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La silla que busca la sombra y la brisa, Federico Vegas
La silla que busca la sombra y la brisa
Por Federico Vegas
Texto inédito ofrecido por el escritor para Relectura
Walden Pond es un pequeña laguna al noreste de Bostón. Cerca del agua y en medio de un denso bosque estaba la pequeña cabaña donde Henry Thoreau pasó dos años esbozando sus teorías sobre el arte de caminar y la desobediencia civil. Decía Thoreau que en su cabaña había tres sillas: una para la soledad, dos para la conversación y tres para eventos sociales.
Es comprensible que para el filósofo estas tres sillas fueran lo más importante de su hogar. La mesa es el único otro mueble que puede participar en la soledad, el diálogo y un evento social, pero es menos versátil y mucho más sedentaria, al punto que, para satisfacer las tres actividades que propone Thoreau, la mesa requiere de sillas (por cierto: hay sillas para acercarse a la mesa y para alejarse de ella). En la mesa apoyamos las manos, los antebrazos y, algunos, los codos. A la silla le encomendamos bastante más carne y hueso. El tener que lidiar con nuestro cuerpo desde la nuca hasta las corvas, la hace más anatómica, más atenta a nuestras proporciones. Quizás sea por este palpable compromiso que la silla participa de esa palabra amplia y buena que es el verbo sentar. La mesa en cambio no encuentra verbos que la incluyan. Mesar, por ejemplo, nada tiene que ver con mesa, y es, además, una acción poco generosa, sinónimo de arrancar.
Al principio, sentar fue asentar, y era tanta su fuerza y sugerencias que pueblos enteros se asentaban en nuevos territorios; como si el acto de fundación consistiera en agarrar una silla y conversar sobre las aventuras vividas durante la conquista. Con toda razón se habla de asentamientos. Eso asume el proverbio español: El que se va a la villa, pierde su silla, cuando define lo que sucede a quien abandona lo nuevo por volver a lo viejo.
Recuerdo ahora una breve composición de un niño sobre la vaca: La vaca es un animal que tiene cuatro patas para separarse del suelo. En ese proceso de erguirse, tan esgrimido por los paleontólogos para definir la evolución del hombre, la invención de la silla fue un momento estelar que necesitó de varios milenios (nótese que en el Génesis el primero en sentarse es Isaac, y lo hace cuando ya está muy viejo). El hombre no sólo se separaba del suelo con la silla, además se encaminaba en la ruta de los placeres. Fue tan grata la sensación de apoyar las nalgas en una piedra o en un tronco caído que decidió reproducir con el mínimo necesario esa condición, esos ángulos, esa distribución del peso, esa ergonomía, esa digna manera de contemplar el mundo y de relacionarse con los demás. Lo grotesco de las comilonas imperiales romanas no es que comieran lenguas de ruiseñor, sino que lo hicieran recostados. Una aprensión similar me invade ante algunas películas japonesas.
Al aparecer la silla, la cama que al principio exigía tan poca altitud siguió el ejemplo y se separó del suelo. También la mesa se adaptó a las nuevas alturas que requería un ángulo recto entre muslos y columna, y así entró de lleno en el reino de los cuadrúpedos. En esta ruta ascendente, tan favorable a las ideas elevadas, me atrevo a proponer a la silla como precursora del cohete.
Quizás por esta misma elevación la silla pronto se asoció al poder, mientras la mesa se iba más por lo religioso. De la silla proviene el trono, de la mesa el altar. En su extraordinario libro sobre la caída de Haile Selassie, Kapucinsky describe los deberes del encargado de seleccionar el cojín adecuado para los diferentes tronos de las diferentes provincias del imperio. El emperador era casi un enano y había que colocar a sus pies un cojín del espesor adecuado, y, además, hacerlo en el momento justo para que el proceso de sentarse luciera natural. No convenía que le colgaran las botas, o que un cojín muy abultado le obligara a subir demasiado las rodillas.
Estas sutilezas han fascinado a los arquitectos, al punto que la creación de sillas ha definido sus estilos tanto como sus edificios. La silla Barcelona de Mies van der Rohe es quizás más famosa que el Pabellón con el mismo nombre que proyectó para la Feria Mundial de 1929. La lista de diseños emblemáticos, casi arquetipales, incluye a Le Corbusier, los Eames, Gaudí, Alvar Alto, Breuer, y podríamos continuar hasta formar un coro que parece invocar la famosa frase del mismo Mies: Una silla es un objeto muy difícil, un rascacielos es casi más fácil.
En este Olimpo no se incluyen los diseños realmente pioneros: intentos que continúan renovando la búsqueda de ese fundacional asiento, de ese asentarse en la naturaleza convertida en apoyo. En un paseo con José Sigala, constaté mis tontos prejuicios sobre esas sillas originarias que nos aguardan en el interior de Venezuela. Íbamos de Barquisimeto a Guadalupe cuando decidimos detenernos en un lugar que vendía chinchorros (protagonistas de otra gran historia). A Sigala le llamó la atención la silla donde estaba sentado el artesano.
Incluí la escena en un cuento: La silla valía más que todas aquellas mercancías juntas. Mi guía se dedicó a alabar los encajes de cuero, los cortes en los extremos, lo preciso de los pliegues, lo recio y aromático de la madera. Era un mueble manoseado, testigo de muchos cuentos y de varias encueradas. El fotógrafo no trató de negociarla y regresó a la camioneta sin hacer ninguna oferta. De vuelta en la carretera le pregunté si no pensó en traerse la sillita. Me respondió:
¿Y por qué sillita?
Pues por chiquita.
