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Corre lejos de nosotros

Por Hensli Rahn

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Soy pitoniso, ya lo dije. Pero no siempre y tampoco en el sentido romántico de la palabra: a ratos veo cosas que no han sucedido. Nada paranormal ni esotérico.

Antes de seguir, sería bueno aclarar que esa condición no es gratuita, digo, vengo de una familia llena de leedores de cartas del tarot y de las runas, intérpretes del péndulo, espiritistas, amantes de la metafísica rosa tipo Conny Méndez y toda la onda nueva era, fanáticos de Aleister Crowley, Nietzsche, Kahlil Gibrán y Hermann Hesse, por nombrar algunos. Eso por el lado paterno, los blancos. Del lado materno, negro y sabio, no usan herramientas. Hablan del futuro cuando les viene. De lo contrario callan y van a sus chistes. No cobran un centavo ni andan por allí cultivando un público de supersticiosos. Poco importa si crees o no crees, los hechos hablan por sí solos. Obvio que no es una bendición ni una facilidad ni un don. Cada vez creo más que esta condición nos ha perpetuado en las capas sociales más insignificantes. Como acompañantes holográficos de la historia nacional. Representantes de nadie. Saber del futuro no ha ayudado a ninguno, que yo sepa. El tiempo termina estampándote contra la tierra y en realidad ese conocimiento lo maneja cualquiera con dos ojos o dos manos o dos pies.

Basta de prólogos.

Pasó así: todo 2001 Roger estuvo metido en cualquier aprieto imaginable. Problemas de drogas, de dinero, problemas con dealers que le fiaban droga y a los que luego quería engatusar con baratijas en lugar del dinero que les debía. Cosas de ese calibre. Luego estaban sus mujeres. Mis perras, les decía. Una de ellas, la más insistente y desaforada, le venía haciendo guardia día y noche en el pasillo del apartamento. A finales de noviembre de ese año, Roger vivió escondido por una semana completa. Le pidió a Papo, con quien compartía el alquiler, que lo negara ante la muchacha, arguyendo que era sólo una lunática más: la Cochofla. Total que la desaforada se cansó y se esfumó. Al primer día de su libertad Roger bajó al abasto y lo rodearon tres sujetos. Los morochos Brinsey y el Niño Gamero. La rueda de pescado, que dicen. Roger gruñía y se palmoteaba la nuca. Allí le apagó el cigarrillo uno de los Brinsey. El Niño, que es enano pero fibroso, le asestó la primera en el estómago. El Brinsey más corpulento le hizo una llave al cuello mientras el otro Brinsey lo encendió a patadas punteras por el muslo y la cadera. Buscando reventarle las bolas y el güevo, donde más duele. Roger bregó como el diablo, nadie nunca le había ganado una pelea uno a uno. El Niño aprovechó una contorsión de Roger que lo puso a su estatura y le zafó su mejor marranera directo al ojo. Al fin lo pudieron masacrar entre varios. Quedó inconsciente en el suelo. Donde te vea, le escupió el Niño, te reviento. Maldito. Te salvas que hoy ando ligero.

El hecho de que el Niño Gamero no tuviera una pistola encima en ese momento fue tan azaroso como la llamada telefónica que le hice el 24 de noviembre a Roger. Me atendió Papo. Primero dijo: Tu hermano no está. Después dijo: Deja ver si está. Después cuchichió algo más pero no entendí y me dejó esperando rato…

–¿Sí? –con la voz aturdida.

–Feliz cumpleaños, croqueta –le dije.

–Qué fue –sin oír mi respuesta, abrió un inciso y habló bajito–. Vale, la Cochofla me tiene verde, está allá afuera esperándome que salga. Quién me manda a quesú; me la agarré el fin pasado, en Patanemo. Fuimos varios con Antonio en el Gavilán. Te avisaron, ¿cierto?

–No, tampoco iba pendiente.

–Fue la perdición, loco; la Cochofla se puso calentona y véngase. Le abrí esas patas en el asiento de atrás, a rin pelado: toma, toma, toma –los dos soltamos unas carcajadas y después se calmó–. Te acordaste mi cumple, zorro viejo. Bien por ésa.    

–El año pasado te llamé. Dos días después, pero te llamé.    

–A lo mejor me pegó una enfermedad, la muy perra. O yo a ella, no sé. No me pica, no vi nada raro. Lo que sí, tenía un poco de arena en la toto. Igual vacilamos. Lo que pasa es que se pone como romántica.

–Bueno pero sal y dile que se vaya para su casa, si tanto molesta.

