Guía del lector
Reseñas y crítica
Todos los nombres Todos los nombres
El nombre suspendido
Mi corazón estuvo siempre
Solitario. Morí ya...
¿Para qué es preciso un nombre?
Fui yo mi sepultura.
Fernando Pessoa
A Elisa Meza
I.
Es costumbre en varias culturas aborígenes no mencionar el nombre propio por temor a desprenderse del alma, en tanto que alma y nombre no están sujetos a una mera convención lingüística sino que representan la complementariedad entre el cuerpo y la psique, lo terrenal y lo divino, el yo y el nosotros. Para estas culturas, el nombre no es signo que cifre una identidad personal determinada. Por el contrario, significa, o mejor dicho, es la fusión indisoluble entre la palabra y el hombre. No la máscara que cubre, sino la sagrada palabra que protege y descubre la naturaleza intrínseca del individuo. Así, ocultar el nombre, atesorarlo en silencio implica para este tipo de comunidades resguardar ese ámbito misterioso y privativo del ser humano que, de quedar en evidencia, estaría en posesión de los otros. Decir el nombre es decirse, dejar de ser y de estar en la vida, perder un poco de vivacidad. Porque el hombre de estas culturas no sólo pierde un poco de su alma en el instante mismo de nombrarla, también pierde su acceso al otro mundo, a la morada de sus dioses, a la inmortalidad. Y un ser sin alma, sin posibilidad de convivir con los otros ni con él mismo, terminaría deambulando de modo errante, sin horizontes humanos ni divinos, sin libertad: como un desalmado.
El hombre de las urbes modernas, por el contrario, desde el nacimiento hasta su muerte, está obligado a decir, a desgastar su nombre en diversas circunstancias que lo integran a la sociedad a la vez que lo desintegran individualmente. Así, nuestro nombre, esa palabra que de niños escribíamos de manera febril en paredes, cuadernos y cualquier superficie que sirviera para plasmar nuestra recién nacida identidad, esas letras que contenían nuestra individualidad, nuestra diferencia con respecto de los otros, nuestra posibilidad de hacer contacto real con el mundo diciéndole y diciéndonos: Éste soy yo, y soy único; ese nombre, el nuestro, va enturbiándose con el transcurrir de los años, perdiendo cada vez más su prístina transparencia. Innumerables papeles, registros, estadísticas, personas y tiempos se van apoderando del nombre, desvirtuándolo, llevándolo de un lado a otro y anexándole datos que determinen, ordenen y clasifiquen su estado y función sociales. El peso burocrático de la historia le va restando levedad humana al nombre, trocando su ser en parecer, su resplandor en estatismo. Vivimos así en un mundo donde los hombres son nombrados o renombrados, pero ya muy poco recordados. Asimismo, el nombre ha dejado de ser algo único, para convertirse en una palabra más dentro de una gigantesca red de información en la que todos somos Horacio, Irene, Julio, Elisa o Patricia, es decir, en donde todos somos cualquiera, o sea: nadie. Nadie vendría a ser el nombre genérico, neutral y lapidario de los hombres modernos. Y también, el de todos sus nombres.
II.
En este sentido, la novela Todos los nombres (1997) de José Saramago representa una de las metáforas contemporáneas más desgarradoras de una sociedad moderna en la que el hombre ha ido perdiendo progresivamente su individualidad, su nombre, obligado a dejar en manos de otros, paradójicamente, la única vía para estar, comunicarse y convivir con los otros. Los nombres no tienen sentido si han perdido el sentimiento que una vez los eligió e hizo posibles. No sirven de nada, ni para nadie, si únicamente nos dicen qué somos y no quiénes somos. Quizá por ello, la novela, con excepción del protagonista, es una historia sin nombres. Los personajes, sin sustantivos propios que los identifiquen, han sido también despojados de la posibilidad de ser recordados, y de saber que no sólo han cumplido, sino vivido sus años en el mundo. Seres condenados a la igualdad, a la nada humana, que otorga el anonimato.
Pero existe don José, un nombre, un hombre. Ese personaje solitario, carente de posesiones materiales y espirituales, sumido en una labor monótona y abrumado por la timidez, la humillación, la soledad y el vértigo. Un ser silencioso, casi desapercibido, apenas una pieza más en ese terrible y deshumanizado engranaje burocrático que es la Conservaduría General del Registro Civil. Y sin embargo, don José consigue trastocar esa imagen turbia de su persona. Una noche de arrebato por hallar un motivo que le otorgue sentido a su vida, empieza a desligarse de su mecánica y gris condición. De esta manera, el protagonista logra dar inicio a una aventura que le irá mostrando el revés de sí mismo.
