Equipos
Entrelíneas
Cállate poco a poco Cállate poco a poco

Jim Morrison. "When the music is over"
I.
Cuando la menuda Enza entró a
Así me fui enterando de que Enza había nacido en Puerto
Semanas después de ese encuentro, Enza nos dio la buena nueva: su libro de relatos Cállate poco a poco había resultado ganador del V Concurso para Obras de Autores Inéditos 2007 de Monte Ávila Editores, Mención Narrativa. El millón de bolívares que venía con el premio, aunque débiles, le duplicaron la alegría y los brincos, a pesar de que aún tendría que aguardar con no poca impaciencia, y como si se tratara de un embarazo, nueve meses más para verlo impreso y publicado. El parto fue hace pocos días, y Enza tuvo la gentileza de obsequiarme un ejemplar de su primogénito. Esa misma tarde lo leí con bastante estupor y vino tinto en una cafetería de El Rosal.
II
Si Joaquín Font no fuera un personaje inventado por Roberto Bolaño, sino uno de esos locos geniales y reales que uno se encuentra por ahí para que nos hagan la vida más respirable, estoy seguro de que, desde la Clínica de Salud Mental El Reposo, afirmaría, con su mirada alucinada y a gritos, que los relatos de Cállate poco a poco pertenecen a esa rama de la literatura que él entendía como desesperada. Aquella que en cada línea, o más ruda aun, en cada palabra y hasta en cada entrelínea, le rompe la crisma al sentido común, a la gomina academicista y al lenguaje antiséptico. Esa literatura escrita con el abdomen y la cabeza ardiendo, como si quien escribiera acabara de escapar de un incendio, de una pesadilla o de la adolescencia, o de esas tres angustias al mismo tiempo, todo para abandonar en la palabra la mayor cantidad posible de escombros, con los ojos enrojecidos y el orgullo maltratado, pero siempre de pie y después de ese descenso a los infiernos que significa escribir el primer libro como si se tratase del último.
Todo eso iba pensando y sintiendo mientras recorría este libro empapado de escritura de la fresca, de la prometedora, de la que siembra inquietudes y perturba. Un libro lleno de sangre, sudor y semen en el que las historias han sido escritas como quien se desintegra y se purifica a la vez. Los personajes de estos relatos son tratados sin piedad, o en todo caso, con la dosis de compasión que merecen. Y casi todos merecen muy poca, no tanto por abúlicos o inmorales asunto que a su autora le tiene sin cuidado, y hace bien sino por desangelados. Hay que decir además que el lector hallará aquí instantes de erosivo erotismo que no dejan ranura para la indiferencia. Enza sabe recrear, acaso con un desparpajo que no por franco deja de ser poético, el encuentro doloroso de dos cuerpos que no saben cómo derramarse sin sentirse malditos y culpables. Todos los acalorados actos sexuales que martirizan a los personajes son más parecidos a la violación que a la reciprocidad afectiva. Los seres de estos cuentos no hacen el amor porque nunca lo han sentido o porque lo han perdido en algún recodo de su derrota. O quizás lo deshacen a fuerza de una carnalidad agónica en la que el deseo no se desgasta, sino que se envicia o se transforma en autodestrucción. Un deseo condenado al fracaso, a la posesión del coito puro, pero que muchos de ellos asumen como un refugio de consolación. Con el deseo también se puede sobrevivir en el abandono y la pena de no poseer ningún afecto genuino, dice el narrador del relato que da título al libro. También podría ser la voz inconsciente de todos sus personajes.
Las calles de Catia, Petare y
Es por ello comprensible y ajustada a la indefensión de los personajes que en la mayoría de las historias sea, unas veces de modo indirecto y otras en primera persona, la voz de una adolescente, e incluso de una niña, la que registra a destajo el desfigurado mundo en el que le ha tocado, más que recibir, entregarse a la mala, y donde, ya sea como víctima o como una seductora Lolita, se dedica a satisfacer sus placeres con una fijación por los adultos y una extraña mezcla de malicia e inocencia que no logra ocultar el auténtico afán que la desgarra: la necesidad de ser amada, y más todavía: de amarse. Ya sea como vírgenes adolescentes, púberes desfloradas, prostitutas solitarias, amantes esporádicas o estudiantes angustiadas, las mujeres de este libro son siempre jóvenes que se embriagan en un paroxismo sexual real o imaginario que les permita, y a qué precio, olvidar su vacío más hondo: la presencia de un amor tangible que durante sus escasos pero interminables años les ha resultado esquivo.
Es la juventud, sobre todo la femenina y desamparada, la que insulta y se desviste en estas páginas, porque, como confiesa uno de los personajes de Los da(r)dos de las ninfas, para eso se es joven, ¿no? Para vivir el drama, para la anorexia, para tragarse un frasco de Tafil y después arrepentirse. Para eso los andenes te cantan cualquier elegía mientras te ahogas en tu bañera y Pablo Ziegler golpea las teclas de un piano en algún prostíbulo de Buenos Aires y Caracas al mismo tiempo. Sí, y pareciera que sólo para eso, al menos para esta tribu de seres al límite, cuya angustia los conduce, como se lee en uno de los cuentos, al estado más primitivo, a ese centro marchito donde no siempre es cuestión de polos eléctricos ni feromonas: darse por entero es en verdad la forma más visceral de egoísmo. Regalarse, cuando en realidad se roba, ese momento en el que somos sólo nosotros, en aras de otra boca, de otro mundo hecho holocausto.
Pero hay que decir también que recrear este estado de descomposición y rabia durante doce relatos, y mantener un tono que no descienda al efectismo ni mucho menos al énfasis de un lenguaje que de tan descarnado pueda llegar a ser obvio, implica ciertos riesgos que Enza asumió con coraje, aunque no siempre con total puntería. Es comprensible. Algunos pocos relatos del libro pecan por exceso de crudeza, y allí reside su debilidad. Se les nota la deliberada intención de fulminar al lector con un final truculento, casi siempre ensangrentado. Una especie de voluntad molotov que se encapricha con el desenlace trágico, y que por momentos olvida que el mejor efecto suele ser el que no se piensa de antemano, sino el que se va filtrando sin que el lector, y a veces el mismo escritor, lo adivinen. Esta observación resulta en todo caso un detalle menor en comparación con el temple literario que domina la mayoría de los cuentos de Cállate poco a poco y que evidencia la fecundidad de una prosa en carne viva.
En una de las últimas historias del libro, una muchacha se queda detenida en la duda sobre ¿qué hay detrás de la ventana? todo un guiño a ese detectivesco salvajismo que Bolaño dejó como una huella de misterio para las generaciones futuras, y luego admite que siempre queda una pregunta triste por dentro. Pienso que sí, Enza. Que tiene razón tu personaje. Por eso es mejor evitar responder esa pregunta. O acaso convertirla en aullido liberador, sobre todo ahora que los dioses te sonríen. Ese aullido de mariposa que se escucha en todas las adoloridas instantáneas que embellecen tu primer libro.
Por Luis Yslas
5 de abril de 2008
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