–La Cochofla es tapada y lo sabes. No entiende castellano. No vale, ella es bien, pero fastidiosa.

–Estás cagao porque te echa al hermano rapidito.

–Qué va, el otro día lo vi aquí abajo y lo cacheteé: “Qué fue, pelao. Arráncate que vamos a fumar aquí”. Es mirón y sapo. Mala mezcla. Después bajan las viejitas a decir que huele a marihuana y se ponen a gritar y que van a llamar a la policía…

Justo ahí supe, igual como supieron a los que les he contado esta historia, que aquel día no había llamado a Roger para felicitarlo. Había llamado a Roger para decirle corre.

–Oye, corre –lo interrumpí.

–Que qué.

–Me escuchaste. Corre. Por ti, pues.

–Relájate, sarna. Necesitas facharla. Yo tengo.

–No te hagas el suizo. Escucha y ya.

–¿Adónde corro, chico? Sí eres loco. Puedo dormir en tu sofá unos días, ¿va?

–No me suena. Vete a otro lado. A Quisiro, donde la tía, no sé. Vete por un tiempo más o menos, dos meses. No vayas donde Yadira, ni donde Malú. Tampoco donde el grafitero enfermo aquel, Neko. Ninguno del grupo. Sal bien lejos de aquí. Lejos de todos nosotros.

–Ahora sí me jodí yo. Escondiéndome de una perra y haciéndole caso a mi hermano que le patina el coco.

–Vámonos juntos a Mérida pues. Me acompañas. Tengo unas vacaciones vencidas en el trabajo. Necesito dispersión.

–La Cochofla anda tocando el timbre otra vez. Creo que me escuchó la voz cuando dije que te patina el coco. Hablamos después.

Al tiempo fui a recoger sus cosas en el apartamento de Laguna Blanca. Papo demacrado, no habló sino lo necesario. Señaló un rincón donde había puesto las cosas de Roger, una caja y al lado una bolsa que desbordaba su ropa. Camisas de marca. Quién sabe cómo las consiguió, nunca ha trabajado ni estudiado. Qué me importa. Sobre la caja había un folletín a punto de caerse. Magia sexual positiva de la editorial argentina y teosófica Kier. Una cuestión del gnosticismo. Abrí la caja y encontré más títulos (todavía los conservo). Biorritmo de un tal Dr. Krumm-Heller. Más allá del pensamiento de Krishnamurti. Después del funeral de Agatha Christie. Y dos ediciones del Tao Te King o Tao-Tê-Ching, una de la editorial Diana en México D.F. y la otra de Ediciones Morata en Madrid. En esta última versión había un marcalibro de la Gnosis y sus centros en Caracas. Abrí las páginas y tenía una frase marcada en resaltador. “Donde no hay fe, nada puede ser alcanzado por la fe”.

Me perdí en esos detalles, algo afanado, tratando de ahogar los ecos en mi cabeza: la voz de la Cochofla y su monólogo loco. Me la encontré antes de subir, entre la vigilancia y los buzones. Llevaba un barrigón con estrías al aire. Es de piel grasosa y parece no cicatrizar bien. Lo dicen dos o tres queloides al lado del piercing en el ombligo. Es de Roger, dijo viéndose la panza, lo busqué un montón para decirle. Quizá un conocimiento que le dictaba su sexto sentido. No sabía si creerle. Pero al mismo tiempo sólo uno del grupo nunca se había acostado con ella y era, por cierto, Papo. Demasiado raro y callado. Anda fumado las veinticuatro horas del día. Ya ni se le debe parar. Fue el único que se atrevió a compartir un lugar con mi hermano.

A la Cochofla se le aguaron los ojos y sentí náuseas. La había visto en muchas de sus fases pero nunca así. Hasta olvidé su verdadero nombre. Vino con su hermano y su papá hace unos años. Todavía viven juntos. Eran muy pobres en Estados Unidos. Le decíamos la Gringa. Era gorda y no se había desarrollado. Sus tetas eran propias de la gordura, mofletes. De ahí que un día a alguien se le ocurriera lo de Gorda Cochofla, pero era tan largo que sólo quedó la Cochofla. Después enflacó y resultó ser un bombón. Los dientes medio separados, pero nada es perfecto. En Caracas el papá logró cierta estabilidad económica. Ella se sumó al enjambre delincuencial de Laguna Blanca. Un fenómeno inédito. Nada que ver con las patotas hippies de los años 60. Ni en actitud ni en nada. Era como agarrar punketos dark de los 80 y licuarlos con narcos de los 70. Ni siquiera. No sé si era mejor o peor, era sólo una continuación intuitiva. La sub-sociedad.

