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Pebbles Pebbles
"Todo lo que supe de ti lo aprendí en los libros y a lo que le faltaba, yo le puse palabras"
Cristina Peri Rossi
Nadie, Pebbles, nadie me cree cuando les digo tu nombre, cuando les aseguro que no se trata de un apodo, que así se llama la muchacha que una mañana salió a jugar béisbol con mis amigos en el descampado de La Hoyada. Da lo mismo. Nada pierde ni gana esto que ahora voy a contar si te invento un nombre irreal para aparentar verosimilitud. Tú lo sabes y eso me basta. La verdad es que no he podido olvidar tu caminar de esa mañana hacia el home, enfundada en unos pantaloncitos rojos, agitando el bate con inexperiencia y cuadrándote al lado del gocho Mauricio, el catcher que aquel día no pudo disimular el estrabismo que le causaron tus quince años contoneándose a centímetros de su careta. Llevabas semanas amenazándonos de machistas cada vez que nos pedías jugar con nosotros. Entre risas te respondíamos que mejor no, que otro día, que te podías lastimar, que las reglas eran complicadas, que eras nuestro apoyo, que tus gritos también eran parte del juego, que...
Cobardes sentenciabas con esa voz ronca que le otorgaba musculatura a tus insultos, aunque siempre volvías a vernos jugar y, cada vez menos, a apoyar a algún equipo.
Pero esa mañana fue diferente. Eras otra y nos convertiste en otros. Todos crecimos de golpe ese día al recibir la lastimadura de tu belleza. Llegaste al terreno con unos shores ajustados que nos mostraron unas piernas firmes y delgadas. Rosáceas. Quita sueños. Tu primera jugada maestra. También te habías comprado un guante y vestías una franelita que aprisionaba unos senos diminutos pero tan firmes como tu temperamento a prueba de sexismos. Luego atravesaste la cancha sin mirar a nadie, te sentaste al borde de la tercera base, cruzaste tus piernas de infarto y nos dijiste con las cejas, con los ojos, con toda la piel y finalmente con la voz:
Juego en la próxima partida.
No preguntaste: advertiste. Y nadie dijo nada. Cómo decir algo si éramos puros ojos y silencio. Perplejidad tembleque sobre un campo de béisbol en estado de parálisis. Hubo algunos silbiditos y risas nerviosas, pero el incendio de tus ojos castaños acalló cualquier conato de burla. El juego interrumpido por el escándalo de tu anatomía estaba por terminar y yo era el pitcher de la próxima partida.
El azar nos colocó en equipos distintos y la impaciencia colectiva decidió que fueras la primera al bate. Me subí al montículo, descifré las señas del gocho y me dispuse a contemplarte con descarada lentitud. Empecé a sudar. La pelota era una incandescencia en mis manos y no hallaba la forma de dejar de desearte y temerte. El sol caía implacable sobre tu rostro, casi oculto por la cachucha. Parpadeabas, pero te mantenías imperturbable, invencible. Movías tus caderas ligeramente mientras tus manos sostenían el bate y yo no sabía si arrojar la pelota o arrojarme a tus pies derrotadísimo hasta que me gritaste: ¿Toda la vida, pitcher?, y entonces cerré los ojos y lancé.
La pelota se estrelló en la reja de atrás, muy por encima del guante y del esfuerzo que hizo el gocho por atraparla. Primera bola. Tenía terror de hacerte daño así que los tres siguientes lanzamientos, aunque menos aparatosos, estuvieron muy alejados de tus ganas de golpear la pelota y nuestro orgullo esa mañana.
