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Del mismo amor ardiendo: Armando Rojas Guardia

 

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Hace días que reflexiono sobre la poesía de Armando Rojas Guardia y he llegado a la conclusión de que es ciertamente líquida. Es clara, limpia y destila libre, despojada, despojadísima, de cualquier escondite posible. Expone temas fundamentales con una humildad y una entrega tan absoluta que desmantela cualquier posibilidad de murmuración.

La poesía de Rojas Guardia me encontró por casualidad una tarde de sábado en la extinta Macondo. Confieso que jamás lo había leído cuando llegué a comprar un regalo para un buen amigo que había estado al borde de la muerte (literalmente). No sé por qué decidí aquel día hojear y ojear (de hoja y de ojo me funciona igual) la obra poética de Armando Rojas Guardia y me encontré con este fragmento de poema:

 

Tengo un amigo
 
Vino con él un barco
que colecciona astronomías
de ases embragados
soberbios dominós
casinos puntualísimos
donde la matemática de Dios (azar la llaman)
elige a un jugador – y sólo a uno –
para apostarse íntegra

Así que decidí que este poema era una epifanía y que tenía que llevarle el libro a mi amigo, cosa que hice. Por el camino a la clínica seguí leyendo, hasta que descubrí estos últimos versos de un poema: “Alguien dibuja el día por nosotros. / Alguien me ama hoy, secretamente.”

Allí supe que había encontrado a un poeta que me acompañaría, como de hecho, en mi mesa de noche por años. Un poeta que hoy en día asumo como fundamental y que hasta me avergüenzo de no haberlo descubierto antes. Uno de los pilares del notable grupo Tráfico, que junto con Guaire, definiría toda una generación de extraordinaria poesía venezolana.

Y es que la poesía de Armando Rojas Guardia no busca asilo en ninguna forma efectista. El poeta nos habla de su experiencia mística convencido de un Dios que él sabe en discusión y revisión constante. Abraza su religiosidad ofreciendo en bandeja, a quienes lo queremos leer y releer, poemas hermosísimos y desnudos que se entregan de lleno a una verdad que acepta y se cuestiona aunque la sabe absoluta. A Dios se le debe el amor así como también se le debe el poema. Hecho curioso en un momento en el que la religiosidad no está en el tapete y tampoco constituye un tema de actualidad.

En los primeros encuentros con la poética de Rojas Guardia llama la atención su música (luego entendería que sus palabras están impregnadas de jazz). Cada palabra es urdida de manera tal que forma un imbricado con la otra y la otra, hasta lograr un entretejido que nos permite ver a través. Así, se habla limpiamente de la homosexualidad, del amor, del desequilibrio, de la ciudad, del deseo, del misticismo, de la demencia, de Dios, del laberinto y del silencio, con una mansedumbre que casi se convierte en desenfado. Como un plato en el que todo está servido, honestamente servido, y hace imposible una crítica mezquina o un chisme porque el poeta se presenta despojado y desnudo y no queda más remedio que mirarlo de frente sin inventarle nombres porque él mismo no se justifica. Como si quisiera ponerle un orden propio al paraiso.

Deshace los silencios tajantemente, dolorosamente, pero también dulcemente. Y si de algo sabe Rojas Guardia es de silencios: luego de un ataque sicótico perdió la palabra, se quedó mudo por un tiempo, sin el único asidero posible y, a fuerza de disciplina, de amor y de voluntad, las palabras le fueron regresando. Al principio, y después de mucho esfuerzo, sólo la palabra escrita, luego también volvería a hablar con esa voz convencida y profunda.

Ahora está muy bien, mejor que nunca, dice. Escribe, dicta talleres, lee vorazmente y nosotros lo leemos a él. Para muestra, este pequeño video en el que habla de sus libros El Dios de la intemperie y El principio de incertidumbre.

http://www.conviviumpress.com/es/authors/17/viewvideo/43/Video%201:%20Español

 

Armando Rojas Guardia nació en Venezuela en 1949. Es una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea. Es poeta y ensayista, autor, entre otros, de los poemarios: Del mismo amor ardiendo (1979); Yo que supe de la vieja herida (1985); Poemas de Quebrada de la Virgen (1985); Hacia la noche viva (1989); Antología poética (Monte Ávila Editores, 1993); y La nada vigilante (1994). En 1981, fundó el grupo Tráfico.

 

Por Adriana Bertorelli

 

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