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Pausa limeña

  

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A la causa Verde

 

Tengo una extraña costumbre al comer: me detengo a la mitad, sea cual sea el plato, la hora o el lugar, hago una pausa de dos o tres minutos, y luego continúo comiendo como si nada. Durante ese paréntesis, suelto el tenedor, el cuchillo, levanto la cabeza y, a veces, hasta cruzo los brazos y observo el techo con una mirada muy cercana al autismo pero también al estrabismo. Es algo instintivo que imagino debo haber heredado de algún ancestro prehispánico y pasmado. Me ocurre de forma involuntaria desde que era niño y no hay forma de impedir semejante estado de efímera ataraxia. Lo cierto es que mientras suceden esos minutos del limbo, me quedó como en blanco, sin pensamientos, sin palabras, sin hambre, como abandonado a esa parálisis alimenticia, cuyos motivos ignoro, pero que se me ha convertido en una de mis manías más públicas, y a la que, a modo de burla, mis compañeros de oficina, de tanto compartir almuerzos en el comedor, con idiosincrásica exactitud han bautizado como la “pausa limeña”. 

Cuento esto para pedir la indulgencia de quien se detenga en estas líneas de mayo, porque si leer me ha resultado desde hace ya más de 15 años un hábito más cercano a la adicción que a las buenas costumbres, entonces advierto que desde hace unas cuantas semanas estoy atravesando una severa versión de la “pausa limeña” en mi condición de lector. Grave, si se piensa que aquí debería hablar yo de literatura y sus alrededores. Pero cuando aquellos solitarios para quienes la lectura es escape, trinchera o estupefaciente, de pronto se ven asaltados por un golpe de felicidad o, al menos, por un palmazo de esa súbita alegría que nada tiene que ver con la escritura propia o ajena, entonces los libros poco pueden contra esa tregua que la vida regala muy de vez en cuando. La verdad es que tengo ya varias semanas que no puedo, o no quiero, terminar ningún libro. Se han ido quedando ahí varados, uno sobre otro, abiertos por cualquier lado sobre el escritorio, la cama, la mesa de noche. Desde aquí veo asomar las carátulas de La tarea del testigo de Rubi Guerra, también la de La huella del bisonte, de Héctor Torres, de los ensayos de Edgard W. Said, de la antología poética de Miguel James… Pero nada. Y lo peor es que la mayoría son prestados. Pero no hay manera: el apetito se esfumó, hasta nuevo aviso. Ninguno de esos libros, y esto no es un juicio de valor sino una manifestación de la pausa crónica, ha logrado atraerme a sus costas, que, no soy tan olvidadizo, a veces pueden ser Los Roques y otras Escila y Caribdis, así que mejor seguir de largo mientras duran los efectos de esta suspensión de la credulidad... en la escritura. El último libro que leí completo y con gusto fue el de mi amiga Enza García, cuyo título, Cállate poco a poco, terminó siendo premonitorio. Cómo será mi inapetencia, que las únicas novelas que he comprado recientemente han sido las de la colección de Agatha Christie de El Nacional, y eso porque se las regalo a mi madre, asidua lectora de crímenes y robos millonarios. Y si es imprescindible hablar de literatura, lo hago apenas una hora a la semana, en el programa radial de Relecturas, porque algo debo responderle a Rodrigo Blanco para no dejarlo hablando solo y en vivo. Yo, compañeros, y disculpen la sinvergüenzura, me la he pasado estos días oyendo a Yordano en todas sus versiones y épocas, y muy en especial, escuchando El Deseo, que ya ha vendido más de 8.000 copias y recibido discos de oro y platino, y que, salvo por dos o tres canciones penosas, se los recomiendo a todo volumen no sólo porque ese disco es de los que no defraudan, sino porque es lo único que podría recomendar en este momento, pero eso sí, con conocimiento de causa.  

Y la escritura, como era de esperarse, tampoco ha salido ilesa. Por eso ahora más que nunca, y por si acaso, me pregunto si la alegría es intransferible a la palabra. Si es posible escribir desde un estado de ánimo que lo que despierta más bien son las ganas, no de registrar un instante de sosiego que se asemeja a eso que algunos temerarios llamamos dicha, sino de vivir ese entusiasmo de pie, de cuerpo entero y a todo gañote, sin otra gramática que no sea la de los gestos que piden, que exigen, vivir de espaldas a la palabra escrita. Sospecho que corro el riesgo de ser castigado a futuro por algún dios resentido o envidioso. Lo asumo. Pero es que si al mismísimo Dante, el Paraíso de su Divina Comedia se le convirtió en un celestial fastidio, en nada comparable a la catedral de poesía y estremecimiento que son los versos de su Infierno, qué queda entonces para los más terrenales cuando pretenden atrapar sus íntimos paraísos en las redes de un lenguaje siempre huidizo a tales fines. Al menos yo, paso. Conozco mis limitaciones. Y mis pausas. Estoy acostumbrado a escribir desde la sombra, y, no hay palabra que salga, ni que valga, con este solazo. Pretendí incluso escribir sobre lo escasa que es la literatura de la alegría, pero me parecía una impostura. Y daba fastidio, realmente. Preferí asumir este paro repentino de lector y redactor con menos estoicismo que desenfado, y sólo espero que el plato de la literatura aún esté tibio cuando regrese.

Escribir cuando uno está en la lona, en el chasis de la soledad, resulta bastante arduo y desgarrador, pero al final, y sin saber cómo, la cuestión que uno quería sacudirse de adentro, acontece. La palabra sale a correazos, como un alarido, un puñetazo o un llanto, pero cristaliza y canaliza el padecer que uno lleva a cuestas y que a veces la escritura permite extirpar y, cuando hay suerte, transfigurar en algo que si no llega a ser literatura, por lo menos se parece a la deflagración de lo que más hierve en la sangre. Yo, que he utilizado con bastante impunidad este espacio de Relectura como un barranco por el que he ido arrojando una excesiva carga de dolores aderezados de citas literarias, hoy declaro que no tengo nada más que botar, por los momentos, en ese despeñadero que es mi escritura.

Así que escuchando las canciones de Yordano y sus circunstancias, se me fue el mes de abril, en este caso nada cruel, como pensara el pavoso de T. S. Eliot, a menos que se considere crueldad el abandono en que he tenido a los libros durante estas semanas. Sin embargo, las compensaciones de este distanciamiento han sido de tal magnitud, que francamente los remordimientos no asoman aún sus fauces, y tampoco pienso disimular un escepticismo ornamental. Ni a balazos. Ligero ando, más bien, y por eso tal vez sea la música la única forma poética que me ha resultado cercana y hasta cómplice estos días en los que le he sido, y ya era hora, descaradamente infiel a la literatura.     

 

Por Luis Yslas

9 de mayo de 2008

 

 

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