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Cuentos de niñitas Cuentos de niñitas

Mi amiga Ada Iglesias me escribe desde España y me aconseja, con su típico tono regañón el cual no sólo celebro, sino que ya extrañaba, que por qué ReLectura no elabora una lista de los libros que se leen en Venezuela y se la ofrece a algunas revistas del exterior, que esa sería una forma de vendernos en otros ámbitos. También me recomienda El asombroso viaje de Pomponio Flato de Eduardo Mendoza, y finaliza su e-mail quejándose de que en la reseña a la librería Estudios no mencionamos la sede del Centro de Caracas. En efecto, tiene razón mi amiga Ada. Ya pensaremos en la lista. Ya corregiremos la omisión. Ya leeré a Mendoza. Pero lo que realmente agradezco, más allá de las sugerencias, es que Ada haya reaparecido después de tanto tiempo.
Ella es así. Irrumpe cada dos meses en mi buzón y me descarga su afecto, embadurnado con la hiel de su ironía. Incluso antes de irse del país hace dos años, nuestra amistad se caracterizaba por un trato más parecido a la injuria que al cariño, a la polémica que a la concordia. Creo que siempre fue de ese modo, desde que estudiábamos juntos en la escuela de Letras de
No sé por qué uno deja de escribir y de llamar a los amigos que quiere. He recibido ese justificado reproche en varias oportunidades y no escarmiento. Sigo incurriendo en ese brutal olvido, en esa adicción al Leteo que me hace sentir canallesco. Ignoro qué dosis de flojera, de irresponsabilidad o de desmemoria ocasiona este abandono al que someto a varios de esos amigos que, en más de una oportunidad, no sólo me han prodigado alegrías y conversas, sino que incluso han sido báculo y hasta sala de emergencia para mis aprietos emocionales. Supongo que no tengo remedio y sí bastante culpa acumulada en las deudas en rojo de mis querencias. Una culpa a la cual, después de leer el mail de Ada, se le sumó una nostalgia que me llevó a releer hace unos días su primer y único libro de cuentos, ese que una vez me tocó presentar en la hoy extinta librería Macondo: Cuentos de niñitas, publicado por la editorial Comala. Recuerdo que hace casi exactamente ocho años, el 10 de agosto del año 2000, escribí unas palabras sobre ese libro. Ahora que he vuelto a sus páginas, con la mirada del que ha regresado de una casa amiga, sé que puedo mantener lo que aquella noche dije en Macondo. Repetir estas palabras es acaso una forma de propinarle una emboscada a mis olvidos, aunque esto, por supuesto, no disculpe nada. Allá va.
Conozco a Ada Iglesias, la autora de Cuentos de niñitas, desde hace una década. Y no sé si veinte años no son nada, pero diez sí son bastantes, sobre todo para nosotros que hemos cultivado una amistad envuelta en ese celofán de los afectos llamado ironía. Desde que nos conocemos, Ada y yo no hemos hecho otra cosa que practicar, casi como un deporte, el humor negro. Nos hemos insultado y burlado el uno del otro sin misericordia, y sólo así hemos llegado a comunicarnos, a entendernos y, de vez en cuando, a querernos. El humor ha sido la levadura de esta atípica amistad. De modo que ignoro, dadas estas circunstancias, por qué hace unas semanas, en un rapto no me explico aún si de masoquismo o venganza, Ada me pidió que presentara hoy su libro de cuentos. Lo cierto es que luego de meditarlo unos días, acepté. No había peligro de hablar bien de Ada, cosa que hubiera roto nuestro pacto de maltrato mutuo, pues se trataba de hablar de su libro, no de ella. Porque la literatura es primordialmente el libro que un autor escribe, y no sus circunstancias.
Ada ha escrito un puñado de cuentos que ha llamado de niñitas, y ya desde el diminutivo del título, el libro expone su temple irónico, sus ganas de desmitificar, según explica la propia autora en el prólogo, una idea muy trajinada en la vida y en el arte: la inocencia infantil. De manera que estos cuentos no pretenden recrear el encanto y la alegría de la niñez. Nada de eso. Porque todo el criterio de la infancia noña y ciega señala Ada proviene de los grandes, no de los niños. Escribir estos cuentos ha sido un detenerse, un mirar atrás, y razonar sobre ciertas sensaciones de aquellos años que hoy parecen cuentos de niños porque se rodean del contexto propio de la infancia: la escuela, otros niños, los padres y hermanos... Sin embargo, las emociones, ideas y expectativas no difieren en intensidad y hasta en angustia respecto a las observadas en los adultos... varía la forma pero no la capacidad de percibir y sentir... Todos hemos sido adultos de unos ochenta centímetros que se van extendiendo hasta que la naturaleza lo dispone.
