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La Biblia

  1. Primer libro editado por la imprenta de Gutenberg, la Biblia sigue siendo una de las lecturas más polémicas de la actualidad.

 

Libre interpretación de la Biblia

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Dice Octavio Paz en El arco y la lira (1956) que la primera actitud del ser humano ante el lenguaje fue la confianza: “el signo y el objeto representado eran lo mismo” (29). Sin embargo, como bien lo señala Paz más adelante, “al cabo de los siglos los hombres advirtieron que entre las cosas y sus nombres se abría un abismo”. Uno de los más sagaces exploradores de este abismo fue Michel Foucault, quien no sólo rastreó los confines más remotos de esta grieta a lo largo de su obra, específicamente en Las palabras y las cosas (1968), sino que también transformó este abismo en una forma de conocimiento.

Igualmente, a ambos lados del abismo podemos encontrar grandes personajes de la literatura que han decidido enfrentar la disyuntiva moderna del lenguaje de dos formas que se oponen: algunos buscan profundizar el abismo y otros, los más heroicos y desesperados, quieren obviarlo o anularlo mediante un salto mortal que reconcilie el reino de las palabras con el de las cosas. Un digno representante del primer grupo es Ireneo Funes, el emblemático personaje borgeano cuya memoria prodigiosa lo lleva a crear un inventario infinito y absurdo de palabras que logre nombrar la infinitud y particularidad misma de la realidad. De hecho, habría que mencionar a más de un personaje de Borges que suscribe a plenitud la existencia inocultable de este abismo. Pero esto no nos debe sorprender. Hay que recordar la primera frase de Las palabras y las cosas (“Este libro nació de un texto de Borges”) para ver hasta qué punto la obra más célebre de Foucault se asume como una continuación de esta concepción borgeana de las relaciones entre el lenguaje y la realidad. En la otra ribera del abismo encontramos ejemplos clásicos como el Quijote o Emma Bovary que le han dado su ya estereotipado sello de locura y tragedia a la aventura de buscar fuera de los libros una esencia que no existe más allá de éstos.

La prensa suele arrojar en la sección de “Sucesos” a algunos parientes lejanos de estos lectores entrañables, para quienes la lectura se ha transformado en un acto peligroso que finalmente los condena. Es el caso de Akito Kamura, un japonés de 30 años y 1,4 metros de estatura, estudiante de Literatura Comparada en La Sorbone, que asesinó y comió parte del cuerpo de una holandesa compañera de estudios llamada Elke. Kamura, tal y como lo narra Julio Ramón Ribeyro en Al pie de la letra, estaba escribiendo “una tesis erudita sobre las figuras de la retórica en la literatura amorosa” (119). A partir de este cruento crimen, cuyo tipo es quizás el más escandaloso de nuestra era civilizada, Ribeyro ensaya algunas hipótesis que expliquen el inesperado caso de antropofagia que conmocionó a la comunidad francesa y europea del momento. En la primera de las hipótesis, Ribeyro plantea la posibilidad de que Kamura fuese un “handicapé sexual”, alguien cuya fealdad intolerable lo ha confinado a ese territorio incierto habitado por minusválidos, presos, locos, vagabundos, pordioseros, enanos y gigantes, toda una gama de sujetos sociales que por una u otra razón física (e incluso mental) no tienen el libre acceso a una de las experiencias y funciones fundamentales del ser humano: la sexualidad. Akito, dice Ribeyro, “por enano, feo, enclenque e incluso extranjero, podría acogerse al estatuto del handicapé sexual y hacer valer en un momento dado las ventajas jurídicas de su situación” (123).

Sin embargo, la hipótesis que más atrae a Ribeyro es la que haría de Kamura una versión caníbal del Quijote: “Su inducción hacia el crimen tiene una raigambre literaria o si se quiere lingüística. Estudiante de Literatura Comparada, estaba familiarizado con las metáforas amorosas y conocía en consecuencia las figuras retóricas que asocian amor a manducación y, a un nivel más profundo, Eros a Tánatos. Estas figuras pertenecen al ámbito de la literatura popular (cuando el amante le dice a la amada quisiera comerte)”. No obstante, como bien lo aclara Ribeyro más adelante “Ya nadie se come a su amada, se lo dice (…) El lenguaje permite realizar simbólicamente pulsiones que, primitivamente, podían cumplirse sin infringir la norma. Decir es una cosa, pero hacerla otra. En Akito el decir y el hacer recobraron su unidad original. Su delito consistió en haber tomado una metáfora al pie de la letra” (123).

Por su parte, Andrés Octavio Torres, en un extraño texto experimental, nos aclara que el crimen que Ribeyro reconstruye en su narración ocurrió el 11 de junio de 1989, cuando a manos de Issei Sagawa, un estudiante japonés que estaba realizando en La Sorbona una tesis sobre las relaciones entre Yasunari Kawabata y el surrealismo francés, asesinó y comió parte del cuerpo de una estudiante holandesa llamada Renne Hartevelt (“Fatamorgana: fruslerías de filibustero”).

