Equipos
Entrelíneas
Los árboles de Orfeo Los árboles de Orfeo
A mis alumnas del colegio Cristo Rey de Altamira
I
El 27 de octubre de 2004 fue un día de eclipse y aguacero. Recuerdo la fecha y el dato astronómico porque los anoté en el poemario que me obsequiaron esa noche al entrar a la galería de Las Mercedes, donde se bautizaría la edición bilingüe del libro Amante de Rafael Cadenas. El autor aún no llegaba, pero ya había bastante gente esperándolo. El tráfico, tal vez la lluvia, retrasaban su presencia. Yo caminaba entre personas que tomaban vino y hablaban menos de literatura que de política, cuando de pronto lo reconocí. Estaba observando una de las pinturas del salón principal. Era la primera vez que lo veía en persona, aunque conocía su rostro por las fotos de los libros y la prensa. Me le acerqué y le dije una obviedad: ¿Es usted Eugenio Montejo? Él me sonrió y asintió. Nos estrechamos las manos y me preguntó cómo me llamaba y qué hacía. Le dije mi nombre y le conté que daba clases de literatura en el colegio Cristo Rey de Altamira, en quinto año de bachillerato, y que en una semana les leería a mis alumnas una selección de su poesía y el ensayo El taller blanco. Parecía una mentira gentil, casi oportunista, pero la verdad es que era una de esas coincidencias a las que ya no les busco explicación. Luego callé. No sabía qué más decir. O no hallaba cómo decirlo. De nuevo esa incómoda timidez que se les atraviesa a mis palabras cuando estoy frente a los escritores que releo con reverencia. Me hubiera gustado decirle que su obra me había hecho la vida menos sola y más soportable; que sus versos me reconciliaban con los dioses que moran en donde uno menos lo espera; que mi amigo Carlos Alzuru y yo, luego de asistir ese año al estreno de 21 gramos en Caracas, celebramos esa misma noche, hasta la borrachera, que sus versos le dieran la vuelta al mundo en la voz de Sean Penn. Y también, que gracias a sus poemas, los árboles y las piedras, las velas y los pájaros, las cigarras y los gallos adquirían en mi memoria la consistencia de una amable sabiduría. Que su literatura era saber y afecto, raíz y lumbre, sobre todo en esas horas en las que me he sentido más desarraigado y sombrío. Pero esas cosas casi nunca encuentran voz en el momento preciso, en el sonido justo. Son siempre palabras posteriores, palabras a destiempo. Menos mal que él interrumpió el silencio, hablándome de la educación, de lo difícil y gratificante que era dar clases a ese nivel. Entonces se me quedó mirando y me preguntó: ¿Cuándo me dijiste que leerías mis poemas a tus alumnas? Quizás podríamos hacer algo juntos ese día, pero necesitaría un poco más de tiempo. Quizás dentro de tres semanas, podría ir al colegio, ¿te parece? Como era de esperarse, tampoco supe hallar las palabras que tuvieran la estatura de mi agradecimiento en ese instante. Su gesto me agarró desprevenido. Se había adelantado a un deseo que acaso esa noche no me hubiera atrevido a pedirle, pero que él adivinó. Anoté su teléfono en un papelito y quedé en llamarlo en un par de semanas. En eso apareció Cadenas, la gente empezó a agolparse hacia el centro de la galería y yo aproveché para despedirme, tartamudo y feliz, de ese otro poeta venezolano que aquella noche, sin buscarlo ni esperarlo, hizo de nuestro encuentro una ocasión para la generosidad a prueba de eclipses y de olvidos.
II
Cada vez que Enza iba a la casa hacía lo mismo. Siempre. Se detenía frente a la biblioteca y sacaba un solo libro: Alfabeto del mundo, de Eugenio Montejo, editado por el Fondo de Cultura Económica. Luego se sentaba en el sofá, con el libro sobre las piernas y lo abría al azar. Se quedaba un rato así, leyendo en silencio, o en susurros entrecortados, moviendo la mano como si dirigiera una orquesta invisible escondida entre los poemas, participando de un ritual ajustado a su más fiel enamoramiento poético. Yo mientras tanto hacía café o freía tequeños, cuando de golpe ella se levantaba de un salto y empezaba a dar brinquitos alrededor, como quien descubre una alegría gratuita, y me gritaba oye, oye , y comenzaba a leer con emocionada solemnidad algún poema de Montejo. Sus preferidos eran los de árboles. Que son casi todos. Como aquellos versos que pronunció frente a la ventana, de cara al Ávila, una de esas tardes en que Montejo era, más que un escritor admirado y querido, una especie de refugio sacro del cual le costaba desprenderse. Porque mi amiga Enza suele verse a sí misma como un ave diminuta que busca en esa literatura un verdor y una sombra que la vida, fuera de los nidos de Montejo, le suele esconder de vez en cuando. Por eso quizás lleve grabada la voz de Montejo en el ringtone de su celular, y así, cuando su padre la llama, es la voz del poeta la que le recuerda que hay un padre que la busca y la necesita.
