Butaca poética
Poética
Montejo: Dura menos un hombre Dura menos un hombre
Creo que fui testigo de excepción de algo que jamás hubiera querido que ocurriera. Y es que en la noche en que murió Eugenio Montejo, yo me enteré antes que muchos que estábamos a punto de perderlo para siempre o ganarlo al otro mundo. Esa noche, por azares del destino, me tocó llamar por teléfono a Oscar Marcano a quien he visto contadas veces en mi vida. Me contestó tristísimo, con alas rotas, y al desgastado ¿cómo estás?, me respondió: Muy mal. Montejo se está muriendo.
Al principio pensé que el asunto no podía ser tan malo como sonaba. Oscar me dijo que estaba acompañando la agonía de Montejo y que el cáncer ganaba la batalla. Recuerdo que después del estupor inicial, logré contestarle que a veces eso ocurría con el cáncer, que había crisis, algunas muy fuertes, y luego las personas parecían renacer y mantenerse, y algunas, incluso, conseguían superar el momento crítico de la luz al final del túnel y regresar a tientas a la vida. Él me explicó que ese no era el caso, que Montejo había ido discretamente a morirse en una clínica en Valencia. Agregó que había venido a acompañar a su amigo a llegar al final y le dije que seguiría pendiente, sin asumir el peso de la palabra. Cuando colgué tenía un sentimiento terrible de ser parte de una historia que no quería ser contada. Estaba todavía en negación y buscaba en mi memoria las veces en las que había visto a Eugenio Montejo y el respeto y la timidez me sobrepasaban hasta el punto de no poder acercarme, de dar vueltas en círculos a su alrededor sin nada qué decir y mucho menos atreverme a pedirle que me firmara un libro que seguramente llevaba semanas paseando en mi cartera. Nunca me atreví, ahora es tarde.
Recuerdo la voz de Montejo y pienso en la primera vez que lo escuché hablar en una semana de la poesía. Luego en un auditórium de un banco, en el Centro Cultural Chacao, el la librería El Buscón, todos lugares en los que no me atreví. Pienso en Montejo y su voz me retumba dentro como si fuera de madera porque hablar de su poesía es también hablar de árboles, de velas, de Portugal y de heterónimos. Es hablar de una voz pausada, profunda, pronunciando palabras que parecían tener más letras que las que realmente tenían. Una voz hablada tan única como su voz poética, porque él, al igual que escribiera Alejandra Pizarnik, no hablaba con su voz sino con sus voces. Por eso nos dejó a Tomás Linden, a Eduardo Polo, a Blas Coll, a Sergio Sandoval e incluso a Eugenio Montejo, porque ese tampoco era su nombre aunque él lo escogiera como propio.
Haber vivido en el país de Montejo nos hace, sin duda, seres privilegiados. El poder tener su permanencia en la mesita de noche, torear su vacío con su presencia infinita, el poder recordarlo caminando por Los Palos Grandes con su paraguas y su extraña cualidad de nobleza y entender en cada página que estamos ante la presencia de un milagro, de una voz única por sencilla, por empática, por esencial. De una poesía que podemos comprender todos y ninguno por la profundidad ancestral con que nos lleva de la mano para darle un sentido a los objetos más elementales de la vida cotidiana. De un artista ético, responsable con el día a día y crítico de cualquier idea que significara prohibición, abuso, intolerancia o silencio.
Con Montejo se nos fue uno de los mejores, aunque no debió irse nunca de este país tan desprotegido de todo y tan necesitado de poesía. O como a alguien le escuché esa noche: ningún poeta debería morirse.
Por Adriana Bertorelli
| comentarios (1) >> |
escrito por albemar, noviembre 07, 2008
Estimada Adriana: Ignoro cuántos lectores tendrá Montejo en España. Sólo sé que el día que supe que estaría en Madrid, pedí permiso en el trabajo y me hice 500 kilómetros para verlo y escucharlo. En la Residencia de Estudiantes de Madrid me atendió solícito y algo perplejo durante media hora. Al acabar el acto deshice mis 500 kilómetros de vuelta. Dos años después hice lo mismo en un viaje igual de apremiante, y Montejo, que me recordaba, volvió a atenderme amablemente. Charlamos media hora larga. Desde el silencio, desde mi propio mundo interior, puedo afirmar que, pese a no conocerlo más que de esos días y de sus libros que tanto amo desde mi adolescencia, sentí el dolor de su inesperada desaparición como una de las mayores catástrofes de mi vida. Aún hoy me arde dentro su pérdida. Aquellos que habéis podido rodearos de él sois afortunados. Yo guardo un par de cartas suyas, una fotografía juntos y una decena de libros dedicados. Para mí todo eso es un Universo maravilloso. A pesar de saber que su voz sigue sonando en sus libros, sigo echándolo de menos...
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