Cronicas

Crónicas

En esta ciudad hay mil historias, te llevaremos a ser partícipe de varias de ellas... siempre.

Leer más...
Librerías

Librerías

Las más completas, con los mejores precios y libreros expertos, están aquí.

Leer más...
Lugares

Retrato hablado

Instantáneas de una Caracas que ahora es que tiene cosas por decir

Leer más...
Inicio arrow La ciudad y los libros arrow Crónicas arrow La fraternidad menguada

Image

La herencia de Eszter
 

  1. Publicada tres años antes de El último encuentro, esta novela actualiza el clásico enfrentamiento entre hermanos, o hermanas, por amor. Como toda obra de Marái, es un libro que no tiene desperdicio.

 

La fraternidad menguada

Image


Dice el resabio popular que “el que le pega a su familia se arruina”. La sentencia generaliza una condena más específica y atroz, aquella que dice, de forma tácita, así: “el que mata a su hermano, ése sí que de verdad se arruina”. Que alguien asesine a un hermano parece provocar mayor estupor que las variantes del fili o el parricidio. Matar a los padres o a los hijos es una transgresión demasiado grande para ser comprendida verdaderamente por nuestra razón. Es un tipo de crimen que solemos desterrar al espacio inaccesible del mal absoluto.

El fratricidio, sin embargo, lo sentimos más próximo, con unas causas más terrenales y menos inflexibles que nos dicen que aquello se pudo evitar. El amor y el poder suelen ser las fuerzas vulgares que llevan a cometer este tipo de asesinatos; “el más horrendo y contra natura”, según lo afirma el espectro del rey Hamlet que sabía mucho de estas cosas. Y Claudio, hermano de éste último, también lo sabía pues con estas palabras describe su propio crimen: “Sucio es mi delito; su hedor llega hasta el cielo. Lleva la marca de la más antigua de la maldiciones: asesinar al hermano”. Claudio es un personaje réprobo que asesina a su hermano Hamlet por los dos motivos mencionados que, ahora que lo pienso, más que vulgares en sí mismos, se vulgarizan después del crimen. Claudio mata a su hermano para robarle el trono de Dinamarca y su esposa, la madre del atormentado príncipe Hamlet. Y esa acción lo convierte en un rey indigno y en un amante grotesco.

Esa antigua maldición recuerda a la historia de Caín y Abel. La Biblia, como se sabe, es un libro más rico en sus interpretaciones que en el texto original. No se nos dice mayor cosa en el Antiguo Testamento sobre las razones que llevan a Jehová a ver con mejores ojos la ofrenda de Abel, pero sí comprendemos con claridad las razones de Caín para asesinar a su hermano: la injusta preferencia de Dios-Padre por uno de los hijos de la pareja original. Caín ataca en el cuerpo de Abel la iniquidad divina de Jehová y de una manera sutil nos dice que en realidad no ha asesinado a su hermano pues el propio Dios le ha demostrado que no son iguales.

Baudelaire, en el poema “Caín y Abel” llegó a dividir la humanidad en dos grandes razas que se correspondían con la suerte de cada hermano. El poeta francés se ubica, por supuesto, en la tribuna del primero y afirma con hermosa herejía: “Raza de Caín, tu tarea/ no está del todo concluida (…) Raza de Caín, ¡sube al cielo,/ y arroja a Dios sobre la Tierra”. Dios se convierte en una metáfora de la arbitrariedad abstracta del poder o del destino.

Todas las personas fracasan. Pero es cierto que algunas lo hacen con más frecuencia y de forma más estrepitosa que otras. Estos sujetos desafortunados suelen tener, además, como la coronación de su infamia, un hermano exitoso que constantemente los llevan a un fatigoso examen de conciencia. El resultado de dicho examen suele arrojar al fracasado dos posibles causas (que en el fondo son la misma) para su desdicha: mala suerte o falta de carácter. Heráclito afirmaba que carácter es destino, lo cual es una manera de arrojar a Dios a la tierra y recordarle a los seres humanos que son ellos quienes en realidad determinan el curso de sus vidas. Sin embargo, el hermano fracasado suele ver como una jugada sucia del destino no haber nacido con la voluntad o el carácter necesarios para triunfar. En La herencia de Eszter, de Sándor Márai, Lajos dice: “Una persona que no tiene carácter o que no tiene un carácter perfecto, es un inválido en el sentido moral de la palabra”. La definición aplica literal y metafóricamente para un personaje como Gerardo Leiva, hermano del boxeador Santiago Leiva, mejor conocido como el Trueno del Litoral, en la novela No escuches su canción de trueno, de José Roberto Duque. Gerardo se irá por el camino de la delincuencia y la droga, donde perderá una de sus extremidades. Mientras que Santiago triunfará como boxeador aunque sucumbirá finalmente a la envidia de su más rencoroso contendor: Gerardo, su propio hermano.

En la novela de Márai se da una variante compleja del tema. Lajos es un fracasado, un inválido moral, según sus propias palabras, y sin embargo no es hermano de nadie en la historia. Él es, más bien, el trofeo amoroso que separa para siempre a Eszter, la protagonista, de su hermana Vilma, quien finalmente se casa con Lajos. Vilma muere pocos años después por una enfermedad y la familia de Eszter no vuelve a tener noticias ni de Lajos ni de sus hijos durante 20 años. En todo ese tiempo de relativa paz, Lajos se transforma en el emblema vivo de la traición. Más que un inválido moral, Lajos se revela como un ser que carece absolutamente de la noción de moral: es alguien que engaña, estafa y traiciona sistemáticamente a todo el que lo rodea. Transcurridos los 20 años de silencio y lejanía, Lajos regresa a la casa de Eszter acompañado de los hijos que tuvo con Vilma. Y regresa con un propósito inexorable: arrebatarle a Eszter la casa donde sobrevive ella y una mucama. La única propiedad que pudo salvar mucho tiempo atrás de las argucias de Lajos por apoderarse de todo. Lajos es un personaje tan cruel, tan indiferente a cualquier emoción humana, que no tarda en alegorizarse. Por momentos, Lajos parece un símbolo del estado comunista y totalitario que arrebata lo que encuentra, y por momentos Lajos parece encarnar a un dios infantil y atrabiliario, cuya verdadera vocación es separar y destruir.

Al final, ante el asombro general, Eszter firma el documento que le permite a Lajos apoderarse de su casa, ese papel que la confinará a ella y a su mucama a una casa de hospicio. Interrogada por su decisión, Eszter responde: “Lajos tiene razón (…) tiene razón al decir que en la vida hay un orden invisible y que hemos de terminar lo que un día empezamos, de la manera que podamos”. Lajos, como vemos, se transforma en un heraldo negro, un soldado que garantiza el cumplimiento (siempre fatal) de un destino.

Otros ejemplos narrativos de este tema los encontramos en relatos como “La hora menguada”, de Rómulo Gallegos, y “Cartas de mamá”, de Julio Cortázar, donde el ojo ciego del amor separa para siempre a los hermanos. ¿Por qué a él o a ella y no a mí?, es la pregunta que late en estas historias. Pregunta que revela la esencial injusticia que caracteriza a la vida, pues si hay dos seres idénticos en el mundo, más allá de las apariencias, son dos hermanos.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón 

 
comentarios (0) >> feed
Escribir comentario
quote
bold
italicize
underline
strike
url
image
quote
quote
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley
Smiley

busy
< Anterior   Siguiente >

Patrocinante



Lugares de Encuentro