Boleto. Ni me miraste cuando soltaste el bate hacia atrás con una gracia que desconocíamos y empezaste a trotar hasta la primera base. Se escribe fácil, pero los que estábamos allí jamás olvidaremos ese trote, Pebbles. La levitación de tu cuerpo encendido sobre el escaso césped del terreno de juego. ¿Fue adrede? ¿Recuerdas que lo hiciste en cámara lenta, como calculando el impacto de tus movimientos en nuestras hormonas? Sí, yo sé que nos estabas castigando y nos gustaba y te gustaba y como medio siglo después de esa visión perturbadora, llegaste a la primera. Ya no recuerdo bien lo demás. Sólo que me cayeron a batazos. Nadie osó impedir que cruzaras la segunda rumbo a tercera con el hit siguiente, ni el center field logró atrapar el fly de rutina que cayó a sus pies, ni el segunda quiso lanzar a la goma con fuerza ni puntería para sacarte out, pues todos en callada complicidad querían concederse el placer y el asombro de verte deslizar en el plato y levantar el polvo con tus piernas, para luego levantarte y dar esos pequeños saltitos sobre el home que decretaron tu primera carrera en una partida que en aquel momento no supe que perdería una y otra vez y para siempre.
* * *
Luego vendría todo lo demás, Pebbles, un todo fragmentado que doce años después, en tu apartamento de San Bernardino, recordaríamos hundidos en un sofá y bebiendo un tinto chileno.
Tengo imágenes borrosas de ese día. Lo que sé es que nunca en mi vida he ido tanto al cine como en aquellos años me dijiste sin mucha nostalgia esa tarde.
¿Ya no vas? pregunté inútilmente ante la evidente respuesta que me ofrecía la ruma de películas piratas del seibó.
No. Ahora sólo alquilo. Pero no es igual dijiste y soltaste el humo del quinto cigarrillo de la tarde. Tampoco me provoca.
No es igual, pensé y me serví más vino.
¿Qué te provoca? dije.
Casi nada. Suena aburrido, pero es la realidad.
Callé y no te dije que el puñetazo de realidad era lo primero que me recibió cuando me abriste la puerta ese día y apenas pude reconocerte en tus ojos achinados, la sonrisa a medias y la ronquera de tu voz. Lo demás que me resistía a ver no encajaba con la película de imágenes que conservaba de ti. Que conservo, Pebbles. Por eso me quedé inmóvil y no atiné a responder nada cuando me abrazaste y me dijiste que estaba igualito, que pasara, que disculpara el desorden y no sé cuántas cosas más que no oí porque el volumen del televisor estaba muy alto.
Y pasé.
No sabía quién eras; sólo lo que habías sido, o acaso lo que habías sido para mí. Era tonto pensar así, detenerme en ese maldito desajuste temporal pero era inevitable. Yo trataba con poco éxito de ajustar los recuerdos que guardaba de ti con lo que ahora eran la delgadez de tus brazos, las ojeras, y sobre todo esa tristeza que había opacado aquella gracia que alguna vez, Pebbles, tú me entiendes, ¿verdad?, tú sabes de ese alguna vez que compartimos, y perdóname decirlo acá, pero es que era como si un puño ascendiera dentro de mí hasta llegar a mi boca para abrirse de pronto y taparme los labios. Empecé a comprender que quizás había sido un error llamarte, visitarte, pero debía imaginar que todo podía ser posible otra vez, la amistad o acaso , quiero decir, el porvenir, aunque ambos supiéramos que cada cual era en ese sofá la copia de una copia mustia que ya sólo podríamos evocar con escasas palabras y lo poco que quedaba del cabernet.
¿Qué más recuerdas? me dijiste mientras te observabas las manos como buscando una respuesta entre los dedos.
* * *
Luego de esa mañana, toda la cuadra, Pebbles, qué digo la cuadra, todos los hombres de La Candelaria en edad de matarse por ti, te empezamos a mirar con deseo y respeto, y ya ni sé por qué te lo digo si tú lo sabías y lo saboreabas encantada, pero también con cierta dosis de inocencia. Una hilera de pretendientes fue desfilando por tu casa, y entre tu madre, tus hermanas y tú se encargaron de despacharlos a veces sin piedad y otras veces con promesas que alimentaban un futuro tan lejano como improbable. Pero un futuro que yo sí me creí completo y definitivo, de puro atropellado. Por eso, desde la mañana en que contemplamos el renacimiento de tu cuerpo, te empecé a invitar al cine todos los lunes, sólo como amigos, me decías siempre, y ni siquiera dejabas que te tocara el tema, y ni falta que hacía porque yo ni te tocaba el tema ni la mano ni nada, de puro nerviosismo que mis amigos llamaban idiotismo, con justa razón, claro, dadas las semanas que de pronto fueron meses sin que, luego de horas y horas en la oscuridad del cine mientras Cantinflas, E.T., James Bond, Michael Fox, Richard Gere y los Hermanos caradura te arrancaban esa risa imborrable que era el sello más sonoro de tu alegría, yo me atreviera, Pebbles, a decirte que eras la primera que, bueno, eso, la primera y el amor, tú me entiendes, pero jamás te lo dije con esa palabra, aunque escenarios y motivos no me faltaron y qué desgracia.
