La ciudad y los libros
Crónicas
Los sobrevivientes de la cultura Anna Ajmátova Anna Ajmátova, la más grande poetisa rusa del siglo XX, nació en la ciudad de Odessa en 1899 y murió en 1966. Desde 1912 hasta 1922 publicó cinco poemarios. Censurada por el Estado ruso, Ajmátova no volvería a publicar ningún libro durante el resto de su vida.
Los sobrevivientes de la cultura
Hay veces en que la mayor gratificación que nos puede deparar un libro o un autor es no haberlos leído todavía. Así me sucede en estos momentos con la obra de Anna Ajmátova. De ella sólo conozco dos frases o versos. Uno de los epígrafes de la novela de Jorge Volpi, No será la tierra, es de Ajmátova y dice: Para ellas he tejido este vasto sudario/ con las tristes palabras que de ellas oí. El otro epígrafe es del otro gran poeta ruso del siglo XX, Ósip Mandelstam, uno que también me emociona por adelantado, ya que tampoco lo he leído. La otra frase o verso de Ajmátova que conozco dice de esta manera: El poeta es aquel/ a quien nada se tiene que dar y/ a quien nada se debe arrebatar. Esto lo leí en un marcalibros que la señora María de Cariani mandó a hacer explícitamente para Eugenio Montejo, uno de los asiduos compradores de los productos gastronómicos de cocina yugoslava que vende la señora María en un mercado popular que se instala los sábados en la tercera avenida de Los palos grandes.
La señora María es una montenegrina nacida en 1932 y su vida es un gran lienzo tejido de diversos viajes y oficios. Desde su primer trabajo como radiotécnico en Belgrado, pasando muchos años después a ser dueña y gerente de una agencia de viajes en Caracas, hasta llegar a ese puesto de encurtidos yugoslavos en el mercado de los sábados, la señora María habla y piensa llevada por el río de idiomas que le ha tocado aprender (yugoslavo, ruso, italiano, español) y por todas las experiencias y anécdotas acumuladas en una vida que merece ser narrada o transformada en poema. De ahí que uno de nuestros mayores poetas se haya sentido atraído por la cocina y el acento y las historias que la señora María cuenta. Entre los muchos temas que tocan en sus conversaciones hay uno que vuelve con insistencia: la magia musical de la lengua rusa. Y de ahí, a hablar sobre la poesía de Ajmátova, al parecer, sólo hay un paso.
En una ocasión, la señora María le llevó como obsequio el marcalibros con la frase que ya mencioné. En otra ocasión, Montejo le llevó a la señora María un libro de poemas de Ajmátova sólo para escuchar de su voz los versos de Ajmátova en su lengua y ritmos originales. Yo no estuve presente ese día. De hecho, las pocas veces que ido a ese mercado Montejo no ha pasado por ahí. Pero de sólo imaginar que alguien, al descuido, pudiera haber contemplado esa escena (la señora María recitando en ruso la poesía de Ajmátova mientras Eugenio Montejo escucha atentamente en medio del ajetreo del mercado) me siento reconciliado momentáneamente con Caracas.
Aunque no he leído los poemas de Ajmátova (sus libros son imposibles de conseguir en nuestra controlcambiada Venezuela), conozco cosas importantes de su vida. Sé que por insistencia de su padre, que no quería que el apellido de la familia se mancillara figurando en la portada de un primer libro de poemas, Anna Gorenko tuvo que inventarse un nombre y ese nombre fue Anna Ajmátova. Sé que medía un metro ochenta, tenía los ojos entre verdes y grises y era de una belleza deslumbrante. Sé que su primer esposo, Nikolái Gumiliov, fue ejecutado por las fuerzas de seguridad del Estado ruso. Sé que la mayor parte de su círculo de amigos, el más prominente entre ellos Ósip Mandelstam, fue asesinado sistemáticamente en las primeras décadas de la revolución. Sé que su segundo esposo, Nikolái Punin, murió en un campo de concentración. Sé que su hijo, Lev Gumiliov, pasó dieciocho años en otro campo de concentración. Y sé también yo, que no la he leído- que fue la más grande poetisa rusa del siglo XX.
