Autores
Lista de Autores
Méndez Guédez, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos
Obra publicada
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Historias del edificio (cuentos), Guaraira Repano, Caracas, 1994.
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La resurrección de Scheerezade (ensayos), Solar, Mérida, 1994.
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Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (novela), Troya, Caracas, 1997.
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El libro de Esther (novela), Lengua de trapo, Madrid, 1999.
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Palabras de agosto (entrevistas), Mucuglifo, Mérida, 1999.
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La ciudad de arena (cuentos), Calembé, Cádiz, 2000.
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Árbol de luna (novela), Lengua de trapo, Madrid, 2000.
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Tan nítido en el recuerdo (cuentos), Lengua de trapo, Madrid, 2001.
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Una tarde con campanas (novela), Alianza, Madrid, 2004.
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Nueve mil kilómetros y tu abrazo (novela juvenil), Ediciones B, Bogotá, 2006.
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El barco en que viajas (ensayo), UNEY, San Felipe, 2007.
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Hasta luego, Míster Salinger (cuentos), Páginas de espuma, Madrid, 2007.
Autor venezolano nacido en Barquisimeto en 1967; residió en Caracas hasta 1996. En esa ciudad tuvo un programa de radio los sábados a las seis de la mañana que nadie escuchó nunca Doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Salamanca, vive en Madrid desde 1998. Ganador del Premio Ateneo de La Laguna; Finalista del Premio Internacional Fernando Quiñones y del Premio Internacional Rómulo Gallegos. Comparte su tiempo en España entre la escritura, las fabadas asturianas, las siestas interrumpidas, las bandejas paisas, los finos, los paseos al Parque del Retiro, el insomnio y las canciones de navidad de Nancy Ramos. Coordina junto con otros escritores hispanoamericanos y españoles la revista La Mancha Literaria: www.delamanchaliteraria.blogspot.com.
Reflexión sobre la lectura
La lectura es la actividad lunar que nos explica. Mutamos, nos transformamos como la Luna, y eso es algo que permiten (que proponen, que incitan) los libros amados. Son como ciclos que tal vez nos expliquen. Pasamos del libro que nos hace reír, a la aventura pura y dura, a la degustación de una prosa excepcional, al libro que nos exige desglosar una estructura compleja, al libro que nos hace llorar... Esa diversidad es lo que me apasiona de la lectura, ser tantos y ser uno. Por eso no comprendo a quienes sólo leen lo que se les parece, lo que se les asemeja. Como escritores estamos atados a nosotros mismos; tenemos unos recursos, unas tonalidades, unas virtudes y unos defectos que modelan nuestra voz. Pero como lectores podemos ser todo lo que permita nuestro deseo.
Resulta deliciosa la libertad de leer. Todos esos libros fundamentales que abandonamos porque no han logrado conectar con nosotros; todas esas páginas que saltamos para no perder la tensión de lo que nos atrapa; todos esos libros que olvidamos y que mejoran y empeoran en nuestro recuerdo. Porque el lector construye su propio sentido a través de la omisión, del resumen, de la desmemoria. El escritor en cambio es esclavo de la construcción del sentido; debe armar una casa ladrillo a ladrillo, pero el lector puede saltar con su mirada muchos de esos ladrillos.
Claro que también percibo la lectura a través de otras imágenes. Una es la del prisma. El libro frente a mis ojos descompone la luz monocorde de la realidad en varios colores, en diversas tonalidades. El mundo atraviesa las páginas de lo que leo y así se complejiza, se enriquece. Por otro lado, el libro me conecta con el mundo pero también me protege de él. Afuera aguarda el miedo, la mediocridad, el abandono, el tiempo que socava y desgasta. Pero entre esa hostilidad y yo se interpone un libro que cubre mi rostro, que funciona como un escudo contra el que se estrellan el horror, la banalidad, lo repetido.
Obras recomendadas
¿Una lista de diez libros? ¿Sólo diez? Diré catorce, sólo por la recompensa que significa siempre toda pequeña transgresión, ese traspasar el límite que es la escritura, como un pie que va y viene, que cruza y se regresa.
Pero admito que me gusta la idea de una lista con límites. Porque ese límite me obliga a pensar en quién soy en ese preciso instante cuando recibo la pregunta, y si bien siempre soy parecido a mí mismo, nunca soy idéntico al que fui o al que seré (esto último suena a balada de los ochenta, pero me gustan las baladas de esa época, aunque mientras escribo estas líneas intercalo La serenata de Schubert cantada por Sadel, con Sólo para ti del Binomio de oro... así soy de desordenado).
Estos serían mis catorce títulos, pero habría que pensar en ellos no como una sucesión, no como una lista jerárquica, sino como catorce simultaneidades que aparecen, se funden, se trasladan, se interconectan, porque los libros ocurren así, una larga, infinita página sobre la que avanza nuestra torpeza, nuestra imaginación.
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La vida exagerada de Martín Romaña, Alfredo Bryce Echenique.
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Percusión, José Balza.
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Lazarillo de Tormes, Anónimo.
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Alfabeto del mundo, Eugenio Montejo.
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Todos los fuegos el fuego, Julio Cortázar.
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Intercambios, David Lodge.
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Jacques el Fatalista, Diderot.
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Piedra de mar, Francisco Massiani.
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El invierno en Lisboa, Antonio Muñoz Molina.
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La conciencia de Zeno, Ítalo Svevo.
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El beso de la mujer araña, Manuel Puig.
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Cuentos, Julio Ramón Ribeyro.
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Primer amor, últimos ritos, Ian McEwan.
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Pregúntale al polvo, de John Fante
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