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A Alberto Barrera Tyszka
Ya no recuerdo, o no me conviene recordar, por qué tuve el mal gusto de citarla a la una de la tarde en la Plaza Bolívar de Caracas, un lugar francamente penoso para un primer encuentro con pretensiones, digamos, de galanteo. Rectifico: un lugar abominable para cualquier tipo de encuentro, pero allí estaba yo, sin tiempo para enmendar el pésimo escenario, entre furibundos revolucionarios y palomas, con canciones de Alí Primera como estridente compañía, dando vueltas alrededor de la estatua ecuestre, esquivando ofrendas florales bajo un sol maligno y con una ansiedad que, a causa del mensaje que apareció en mi celular a diez para la una, se convirtió en una arritmia de los mil diablos. No sé si pueda llegar. Haré lo posible. Tengo poco saldo y batería. Al leerlo respiré profundo y me alcanzó un olor a chicha rancia que presagiaba lo peor.
Nos habíamos visto en clases pocas veces. Algunas charlas insípidas de salón y de pasillo, frases apresuradas de camino a la parada de autobuses, trozos de palabras a la deriva, pero en los que pude o me provocó atisbar una ligera coquetería en su voz que me llenó de un arrojo atípico en mí, y del cual no dejo casi nunca de sorprenderme, al principio, y de arrepentirme, al final. De modo que una mañana me animé a dejarle un papel sobre su pupitre porque por escrito suelo conferirle a mis temores cierta apariencia de temeridad. Le decía que quería verla fuera de la universidad, invitarla a almorzar, y tal vez, con la esperanza depositada en la sobremesa, prolongar la cita hasta una sala de cine. Eso más o menos le escribí y al día siguiente me crucé con ella rumbo a los baños, me saludó con un beso neutro en la mejilla que yo quise sentir venturoso, y me dijo al oído está bien. Sólo eso: está bien. Y siguió de largo. Pero para mí esas tres sílabas me sonaron elocuentes, prometedoras, suficientes.
Aunque en la plaza nada parecía estar bien. El mensaje del celular me desconcertó. Supuse que ya no vendría, que estaría pensando lo mismo que pensaba yo mientras rotaba como un satélite acalorado alrededor del Libertador: ¿a quién se le ocurre proponer esta plaza pavosa para verse? Las manos me sudaban y empecé a entrar en la primera fase del pesimismo. De ser un fumador compulsivo hubiera agotado ya media cajetilla, pero como no fumo, a mi angustia le da por consumir literatura. Me urgía leer algo y no tenía ningún libro. Otro equívoco imperdonable. Recordé que a tres cuadras de la plaza quedaba una Kuai-Mare y hasta allá me dirigí. Estuve revisando los estantes de las novedades mientras observaba cada treinta segundos mi celular por si había respuesta, un último hálito de saldo o batería que le permitiera decirme que ya estaba por llegar. Pero nada. Entonces lo vi: Tal vez el frío, de Alberto Barrera Tyszka, un poemario del año 2000, editado por Pequeña Venecia. Lo compré y regresé al calorón de la plaza; a la espera.