A los meses de esa atormentada experiencia de béisbol y cine a tu lado y nada más, hizo su aparición la novela que leías esa tarde en el descampado, bajo un árbol cercano al home. Yo bajé a comprar algo a la panadería de la esquina y te vi. Me sorprendió hallarte con un libro, para serte franco. No era tu estilo, y mucho menos el mío. Así que me acerqué y te pregunté qué estabas leyendo.
Piedra de mar dijiste. Me diste un beso en la mejilla y luego regresaste a las páginas.
Yo me quedé un rato ahí, apretando los labios y arrugando el billete que tenía en el pantalón. Quería hablarte de una película que habían estrenado, pero estabas abstraída en el libro. Te dije algo y apenas si asentiste por cortesía. Empecé a odiar que leyeras. Al día siguiente seguías con la novela. Y al otro, igual. Decidí, de puro necio, comprarla y averiguar qué es lo que había allí de inevitable. Tulio, que era el único que leía de todos nosotros, me acompañó a comprar un ejemplar bajo el puente de las Fuerzas Armadas. Me costó baratísimo y esa misma noche, en las escaleras del edificio, empecé a leer por primera vez en mi vida una novela, no porque me gustara, sino porque me gustabas, Pebbles, y porque así supongo comienzan las adicciones literarias.
Ya ni sé quién fue, pero justo por esos días alguien inventó un paseo a El Ávila que incluía a un gentío de la cuadra, y yo supuse, con mi dramatismo a cuestas, que esa ascensión significaría algo definitivo entre los dos, Pebbles, en vista del tiempo que ya llevábamos juntos sin estar realmente juntos, y además porque mis amigos, en plan de alcahuetes, ¿tú también lo sabías?, habían organizado ese paseo entre otras razones para que de una buena vez te dijera lo que sentía o de lo contrario me arrojarían desde el teleférico, y más de uno aseguró que no bromeaba, te lo juro.
A eso de las seis de la tarde y un frío espantoso, nos sentamos a descansar en los jardines, arropados hasta los huesos y bebiendo a escondidas una botellita de ginebra. Al rato me cansé de jugar siete y medio, y también me di cuenta de que no estabas cerca. Me levanté y me fui a caminar por los alrededores del Hotel Humboldt. Te encontré en un banquito, rodeada de tulipanes, leyendo El túnel y comiendo papas fritas. Me senté a tu lado, sin decir nada. Tú tampoco dijiste nada. Éramos dos estatuas congeladas por el frío y los presentimientos. Ambos sabíamos que el momento había llegado. Todo indicaba que si yo no decía algo en ese instante, mi vida se reduciría al tamaño de una vergüenza imperdonable, al cadáver de un tímido arrojado desde un funicular. Así que empecé a buscar una frase memorable, una cita inteligente, una palabra y nada que llegaba algo que no fuera el desgraciado tartamudeo. Pero si de algo estaba seguro, con una aceleración cardiaca espeluznante pero también con una fe de los mil diablos, es que el sentido de mis días y de mis noches eras tú allí, Pebbles, comiendo papas fritas, con tu pelo azabache y muerta de frío entre las flores y el silencio. Fue en ese estado de revelación cuando recordé la novela, a Corcho, Marcos, el mar, la fiesta de Carolina, los banquitos del parque Los Caobos, Jania y los atilas, el cine de Sabana Grande, José y Julia, el paseo a la montaña junto a Kika, la casa de la playa y todo se me vino a la mente como en un juego de espejos, Pebbles, no te miento, así que me armé de valor, cerré los ojos y lancé:
¿Te gustaría ser un pez?