Entonces vino otra lección:
Esa silla tiene su función: no es para arrimarla a una mesa sino para andar con ella buscando las mejores sombras y brisas de la tarde. Conviene que no pese mucho. Los diminutivos sólo deben usarse cuando hay falta de escala. ¿Usted acaso se lava la boca con un cepillito de dientes?
Desde entonces se me borraron las rígidas barreras entre lo primitivo y lo moderno, la artesanía y el arte, lo nuevo y lo viejo; al menos al sentarme.
Cuando me siento sólo me fijo en cómo me siento. Utilizo al propósito estos verbos homónimos para asomar otro atributo de las sillas y el sentarse. En la primera persona del singular del presente de indicativo, el verbo sentar y el verbo sentir se funden en una misma palabra y en una misma sensación. Recuerdo a mi abuelo en su sillón (un primo de la silla con ínfulas de ser más respetable y cómodo) exclamando: ¡Me siento bien!, mientras le daba cariñosas palmadas a los apoyabrazos.
Un ejemplo clásico de un ¡Me siento mal!, aparece en el célebre cuadro de Arturo Michelena: "Miranda en la Carraca". En primer lugar porque Francisco de Miranda no está sentado, sino recostado a la romana sobre un camastro de paja y en una posición incomodísima, insostenible. Además está preso, lo que quiere decir que ese viajero incansable que todo lo vio, que todo lo probó y todo lo anotó, ahora tendrá muy poco que observar. Frente a sus ojos sólo hay un taburete (pariente menor y sin respaldo de la silla) semejante a los que aún hoy fabrican en Moruy, Paraguaná, con madera de cardón y fibra proveniente de una bromelia llamada Carrúa. Según el cuadro de Michelena, Miranda lo contempla por horas, por días, por años.
Encontrar ese taburete en 1815, dentro de una prisión situada al fondo de la bahía de Cádiz, como única silla de Miranda, me sorprendió. ¿Por qué Michelena le da tanta importancia al pintarlo en 1896? ¿Acaso representa la patria que Miranda recuerda con rabia y melancolía? ¿Es una licencia que se toma el pintor o proviene de España el diseño de nuestro paraguanero taburete?
Añádase que es semejante a la silla que seis años antes pinta Vincent van Gogh en la llamada serie de la Casa Amarilla, sólo que esta amarillenta versión tiene respaldar y una pipa del pintor sobre el asiento de paja. Para van Gogh este humilde mueble representa su rústico carácter, su manera de ser; al punto que pinta otra silla que personifica a su amigo Paul Gauguin. Esta silla Gauguin es roja y azul, más pretenciosa, más elaborada, y tiene dos libros y una vela encendida sobre el asiento. Los sicoanalistas han tenido paroxismos analizando la relación de ambos pintores a través de esta pipa y esta vela.
El verdadero origen de las sillas está lleno de sorpresas. La palabra "butaca", cuyo nacimiento uno podría asociar a teatros europeos, proviene del término cumanagoto: Putaka, asiento. Los cumanagotos fueron tan fieros que tomó mucho tiempo conquistar los restos de sus territorios entre Boca de Uchire y Barcelona, el cual sólo parecía ofrecer minas de sal. En esos predios se inventa una silla que no trasmite el peso a través de ángulos rectos, sino de una estructura que forma una especie de X más abierta, generando dos planos que inclinan ligeramente el cuerpo. Poco antes de llegar a Puerto Píritu se consiguen abundantes ejemplos de esta silla en cuero y madera concebida en una Venezuela precolombina.
¿Cuál es la historia, las transformaciones, los procesos que llevaron la butaca a Europa? Esta historia habrá que contarla por sus consecuencias. Ejemplos semejantes a los ángulos cumanagotos se encuentran en la silla Boomerang de Richard Neutra; en la ingeniosa silla BKF, semejante a una mariposa de cuero posada en varillas metálicas, diseñada en Argentina por Bonet, Kurchan y Ferrari; y, en la más refinada, la silla Barcelona de Mies que ya hemos citado. El principio cumanagoto es tan sencillo que es el más utilizado por las sillas plegables de madera usadas en el jardín y por las sillas de extensión playeras. Lo que nos lleva de nuevo a la silla que busca la sombra y la brisa, que tanto admiraba Sigala.
Desde estos ancestrales asentamientos, ángulos y asombros, ergonomías y sentimientos, destinos y orígenes, cuadrados y triángulos,
acudo con emoción a las sillas que Jimmy y Carolina han encontrado en nuestros Andes. Sus recorridos no fueron científicas investigaciones de antropólogos, sino gratos paseos por el páramo donde tienen su casa. Han creado una colección que no aspira a ser exhaustiva u omnívora. Es fruto del cariño y la admiración por el trabajo de sus vecinos. Mucho conversaron con los creadores en estos mismos asientos que hoy nos ofrecen.
Cavilando frente a esas sillas, que buscan el calor cuando el frío arrecia, vamos a entender mucho sobre nuestra soledad, necesidad de diálogo y lo que realmente somos como sociedad, como familia. Allí están las claves de cómo, gracias a nuestra propia naturaleza, nos alzamos levemente sobre nuestra propia tierra. Lo que es una forma de integrarnos a lo que nos apoya, nos cobija, nos asienta.
Por Federico Vegas
| comentarios (2) >> |
escrito por gatúbela, septiembre 19, 2008
Es muy bello Federico, como todo lo que escribes.
escrito por Estefania Ramos, septiembre 04, 2009
Así se debe escribir, con bases. Muy bueno, me gustó bastante. Lo interesante no recae en el protagonismo de "La silla", sino en la narrativa audaz.
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