La ciudad y los libros
Crónicas
El boom editorial y las revueltas románticas La enfermedad Con esta novela, Alberto Barrera Tyszka reinsertó a la narrativa venezolana en el panorama internacional, al ganar el premio Herralde de Novela 2006, de la prestigiosa editorial Anagrama.
El boom editorial y las revueltas románticas
De un tiempo para acá se habla, cada vez con mayor insistencia, sobre el boom editorial que vive actualmente la literatura venezolana. La cuestión del proceso editorial ha sustituido en foros y conferencias a la discusión sobre las obras y los autores que, se supone, deberían ser el tema central de esos encuentros. Y no es para menos. Basta leer el prólogo de la antología de Julio Miranda, El gesto de narrar (1998), para darse cuenta del abismo que separa a esta primera década del siglo XXI de los años anteriores. Dice Miranda que ciento ocho autores nacidos de 1946 a 1970 han publicado entre 1969 y diciembre de 1995 inclusive, al menos 220 libros de narrativa (9). Lo cual da un desolador promedio de dos libros por autor en un periodo de 27 años.
No poseo las cifras de los últimos años pero es muy probable que ellas solas superen las de las décadas precedentes estudiadas por Miranda. Las razones socioeconómicas que explican esta profusión de libros me interesan menos que las indiscernibles motivaciones humanas que han llevado en estos tiempos a que los escritores se refugien con fervor en la escritura.
En el ensayo Del culto de los libros, Borges recuerda que en la Odisea se afirma que los dioses tejen desdichas para que a las generaciones futuras de los hombres no les falte algo que contar (713). Esta justificación estética del mal, como Borges la llama, es el argumento más consistente (aunque no demostrable) que puedo esgrimir para tratar de explicar el fenómeno de la marea de libros que se están leyendo y escribiendo en Venezuela. Es una ecuación trágica y a la vez hermosa ver que en el periodo político más conflictivo de la historia democrática del país están surgiendo, simultáneamente, como orquídeas en el pantano, grandes novelas y libros de relatos que prometen permanecer en la memoria literaria del país.
Ejemplo de ello son los diversos premios internacionales que varias obras del patio han obtenido recientemente: el Premio Jorge Luis Borges a Oscar Marcano por Sólo quiero que amanezca (1999), el 5º Premio Alfonso VIII de Narrativa a Fernando Cifuentes por Jóvenes cuentistas muertos (2002) y, especialmente, el Premio Herralde de Novela a Alberto Barrera Tyszka por La enfermedad (2006).
El caso de Barrera Tyszka es sintomático y ejemplar. Como bien lo destacaba un amigo escritor, no es casualidad que el autor de la biografía sobre el actual presidente venezolano sea también el ganador del premio para novelas inéditas más prestigioso del ámbito hispanoamericano. En Hugo Chávez sin uniforme y La enfermedad están los puntos extremos de las posibilidades narrativas que ofrece actualmente el país. El realismo puro que transmite un retrato riguroso del poder, y el desplazamiento de esa mirada que se avoca a la intimidad más próxima y preocupante de todas: la que nos brinda el cuerpo humano y la enfermedad. El mayor mérito de Barrera Tyszka ha sido no solamente tocar los límites de la palestra narrativa acudiendo a distintos registros discursivos (el periodístico y el novelesco), sino también el haber sabido mantener ambas aguas separadas para que la biografía no deviniera en autobiografía y la novela en panfleto.
Ambos libros se han agotado en sucesivas ediciones y han logrado brincar la frontera del idioma para llegar a países como Italia, Francia, Estados Unidos y China. Decir que esta aceptación de crítica y mercado responde únicamente al hecho de que la revolución bolivariana sea uno de los principales focos de la atención internacional y que, por lo tanto, todo producto venezolano genera automáticamente interés en los lectores foráneos, es desmerecer la evidente calidad narrativa de Barrera Tyszka. Sin embargo, negar que la experiencia del chavismo propicia una expectativa antes inexistente, una especie de silencio respetuoso que permite que nuestras palabras sean escuchadas, es negar el protagonismo que, para bien o para mal, hemos tenido en los últimos tiempos.
En un ensayo escrito en los años 90, Ana Teresa Torres explicaba el porqué de la minusvalía de nuestra literatura en el exterior, concluyendo: No ofrecemos el misterio de lo maravilloso, ni el romanticismo revolucionario. Somos difícilmente vendibles (21). Esta situación ha cambiado. Ahora sí ofrecemos el romanticismo de la revolución y sí nos estamos vendiendo. En algunos casos, como el de Barrera Tyszka, a fuerza de un genuino talento para el cual nuestra crisis política es apenas una cortina que anticipa su incursión.
En otros casos más desafortunados, como el de Boris Izaguirre, último finalista del premio Planeta con su (tele)novela Villa diamante, asistimos a la transformación de nuestro dolor en oportunista mercancía. El relato empieza, estratégicamente, el 17 de diciembre de 1935, día en que muere Juan Vicente Gómez, y finaliza también estratégicamente alrededor del 27 de febrero de 1989, fecha conocida como el Caracazo. Más que el hecho de que esté escrita en un español de España, lo que os sorprenderá a vosotros lectores venezolanos, son las motivaciones del autor para enmarcar su historia entre estos dos momentos históricos. En una entrevista publicada en la revista El librero, ante la pregunta de Marcel Ventura sobre el porqué de la escogencia de un momento histórico, neurálgico, para iniciar la novela, Izaguirre responde con esta joya, un pequeño diamante de frivolidad: ¿Neurálgico? ¿Eso significa que es como un tiempo que desean rescatar?. A la segunda pregunta del joven periodista Ventura sobre la extensión de su novela y los riesgos de escritura que implicó, nuestro orfebre español responde: ¨Si por mí fuera le habría puesto quinientas páginas más. Me encantan las historias largas. Con Villa Diamante, la verdad, quería llegar hasta el 4 de febrero de 1992, pero lo vi como si hinchara a mis personajes y los desbordara. Así que decidí terminar antes de la revuelta popular del 58 que derroca a Pérez Jiménez y luego dar un salto y realmente cerrar la historia en febrero del 89, con otro tipo de revueltas, igualmente populares en el amplio sentido de la palabra y que todos conocemos como el Caracazo.
Izaguirre buscó, para cerrar su melodrama novelesco, lo que Borges llamaría un momento patético: un capítulo doloroso, traumático de la historia contemporánea de Venezuela, que fungiera como un broche de oro. Un episodio salpicado de sangre y del siempre atractivo polvo de las revueltas de las repúblicas bananeras del sur de América que, si la malla sintética que cubre a sus personajes lo hubiera permitido, podría haber sido sustituido por otra revuelta aún más popular: la encabezada en el 92 por nuestro actual presidente, Hugo Chávez.
Sartre afirmaba que los turistas llaman color local a lo que no es otra cosa sino miseria. Izaguirre ha comprendido bien la alquimia que produce esta mirada y los dividendos que genera. Ha sabido transformar nuestra miseria en una joya barata que se vende bien.
Por Rodrigo Blanco Calderón
Referencias:
-Borges, Jorge Luis. Del culto de los libros. Obras completas. Buenos Aires: Emecé, 1981. 713-716.
-Miranda, Julio. Introducción. El gesto de narrar. Caracas: Monte Ávila, 1998. 7-44.
-Torres, Ana Teresa. De novela, mercado y exotismo. A beneficio de inventario. Caracas: Memoria de Altagracia, 2000. 17-21.
| < Anterior | Siguiente > |
|---|