Por eso, aquellos lectores que esperen hallar en este libro Panchitos Mandefuás o Margaritas tan bonitas como tú, deben abstenerse. Porque aquí no hay niñitos empalagosos, ni tiernos locos bajitos, ni infantes que inmortalicen la bondad humana. Ni tampoco esos niños de inteligencia anómala y malévola, de lucidez sobrenatural y vocabulario erudito, como algunas creaciones retorcidas de José Donoso o Cristina Peri Rossi. Los personajes infantiles de Ada son simplemente eso: niños, a secas, sin aditivos. Niños de clase media, como los que podemos encontrar en un parque, en un colegio o en nuestras casas. Niños que hablan de acuerdo a su edad, y también, a sus deseos de abandonarla lo más pronto posible. Niños que, pese a la aparente simpleza de sus problemas, tropiezan con la crueldad humana. Esa crueldad que les toca padecer, practicar y transmitir, pasando casi siempre de la desilusión a la desolación. Porque sin duda hay una condena siniestra que gravita en todos los cuentos, instalándose en los personajes y creciendo lentamente como una arruga indetenible. Esto explica cierta perversidad en el tratamiento y resolución de las historias, ese deseo (que es también un placer, según la propia autora) de traumar a los personajes, arrojándolos a un mundo de poderes inescrupulosos. Los relatos de este libro parecieran sostener que el mal nos determina y, a la vez, termina por demolerlo todo. Me descubro a los veintinueve años dice Ada en el prólogo negando la impostura de la adultez y de la niñez... y sufro por tal hallazgo.
Pero si bien el tratamiento de las historias no es para nada ingenuo y llega a ser, por momentos, despiadado, los niños que aparecen en ellas sí lo son. Por eso sufren con vértigo y angustia la caída final, que no es otra que la cruda revelación de su condición de personajes traicioneros y vengativos, resentidos y farsantes. Seres que, tarde o temprano, podrían terminar en un diván, en una cárcel, o en la presidencia de alguna república. Sin embargo, hay que recordar las palabras de Simone de Beauvoir: Si todos somos monstruos, nadie lo es. Por eso, advierto también en Cuentos de niñitas una forma muy sutil de añoranza enmascarada de perversión. Una especie de nostalgia por ese estado de candidez que antecede al abandono, la traición, el crimen, la infidelidad, el insulto, la desesperanza o la soledad que sufren los personajes. Así, los niños de estos relatos no resultan meros pretextos ficticios para exponer una visión cáustica del mundo. Más bien son seres que trascienden esa imagen inicial y pueden ser vistos también con la compasión que el discurso narrativo pareciera negarles. Porque la compasión consiste, como escribiera Milan Kundera, en participar de los sentimientos de aquel que sufre. Y estos cuentos revelan tanto la maldad que emerge y abofetea, como el rechazo tácito a esa bofetada. Es obvio, claro está, el deseo de pulverizar y, a la vez, de abandonar, la tan ponderada inocencia infantil. Pero es cierto además que sólo deseamos salir de aquello que aún habitamos, y que acaso, sin saberlo o aceptarlo, nos habita. Los límites entre el odio y el amor son imperceptibles, por eso, pese a la malicia manifiesta en los relatos, está presente la idea de que la naturaleza humana resulta más enigmática de lo que creemos de lo que creamos, y, niños o no, oscilamos siempre entre el ascenso y la caída. Los personajes viven la transición entre la farsa de una infancia ingenua y la conciencia de esta farsa, y creo que es ese paso no realizado, esa escisión entre dos ámbitos no sólo cronológicos sino vitalmente sensibles, lo que hace de estas historias un universo infantil en el que la ternura y la crueldad unas veces se cruzan y otras se confunden. Recuerdo que Alfredo Bryce Echenique decía que tuvo que leer cincuenta tomos de psicología infantil antes de escribir Un mundo para Julius con el fin de respetar la verosimilitud del personaje. Pero al final de tanta lectura llegó a la conclusión de que prácticamente todo es posible tratándose de un niño, incluidos el mal y el bien. Eso explica quizá lo triste que es dejar la infancia, y lo inútil que es recuperarla, porque eso es justamente lo único que un niño no puede hacer. Pero quedan los cuentos como paliativos. Los Cuentos de niñitas, por ejemplo, de mi amiga Ada Iglesias. Hasta ahí llegaron mis palabras de esa noche de agosto. Las de ahora quisieran terminar con este minúsculo retrato, incluido en la contratapa del libro, y que sospecho aún tiene vigencia. Ada Iglesias nació en Caracas en 1969. Estudió algunas cosas que ha tratado de olvidar. Siempre ha querido tener un gato, pero tiene miedo de que se caiga por el balcón. Trabajó una vez; los últimos tres años los ha dedicado al delicioso arte del vagabundeo. Por algún motivo cree que con un poco de paciencia romperá el récord de Penélope (la de Homero y la de Serrat). Le gusta mirar a la gente rodando en bicicleta y reconocerse en las pupilas-cataratas de los ancianos. Hasta ahora su novena mayor frustración es no haber aprendido a nadar. Espera conseguir un abrazo y un par de explicaciones. Sus amigos dicen que los años le sientan bien... Ella se pregunta cuántos le quedan. Por Luis Yslas Prado
Agosto de 2000, pero también de 2008
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