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Elizabeth, ¿estás ahí?

 

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Decidí escribir sobre Elizabeth: La edad de Oro, a pesar de que usualmente prefiero revisar películas no tan recientes y escribir en retroactivo sobre filmes que ya no están en cartelera, porque ésta tiene días rondándome. Y la razón de tanto vértigo en la cabeza es que, habiendo disfrutado enormemente y de la manera más básica del placer de sentarme en mi butaca y de dejarme llevar por el cuento, a la salida del cine dos personas discutían acaloradamente sobre la validez o no de la historia y uno de los involucrados incluso proponía la excomunión de ambos guionistas. 

Allí fue cuando me asaltó la duda. Y es que hasta ese momento, y lo confieso, yo me había entregado sin resistencias a que me contaran mi cuento bien contado, a ver los trajes, a admirar el dramatismo de la escena final de María Estuardo, a dejarme llevar por los tiros de cámara del pretensioso del director, a suspirar por Sir Walter Raleigh como si se tratara de un Ricky Martin británico, y en fin, a ser entretenida de la manera más básica y poco crítica de la que soy capaz.

Además, resulta que esta Elizabeth (el personaje, no la película) está llena de contradicciones sobre el poder, la soledad y el amor, y su núcleo central gira en torno al contrapeso interno de sus necesidades como mujer enfrentadas a sus obligaciones como jerarca y de cómo, por supuesto, se ve sometida a la soledad que viene con su cargo pero que al mismo tiempo dimensiona a la mujer de carne y hueso que se esconde detrás de aquellos trajes espectaculares que indiscutiblemente le valieron el Oscar. Y para colmo de males y retorcijones estomacales de los más puristas en materia histórica, termina conformando un triángulo amoroso en donde (y como debe ser para poder regodearnos en la desgracia del poderoso) la reina queda por fuera y se conforma, cual telenovela de Delia Fiallo, con cargar al muchachito del objeto de su deseo, que por supuesto no es de ella.

Hasta ahora todo bien, si a uno no le da por escudriñar mucho la historia y se conforma con la poquita que se asoma por esta película dirigida por Shekhar Kapur, el mismo que dirigió la predecesora de ésta y que fue filmada en 1998, y no le preocupa demasiado que cuando Elizabeth conoció al pirata Raleigh ya ella tendría unos 54 años (de los de antes y sin botox) y es imposible que fuera tan atractiva y apetitosa como ésta, magistralmente interpretada por la australiana Cate Blanchett a los treinta y pico, por decir lo menos. Entonces mi pregunta es: ¿se debe utilizar la Historia , con mayúsculas, como mero artefacto narrativo o debemos ceñirnos a ella sin torcerla ni un poquito aunque no quede tan bonita en el cuento? Para ayudarme a arrojar luces sobre esta pregunta, intenté indagar acerca de los guionistas William Nicholson y Michael Hirst, sobre quienes escasamente obtuve información y quienes, además, ni siquiera figuran en Wikipedia. ¿Serán guionistas tapa amarilla?, me pregunté… Todavía en esas, eché mano a algún libro de historia y constaté que las imprecisiones apenas comenzaban: que la tolerancia de Elizabeth en materia religiosa no era tal como la pintaban y que de hecho fue promotora de innumerables persecuciones anti católicas, que Sir Walter Raleigh jamás partió al encuentro de la Armada Invencible , y que el mal tiempo y la muerte de un capitán de mucha envergadura fueron los factores fundamentales que inclinaron la balanza del lado de los ingleses y no las pericias del guapísimo (al menos en la película) pirata Raleigh.  

Así que digamos que me quedo con más dudas que respuestas y si bien respeto la historia, también aplaudo la narrativa. Sin embargo, después de largas horas de cavilación he logrado concluir que Elizabeth, la Edad de Oro, es un sabrosísimo pasatiempo histórico con una producción de ultra lujo pero como todo pasatiempo y a pesar de mi disfrute casi infantil, probablemente prescindible.

  

Por Adriana Bertorelli

 

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