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Emily de madrugada

 

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“Presiento que tras la noche, vendrá la noche más larga”
“Al alba”, de Luis Eduardo Aute
 
A Juan Carlos Méndez Guédez, perito en trasnochos

  

11:45 pm.

El insomnio ha vuelto y las noches son ahora una sola noche. Mañana es una palabra que ya no promete nada, salvo la certidumbre de su ausencia. Llevo semanas en vela, con la memoria enardecida; tal vez porque todos somos Funes cuando el insomnio atiza. Y no es de extrañar que con esta vigilia involuntaria llegue también la lectura desesperada, esa fuga ilusoria que busca en los libros un salvoconducto para el sueño. Método tan insensato como inútil pues en este estado no sólo leo mucho y atropelladamente, sino que corro el riesgo de prolongar el desvelo y sumar ajenas imaginaciones al mural de unos recuerdos demasiado frescos y oscuros. Pocas cosas son tan intolerables como estar cansado y no poder apagar la mirada, el pensamiento, soltar el cuerpo, abandonarse. Si dormir es distraerse del mundo, como pensara Borges, que sabía de estas angustias, entonces un insomne es un ser condenado a vivir el mundo sin treguas, sin sueños, sin sosiego. Dar vueltas sobre la cama es la imagen de un sentenciado a realidad perpetua. Pero en mi caso era la literatura o las pastillas, y yo nunca me he llevado bien con los fármacos. Peor para mí, me digo. Cada quien conoce sus adicciones. Sus cilicios. Me voy nuevamente a la cama, a la cámara de tortura, sabiendo que el insomnio no es una enfermedad sino un síntoma. Pero sabiendo también que es la causa de mi desvelo la que busco adormecer esta madrugada. Mejor me acuesto y abro el poemario de Emily Dickinson que compré hace poco y veré si hay suerte.

2:57 am.

No hubo. Sigo aquí, absolutamente despierto, recordando que la primera vez que escuché el nombre de esa poeta fue en una canción de Simon and Garfunkel: “The dangling conversation”. Pero eso fue en mi temprana adolescencia, muy dada al olvido imperdonable. Años después, con una curiosidad literaria más robustecida, me encontraría por fin con unos versos de Dickinson en la primera de esas extraordinarias conferencias que Italo Calvino preparó durante 1984 y 1985 para dictarlas en la Universidad de Harvard –recogidas en Seis propuestas para el próximo milenio–, pero que nunca llegó a leer pues se murió una semana antes de viajar a Estados Unidos. En la conferencia titulada “Levedad” aparece citado uno de los poemas de Dickinson, como ejemplo de ese aligeramiento del lenguaje que de forma sublime y exacta nombra la fugacidad de los seres. Tengo la antología poética a mano, en la edición bilingüe de Cátedra, así que voy a copiarlo tal cual:

  

A sepal, petal, and a thorn
Upon a common sumer’s morn –
A flask of Dew –a Bee or two–
A Breeze –a caper in the trees–
And I’m a Rose!
  
[Un sépalo, pétalo, y una espina / una mañana cualquiera de verano, / un frasco de rocío, una abeja o dos, / una brisa, una cabriola entre los árboles, / ¡y soy una rosa!]

  

Me entero también en el prólogo de esa edición, escrito por Margarita Ardanaz, que durante sus últimos diez años de vida, Dickinson permaneció encerrada en su habitación y apenas se comunicaba con sus hermanos y su madre por medio de notas. Su vínculo con el mundo exterior era a veces un canastillo que descolgaba de su ventana para ofrecérselo a los niños del vecindario de Amherst (Massachusetts), donde nació, pero también un copioso número de cartas que escribía frenéticamente en su encierro voluntario. Dickinson es una isla, o más bien una cueva en la historia de la literatura norteamericana del siglo XIX. Le dio la espalda a casi todo lo que por esa época se estaba escribiendo en Estados Unidos. Nada menos que a Melville, Thoreau, Whitman, Twain y Hawthorne, por nombrar sólo a cinco de un célebre y extenso dream team. A Dickinson sólo le interesaba poetizar su mirada encantada y pensativa, hasta que la muerte la interrumpiera dentro de su habitación. Nunca publicó un libro en vida, ni le interesó hacerlo; apenas un puñado de versos en algunas revistas literarias. Sus más de mil poemas –hallados por su hermana en una gaveta del cuarto– vieron la luz en 1890, cuatro años después de su muerte. Todo esto hace pensar que Dickinson era una rara. Y lo fue, pero no una maldita, al estilo de Rimbaud o Baudelaire. Más bien en su escritura hay cierto paganismo aderezado con una sutil ironía más cercana a la ternura que al spleen. Sus poemas pueden leerse como crisálidas de filosofía poética. Poseen la puntería del aforismo, pero también la delicadeza lírica de quien sabe atrapar en breves trazos la belleza de la sencillez; la gracia de lo real. Pese a la imagen de una mujer encerrada en su habitación y entregada a la soledad de la escritura, y aunque a veces se dejase tentar por un desencanto metafísico –“Parting is all we know of heaven / and all we need of hell” (“La Despedida es lo único que sabemos del cielo / y todo lo que necesitamos del infierno”)–, en la poesía de Dickinson no hay jamás desesperanza, pero tampoco una fe bobalicona. En todo caso una lucidez contemplativa, enamorada de lo terrenal y del lenguaje, que celebra la vida sin olvidar que nos dirigimos a la muerte, y en ese tránsito, la naturaleza propia y ajena merecen un trato más noble, es decir: auténtico. Acaso agradecido. Uno más, y regreso a la cama:

  

I died for Beauty –but was scarce
Adjusted in the Tomb
When One who died for Truth, was lain
In an adjoining Room –
  
He questioned softly “Why I failed?”
“For Beauty”, I replied –
“And I –for Truth– Themself are One –
We Brethren, are”, He said –
  
And so, as Kinsmen, met a Night –
We talked between the Rooms –
Until the Moss had reached our lips –
And covered up –our names–
  
[Morí por la Belleza, pero apenas / ajustada en la tumba / cuando uno que murió por la Verdad, yacía / en una habitación contigua / me preguntó amable “¿por qué había fallecido?” / “Por la Belleza”, le contesté. / “Y yo por la Verdad, son una sola cosa, / hermanos somos”, dijo. / Y así, cual parientes que se encuentran de noche, / hablamos de una a otra habitación / hasta que el musgo nos llegó a los labios / y cubrió nuestros nombres.]
  

5:33 am    

He dormido un poco luego de esta ración –lectura y comentario– de Dickinson. Apenas media hora. Pero de pronto llega la sed, un par de zancudos, la nostalgia. Me levanto y voy a la nevera. Ojalá el insomnio se pudiera espantar así de fácil, con un enorme vaso de Coca Cola. Regreso al cuarto. Mato a uno de los zancudos. Doy vueltas y vueltas. Nada. A lo mejor es la almohada, me digo, el colchón, el calor. No me convenzo y encima empiezo a sudar. Las sábanas son arenas movedizas donde lo único que se hunde son mis ganas de dormir. Termino por entender esa imagen, pretendidamente simpática, del fantasma oculto tras las sábanas blancas. La cama puede ser también el territorio de los espantos. Vuelvo a levantarme. Tengo sobredosis de Dickinson así que voy a mi biblioteca a buscar otro paliativo. Pero el masoquista que me habita extrae un poemario de Borges. Y ya con alevosía, hojea ese pasaje de la peste del insomnio de Cien años de soledad, y como estocada, saca la novela de Bryce, Reo de nocturnidad. ¿Busco acaso una especie de cura homeopática-literaria? Lo dudo. Camino hacia el balcón de la sala llevándome los tres libros. Corre algo de brisa; pronto amanecerá. Es demasiado, me repito, demasiado. Regreso el libro de Borges a su estante. También el de Bryce. Me quedo con el de García Márquez y releo el capítulo de la peste. Allí el insomnio que azota a Macondo es sólo una primera manifestación de la plaga. Los efectos más temibles vienen después: el olvido del mundo, del lenguaje, una especie de ataraxia, por no decir una plácida idiotez es la consecuencia final del desvelo. Sé que esta mañana no llegará un Melquíades con el elixir que me permita dormir. Que debo hacer algo por no ceder, no ya al insomnio, sino a esa especie de indiferencia, de letargo con indicios de idiotez que es la otra cara de la vigilia forzosa. No creo que el olvido me aterrorice. Ahora quizás lo veo como un escape, como un destino. Pero entonces recuerdo la película Eternal sunshine of the spotless mind y entiendo que ese tipo de olvidos son también una trampa que a la larga se paga con más insomnio. No me queda sino aferrarme a estas líneas, ya exhausto, poco antes de que salga el sol, pensando en esos irresponsables que andan por ahí diciendo que soñar no cuesta nada. Amanecerá y veremos.

  

Por Luis Yslas

7 de septiembre de 2008

  

comentarios (1) >> feed
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escrito por cesescore, septiembre 12, 2008

Doctor, a mi tambien me entusiasma la obra de la loquilla de Amherst. Debería seguir con este ciclo madrugador...le sugiero que se lanze una disertación sobre "Señora de madrugada", de Tito Rojas.

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