A la quijotesca edad de cincuenta años, don José adquiere conciencia, al igual que el hidalgo cervantino, de su chatura existencial, del entorno espiritualmente empobrecido que lo circunda y de la ausencia de motivos que le den sentido y, más aún, sentimiento, a su vivir. Llevado por ese obsesivo deseo de coleccionar noticias de personas famosas, pasatiempo tan monótono y superfluo como su trabajo, no exento además de envidia y de un profundo complejo de inferioridad, don José incurre en la primera trasgresión de su vida: introducirse clandestinamente en la Conservaduría y extraer los datos que completen su colección de famosos. Es ése su primer gesto de insatisfacción ante un mundo que lo ha obligado a desempeñar una función trivial, y cuya mediocridad aumenta el contraste entre la contemplación de la fama ajena y la visión de su inútil e intrascendente vida propia.
Sin embargo, su irreverencia personal es aún demasiado reservada y leve, casi infantil, como para considerarse una auténtica acción rebelde. Ingenuamente, don José cree estar evadiendo la rutina, pero lo que hace es prolongarla, pues su ocupación lúdica es sólo la ejecución a escala de su rutinaria labor de recolección y archivo de nombres en la Conservaduría. Lo que él supone un juego inocente, un escape de sus funciones laborales, es por el contrario la aceptación de un sistema de vida (y de muerte) que ha conseguido internalizar el funcionamiento burocrático hasta en los paréntesis de ocio de sus empleados. Pero cualquier sociedad, por muy represora que sea (o por eso mismo quizá), incluye también sus excepciones, esos ámbitos periféricos que desacatan la obediencia. Y en efecto, un golpe del azar lleva al protagonista a traspapelar, entre sus fichas de famosos, el nombre de una mujer desconocida. Y es allí, en su ocupación de archivar noticias de famosos, donde comienza verdaderamente el renacimiento de don José, la salida de este caballero moderno de la triste figura en búsqueda no ya de fama, sino de alma.
Don José, quien hasta ese instante ha sido un hombre sin anhelos y sin atributos, halla en ese nombre femenino una luz que aviva sus ganas y rescata de su fuero interno lo que el tiempo está a punto de arrebatarle: el deseo de recomenzar su vida, de aventurarse a lo desconocido. Se inicia así una búsqueda personal cuyo sentido no reside tanto en el encuentro final, sino en los pasos, titubeos, aciertos, equívocos y retrasos que, voluntarios o no, enriquezcan y prolonguen su caminar. A partir de ese momento, don José empieza a resquebrajar las normas sociales que por mucho tiempo ha acatado y defendido. Su obsesiva y sistemática búsqueda se va convirtiendo así en una sucesión de falsificaciones, ilegalidades, usurpaciones y demás irregularidades que, progresivamente, de manera física y psicológica, empiezan a deteriorarlo, a enfermarlo. Tanto su cuerpo como su espíritu no logran asimilar completamente esas inusuales ráfagas de vida que sus nuevas experiencias van depositando en él. Por esta razón, don José tambalea, avanza y retrocede en un premeditado afán por retrasar su llegada a la mujer. No sólo por conservar el placer solitario de la aventura, sino además, por mantenerse en el justo medio en el que pueda pertenecer a ambos lados de la vida, el rutinario y el lúdico, sin traicionar o defraudar a ninguno de los dos. Conciliación, desde luego, ilusoria, pues el personaje necesita hallar más evidencias que lo aproximen a su objetivo amoroso. No hay que olvidar tampoco que es el amor, y sobre todo el amor romántico, según desea creer don José, el que estimula su ánimo, su recorrido. Y sólo en ese amor desconocido, y sólo en su perpetuo desconocimiento, espera don José reconocerse, hallar también su propio lado oculto, su nombre de veras, el que no está en los archivos, sino dentro de él.