La prensa venezolana también ofrece, aunque de forma esporádica, casos semejantes donde un crimen lleva (o hace el amago de llevar) a toda una sociedad a replantear o acaso revisar los principios morales que la definen o que deberían definirla. Digo esporádicamente pues la cantidad ingente de muertes que suceden en Venezuela tiene una motivación fuertemente social, ligada a nuestro principal problema nacional: la violencia y la inseguridad. Estas excepciones llaman poderosamente la atención pues la ocurrencia de estos crímenes gratuitos o que salen del marco habitual de razones nos hace pensar que, al parecer, nuestra sociedad no tiene salida.

Algo parecido a esta desolación sentí cuando leí una noticia en El universal titulada “Decidieron seguir su propia religión”, donde se narra el hallazgo de un bebé de cuatro meses que llevaba muerto más de una semana. El bebé falleció asfixiado mientras los padres y los tíos se limitaban a rezarle a Jehová para que sanara a la criatura y de paso, cuando finalmente confirmaron la muerte del bebé, lograr que éste resucitara. En aquel apartamento ubicado en El Valle convivían cinco adultos, dos niñas de 5 y 7 años y dos bebés de 4 meses. Nadie salió del apartamento durante dos años, excepto los 3 hombres (los hermanos Duque Maita) que lo hacían para pedir limosna y con ello obtener las escasas provisiones que sustentaban a aquella secular congregación. Los hermanos Duque Maita fueron denunciados por su propio padre, el señor Luis Duque, quien ya antes había dado aviso a la Fiscalía para que pusiera fin al delirante encierro y quien nuevamente colocó una denuncia porque desde hacía días no escuchaba la voz de uno de los dos bebés y le preocupaba un mal olor que emanaba de alguno de los cuartos.

La periodista, María Isoliett Iglesias, recapitula parte de la historia para encontrar una explicación. El señor Luis Duque cuenta cómo a partir de 2006 sus hijos junto a sus esposas y nietos decidieron desertar de la Iglesia a la cual asistían, así como también desertar de la vida misma y encerrarse para poner en práctica un culto propio: lo que la periodista llama “la libre interpretación de la Biblia”. Esta libertad de interpretación, entendida como un acto trágico de lectura que produjo una muerte y que condujo a la cárcel a cuatro de los cinco miembros de dicha congregación, hace pensar nuevamente en la carga de peligro que contienen de alguna u otra forma todos los libros. Permite entender, mas no justificar, el hecho de que los gobiernos totalitarios, desde la Inquisición española hasta nuestras típicas dictaduras populistas, hayan visto en los libros objetos de uso y militancia maleable, altamente sospechosos y que afortunadamente siempre pueden echarse a la hoguera. A pesar de esto, lo que de verdad me llama la atención es lo especialmente peligroso que es ese libro, la Biblia, esa copia transcrita de un verbo anterior que todo lo origina y todo lo explica.

Si a la propia Biblia se aplicaran los cánones católicos que determinan la conveniencia o no de la publicación y circulación de un libro, ella misma no pasaría tal examen. Aunque en nombre de la verdad que al parecer ésta contiene, se hayan elevado dichos cánones de lectura. Pocos libros tan peligrosos como la Biblia, que se ha convertido en el best-seller más leído, comentado y recitado por cuanto loco, recitador o no, transita por las calles de las ciudades de Dios.

Borges, que perdió la vista leyendo, sabía muy bien del peligro que rodea como un aura silenciosa al acto de la lectura. Muchos de sus mejores cuentos son una derivación de este tema y están protagonizados por personajes que deciden en el momento menos indicado leer un libro (aunque da la impresión en Borges de que esa necesidad impostergable de leer un libro siempre sucede en el instante menos oportuno). A la luz de la noticia de esta secta que dejó morir a uno de los suyos, un bebé de 4 meses, para curarlo por la gracia divina de la palabra del Señor, y que trató igualmente, después de muerto, de resucitarlo mediante esa misma palabra, no pude dejar de recordar el cuento de Borges que se titula El evangelio según Marcos. Allí se narra la historia de Baltasar Espinoza, un estudiante de medicina que decide pasar una temporada en una estancia de la pampa argentina y donde conoce a la familia Gutres: “el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad” (218).