Hacia 1996 había un montón de chamos clase media, de la más baja, cuya única diversión era formar pandillas y hacer todo lo que hacen las pandillas: robar, drogarse, follar y matar. Signo de los tiempos. Algunos se preguntaban por qué. Era diversión. No hay palabra más precisa. Aunque están estas dos: ocio y aburrimiento. Cualquiera de esos nombres le queda o, si se quiere, los tres al mismo tiempo. El hecho es que el grupo cada vez se hacía peor fama o mejoraba en sus actividades. Yo me salvé a tiempo; mi madrina se empeñó en que estaba muy vieja y necesitaba ayuda, alguien que le hiciera el mercado, le pagara los servicios y otras cosas más. Dije okey sin pensarlo mucho y quedé por fuera del grupo en menos de un mes. Me fastidiaba el viaje de una hora y media a Laguna Blanca. Ida y vuelta sumaban tres horas. Demasiado. Poco a poco dejé de llamar a Roger también. Se fue poniendo más loco y más furioso. Los demás trataban de imitarlo en todo, la forma de hablar, de vestirse, de bailar, de buscar camorra; porque deslumbraba y esa era la verdad. Yo no extrañé nada de eso. Sólo una que otra vez, cuando subíamos un montón de nosotros a la azotea de la Torre C, que no tenía cerradura, y en la penumbra cada quien buscaba su jeva, o ellas lo buscaban a uno, y gozábamos en el piso o recostados de la pared o en el quicio de las escaleras. Era bien democrático.  

La distancia me cayó como anillo al dedo. En esos días aún latía la rabia de los de El Pinar. Hubo una fiesta en un tugurio cerca de su edificio. Yo fui, Roger no. Tipo matiné, normal: merengue, changa tuki, salsa. Vendían guarapita de Tang con vodka en vasos fosforescentes. A eso de las seis, los de la miniteca recogían sus cables, sus juegos de luces y sus altavoces. Casi todo el mundo se había ido. De los poquitos que aún vagaban por ahí, las tipas no estaban muy buenas que digamos y los tipos tenían zapatos chillones. Los que andaban conmigo decidieron que eran unos modelos muy nuevos, que no los vendían en ningún lado y si los vendían costaban un ojo de la cara. Amor a primera vista. Asaltaron a tres flacuchentos a plena luz en la avenida Páez. No tuvieron ni que pelear ni asustarlos, ya estaban pálidos del terror. Ambos Brinsey y Chepina (un hombre al que le llamaban por el nombre de su abuela) coronaron un par de zapatos cada uno. A las ocho ya estábamos en Laguna Blanca alborotando a los demás por la fiesta que se habían perdido.

No sé cómo llegaban los rumores pero llegaban. Se sabía cuándo había culebra, cualquier lío venenoso, y quiénes estaban involucrados. Siempre. Corrió el chisme de que nos iban a matar, como era de esperarse. Sabían que me había mudado y dónde me había mudado. Eso y las tres horas de viaje me hicieron desistir de Laguna Blanca definitivamente. En una de las llamadas, Roger me contó las escaramuzas que siguieron. Las contaba con alguna dignidad, como largas batallas campales, heroicas. Al final les dieron en la madre. Hubo un muerto en el baño de la panadería Girasol, que era una especie de base operativa de los de El Pinar. A cuchillazos. Mi hermano no lo lamentaba. Pero me dijo que él no había sido. Habló más bien de un tipo nuevo, recién mudado. Un enano llamado el Niño. Le pregunté por qué le habían puesto así. Enumeró que: 1. Era muy enano y muy lampiño. 2. Era idéntico al protagonista de la película El Niño Rata, pero era muy largo decir El Niño Rata. 3. Era joven, prácticamente un niño. 4. Tenía voz de niña, pero él prefería la terminación en masculino, porque ya se habían enredado varias veces hablando sobre él y se confundían y no sabían bien si se referían a una mujer o al recién mudado.

