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El arquero ausente

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…no hay destino más hermoso para un cuento que desaparecer

Franz Kafka

 

Hace meses llegaron a mi correo imágenes de un partido de futbolito. Era una filmación precaria realizada en celular y demasiado macabra para dar crédito a lo que veía: presos pateaban una cabeza degollada. Toda la secuencia era confusa y sólo se escuchaban claramente gritos y risas. Con repugnancia y, por qué no, con cierta morbosidad vi nuevamente el video. En efecto, al observar con atención, hacia el final pude reconocer que los ojos sangrantes y el cabello hirsuto, así como la boca tumefacta eran partes vistosas e indiscutibles de una cabeza humana que iba por los aires. También supe que se conseguían variantes: en otros videos se jugaba con cabezas degolladas al béisbol y al básquet. Mi curiosidad llegó hasta allí y no se lo comenté a nadie. Pasó el tiempo. Y, de pronto, asocié lo visto con El arquero ausente.

El arquero ausente era una pieza de teatro que habíamos intentado montar, en Santiago, Claudio Carvacho y yo a mediados de los ´80. En ese momento, ambos éramos estudiantes de literatura y leíamos a Kafka y mucho teatro. Se podían ver, asimismo, montajes de toda índole, ya que la censura dictatorial no se preocupaba por los minúsculos espacios teatrales. Esas salas improvisadas en garajes o fuentes de soda perdidas en calles de putas y hoteles baratos, eran ideales para la dramaturgia. Y queríamos representar nuestra obra allí. La idea venía por el cuento “En la colonia penitenciaria” de Kafka, el cual habíamos visto un tiempo atrás adaptado por Egon Vaissman, un actor ya entrado en años que tenía a su haber más de diez obras basadas en relatos de Kafka, incluidas entre ellas “Un artista del hambre”, La metamorfosis o “Informe para una academia”. Vaissman trabajaba solo sobre el escenario, por lo tanto sus adaptaciones eran monólogos que acompañaba siempre con sinfonías de Mahler, mucho ruido, efectos de luces y algunas diapositivas, a veces todo de forma simultánea. Esa especie de escenografía delirante era preparada por su esposa, que nunca se mostraba ante el público; al escaso público que aplaudía exageradamente los trabajos de Vaissman, intentando llenar el vacío de las butacas. El actor era una suerte de ídolo para nosotros. En todo caso, no pretendíamos subirnos a un escenario, más bien nos gustaban sus puestas en escena: los múltiples acercamientos a Kafka. Las temporadas eran cortas, no pasaban, cuanto mucho, de mes y medio. Así es que teníamos que ser consecuentes en la asistencia: “En la colonia penitenciaria” la vimos seis veces; un jueves cada semana. Maurice Blanchot señalaba que “toda adaptación a la obra de Kafka debe no sólo falsearla sino sustituirla por una versión adulterada, de la que en lo sucesivo será más difícil volver a la verdad ofuscada y extinguida del original”. Y eso hacía Vaissman.

“En la colonia penitenciaria” tiene cuatro personajes, los principales dialogan: el Explorador y el Oficial; y los segundarios escuchan de éstos un idioma que no entienden, y esperan la ejecución que se aproxima: el Soldado y el Condenado. Lo medular del cuento se concentra en describir las características de la máquina que se empleará para la lenta tortura del Condenado, quien moriría, cosa que no llega a suceder, a causa de las laceraciones producidas con una Rastra en la espalda, donde se escribirá de forma mecánica con unas agujas: “Honra a tus superiores”. En todo eso hay una lucha por continuar con una tradición espectacular de muerte aleccionadora, a la cual se le ha adicionado el perfeccionamiento industrializado, y, en contraste, el total rechazo a la capacidad del ser humano de autodestruirse. De igual modo, si se quiere otra perspectiva, el enfrentamiento pudiera ser entre memoria y olvido. Por ello, y quizá esta sea la solución de continuidad inmersa en el relato, para el Oficial la máquina de tortura es un artefacto deshumanizado que intenta promocionar por sus cualidades prácticas, el cual contendría en sí a toda la justicia, ya que al lacerar los cuerpos se incrusta una ley superior e inevitable en la espalda de los culpables. Vaissman lo veía así. Y su monólogo interpretando al torturador desdichado, debido a que el invento no sirve y su época ha proscrito, era una detallada publicidad de las ventajas de la funesta máquina. Cuestión que hacía absurda su defensa y de allí el distanciamiento y la crítica implícita. La visión del actor era, qué duda cabe, totalmente política. Eso a nosotros se nos antojaba rebatible, porque, y siguiendo una vieja tautología, pensábamos que el emplazamiento de las ideas debía ser artístico o no debía ser. Nos oponíamos, en resumen, a la propuesta brechtiana de representación teatral del viejo Egon.

En esos días apareció colgado del travesaño de un arco de fútbol, a las afueras de Santiago, un obrero cesante. La muerte violenta a esas alturas no era una sorpresa -no quiero decir con esto que había un acostumbramiento; nadie se va a resignar nunca a que desaparezca un familiar, el amigo o su vecino-, pero un suicidio en esas condiciones era una prueba irreductible de que todo se estaba desmoronando; la ciudad se había convertido en una gran colonia penitenciaria. Los diarios comentaron el hecho en las páginas de sucesos. Al comienzo no se le dio importancia; sin embargo, a los quince días apareció en otra cancha de fútbol un ahorcado más. Y después otro. Igualmente, poco a poco se fueron dilatando en la opinión pública estos suicidios colectivos, perdiéndose en una cantidad no despreciable de nuevos acontecimientos, que pasaban veloces sin mediar ninguna posibilidad de detenerse en las mentes acaloradas por la contingencia, y, es verdad, ésta era abrupta, despiadada e incontenible. Pero para nosotros esas muertes significaban mucho más; éstas, nos decíamos, condensaban la memoria y el olvido. Y nos obsesionamos con los ahorcados de las canchas. Nuestra obra, El arquero ausente, comenzó a ser planeada desde un mínimo esbozo, el cual, siguiendo vagamente el Teatro de la Crueldad artaudiano, representaba a los tres suicidas con la soga al cuello efectuando los trabajos que habían perdido: mecánico, electricista y obrero de la construcción. Esta especie de espectros, además, seguían existiendo entre sus familias, así es que se les veía en sus actividades cotidianas después del trabajo: jugaban con sus hijos, leían el diario y veían la televisión. Por diversos impedimentos o por desidia, nunca llevamos la obra a escena.

Vuelvo a pensar en la cabeza degollada. En ese juego siniestro también hay una puesta en escena. No cuesta mucho imaginar a la jauría posando satisfechos hacia la diminuta cámara. Tampoco puedo dejar de imaginar la sonrisa o la carcajada del que está filmando con el celular que, a su vez, planifica el encuadre certero donde salgan todos sus amigos. Sin duda es un vencedor, pero es, igualmente, un sobreviviente porque si su bando no se hubiese impuesto, la cabeza que va de pie en pie, quizá, sería la suya. Y pienso en la imposibilidad absoluta de representación de la realidad, en que los relatos de Kafka tienen vigencia entre nosotros a pesar suyo y que, como vaticinaba William Ospina, ya es demasiado tarde para el hombre.

 

Por Eduardo Cobos

 

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