La ciudad y los libros
Retrato Hablado
El día de mi suerte El día de mi suerte
Fotografía: Ariana Basciani Un amigo me dijo una vez que si su abuelita llegara a ganarse algún día el premio mayor del Kino, en realidad sólo le estarían devolviendo sus reales. Esta es la mejor (y más cómica) definición que conozco de lo que es un jugador: alguien que, al igual que el más ortodoxo de los religiosos, tiene una inagotable fe. La imagen de una doñita que, semana a semana, a lo largo de los años, apuesta una pequeña suma de dinero para obtener una gran suma de dinero, sirve también para recordar la paradoja humana que anida en los juegos de azar. Antes que a lo previsible y lo seguro, el ser humano parece avocarse con decidido placer a la incertidumbre y peligrosidad de aquello que no se planifica o sobre lo que no tiene el más mínimo control. Digo esto porque lo que se opone a los juegos de azar es la experiencia cotidiana y siempre humillante del ahorro. Cajas de ahorro, fideicomisos, prestaciones, pasivos laborales, son algunas de las etiquetas que recibe la prudencia, el número favorito de los que apuestan por no apostar, por no dejar nada, o lo menos posible, al azar. Estas disposiciones normalmente son entendidas como derechos que adquiere el trabajador cuando se alista en alguna nómina laboral. Sin embargo, son en realidad imposiciones que hace el Estado previendo que la naturaleza de las personas es el despilfarro. Borges imaginó en La lotería de Babilonia que el Estado era una especie de empresa omnipresente y omnipotente, la lotería, que repartía entre sus habitantes el azar, que para la literatura nunca ha sido un sinónimo general de la suerte, sino de la mala suerte. El Estado o la lotería como un amo macabro que reparte desgracias a unos súbditos aún más macabros que las solicitan. El relato de Borges me trae de nuevo a la anécdota de mi amigo y su abuelita. Me confirma en la sospecha de que todo verdadero jugador anhela secretamente perder. Con el tiempo, el instinto o la experiencia, le enseña a reconocer y a escoger los números fallidos. Por Rodrigo Blanco Calderón
| comentarios (1) >> |
escrito por constanza, noviembre 04, 2008
primero que nada: tan bella esa foto de la ari
ahora sí. chico, te leo y se me ocurre que todo ese asunto de las cajas de ahorro, los pasivos, el fondo de jubilación, y todos esos derechos que yo aún no disfruto, es un poco reconocer, pero también negar la esencia del venezolano. claro, la naturaleza es el despilfarro, pero, si el gobierno decidió que entre las metas del plan de la nación estaba alcanzar "la felicidad del pueblo" (o algo así), chico, acaso, para ser consecuente, no sería coherente que, junto con su taloncito de cesta tickets, les dieran también una tarjetica de kino?
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