Don José quiere pues aproximarse lo más cerca posible a lo desconocido de sí y de su mundo, pero sin concluir nunca de indagar, de preguntar, de esgrimir esas interrogantes que, de ser contestadas, vividas, pudieran quizá salvarlo de esa Conservaduría que está fuera y dentro de él. A pesar de estar ya muy cerca, a punto de dar con su paradero, don José posterga la consumación de su deseo y, de manera consciente, va retardando cada vez más su investigación. Porque es evidente que don José todavía no está listo para socializar, para establecer un vínculo comunicativo, humano, con los demás. Sus actividades laborales y personales así lo ratifican: una vida sin familia, sin amigos, sin pareja. Pareciera entonces que don José desea mantenerse siempre a la mitad del camino, no sólo por disfrutar de la búsqueda, sino también, por el temor al encuentro con una mujer que no sólo detenga su andar, sino que lo obligue a dar ese paso de acceso al trato humano. Paso que don José, pese a sus osadas incursiones en el misterio y la disidencia, es, sin duda, incapaz de dar. Como señala el narrador, don José es un ser que quiere y no quiere, desea y teme lo que desea, toda su vida ha sido así. De este modo, el personaje no termina de ingresar nunca en el ámbito de la belleza, el amor, el misterio o la libertad. Sólo lo vislumbra, detenido en la inminencia de esa otredad que está en el mundo, y en él, pero que no consigue asir. Sus deseos son siempre interrumpidos por factores externos o por decisiones propias, y siempre vencidos por un miedo terrible a hallar en la persona que el nombre de la mujer desconocida cifra, también al hombre que respira, sufre, sonríe y agita su vida detrás de las cuatro letras de su nombre.
La aventura de don José es a la vez la batalla por despertar ese costado humano que una sociedad de palabras burocráticas (simbolizada en la Conservaduría) ha ido escondiendo, adormeciendo e, incluso, aniquilando por medio de la sistematización de la vida, del ordenamiento inútil de causas y efectos, de estadísticas que nos contabilizan, clasifican, registran y vigilan, y que terminan por hacernos olvidar, entre tanto discurso inútil, quiénes somos realmente. El hombre se ha ido trasmutando así en un palimpsesto de sí mismo, aprisionado en las múltiples capas de palabras que impiden traslucir su compleja, movediza y misteriosa identidad humana, ésa que los documentos no pueden retener, pues, como señala el narrador, lo más importante de la vida es lo que el tiempo hace mudar, y no el nombre que nunca varía. Se entiende entonces que en un mundo donde casi todas las disciplinas culturales han sido reducidas a una validez meramente lingüística, el lenguaje se ha ido apoderando de todos los territorios de la vida, relativizando con excesivas madejas verbales una realidad cubierta de signos, y cuyos resquicios ya casi no dejan entrever el espíritu que podría darle un sentido, un rumbo o una verdad a tanta palabra descarnada. Don José, quien ha vivido de palabras, entre nombres, lucha por ese sentido y sale al encuentro de sí mismo, alojando su duda existencial en el otro, en ese nombre de mujer que, de ser descubierto, le pudiera decir también quién es él.
Pero el protagonista se entera de que la mujer ha muerto. Ya no existe entonces una persona que encarne en el nombre buscado. Y aún así, golpeado por la noticia, don José persiste en su búsqueda, no ya de una persona, sino de los datos suficientes que puedan prolongar, desde el recuerdo, la existencia de ese ser humano que, por una jugarreta del azar, lo sacó de su casa, de sus labores y de sí mismo. Por eso acude al cementerio para tener, no la certeza de que esté muerta, sino de que estuvo viva. Una manera de darle presencia a esa mujer que, sin conocerlo, lo arrojó al mundo de los sentimientos, y le permitió indagar en esa solidaridad silenciosa que existe tras la aparente soledad de los nombres. De ahí que don José no pueda concebir que la vida termine allí, en ese cementerio que es también el reflejo de la Conservaduría. Se niega a aceptar que la muerte de una persona quede reducida a un nombre perdido en un laberinto de fichas y de tumbas, de donde ya no es posible salir. La peor de las muertes que puede sufrir un muerto: el olvido. De esta manera, la reflexión sobre la vida que la novela metaforiza en la historia de don José, es también, y sobre todo, una profunda reflexión sobre la muerte. La muerte de la vida, y la vida muerta que, como en un juego de espejos, los nombres de don José y la mujer van proyectando mutuamente. Don José ve en la muerte de la mujer el fin de su camino. Pero comprende a la vez que esa búsqueda ha sido el único instante en el que se ha sentido vivo. Y el saberse vivo en ese momento lo enfrenta con la realidad de su vida pasada: esos años inútiles, sin sentido y sin deseos en los que, sin saberlo, ha traicionado y aletargado su Eros, sirviendo al Thanatos interno y externo de su existencia. Por eso don José persiste en aferrarse a las huellas que, inútiles ya de conducirlo a la vida detrás del nombre de la mujer, lo lleven por lo menos al recuerdo de su persona. Cercano él también a la muerte, quizá sueña, como escribiera César Vallejo, con alcanzar la dignidad de morir de vida, y no de tiempo.