Los Gutres, derivación onomatopéyica del apellido Guthrie, eran los eslabones finales de una familia inglesa que a principios del siglo XIX había arribado al continente americano y cuyos últimos parientes más o menos civilizados que dejaron testimonio escrito de su historia perecieron hacia la década de 1870. En adelante, ninguno de los Gutres aprendió a leer y a escribir. Espinoza pasa una temporada con los Grutes y no encuentra mejor manera de llenar las tardes imperturbables de la llanura que con la lectura de diversos pasajes de un ejemplar de la Biblia. Lo cierto es que por un juego de anacronismos y coincidencias paródicas típico de Borges, Espinoza va repitiendo, como una sombra platónica, la propia historia de Cristo. Al final, los Grutes en una incorrecta (sólo por literal) interpretación del texto bíblico terminan crucificando a Espinoza.

Hay veces, como ésta, en que siento que nuestra época no tiene salida, solución ni redención posibles. No cuando la realidad tiene tan poco que decirle a la literatura. Que un libro tan peligroso como la Biblia esté en la base de nuestra cultura, tampoco permite abrigar muchas esperanzas. Sin embargo, no se puede echar toda la culpa al texto bíblico en sí. Como bien lo han señalado los teóricos de la recepción, entre ellos Wolfang Izer, el texto es sólo una partitura y depende en buena medida del intérprete y de sus capacidades para ejecutarla y transformarla. Aunque esta salvedad es cierta, debemos estar de acuerdo en que, por insondables razones, la Biblia es una partitura que se presta con demasiada frecuencia a interpretaciones dantescas. Es como si la Cabalgata de las valkirias no fuera una simple elección musical, sino una composición que el propio Hitler, en un arrebato similar al de Pierre Menard, hubiera escrito en una noche inspirada y lúcida. Esto llevaría a un ejercicio de close reading de la Biblia para tratar de dilucidar quién es el verdadero autor y, sobre todo, el verdadero protagonista de ese relato. Este ejercicio, afortunadamente, ya ha sido realizado. Basta leer El evangelio según Jesucristo, de José Saramago.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón 

 

 

comentarios (7) >> feed
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escrito por EU., septiembre 08, 2008

Estupendo, Rodrigo, muy bueno. No siempre leer es más facil que escribir.

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escrito por cesescor, septiembre 16, 2008

Profesor, este texto me remitió a un pasaje de la novela "El gran arte", de Rubem Fonseca, donde un personaje arroja esta temeraria perorata: "Todos los grandes personajes de la literatura, si uno se fija, son asesinos. Comenzando por Caín -La Biblia es un libro de historias de homicidas- y siguiendo por Ulises, Edipo, Electra, Otelo, Macbeth, Raskolnikov, Sorel y otros". Saca por ahí.

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escrito por Rodrigo Blanco Calder�n, septiembre 16, 2008

Así es, mi estimado César. Por eso no deja de provocar cierta risa irónica escuchar a los profesores de literatura que piensan y afirman que la literatura sirve para transmitir buenos modales y valores cívicos

Otra constante es que la felicidad es uno de los tópicos más insostenibles de la literatura.

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escrito por VS, octubre 01, 2008

Casos como el que mencionas de la familia orando por la resurrección de su bebe hay muchos…lamentablemente hay demasiada ignorancia y gente con hambre de fe que llega a creer la existencia de jinetes en caballos traspasando el cielo el día del juicio final. Estoy de acuerdo que es falta de capacidad para interpretar el texto pero, alguien les han ensenado?
Calificar ensayos de novelas que los jóvenes bajan por Internet la noche anterior no es la mejor forma de asegurar su sentido común literario, y esto esta sucediendo…
Apoyo tu comentario de hoy en el programa acerca de la narrativa que se esta ensenando en los colegios...

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escrito por Andrés Torres Guerrero, noviembre 26, 2008

Rodrigo, me encantó tu texto. Gracias por la referencia que haces a "Fatamorgana". Lo de la interpretación y la partitura me recuerda a Peter Szendy, quien en "Escucha. Una historia del oído melómano", afirma que, por ejemplo, Liszt transcribe o, mejor escucha y, nos hace escuchar las sinfonías de Beethoven. El Talmud, nos advierte que no vemos el mundo como es, lo vemos como nosotros somos.

Un abrazo.

Andrés Torres

la Biblia del diablo
escrito por Raul, abril 06, 2009

La superstición y el misterio han rodeado a este manuscrito medieval durante siglos. Un equipo de especialistas y científicos se embarca en una investigación sobre los secretos del Codex Gigas, conocido como la Biblia del diablo. Natgeo estrena el 6 de abril La Biblia del Diablo. http://natgeo.tv/especiales/pascua/

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escrito por IV, enero 30, 2010

Interesante! yo siempre he pensado que la interpretación que han tratado de darle a la biblia es para justificar el conformismo. Cuando las personas no son capaces de tener éxito en la vida o han cometido faltas que van contra la ley se refugian en una religión dedicada exclusivamente al estudio de la bibia y lo más grave es que quieren enseñar al prójimo lo que ellos mismos no practican. Para mi la biblia es un libro de leyes.

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