Esa tarde, la de estos versos leídos en la ventana, le dije a Enza que ya estaba bueno ya, que le regalaba el libro. Que de tanto hojearlo lo había hecho más suyo que mío. Que se lo había ganado a punta de lecturas y espasmos. Que se lo llevara de una buena vez, que yo no podía mantenerla más tiempo separada de ese amor invencible y en voz alta, porque además estaba a punto de pensar que ella no me visitaba a mí, sino al libro. Todo eso le dije o imagino ahora que se lo dije. El hecho es que Enza me dio las gracias y se fue feliz y brincando, abrazada al libro como quien acaba de contraer matrimonio.
III
Mis alumnas no entendían muy bien mi entusiasmo esa mañana. En pocas horas llegaría Eugenio Montejo, y ellas como si nada, como si lloviera, como si acaso un poeta pudiera desprenderlas de sus prioridades adolescentes, de sus sueños universitarios, de sus ipods. Yo confiaba en que, pese a la no muy disimulada indiferencia de la mayoría, Montejo las sorprendería. De todos modos les dije, antes de que llegara, que la poesía, como creyera Juan Ramón Jiménez, pertenecía a una inmensa minoría, que resultaba comprensible que no todas tuvieran un acercamiento sensible a la literatura, pero que en todo caso entendieran que, tal como estaba la fe en el mundo, la poesía venía a ser una de las pocas religiones genuinas que nos iban quedando. Que al menos durante los minutos que duraba la lectura de un poema, alguna de ellas, con una dosis de atención y sensibilidad, podría tener la suerte de que algo se le despertase dentro, o hasta podría llegar a sentirse como una Eurídice liberada brevemente del Infierno. Porque todo poeta, como en los versos de Montejo que también les leí esa mañana, era siempre la reencarnación del mítico Orfeo:
Orfeo, lo que de él queda (si queda),
lo que aún puede cantar en la tierra,
¿a qué piedra, a cuál animal enternece?
Orfeo en la noche, en esta noche
(su lira, su grabador, su cassette),
¿para quién mira, ausculta las estrellas?
Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),
la palabra de tanto destino,
¿quién la recibe ahora de rodillas?
Solo, con su perfil en mármol, pasa
por entre siglos tronchado y derruido
bajo la estatua rota de una fábula.
Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,
a todas las puertas. Aquí se queda,
aquí planta su casa y paga su condena
porque nosotros somos el Infierno".
IV
Y nos sorprendió a todos. Porque ese día presentí que sus palabras nos habían despertado algo en nuestro Hades más íntimo. No fue sólo una cátedra de literatura, sino una lección de humanidad lo que aquella mañana nos regaló Eugenio Montejo. Un sagrado presente, quién puede dudarlo ahora, que nos brindan esos dioses terrestres que se nos cruzan una sola vez en la vida. Nadie dio brinquitos ni chillidos, pero la palabra de Montejo, cuya voz me recordó a la de un abuelo sabio y bondadoso, tuvo la resonancia de los momentos irrepetibles. Durante más de hora y media, el poeta nos habló de sus juegos de infancia, de su fascinación por la naturaleza, de su familia y sus autores preferidos Gerbasi, Pessoa, Mandelstam, Ajmàtova, de la panadería de su padre, de Caracas y Lisboa, de sus heterónimos, y en especial, nos recordó los valores de la honestidad, la amistad y el trabajo que jamás debíamos abandonar, aun en los estados más hondos de la desesperanza. Al final, mis alumnas se acercaron a él y le obsequiaron un gorro de panadero, firmado por todas, en señal de gratitud. Eso también fue inesperado y la mañana se empezó a parecer a una misa cuya divinidad, al menos durante algunas horas, fue ese Orfeo resucitado en la voz de Eugenio Montejo. Ya de regreso y mientras le daba la cola para su casa, me confesó que pese a sus largos años como educador, estos encuentros con los estudiantes lo seguían poniendo un tanto nervioso, pero que había sido una agradable mañana. Al llegar a su casa le di de nuevo las gracias, le estreché la mano, y me quedé un rato en el auto. Lo vi caminar hacia al kiosco de la esquina, comprar el periódico, detenerse luego en la panadería y regresar a su edificio, con el pan y las noticias bajo el brazo. Cuando su sombra se perdió en el ascensor, encendí el auto y me fui otra vez al colegio, donde me esperaba otra clase, donde me esperaban mis alumnas.
