Guía del lector
Reseñas y crítica
Opio en las nubes Opio en las nubes
Del opio y otros demonios
No sé cómo empezar. Te conocí en el Opium Streap Tease y me dijiste que te llamabas Harlem y también me dijiste que te gustaba el whisky, las mañanas de sol y tantas otras cosas de las que no me acuerdo. Yo te dije que me llamaba Gary Gilmour y que acababa de morir en la silla eléctrica y no me creíste. Pensaste que estaba loco, que tal vez había bebido demasiado y te fuiste a la pista a sacarte tus ropas, a regar un poco de sudor aquí y allá mientras tocaban Boys Don´t Cry y yo pedí una cerveza y te vi allí desde la barra y me parecía que olías un poco a boys don´t cry, un poco de mañana de miércoles y no parabas de mover tus muslos, tus ojos, tal vez mirabas hacia arriba, hacia esas luces que olían a tomate, tal vez buscabas a Dios en aquellas luces amarillas y rojas que daban vuelta encima de tu cabeza, de tus sueños de manzanas podridas y cuando se acabó Boys Don´t Cry volviste hacia mí y nos pusimos a hablar, hablamos de todo, creo que hablé de tus cigarrillos y te pedí que me dejaras pasar la noche contigo pero tú me dijiste .
Opio en las nubes
Lupus es la primera palabra. Dicen que Rafael Chaparro Madiedo murió por el lupus. Otras versiones dicen que se suicidó porque tenía lupus, otros dicen lupus para no decir sida. Yo no sé. No me importa. La segunda palabra es heroína. La primera vez que yo escuché heroína fue por una amiga de la escuela que se la inyectaba; todos los chicos querían acostarse con ella, pero la mayoría pegaba la carrera cuando ella mostraba los brazos. Opio en las nubes ganó el Premio Nacional de Literatura de Colombia en 1992, es una novela de Rafael Chaparro Madiedo que sirve de culto para miles de jóvenes en el mundo y por otro lado es acusada de porquería por los críticos serios. No sé qué es un crítico serio y tampoco cómo son esos miles de jóvenes, pero Opio en las nubes tiene la virtud, sea por defecto o exceso, de no reducirnos a la indiferencia, de retratar lo sucio y sin poses: los males que azotan al vulgo y al que no se cree vulgo por igual. Habla entonces de agujas, canciones de rock, tragos, vómitos, gatos, bares, bancos en un parque, sillas eléctricas, sexo triste, sexo duro, sexo más triste que nunca, y mucha droga, muchas ganas de morirse. Pero vamos, la otra virtud de la pluma de Chaparro es que superó la adolescencia y se hizo escritor. Lo duro de escribir sobre la realidad es que corres el riesgo de sonar como cualquiera que se pare en una esquina, y en este caso, como uno de esos adolescentes que se monta en el metro con cara de apestado. Pero este colombiano muerto en 1995 hereda de la realidad su hedor y su prestigio, plasmando con efervescencia y saña el mundo de estos personajes míseros que pasan frío y soledad por las calles bogotanas. O de cualquier parte. Puede ser un libro efectista si se mira descuidadamente o si sencillamente se está en otro lugar, un libro en la tradición de Andrés Caicedo, del surrealismo, de Borroughs, no sé, la tradición del trip trip trip, de cosas que yo no he vivido y secretamente quisiera saber por qué, por qué así a veces, por qué todos tan cerca si yo no soy así. O al menos creo que no soy así. Eso tiene la buena literatura, te desnuda, te viola, te mete el dedo en el ojo, y ya, ahí te ves. Las voces de Chaparro Madiedo son altas y escurridizas, no demasiado grandiosas porque no lo necesitan, porque no pueden acceder a eso, pero explotan en cada recodo del texto, como la resaca o el aullido de una ambulancia. Tampoco les falta aliento poético aunque por ahí nos enseñen que la poesía se reserva para unos pocos. Da lo mismo la ciudad, repito. Esto puede ser Bogotá, Caracas, Nueva York, Amsterdam. El caso es que el mar debe estar en alguna parte. "Indagar si el escritor es parecido a los personajes sería desatender su mensaje (si es que lo hay) de que cuando cuenta, comprende, no juzga Andrés Caicedo nos dejó una deuda matándose, Rafael por su cercanía nos adeuda más, sólo que él no se quería morir. Nunca fui amigo de él. Lástima". Así concluye Fabio Rubiano Orjuela su prólogo a este libro.
Por Enza García
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