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Argos y Ulises

  1. Uno de los pasajes más conmovedores de la Odisea es cuando Argos reconoce a Ulises, que al fin regresa a Ítaca. Poco después de ver que su amo ha vuelto para tomar las riendas de su familia y de su hogar, el anciano perro muere a los pies de Ulises pues sabe que ha cumplido con su misión y ya puede descansar

Sobre perros y gatos

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Haciendo un alarde de maniqueísmo, para beneficio de esta nota, podríamos dividir a las personas en dos grandes grupos: religiosos y ateos; hombres y mujeres; chavistas y escuálidos, y, más interesante aún, amantes de gatos o de perros. Ciertamente, este último par es el que puede enfrentar de forma más directa e intensa a dos personas. Sobre todo porque no se puede llegar a un nivel de acuerdo o de entendimiento: o los perros o los gatos. Yo me cuento entre los adoradores caninos y el objetivo de esta nota es el de demostrar que los gatos son egocéntricos, traidores e ingratos y los perros no. Para ello no voy a enumerar una larga lista de cualidades caninas que todo el mundo conoce, sino a desmontar cada argumento egocéntrico, traidor e ingrato de los aduladores de felinos.

La primera “cualidad” que mencionan los masoquistas poseedores de gatos, es que este animal tiene “personalidad”. A semejante zalamería se agregan otros adjetivos como “elegante”, “soberbio”. En este punto me pregunto ¿para qué demonios quiere uno una mascota con personalidad? ¿Para que nos haga los mismos desplantes y nos haga sufrir los mismos contratiempos que sufrimos día a día con las personas? El quedarse pasmado de admiración porque el animal no los reciba cuando lleguen, o porque desaparezcan durante dos días, o porque no hagan una sola caricia a menos que sea por el propio placer de restregarse en una pierna cualquiera, esa fascinación, es síntoma de una visión torcida de las relaciones hombre-mascota (visión que refleja la personalidad del melancólico y profundo dueño del animal). Cuando se adquiere una mascota, se adquiere entre muchas otras cosas un sentido de propiedad y de superioridad sobre el animal adquirido. El animal vive, come, va al veterinario, gracias a la persona que lo adopta. En retribución, el animal da compañía, amor y diversión. El negar esta relación, recíproca y natural de dar y recibir es lo que caracteriza a aquellos amantes de los gatos. A ellos aparentemente les basta con la elegancia del gato al caminar, la elegancia del gato huyendo de ellos, la elegancia del gato meándose en la cama. Rebosante de elegancia y de soberbia, el gato se deja acariciar ocasionalmente, no vaya a ser que el dueño no sea tan sumiso como parece y no le dé más comida.

Normalmente admiramos en los animales, en este caso los domésticos, aquellas cualidades de las que, precisamente, parecen carecer los humanos. En los perros, una lealtad y cariño incondicionales, una alegría inmutable. En este sentido, resulta patológico admirar un animal que posee las peores características humanas: es traidor, ingrato, interesado e histéricamente temperamental. Hay una especie de vocación masoquista en todo esto. Sin embargo, me podrían decir que todo lo que vengo diciendo cae en el campo de lo subjetivo y, por lo tanto, no tiene mayor validez. Está bien, seamos “objetivos”; revisemos rápidamente algunos ejemplos de la literatura a ver si me equivoco.

Los perros cuentan con un precedente glorioso, que desde tempranas épocas los ha definido, constituyéndose en el paradigma canino: Argos. Este magnífico perro es quien en realidad reconoce a Odiseo, cuando éste vuelve a Itaca después de veinte años. Lo reconoce al instante, sin tener que ver la cicatriz en el pie como Euriclea (la cual posee una lealtad que sólo podríamos calificar de canina) o sin tener que escuchar la historia de la construcción del lecho matrimonial, como Penélope. Argos reconoce a Odiseo, sabe que su amo ha regresado después de una larga ausencia y sabe también que su espera no ha sido en vano. Durante veinte años, Argos vive y resguarda con su peluda presencia la casa de Odiseo; exprime sus últimas fuerzas de perro viejo, extiende hasta el límite su tiempo de vida, para morir a los pies del amo, cuando finalmente regresa. Este acto de entrega y reconocimiento, es el que encarna cada perro cuando recibe a su amo: poner en sus manos el hogar y su vida en cada reencuentro.

