La ciudad y los libros
Crónicas
Tráfico y literatura Todos los fuegos, el fuego Publicado en 1966, Todos los fuegos, el fuego reuné cuentos clásicos de Julio Cortázar como "La señorita Cora", "La isla a mediodía" y "El otro cielo"
Tráfico y literatura
A mediados de la segunda década del siglo XX, los formalistas rusos definían la literatura (específicamente, la poesía) como el lugar o el momento en que el lenguaje dejaba de ser un medio de comunicación para convertirse en un fin en sí mismo. La revolución que llevaron a cabo los formalistas rusos en los estudios sobre literatura fue similar a la que Henry Ford estaba realizando en los Estados Unidos, por aquellos mismos años, en el campo automotriz. Eran años paradisíacos en los que la edición de libros aún no se había convertido verdaderamente en un mercado y donde la palabra tráfico designaba los intercambios comerciales y no la terrible experiencia moderna de estar atrapado en un carro, junto a otros miles de carros, en una autopista.
El tráfico y la literatura son dos fenómenos que tienen mucho en común. Por ejemplo, los carros han tenido un destino poético: han dejado de ser un medio de transporte y se han transformado también en un fin en sí mismos. No me refiero únicamente a las personas que invierten mucho dinero en cuidar, adornar y repotenciar sus vehículos (eso que llaman tunning). Pienso, principalmente, en todas las personas que viven en las grandes ciudades del mundo y que pueden llegar a pasar varias horas de su día metidos en un carro o en un autobús tratando de llegar a sus destinos. Olvidando incluso, en ese trayecto que las colas vuelven infinito, hacia dónde se dirigen. Llegando a pensar, quizás, que no se dirigen en realidad a ningún lugar y que el único objetivo es estar cada vez más tiempo en el propio carro.
Uno de los primeros escritores que supo captar la importancia y las consecuencias de la invención de los vehículos automotores fue el inglés Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz (1931), un clásico del género de la ciencia ficción. La historia de esta novela (que vaticinó, entre otras cosas, la clonación de seres humanos) transcurre en el siglo VI después de Ford (d.F). Esta sustitución, o relevo, de la figura de Jesucristo por la de Henry Ford, es un dato literario que permite imaginar el sentimiento compartido por los hombres y mujeres de la década del treinta de estar viviendo una nueva era.
Más allá de la ficción, la invención de los autos representa el paso de la humanidad a una nueva era que, no por tecnológica, deja de estar relacionada con las creencias que la cultura cristiana ha inculcado (tanto a creyentes como a ateos) en nosotros. En Venezuela tenemos el caso particularísimo de una figura como la de José Gregorio Hernández. Si la Iglesia Católica llega a canonizar a José Gregorio Hernández entonces Venezuela habrá dado a Occidente el primer santo verdaderamente moderno: el primer santo que muere atropellado por un automóvil. Ese automóvil, uno de los pocos que para entonces había en Caracas y que vino a golpear trágicamente a El Venerable, se ha convertido en un símbolo que resume perfectamente nuestra época, donde la más alta tecnología se funde con las formas más tradicionales de la fe.
La fe es un aparato tembloroso que se rige por dos principios: la convicción y la resignación. Convencidos de la necesidad de los carros, a la vez nos hemos resignado a vivir cada día la experiencia del tráfico. Es el sacrificio de sopor que ofrendamos al altar de la velocidad y el tiempo. Esta paradoja flagrante sólo puede explicarse y sustentarse mediante nuestra fe en el progreso.
En 1966, en La autopista del sur, Julio Cortázar daba cuenta de la sensación contradictoria del encierro en plena selva de máquinas pensadas para correr. Este relato se ha convertido en uno de los numerosos clásicos de Cortázar y es una referencia ineludible si se quiere hacer una reflexión sobre las representaciones del tráfico en la literatura. Allí Cortázar cuenta la historia del que quizás sea el mayor embotellamiento registrado en la literatura contemporánea. Lo que empieza como una tranca coyuntural de domingo en la autopista del sur que conduce a París, termina convertido, gracias a la inmovilidad de los autos, en una comunidad involuntaria que se parece al hogar y a la cárcel (las dos caras de la convivencia).