V
Por eso presiento hoy tu dolor, Enza, tu desamparo, al saber que ya Montejo ha dejado esta tierra a la que tanto bien le hicieron sus palabras. Y en esa pena coincidimos todos los que hemos sido tocados por la gracia y la nobleza de su presencia, de su escritura. Por eso también reconozco que no sé cómo anotar mi propio grito, que ignoro cómo transformar mi tristeza en algo menos visceral y más digno de la poesía que hoy deseo agradecer sin este incómodo pesar. Porque ahora más que nunca, en este país en el que a la palabra inteligencia se la pretende asociar con el espionaje, con la mezquindad y la delación, creo que la obra de un hombre como Montejo, que trabajó por la inteligencia y la sensibilidad, por la recuperación de nuestra lucidez e integridad espiritual, debe ser leída de pie y en voz alta, brincando de emoción como lo hacías tú, como sé que lo seguirás haciendo, porque es en esa búsqueda donde podremos encontrar la luz que nos reste opacidad, o por lo menos, el canto que nos permita abandonar, aunque sea provisoriamente, el reino de las Perséfones de turno. Quizás tengas razón, Enza, cuando, al decirte que no lograba escribir algo que transparentara lo que siento, me respondiste que los árboles entienden que seamos pobres. Nos lo han perdonado de antemano y por eso se permitieron poblar la tierra: para que no fuéramos tan pobres. Acaso haya que escribir sin aspirar a otra riqueza que no sea la de nuestra sinceridad, aunque la sintamos reducida o incompleta. Si la poesía, como escribió Montejo es una oración dicha a un Dios que sólo existe mientras dura la oración, entonces nos queda mucho de él, casi todo. Habrá que seguir rezando con el ritmo de esos versos, pero no desde la elegía sino desde la celebración y la gratitud, para que su vela siga ganando lumbre y permanencia, para que su canto continúe despertándonos las ganas de brincarnos este infierno que nos crece a diario y de subirnos a esa casa del árbol que será siempre la literatura de nuestro Eugenio Montejo.
Por Luis Yslas Prado
8 de junio de 2008
| comentarios (6) >> |
escrito por Fortunata Di Zio, julio 11, 2008
¿Por qué no apareces en la lista de autores de Relectura?
Eres tremendo.
escrito por Fortunata Di Zio, julio 12, 2008
Por lo pronto, entonces, no dejes de convertir tus impresiones en palabras. Las seguimos entrelíneas.
escrito por Celeste-Deep, julio 30, 2008
Vine a inscribirme y a tomarme en serio el deseo que hace tiempo guardo de formar parte de algún equipo de lectura que me brindara la oportunidad de compartir lo que más me gusta hacer... o eso creo.
Vine por muchas razones y hace al menos dos horas estoy flotando a la deriva en las aguas tranquilas de toda la página... me siento, así, en paz, divinamente y flotando...
Nada de aquello que traía ha cambiado, sin embargo, al deseo y al placer de estar aquí, al recuerdo de un recital organizado por ustedes que me brindó la inolvidable experiencia de una noche de poesía urbana bajo un fuerte aguacero y al entusiasmo que me embarga los miércoles en la mañana tras dormirme divagando entre los comentarios, la música y las imágenes que quedan resonando en mi cabeza los martes después de las 8:30 y 9:30 de la noche, se suma ahora un incontroloble temblor de mi corazón.
Nadie había logrado hasta ahora, hasta estas palabras, acercarse a lo que muy dentro de mí se sumió en un llanto incontenible aquella tarde del sábado 6 de Junio, cuando leí en el periódico la triste noticia del fallecimiento de Don Eugenio Montejo. Nada como lo que acabo de leer. Y aunque yo no lo conocí personalmente para tener el honor de estrechar su mano, siento que ningún sentido tendría ahora que he comprendido que mi alma tuvo la suerte de ser abrazada por su poesía.
Qué hermoso, Luis. Ya tenía mucho que agradecerte. Ahora, simplemente no sé qué decir.
escrito por adilia moros, junio 06, 2010
Con Eugenio Montejo y José Ignacio Cabruja me ha pasado lo mismo,los perdí cuando empezaba a amarlos. Montejo nos dejo a Cadenas y esa necesidad de abrazar los árbol para saber si son de verdad o escuchar a las aves cantar, esperando que su canto sea para mí .Con Cabruja fue diferente, amor más terrenal, puntual y desvergonzado.
A leer tu texto hoy, descubro que no estoy tan desquiciada por amar a alguien que nunca conocí pero lleno mis soledades y me dejo un amigo que lo ama mas que yo...Gracias Luis por tu elegía a Montejo
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