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Otras obras de Ana Teresa Torres 

  1. El exilio del tiempo (Novela, 1990)
  2. Doña Inés contra el olvido (Novela, 1992)
  3. Elegir la neurosis (1992)
  4. El amor como síntoma (1993)
  5. La favorita del Señor (Novela, España, Tusquets Editores 1993. Segunda Edición en Alfadil Ediciones 2004)
  6. Vagas desapariciones (Novela, 1995)
  7. Los últimos espectadores del acorazado Potemkin (Novela, 1999)
  8. El corazón del otro (Novela, Alfa 7 de Alfadil Ediciones 2004)
  9. A beneficio de inventario (Ensayo/Crítica, 2000)
  10. Cuentos completos. 1966-2001 (Compilación, 2002)
  11. El hilo de la voz. Antología crítica de escritoras venezolanas del siglo XX (Crítica, 2003)
  12. Nocturama (Novela, 2006)


Los últimos espectadores del acorazado Potemkin

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Los últimos espectadores del acorazado Potemkin de Ana Teresa Torres se inicia con una extraña conversación entre quienes serán sus protagonistas. El diálogo esbozará de entrada el "tono existencial" de la novela, su carencia de referentes estables: el olvido borra y la memoria transforma, la realidad, presente y pasada, tiene una apariencia casi fantasmal; inevitablemente, la identidad propia sólo puede ser percibida como una ficción, como un texto que se debate entre su reescritura constante y su disolución, “un rostro en la arena a punto de desaparecer”.

            Dos desconocidos, una mujer y un hombre, se encuentran en un bar, y el nombre de este bar, la Fragata, dará inicio a una larga metáfora que bien puede ser leída como el hilo conductor de la novela. Así, la mujer le dice al narrador: “Usted está ahora comprobando la imposibilidad de la fragata, y como nos pasa siempre, quiere recomponerla, recuperar su tensión, el despliegue de sus velas. Quiere encontrar en mí lo que era antes del naufragio, pero he ahí precisamente la trampa… Usted encuentra la tentación del tiempo perdido.” Donde dice fragata podemos leer revolución, y ver en ella quizá una de las últimas formas de aventura moderna.

            “Pero ha muerto la fragata, desfragatada para siempre”. Después del naufragio, los restos, la pérdida de realidad. La acción se condesará en un doble trabajo de lectura y de recuperación: mientras el narrador revisa constantemente las memorias de su hermano, un exguerrillero marxista de existencia incierta –sin embargo fundamental-, su interlocutora se dedica a traducir de manera deliberadamente arbitraria una novela –una novela dentro de la novela.

            Pero, ¿qué es una aventura y por qué considerar que es imposible hoy en día? La aventura es lo que le sucede al héroe de la historia, podríamos decir en primer lugar. Pero pareciera que, para la conciencia occidental, ya no queda ni confianza en el héroe, ni confianza en la historia. Hemos rechazado una valoración de conjunto de la realidad histórica como tal, pues ya no confiamos en la historia como progreso, problemático o necesario. Y el sujeto contemporáneo tampoco se nos presenta ya como una verdad unitaria, no confiamos en el hombre, a secas.

            La literatura habla muchas veces de esta imposibilidad. Para Kafka, por ejemplo, en una sociedad burocratizada al extremo como las nuestras, no hay lugar para la aventura: al hombre contemporáneo le ocurren errores administrativos pero no aventuras, un documento se traspapela y todo acaba mal. Y podemos recordar entonces esa frase de Piglia, bastante trágica para todos nosotros: “Un hombre asalariado no tiene nada que contar, excepto el dinero que gana”.

            En el debate actual acerca de las izquierdas y su reciente auge latinoamericano hay un aspecto que se suele dejar de lado, que tiene que ver con el tipo de vivencia que puede proporcionar. Más allá de los programas políticos en juego, pareciera que, dentro de nuestras vidas secularizadas y triviales, banales y predecibles al extremo, estos nuevos entusiasmos reviven la idea de una acción total, constructiva sobre la historia, de una voluntad que tiene el poder de imponerse sobre el devenir de las cosas. La aventura política de la revolución (y por supuesto el guerrillero, solitario y extremo, sería alguien que exacerba este dilema) postularía una épica de la subjetividad que, gloriosa, se impondría sobre el curso de los acontecimientos. El borroso individuo contemporáneo, un amasijo precario y provisional de pulsiones ingobernables a través de la inteligencia o la razón, se recompondría al ser convocado como sujeto histórico. El orden de este sujeto será entonces proporcionado por una pasión unitaria y un deseo definitivo (y también, tal vez sobre todo, por la forma de una esperanza).

            Por otro lado, la literatura contemporánea percibe muchas veces lo que se ha convenido en llamar “la crisis de la experiencia”, y quizá en un intento de recuperación (o de proponerse a sí misma como alternativa) la ficción novelesca habla de esta crisis con insistencia. Aparte del hecho de que temáticamente el universo novelesco latinoamericano, en una buena medida, pueda reiterar lo que ya a modo de cliché se reconoce como “abandono de las utopías”, hay otro movimiento muy marcado en el que la lectura de un texto ajeno funciona como detonante y estructura de la anécdota. Encontramos muchos lectores en el centro de la acción, lectores que interrogan los textos, que buscan sin mucha esperanza una verdad perdida entre papeles encontrados y documentos dejados por otros. Como si hubiéramos dejado atrás una cierta literatura de narradores (un narrador es aquel que transmite el sentido de lo vivido) para quedarnos con una literatura de lectores: un lector es quien busca el sentido de la experiencia perdida.

            En una entrevista que leí hace un tiempo, Ana Teresa Torres reconocía, de una manera un tanto enigmática, haberse “equivocado” en su libro. No he podido dejar de pensar en ese fracaso confeso, y he llegado a la conclusión de que, en efecto, los últimos espectadores del acorazado Potemkin parecen estar lejos de llegar, y en ese sentido la novela es una falsa profecía. Pero pienso en el espacio que se abre entre esa imposibilidad y esa nostalgia: es esa distancia, o esa tensión, mejor dicho, la que sostiene a la novela entera. Tal vez sea esta tensión un lugar desde el cual pensar muchas de las recurrencias en la reciente narrativa de nuestro continente, y, por qué no, quizá también algunos de sus comportamientos políticos.

Por Oriele Benavides

 

comentarios (4) >> feed
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escrito por fredi, junio 19, 2008

excelente artículo, sobre todo en la manera de concatenar las ideas

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escrito por Niurka, junio 19, 2008

Excelente la forma de presentar la desnudez del lector contemporáneo tras un relato novelesco a destiempo

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escrito por Pedro, junio 27, 2008

Hay que leerlo varias veces y con cuidado. Jugoso

EL AMOR COMO SINTOMA
escrito por CARMINE LANGONE, junio 28, 2008

BUENOS DIAS, ESTOY BUSCANDO EL LIBRO EL AMOR COMO SINTOMA DE ANA TERESA TORRES. ALGUIEN ME PUEDE AYUDAR?

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