La autopista del sur es una narración que asume la estructura básica del absurdo: la anulación de la voluntad de un conjunto de personajes ante un fenómeno externo que viene a subvertir la lógica imperante y que termina por confinarlos en el reducido espacio de su misma voluntad sometida. Esta estructura es la que se reconoce en obras como La lección, de Ionesco, Esperando a Godot, de Beckett, Ferdydurke, de Gombrowicz, Bartleby, el escribiente, de Melville y también en algunas películas de Luis Buñuel. Pienso, sobre todo, en El ángel exterminador.
En el caso del cuento de Cortázar, esta estructura tiene la dimensión de la historia: nace, se conforma y se desploma en la medida en que se produce, se agrava y se diluye el embotellamiento de carros en la autopista. Los personajes oscilan entre la convicción, espoleada por los dudosos rumores sobre la solución del conflicto, y la resignación, al ver que pasan las horas, los días y las estaciones y sólo logran avanzar unos cuantos metros por jornada. El embotellamiento, al prolongarse indefinidamente, crea las condiciones necesarias para la convivencia y la cultura. El tráfico es una especie de sedentarismo obligatorio que permite que surjan, en su esplendor y miseria, todas las pasiones humanas: la solidaridad, el egoísmo, la envidia, la admiración, la esperanza, el desconsuelo, el odio y el amor. Quizás el mayor logro de Cortázar es haber desentrañado el ciclo completo de esta historia, invirtiendo los presupuestos de partida y alterando sensiblemente (quien sabe si de forma irremediable) la nociones de lo que es absurdo y de lo que es normal en la vida diaria. Después de meses de compañía forzada, cuando finalmente (y sin una verdadera explicación de lo ocurrido) se libera la autopista, vemos al ingeniero de Peugeot 404 actuar o reflexionar de esta manera: Absurdamente se aferró a la idea de que a las nueve y media se distribuirían los alimentos, habría que visitar a los enfermos, examinar la situación con Taunus y el campesino del Ariane; después sería la noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su auto, las estrellas o las nubes, la vida. sí, tenía que ser así, no era posible que eso hubiera terminado para siempre ( ) se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por que tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante.
Hace unos diez años leí por primera vez La autopista del sur y es ahora, cuando Caracas se ha convertido en la capital de la decadencia, que entiendo la imagen final de ese relato y es ahora que me aferro a la tímida esperanza que allí flamea. En el tráfico late el impulso sedentario que dio pie a la cultura y a las civilizaciones. Ahora pido permiso para imaginar que ese afán del venezolano por hacer colas aunque no tenga que hacerlas, esconde, a pesar del odio, la innoble viveza y la montaña de muertos que nos rodea, un extraño, incomprensible y absurdo deseo de convivencia.
Por Rodrigo Blanco Calderón
| comentarios (1) >> |
escrito por daniel, agosto 13, 2008
Me gusto tu artículo. Me recuerda que en antropología urbana tuve que hacer un trabajo y no tenía ni idea sobre que escribir. Y nada, hice un ensayo sobre los llamados Lugares y No- lugares en Autopista del Sur de Cortazár. Como un no lugar (la autopista) deviene en lugar identitario y relacional, gracias a la fantastica tranca. Pensé que mi profe (un seminarista quemador de brujas) me iba a raspar pero saque buena nota. Jaja. Lamentablemente las colas caraqueñas son el fruto de los deseos de los gobernantes del siglo xx, que apostaban por una modernización espectacular de la ciudad, olvidando los peatones y el transporte público, y apostandon al carro como dios del progreso. Si alguien escribiera un cuento sobre una tranca fantastica en Caracas, ese cuento tendría que tener mucha violencia, ultra- violencia. Sería lo más cercano a un cuento de terror .
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