Lo que sabía de Barrera en ese momento es que de joven había desertado del seminario jesuita para patear las aceras de la poesía urbana, cuyos más fieles devotos se hallaban por esa época entre los grupos Tráfico y Guaire. Eso me lo había contado mi amigo Carlos Alzuru que estudió y desertó con él en los años setenta. Fue Carlos además quien me habló con fervor de sus poemas. Quien me los prestó. Por esos días Barrera aún no había publicado sus novelas También el corazón es un descuido (2001) ni La enfermedad (2006). Tampoco la biografía Chávez sin uniforme (2004) escrita a cuatro manos con su esposa Cristina Marcano, así que de su faceta como prosista apenas tenía conocimiento de un libro de relatos que no se encontraba, ni se encuentra, por ningún lado: Edición de lujo (1990). Lo primero que leí de él fue su segundo poemario, Coyote de ventanas (1993), cuya ironía, concisión y fragilidad configuran una de esas afiladas bellezas a las que uno vuelve por más. De ese libro recuerdo en especial los versos de Poética, algo así como el dibujo de ese alfabeto esmerilado con el que Barrera destaja el idioma para extraerle luces y sangre: Ha de ser limpia y brillante, / como una hoja de afeitar / hundida en una copa de vino. / Como un tallo de albahaca / sobre el hielo. / Ha de ser mortal, / siempre. / Como el deseo. Supe de inmediato que era uno de esos escritores a los que les seguiría la pista con fidelidad. Busqué por todos lados su primer libro de poesía, Amor que por demás (1985), pero hasta el día de hoy no he tenido suerte. Incluso llegué a conocer personalmente a Barrera por esos días, pues Carlos y yo lo invitamos para que hablara de sus poemas con nuestros alumnos en el taller literario que dábamos en el Colegio Integral El Ávila. Sin embargo, esa mañana Barrera se dedicó a repartir anécdotas de su experiencia como guionista de telenovelas que hicieron que los muchachos se desternillaran y se olvidaran de la poesía. No hallé el momento oportuno para confesarle que Coyote de ventanas era uno de mis poemarios dilectos, pues en medio de las carcajadas y las historias sobre cómo redactar un culebrón mexicano, mi entusiasmo hubiera resultado disonante. Pero un mes después, me volvería a encontrar con Barrera en los versos de Tal vez el frío, su tercer libro de poesía el último hasta la fecha, que aquella tarde empecé a leer en la plaza mientras mi reloj marcaba la una y media, y mi celular seguía mudo. El azar quiso que fuera éste el primer poema que me saliera al paso, poco antes de que ella se acercara a mí, me ofreciera disculpas por la tardanza y me preguntara qué estaba leyendo.
Los poetas acuden al frío con frecuencia.
Los poetas se dice son tristes llorones melancólicos, demasiado enrollados. Los poetas ven un cielo azul y escriben un cielo gris. Eso asegura cierta gente. O también: los poetas tienen una irremediable debilidad en el ánimo. Les gusta sufrir. ¡Cómo les gusta! Es un vicio. No escriben himnos. Se lamentan. Tienen prohibido el optimismo eso piensan muchos. Yo no digo lo contrario. No defiendo nada. Los poetas son un desorden en el clima, pienso. Los poetas nunca están contentos. Los poetas son un tropiezo incómodo en el lenguaje, un accidente. Nadie sabe qué quieren. Nadie sabe a dónde van. ¿Por qué escriben lo que sienten? ¿Para qué?
Tarjeta de presentación le contesté. Es el título del poema. De Barrera Tyszka, ¿lo conoces? Dijo que no, que no lo conocía, pero me dio un beso en la mejilla y esta vez no siguió de largo sino que me confesó que tenía calor y hambre. Está bien, le dije al oído y entendí que la poesía podía esperar su momento. Fuimos a un café-restaurante que quedaba cerca de la iglesia, donde vendían unos sándwiches voluminosos que llevaban por nombres Pasión, Alegría, Fe, Saber e Inocencia. Ella se decidió por un Alegría con agua mineral, mientras que yo pedí Fe, pero sin tomate. Luego de comer, la falta de palabras y de aire acondicionado amenazaban con estropearlo todo y entonces Barrera nos echó una mano. El libro permanecía entre los restos de su alegría y un vaso de agua. Ella lo abrió y buscó la Tarjeta de presentación. Lo leyó en silencio, levantó los ojos y repitió: ¿Para qué? Entendí que me tocaba mi turno, así que tomé el libro y busqué un poema que sirviera de respuesta, de intercambio.
