grupo de cinco astronautas rumbo a la órbita joviana, con un propósito que sólo conocen tres de ellos (precisamente los que están en estado de hibernación y que serán despertados una vez alcanzado el objetivo) y la sofisticada computadora que gobierna la nave espacial, HAL9000 o simplemente “HAL” para los amigos.

Es en esta parte de la película donde Kubrick es especialmente transparente en los objetivos de su ironía: los dos astronautas en funciones son eficientes y fríos, como máquinas que se limitan a seguir al pie de la letra sus instrucciones para el logro de un objetivo final que desconocen; en cambio, la computadora HAL es presa paulatina de contradicciones y neurosis que la llevan de forma inexorable a la mentira y al crimen, es decir, a ser demasiado “humana”.

ImageCaso aparte es la desconexión (“muerte”) de HAL, escena que es presentada de manera mucho más emocional que los asesinatos de los astronautas hibernados (sólo líneas y pitidos en un monitor) o el de Frank Poole (corte de respiración y… silencio). ¿Cómo se puede sentir compasión hacia unos individuos que nunca conocimos o que contemplan con actitud absolutamente helada la transmisión de sus padres deseándoles feliz cumpleaños? HAL parece ser el único verdadero ser humano en comparación con ellos, simples peones en un ajedrez jugado por fuerzas superiores que se limitan a recibir órdenes sin cuestionamiento alguno.

El acto “Júpiter y más allá del Infinito” cierra el film con la tercera confrontación entre hombre y monolito, que conduce al astronauta Bowman al objetivo último de la entidad omnipotente que ha cuidado el devenir del hombre desde sus comienzos, última etapa de un experimento en el que los tristes cobayas humanos han sido manejados desapasionadamente para obtener una especie de superhombre, siempre bajo la égida de un Dios que no termina de morirse.

Máquinas que se humanizan, hombres que se “maquinizan”, superiores que siempre nos vigilan y nos imponen sus designios con la autoridad que da el “orden cósmico”. La ironía de esa imagen final del “súper-feto” estelar mirando al planeta Tierra como si éste fuera su nuevo juguete, todo bajo los compases rimbombantes del “Así Hablaba Zaratustra” de Richard Strauss. De nuevo Kubrick pone el dedo en la llaga a través de una película en apariencia aséptica y pedante, basada en una historia de Arthur C. Clarke, científico y escritor de sci-fi.

Aunque era el amo del mundo, no estaba del todo seguro sobre lo que hacer a continuación. Mas ya pensaría en algo”, es el final del libro de Clarke, escrito mientras se filmaba la película. Sí, siempre “ellos” piensan por el resto e imponen las condiciones de nuestro “libre albedrío”. Es nuestra elección para evolucionar y trascender nuestra condición de simples humanos y convertirnos en, no sé, ¿una “autoridad” tal vez? Bailemos el “Danubio azul” mientras tanto.

Por Inocencio Pereira

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Enlaces sobre la película y la obra de Kubrick en general:

http://es.wikipedia.org/wiki/2001:_A_Space_Odyssey_(película)

http://www.euros.net/2001/indexns.html

http://www.kubrick.com (en inglés)

 

comentarios (1) >> feed
Excelente
escrito por Katherine Pimentel, marzo 14, 2009

Para mi la obra maestra de Stanley Kubrick, es un film que perdurará en la historia, excelente reseña.

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