Sería interesante imaginar qué hubiera pasado si Argos hubiese sido un gato. La escena del encuentro tendría una duración aproximada de una hora. Sería una escena estática, en la que Odiseo y el gato se miran atentamente a los ojos, no pasa nada, se miran y se miran, como en una película de Bergman, y a la hora el gato se empezaría a preguntar ¿Qué le pasa a ese señor que me mira tanto? Odiseo, decepcionado, no se sentiría en casa y probablemente se marcharía de Itaca, mientras los pretendientes continúan comiendo y bebiendo de sus tierras, y dándole los restos a ese gato tan simpático que siempre está con ellos.

No obstante, he de reconocer que el gato como imagen y personaje literario es más atractivo. A la memoria me vienen ejemplos como “El gato negro” de Poe, los poemas de Baudelaire a los gatos, “Orientación de los gatos” de Cortázar (quien tenía un gato que se llamaba Theodor W. Adorno) y más recientemente, “Retrato de escritor con gato negro” de Alfredo Bryce Echenique. Estos cuentos y poemas forman parte de las mejores cosas que he leído en mi vida. Es verdad: el gato es un ser melancólico, extraño y solitario y como tal es mucho más interesante para la literatura que la incesante zalamería y alegría de un perro. Pero en la realidad es distinto. Tener un perro o un gato son distintas formas de dialogar y tratar con la soledad; tener uno u otro podría muy bien definirnos como personas. El preferir a un perro es, tal vez, escoger la visión optimista del asunto: más allá de las personas, sí existe una posibilidad de cariño y compañía incondicionales. El escoger a un gato parece ser la opción desesperanzada: compartir, más allá de las personas, una visión del mundo donde la felicidad y la fidelidad son intermitentes. Ahora que releo estas últimas líneas (muy esquemáticas, lo sé) veo que ambas visiones son válidas y pueden coexistir: que lo digan aquellos que tienen perros y gatos a la vez.

En resumen, no tengo nada contra los gatos. Hasta me parecen hermosos y simpáticos. Mi recelo es contra la idea de posesión que pretenden tener algunos amantes de los gatos. El gato no pertenece a ellos; ellos pertenecen al gato. Pero bueno, cada quien decide qué rol asumir en este circo de soledad y compañía que es la vida.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón

 

comentarios (10) >> feed
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escrito por cesescore, junio 10, 2008

En el libro "Cartas y escritos ineditos", de Raymond Chandler, el autor le dedica unos estupendos textos a los gatos. Los felinos, tampoco escaparon al verbo corrosivo de Ramón Gomez de la Serna, para muestra, esta perlita:

El gato hace vida de jubilado desde que nace





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escrito por luisyslas, junio 11, 2008

Ayer apareció una noticia terrible en Últimas noticias: La matanza anónima de gatos en Chacaíto, cuyos cadáveres, además, fueron colocados en hileras sobre la acera, como si se tratase de un ajusticiamiento criminal, animal. No sé qué placer perruno le producirá al señor Blanco esta noticia. ¿Quién estará detrás de estas muertes?, me pregunto. Le pregunto.

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escrito por AARON, junio 17, 2008

hola


cual vendria siendo la parafrasis de este texto?

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escrito por Rodrigo Blanco Calder�n, junio 19, 2008

Paráfrasis es la reconstrucción personal que puede hacer cada persona de un texto leído. No existe la paráfrasis de éste ni de ningún texto.

¿a qué te refieres específicamente?

Ajá
escrito por Roger Vilain, julio 03, 2008

1.- Sugiere Rodrigo que el gato es un traidor, amén de otros adjetivos. Está equivocado, claro. De entre tantas calificaciones, se le olvidó la obvia: libre. Mi gato Sancho es el rufián más libre de este mundo. La palabra libertad se inventó junto con este manojo de pelos, bigotes y gusto por sardinas frescas.
2.- Llega un momento en que pretende lo objetivo. Caray. Objetivo es un mecate, un alambre retorcido, el sucio entre los dedos.
3.- Si Argos hubiese sido gato (mientras pasa la vista de reojo a lo que escribo, Sancho ronronea malhumorado) a lo mejor correría emocionado, mirando llegar a su amigo, esperando un buen plato de leche. Su manera de brindar.
4.- Creer que el dueño de Bobby no le pertenece a Bobby, o a Nerón o al mismo Argos, es como creer que tampoco eres de tus zapatos, de tu reloj (¡ah esclavos del tiempo!) o de tu pluma.
5.- Saludos cordiales a Rodrigo Blanco desde estos calorones, a cuarenta grados y a la sombra.