Sólo al soltar la pregunta supe que ésa era, por fin, la declaración que llevaba en los labios desde hacía meses, por lo que no me importó robársela a Massiani, porque igual tú sabías en qué clave te estaba hablando y de qué modo me estaba muriendo. Pero no respondiste. Te quedaste más callada todavía y percibí que tu sonrisa se apagaba lentamente como la tarde. Fue como un eclipse, como un corrientazo. Al fin, dejaste las papas y el libro sobre tus piernas y, con lágrimas en la cara y tu mano en mi mano, me dijiste que la vida no era como los libros, que ojalá las cosas pudieran ser distintas entre ambos, que a lo mejor más adelante, que tú me querías, claro, pero , tú sabes, que estabas contenta de que hubiera soltado lo que me ahogaba, aunque tus lágrimas no fueran lo que yo esperaba, que te disculpara, imagínate.
De nuevo me encontraba lanzando en medio de un juego perdido, pero me hice el loco e inmediatamente te empecé a llenar de servilletas y te rogué que, por favor, no lloraras más, que siguieras comiendo tus papas fritas, o leyendo o cayéndole a batazos al mundo, que te olvidaras de la pregunta, total, yo ya me iba y te dejaba otra vez entre las flores, y otro día podíamos seguir yendo al cine como siempre, sí, como amigos, claro. Y seguía sacando servilletas de mi chaqueta como un desesperado y pidiéndote que por favor te secaras, aunque ya no estabas llorando, pero yo insistía en que no era para tanto, que se te mojaban las papas y qué iba a decir el resto del grupo, y entonces, cuando el que estaba a punto de empezar a llorar a gritos era yo, me abrazaste. Un abrazo como de cinco minutos, como de cinco milenios, tan enorme que hasta el día de hoy presiento que no ha terminado todavía. Y te aseguro, Pebbles, que en ese gesto yo sentí que estaba todo el dolor y el adiós de todos los amores que llegarían y partirían, y también, la certeza de que los libros estaban y estarían allí para recordarme, y quizás sólo para recordarme, que con las personas uno puede ser más feliz de lo que los libros dicen que es posible.
* * *
¿Y Piedra de mar? te pregunté doce años después de ese abrazo, mientras recorría con la vista los pocos libros de uno de los estantes de tu sala.
No sé. Se perdió en alguna mudanza, supongo. Tampoco leo mucho ahora. Pero ya deja de preguntar tanto y ven aquí me dijiste dando unas palmaditas sobre el sofá. No remuevas más lo que no existe, lo que se ha ido. Ahora que lo pienso, tampoco los libros son como la vida, ni mucho menos los recuerdos.
Entonces me acerqué y luego no supe nada más.
Por Luis Yslas
6 de octubre de 2008
| comentarios (4) >> |
escrito por cesescore, octubre 08, 2008
¿Y que pensará Bam Bam de esto?... Doctor Yslas, Ya en serio, me conmovió el relato, sobre todo por la fragancia massiniana que despide la historia.
escrito por María Inés, octubre 09, 2008
Luis Yslas: me cautivó tu relato. Muérete que no he leído Piedra de Mar. Mañana lo compro. Para mí la vida y los libros son uno. Vivo metida en ellos y ellos en mí.
escrito por v.v, octubre 14, 2008
Recuerdo perfectamente esta historia contada en clase, era una introducción a Piedra de Mar claro está. Tal vez recuerdo menos detalles de los que están hoy escritos, pero hay historias que no son propias que nunca se olvidan. Relatos como estos me empujaron a la literatura, relatos que siempre caracterizaron a un profesor ícono como lo eres Luis =D Gracias! Por los relatos de tus experiencias "Corcheanas" (si así se le puede llamar) que siempre precedieron algún nuevo autor, obra, cuento, libro y hacían la lectura algo mas ameno... Si rayo en lo fresa lo siento jajaja pero es que me gustó mucho lo escrito!
escrito por Angelica, septiembre 22, 2009
Es impresionante la manera como puedes remover lo que tiene uno por dentro, con tu manera de relatar lo que has leido y vivido... no hay duda no te equivocaste en tu camino
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