Lógico. El Niño Gamero quiso hacerse más malote y competir con Roger. Y en efecto, varias de las cosas que me contó mi hermano eran mucho más despiadadas que las que él hizo alguna vez. Precisamente, por eso carecía de gracia. Tampoco tenía la galantería o la habilidad para acumular tantas mujeres como mi hermano. Todo eso lo recordé allí en la entrada de Laguna Blanca, entre la caseta de vigilancia y los buzones. Porque la Cochofla necesitaba hablar de esas cosas. Quería irme pero ella hacía pucheros. Dijo que lo buscó como una desgraciada pero jamás lo encontró. Y que una tarde fumaba un cigarrillo asomada por el balcón. Tenía la mirada distraída en el hueco asqueroso y verde donde alguna vez hubo una piscina. Creyó ver la sombra Roger caminando y bajó guiada por el pálpito, sin mediar pensamiento. Ya cerca del abasto oyó unos gruñidos y vio a mi hermano rodeado por los dos Brinsey y el puto Niño Gamero. Roger trató de defenderse pero qué va. La Cochofla enmudeció por varios segundos. Salió del shock porque sintió un ardor en los dedos y era que no había soltado el cigarro todavía. Sólo ahora podía ahondar en lo que vio esa tarde.

Los morochos Brinsey lo patearon varias veces en el suelo y vieron que ya no se defendía. Como que se hace el muerto, dudó el menos corpulento de los dos. ¿Tú eres medio gafo o qué?, contestó el otro. El Niño se revisaba los bolsillos del pantalón y la chaqueta. Balbuceó algo. Sin pistola y sin navaja. Dame tu navaja, le gritó al más delgado. Saca la tuya, le repicó. No la traje, cabrón, se me olvidó, dámela rápido. ¿Como para qué sería? Hijo de puta, no tú (señaló al otro Brinsey y volvió sobre el menos corpulento) sino tú, sí, tú, cabrón, ¿no ves que hay que aprovechar?, está tranquilito durmiendo. ¿Y no acabas de decir: Te salvas que ando ligero y tal?, hablas pa’lante y pa’trás, decídete. ¿Bueno y no viste que está borrado en el suelo y no me escuchó lo que le dije? Ay ya, toma, sí lloras. Dame acá, plasta de mierda.

A Roger lo ingresaron con once orificios, sorteados entre abdomen y costado izquierdo, en la Emergencia del Hospital El Algodonal. Le avisé a una tía que tiene un amigo médico y todo fluyó más rápido. Le asignaron un cuarto por varios días. Cuando se recuperó se fue a Rubio en el Táchira, pero eso ya es otra historia. Yo le hice el favor de recoger sus cosas en Laguna Blanca y se las llevé al hospital. No mencionó palabra sobre las puñaladas. Yo sí. Se me notaba que había estado llorando y moqueando un poco. Le dije lo que me habían contado y además me mostré algo ofuscado al tocar el tema del bebé de la Cochofla. Él dijo que había encontrado el verdadero sentido de la vida y no era preciso ahondar en menudencias. Que lo pasado pasado era, y quizá dijo oscuro al referirse a su pasado. Quédate los libros, dijo. Ahora, reparó, ese niño no es mío y el otro Niño no me tocó ni un pelo. Los morochos menos. No podría explicártelo. Recuerda que a la Cochofla le hace falta un tornillo y los demás andan en cosas raras. Ahora comienza la parte de mi vida que podría llamarse: Mi vida bajo la luz o en conciencia, no sé, algún nombre mejor se me ocurrirá en el camino.    

Al año siguiente, unos días después de mi cumpleaños, llamó. No tiene teléfono pero suena saludable. Tiene un programa en la radio comunitaria. Se llama Una luz guiará tu vida o algo parecido. Compró una vieja Range Rover, aunque todavía no ha terminado de pagarla y se queda accidentada a veces. Dijo que quería vivir con una odontóloga. La conoció en las excursiones de un grupo de gnósticos a las montañas. Me auguró buenas cosas si no flojeaba. De resto, no le importa más nada. Sigue adelante.

 
comentarios (4) >> feed
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escrito por El Talfri, octubre 08, 2008

Una merma, una de malandros y chigüires, Henslin el mío. Gooooood!

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escrito por Anais, octubre 16, 2008

Fino el cuento, pero a veces no "cuadra" el lenguaje hamponil en los diálogos. Está bien en la narración, le da un toque justo de humor, pero pierde la verosimilitud en los personajes: "Quién me manda a quesú; me la agarré el fin pasado, en Patanemo. Fuimos varios con Antonio en el Gavilán. Te avisaron, ¿cierto?" Ese último "¿cierto?" no me lo imagino en un diálogo real.

...
escrito por Yoda, octubre 24, 2008

sí, los hampones de la tv no dicen cierto, jamás

Te quedo cali!
escrito por VS, octubre 28, 2008

;-) No, no dicen -cierto? ...pero aun cuando tu verdadera personalidad no dejaba de interrumpirte en el lenguaje, me atrapo...y eso es un buen logro.

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