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escrito por Rodrigo Blanco Calder�n, julio 06, 2008

Estimado Roger. Muchas gracias por la lectura, el comentario y, sobre todo, el sentido del humor. Un abrazo para ti y para vuestro gato escudero...si se deja.




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escrito por María Luisa, julio 16, 2008

Creo que es bastante evidente que no conoces a los gatos... Pero es que ni idea tienes!

Yo, por supuesto, soy amante de los gatos. Tengo dos, de hecho. Pero además, también soy amante de los perros. la única razón por la que no tengo un perro aún es porque no puedo, pues vivo en un apartamento. En cuanto logre mudarme a una casa tendré un perrito, así que esa idea principal tuya de que "no se puede llegar a un nivel de acuerdo o de entendimiento: o los perros o los gatos" es falsa... Y yo no soy el único ejemplo, entre mis amigos y conocidos hay muchos casos como el mío.

Por otro lado, confieso que la afirmación de que "Cuando se adquiere una mascota, se adquiere entre muchas otras cosas un sentido de propiedad y de superioridad sobre el animal adquirido" me asqueó profundamente... Osea que la mascota no es un amigo, un compañero... es un ser inferior que se posee, como un objeto... en pocas palabras, un juguete animado. Esa es exactamente la misma mentalidad de los siglos XVIII o XIX que nos llevó a destruir el planeta hasta el punto en que estamos ahora... Por creernos seres superiores y dueños del mundo y de los demás seres vivientes. Realmente me hace sentir muy entristecida e indignada a la vez que haya todavía personas en este mundo tan inconscientes como para mantener una actitud tan engreída y equivocada... Más engreída que la de un gato, según tú mismo los ves!

Por último, permíteme aclararte que ningún gato que yo haya conocido (y te comento que han sido muchísimos a lo largo de mi vida) ha sido nunca traidor, ingrato ni histéricamente temperamental. Ni tampoco nunca han rehuido de mí o mis caricias, ni mucho menos se han orinado en mi cama... Mis gatitos, para irme a lo específico, son sumamente cariñosos, me buscan constantemente, me esperan junto a la puerta cuando salgo de la casa, duermen conmigo cada noche y buscan cada oportunidad para subirse a mi regazo a ronronear mientras yo los acaricio... Sí puedo decir que con frecuencia si están hambrientos son interesados y que son muy egocéntricos, les encanta recibir mi atención con exclusividad... Igual que un niño pequeño. Pero como yo los considero mis queridos compañeros y no mis sirvientes o subordinados, y realmente mi autoestima está suficientemente alta como para no necesitar sentirme dueña de un ser que me adule constantemente, me va muy bien con mis gatitos.

Espero no haberte ofendido con mis comentarios pues no es en absoluto mi intención, pero necesitaba alzar la voz en contra de tanto despropósito injustificado y sin fundamento en contra de unos animales que quiero tanto.

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escrito por Rodrigo Blanco Calder�n, julio 17, 2008

"Ahora que releo estas últimas líneas (muy esquemáticas, lo sé) veo que ambas visiones son válidas y pueden coexistir: que lo digan aquellos que tienen perros y gatos a la vez"

Estimada María Luisa, la frase que acabo de citar está en el penúltimo párrafo de este artículo que usted ha leído apasionadamente, lo cual le agradezco. Allí reconozco lo esquemático de mis impresiones y el hecho de que existen personas que aman y tienen a perros y gatos por igual.

Este artículo reúne unas cuantas impresiones escritas con más humor que solemnidad. Así que no se lo tome demasiado en serio, ni me culpe de los desastres ecológicos de la humanidad, ni me imagine como una especie de Cruela de vil versión gatuna.