Cuando estás sola y te sientes sola y te sabes sola como un alacrán seco en una caja de zapatos. Cuando miras y no hay ya más allá que la rutina repetida de un espejo; cuando ya no ves sino tu imagen sola como un eco. Tan sola como un eco ni siquiera el teléfono repica. Cuando ya sólo te queda tu nombre. Y tu nombre es sólo eso: un nombre. Tan parecido a Alejandra o a Beatriz. Tan igual a María, a Patricia o a Julia. Tan nombre. Tan solo. Cuando ya no hay nada y ya nada es tan nadie. ¿Acaso no recuerdas?
Y así estuvimos un buen rato, conversando con palabras prestadas que nos refrescaban los anhelos y las nostalgias propias. El frío de los poemas había roto el hielo y aplacado el calor. Ella buscaba frases frescas en el libro y luego las pronunciaba lentamente: Los ahogados siempre se quedan con un trozo de mar dentro del cuerpo. Yo respondía con otra: ¿Acaso las palabras no desean, cualquier día, amanecer junto a nosotros sin tener ya nada que decirnos? El amor es nuestra mejor violencia, agregaba ella antes de que yo le dijera que sólo hace falta una noche para que dos cuerpos se destruyan. Con el juego nos fuimos sintiendo más próximos, menos tensos y silenciosos. Coincidíamos en las resonancias que los poemas iban despertando en nuestra intimidad, y de pronto comprendimos que ese libro, escrito desde la ternura y el extravío, desde la ironía y el desamparo, también podía servir de puente. Que tal vez el frío, ese frío, era lo que le faltaba a esa tarde para que culminara en un abrazo. Cuando nos levantamos de la mesa ya le había regalado el poemario, y nos dirigimos a una sala de cine que extendió ese primer encuentro hasta la hora en que, frente a su casa, le leí las últimas condiciones climáticas del libro y de la noche:
Aquí vivimos sin cuatro estaciones. Poco sabemos del otoño triste en las solapas. Qué poco. De las hojas derrotadas, de la huida del sol, del amplio reino de los hielos. Por más que el poeta suplique, jamás habrá nieve en Valencia. Consuélate entonces con la lluvia, aunque el resto prefiera los paraguas o la vitamina C.
Nunca le he agradecido a Barrera esa tarde, esos versos que le bajaron la temperatura al bochorno. Ni tampoco las que vinieron después cuando de nuevo ella y yo leímos los eternos poemas de amor de Coyote de ventanas. Y si bien el entusiasmo nos duró menos de lo que ambos quisimos, sé que nos ha quedado la huella del frío y los aullidos como una aventura imborrable en la memoria. Aún recuerdo el último verso que me dijo antes de seguir de largo, esta vez sin retorno: Nadie intenta la belleza y queda intacto. También Barrera era el autor de esa frase que parecía más un epitafio que una moraleja. A la larga ella prefirió los paraguas y la vitamina C. Y está bien.
Meses después de aquel encuentro en la plaza me volví además un lector asiduo de los artículos que Barrera suele publicar los domingos en El Nacional. Tanto, que durante algún tiempo tuve como ritual el leerle a mis alumnas, cada lunes, esos artículos que hacían las veces de desayuno y nos enseñaban que en la agudeza del lenguaje puede caber la historia de desastres y esperanzas que somos a diario en este país. Esa precisión, esa agudísima síntesis de humor y lucidez ya las conocía de antes. No sólo eran herederas de la prosa del maestro Cabrujas, sino que venían de ese trato con el verbo poético que Barrera ha sostenido desde que se iniciara como escritor. Por eso la celebración que Carlos, su esposa Mora y yo hicimos a punta de ron y a su salud cuando supimos del Herralde a La enfermedad. Por eso también estas palabras. Porque supongo que no hay que esperar, mientras nos sea posible, un lauro internacional o una fatalidad para agradecerle a un poeta el habernos dado motivos para creer aún en la belleza, aunque luego no quedemos intactos: la única ley de ese territorio de sombras y fulgores donde reina la poesía.
Por Luis Yslas Prado
8 de julio de 2008
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