El origen de está convicción proviene de otro libro que en los últimos dos meses, poco a poco, como sorbos de un licor privilegiado, he ido degustando. Se trata de Menos que uno, los ensayos reunidos de Joseph Brodsky. Creo que desde la lectura de Otras inquisiciones de Borges no me encontraba con un libro de ensayos literarios tan bien escritos y tan apasionantes. Debo a Brodsky un renacido interés por la poesía después de varios años entregado por entero a la lectura de novelas y cuentos. Ingenuamente, durante esos años me justificaba pensando que los lectores se orientan por uno u otro género, como si sólo se pudiera tener un tipo de alma a la vez, prosaica o poética. Los ensayos de Brodsky sobre poesía me han enseñado, en esta condición de neófito en que me coloqué yo mismo, a leer poesía. Ajmátova, Cavafis, Mandelstam, Auden, son nombres que comienzan a titilar como si bajo ellos se escondiera la clave de un universo cercano que es perentorio descifrar.
Lo atractivo de los ensayos de Brodsky es que cumplen con lo que Witold Gombrowicz postulaba en su polémico texto Contra los poetas: no hay que hablar poéticamente de la poesía. Contraviniendo los más rígidos principios de la teoría literaria, esos remanentes lógicos y a veces hasta necesarios del formalismo ruso, Brodsky traza constantemente líneas de conexión entre la vida y la obra de los poetas. Se detiene a observar, por ejemplo, una fotografía de Auden y concluye que lo que me miraba desde la página era el equivalente facial de un pareado, de la verdad que es mejor conocer de memoria. O el ensayo que escribe sobre Nadia Mandelstam, la viuda de Ósip, que a lo largo de su vida memorizó los poemas de su esposo asesinado y de su mejor amiga, Anna Ajmátova, para salvarlos del olvido oficial al que los condenó (o quiso condenar) el aparato político- militar del estado ruso. Un ejercicio de memoria que, dice Brodsky, luego influiría en el tono y el estilo de la escritura de la propia Nadia, tal y como se refleja en Contra toda esperanza, sus dos volúmenes de memorias.
La lectura que hace Brodsky de la vida de Nadia Mandelstam es desoladora pues el diagnóstico de su caso es una lente ensangrentada que le permite ver la historia del malogrado siglo XX. Sobre ella afirma Brodsky: Fue una viuda de la cultura y creo que amó más a su marido al final que el día en que se casaron. Ésa es probablemente la razón por la que sus libros resultan tan inquietantes a sus lectores: por eso y porque también se puede calificar de viudedad la condición del mundo moderno en relación con la civilización. Luego, en el párrafo final del ensayo, concluye Brodsky su retrato sobre la viuda de Ósip Mandelstam: Su deseo se hizo realidad y murió en su cama, cosa poco nimia para una rusa de su generación. Indudablemente aparecerán quienes griten que no entendió su época y se quedó rezagada respecto del tren de la Historia, que corría hacia el futuro. La verdad es que, como casi todos los rusos de su generación, aprendió más que bien que aquel tren que corría hacia el futuro paraba en el campo de concentración o en la cámara de gas.
Los ensayos de Brodsky reunidos en Menos que uno pueden ser leídos como las epifanías de Walter Benjamin. Reverberan allí, como una trágica confirmación, las preocupaciones del filósofo alemán sobre la desvalorización de la experiencia humana, la nueva barbarie a que nos conduce la tecnología puesta en manos de los estados totalitarios, la pobreza absoluta desde la cual los artistas deben refundar el mundo y sus precarias verdades. En Experiencia y pobreza, Benjamin anticipa para el pensamiento contemporáneo lo que para Nadia Mandelstam era una realidad de su presente: En sus edificaciones, en sus imágenes y en sus historias la humanidad se prepara a sobrevivir, si es preciso, a la cultura.
Nadia Mandelstam se preparó memorizando los poemas de su esposo y su mejor amiga. Lo hizo tal y como lo harían después los personajes de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, en la escena final de la novela cuando se imponen la tarea de memorizar toda la cultura y la historia que el Estado ha destruido mediante la quema sistemática de libros. Y no otra cosa es la poesía y no otra cosa parecen ser los poetas: el rescoldo que permanece después de los incendios de la historia. Así, por lo menos, recuerda Brodsky la última vez que vio con vida a Nadia Mandelstam: Parecía un resto de un gran fuego, una pequeña pavesa que arde, si la tocamos.
Por Rodrigo Blanco Calderón
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