Sigan amando a sus gatos, como yo seguiré amando a mis perros..y a uno que otro gato simpático que he conocido por ahí. Usted siga alzando la voz y yo trataré de hacer llegar mi autoestima hasta esas alturas inmarcesibles. Y de nuevo muchas gracias por tomarse un tiempo para leer las cosas que escribimos por estos lados.

saludos




g(r)ata sorpresa
escrito por Giul, diciembre 08, 2008

G(r)ata sorpresa encontrar aquí esta crónica sobre perros y gatos que hace ya un tiempo empezó acaso como una discusión entre nosotros amenizada, o más bien aderezada, por el placer que da discutir esos temas sólo aparentemente baladís pero que guardan en el fondo una no despreciable porción de nuestra mirada sobre el otro, el otro humano más que el otro animal, y que como en los mejores cuentos oculta, por debajo de una anecdota aparentemente poco profunda, un fluido bien espeso de consideraciones, juicios y/o revelaciones.
y si me resulta una grata sorpresa no es necesariamente por encontrarme con argumentos que ya conocía y cuya familiaridad represente para mí el recuerdo petrificado de un momento pasado, ni porque esos argumentos me recuerden a los míos propios, escritos en su momento para refutar los tuyos, sino por todo lo contrario, porque en esa aparente familiaridad que siento con el texto me importa más reconocer cuánto hemos cambiado y cuánto no me es familiar por ser de nueva data, pensamiento nuevo.
Aunque muchas veces me lo niegue, creo en el fondo que madurar es matizar, y aunque matizar no siempre sea la mejor opción a tomar ante nuestras posiciones pretéritas (a veces la más madura es quedarse inmóvil resistiendo al tiempo), siempre es la mejor manera de "realizar" (willie colón dixit) que nos hemos movido de lugar, aunque sea una ñinguita.
Alguien una vez me comentó en la escuela de letras que podía identificar a un adolescente fácilmente porque todo lo "odiaba", lo "detestaba", lo "amaba", todo lo "mataba" o todo lo hacía "volar"; todo era así, absoluto y total. De ahi que piense que madurar sea matizar esos verbos y esos enunciados. y creo que, tanto este texto, como el que escribí en mi cabeza mientras leía el tuyo, me muestran que hemos cambiado, que hemos matizado, y eso me agrada. y me agrada también porque refuerza una vez más la idea de que la buena literatura siempre te confronta, te moviliza y te abre una puerta: te hace "volar" pues, te "mata".
lo que pensé sobre los perros y los gatos cuando leí tu escrito me trajo a la memoria una vieja (y no matizada aún) opinión que tengo sobre Linch. Siempre me ha parecido un tanto vulgar de su parte considerar que la única manera de hablar de lo raro, de lo siniestro, de lo oscuro, sea poner a un enano hablando al revés en un bar de mala muerte adornado como fiesta de hallowen por oligofrenicos. Siempre he considerado que el horror y lo oscuro no necesita de ningun enano misterioso para materilizarse ante el espectador, eso lo sabía bien Kafka o sartre o chejov. y creo que algo parecido, en el formato de la idea, en su estructura pue, pienso de los medios para expresar alegría, contento, emoción, dulzura y compañía por parte de los animales. Ciertamente mover la cola, saltar, dar vueltas a mil por hora son como el sumun de la representación de la alegría, pero ahora pienso que no son, ni mucho menos, las unicas, ni necesariamente las más efusivas o contundentes. y hay que dar de uno también, es decir, hay que saber ver el gesto contundente en el simple meneadito, en la mirada fugaz, en el runruneo. Pienso que lo que antes veía en los gatos como soberbia, desprendimiento, desprecio, no eran sino gestos que, aunque pueden ser perfectamente soberbia, desprendimiento y desprecio, también corrieron el riesgo en ese entonces de ser códigos incomprendidos del cariño, un gesto pequeño adecuado al tamaño de los gatos que no supe leer bien, un querer desde la calma y no desde el frenesí.
Ambos gestos hacen falta digo yo, el calmado y el frenético, y por eso, como matizas en tu texto, haría falta tener los dos. Yo no quiero a mi perra maloliente montada en mi cama, pero tampoco quiero a mi gata cuando estoy en el jardín con animos de correr o salir a la calle acompañado de una irreverencia amarrada a una cuerdita que hace el paseo más entretenido y, acaso, paternal.
Cortázar decía que los gatos son teléfonos secretos. Sería justo decir lo mismo de los perros. y en esta era de ringtones y estereofonía celular también sería justo decir que cuando hace ring ring el gato lo hace vibrando como los celulares en el cine (los celulares, claro, de la gente decente que en el cine se acuerda de bajarles el volumen y ponerlos a vibrar. Apagarlos es irresponsable) y cuando el perro hace ring ring lo hace con Daddy Yankee a todo volumen o con esa versión nokistica del vuelo del moscardon de Korsakov a 200 bpm. diferencias hay, no es cuestión de que los matices oculten lo obvio, jeje.

gracias
escrito por desconocido (da), enero 19, 2010

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