Sin embargo, todo el esfuerzo y la lucha del protagonista, casi desde su inicio, han sido minuciosamente observados por esa autoridad contra la que don José, sin proponérselo directamente, se ha rebelado. El Conservador sabe de sus incursiones en los archivos de la Conservaduría, y espía sus movimientos externos: su visita a la mujer del entresuelo derecha, su ingreso nocturno en el colegio, su visita al cementerio, y toda esa serie de raras ocupaciones en las que don José, a la búsqueda de huellas ajenas, ha ido dejando, en su inexperiencia, sus propias huellas. Así, el perseguidor es también un perseguido. Don José se ha ido delatando de varias maneras: sus repetidas muestras de nerviosismo, fatiga y enfermedad, las evidencias fotográficas y documentales dejadas en su habitación y el diario en el que ha ido registrando el devenir de sus días. Pero, de todos sus descuidos, el principal equívoco de don José ha sido su incapacidad para disfrazar su miedo a la vida, al desacato y al azar. Porque, aun en su actos más temerarios, don José no ha dejado de obrar mentalmente con esa lógica propia del sistema burocrático al que pertenece. En la lucha entre su razón y su imaginación, ésta ha terminado siempre por ceder al peso del miedo que el personaje experimenta de manera creciente. Sintiéndose cada vez más acorralado, y encarando, a partir de su experiencia en la Conservaduría y el Cementerio, la reducción de una vida a un nombre, y luego de la muerte, la sustitución de ese nombre a una mera inscripción en una lápida, a un número, don José se siente incapaz de dar el salto final que lo distancie del mundo de palabras huecas, de ausencia de humanidad que le ha tocado vivir. Don José, como lo describe el narrador, ha imaginado ser la pieza clave en un juego decisivo que pueda darle un sentido real a su vida. Pero se trata, claro, de una pieza temerosa y dubitativa que, de no ser desplazada del modo correcto, dejaría el juego empatado. Es decir, un final en el que no habría vencedores ni vencidos, en donde todo quedaría como al principio.
Pero si bien don José no logra ser la pieza decisiva que le dé sentido a su historia, a todo ese hervor de vida que ha conseguido acumular en su búsqueda, su aventura al menos, de modo tangencial, sí ha logrado mover otras piezas. Pues el Conservador ha ido no sólo explorando en la investigación de don José, sino que además ha pensado en sus posibles consecuencias. Es él, precisamente, la cúspide de la jerarquía oficial de la Conservaduría, quien da el paso que don José inicia, pero no completa. Esto explicaría su trato condescendiente con el protagonista, y hasta su tácita complicidad. Y de pronto, esa enigmática decisión, ese extraño discurso en el que decreta la unión de vivos y muertos en los archivos de la Conservaduría: Así como la muerte definitiva es el fruto último de la voluntad de olvido, así la voluntad de recuerdo podrá perpetuarnos la vida. Argumentarán tal vez, con supuesta argucia, si es que yo esperase opinión, que una perpetuidad como ésta de nada les valdría a los que murieron. Sería un argumento propio de quien no ve más allá de la punta de su nariz. En tal caso, y en el caso, también, de que yo creyera necesario responder, tendría que explicarles que sólo de vida he estado hablando aquí, y no de muerte, y si esto no lo han entendido antes, es porque nunca serán capaces de entender sea lo que sea.
¿Qué misteriosa decisión se oculta tras las palabras del Conservador? ¿Ha sido capaz la autoridad de ver el todo a partir de una de sus partes? ¿Ha cedido el sistema ante la grieta que don José ha abierto en la rutina y la mediocridad? ¿Ha contemplado también el Conservador, desde las huellas dejadas por don José, el rastro que conduce al revés no sólo ya de una persona, sino de una colectividad o, al menos de una Institución? O por el contrario, ¿finge acaso asumir una decisión que en realidad estaría borrando los límites del archivo, haciendo de éste un sistema monstruosamente clasificador del infinito? ¿Es la vida la que vence a la muerte o viceversa? ¿Es esta determinación una condena o una reivindicación simbólica del hombre?
Sólo de vida he estado hablando aquí, y no de muerte, dice el Conservador a ese doble auditorio, el ficticio y el real, el de los empleados y el del lector. Pareciera entonces que se trata de una determinación que pretende desaparecer el desprecio y la ignorancia que hasta ese momento ha hecho la vida de la muerte. Tanto en la Conservaduría como en el Cementerio, los muertos han sido arrojados al azar, a la pérdida de identidad, al abandono total que proviene del olvido. Ha sido borrado el último signo que los vinculaba con la historia, con la humanidad. No son nombres ya, ni siquiera un número preciso, pues éstos han sido cambiados. Y peor aún: ése el destino de todos, sin excepción. El Conservador, a través de la vida de don José, quizá ha comprendido que evadir la imagen de la muerte es empezar a padecerla en vida. La actitud contraria, por tanto, no sólo alejaría ese temor final, sino que integraría la muerte la propia y la ajena al devenir anímico del ser humano. Una manera de enriquecer la vida no en años, sino en intensidad. Como pensara Montaigne, en De cómo el filosofar es aprender a morir: La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. El que aprende a morir se libera de toda atadura y coacción. No existe mal alguno en la vida para aquél que ha comprendido que no es un mal la pérdida de la vida. Se podría entender así ese gesto dubitativo de don José entre integrarse al misterio o desintegrarse en su ausencia, como una agonía, en la doble acepción del término: una lucha contra la muerte y, a la vez, una expiración, un abandono de la vida.
Quedaría, no obstante, una interpretación distinta que estaría sugerida en esa imagen final en la que don José se interna en el laberinto de los muertos nominales de la Conservaduría, atado al Conservador por ese simbólico hilo de Ariadna, y a la búsqueda del certificado de defunción que haría de la mujer desconocida una inmortal, al menos en el fichero de los vivos. ¿No sería terrible deducir de esta escena final, una estrategia totalizadora de esa autoridad que ha conseguido incluso apoderarse de la confianza del hombre y tener bajo su control todos sus pasos, ideas y sentimientos, desde el nacimiento hasta la muerte? En efecto, el Conservador ha anulado el lado misterioso de la búsqueda de don José, espiando su aventura e invadiendo arbitrariamente su privacidad. Ha hecho de su vigilancia un acto similar al del protagonista. Pero la diferencia estriba en que el Conservador tiene la posibilidad de redactar las normas a la medida de sus intenciones, de su poder. Quizá por eso decreta la anulación definitiva de los ficheros de los muertos, esa región del azar y del desorden presente en la Conservaduría, cuyo correlato metafórico y vital ha sido la aventura de don José. Éste, sin proponérselo, habría obrado en favor de la autoridad, del sistema, revelando las grietas por donde se infiltraba la irregularidad, lo raro, la vida. Si el caos queda abolido, no hay ya escape a ninguna forma de alteridad, ni siquiera habría muros que dividieran ambos lados del existir, pues la totalidad de la Conservaduría metáfora del mundo habría terminado por aglutinar y ordenar las existencias, pretéritas y presentes, apoderándose no sólo de todos los nombres, sino de la libertad de todos los hombres, e incluso, de todos sus recuerdos.
El final de la historia es, en este sentido, de la misma naturaleza que la búsqueda de don José. Un extendido signo de interrogación sin respuesta, un devenir kafkiano de motivos movedizos y plurales, un símbolo también de lo que al hombre de hoy le ha sido arrebatado casi por completo: su libertad de soñar, de bordear o caminar el lado inconsciente, enigmático, sensible y complejo de su interioridad. De modo que el sentido final de la novela quedaría suspendido en esa tenue luz que guía a don José por las oscuridades de la palabra. Sin embargo, hay siempre un límite que la literatura exige respetar. Porque, como dice un personaje de la novela: La metáfora es siempre la mejor forma de explicar las cosas. Callen pues estas palabras, y dejemos que Todos los nombres se siga diciendo en solitario, en cada nueva lectura.
Por Luis Yslas Prado
Julio, 1999
| comentarios (2) >> |
escrito por nani, noviembre 13, 2008
Hola,
tus comentarios sobre el libro son, sencillamente, excelentes. ¿Sería posible que te preguntara un par de cosas del libro? Acabo de llegarlo y estoy sumida en un amplio espectro de contradicciones, en un amor-odio que necesito comentar con alguien que conozca, como creo que es tu caso, la obra.
Tienes mi mail por si me pudieras contestar
Saludos,
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