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Descubriendo a Piedad Bonnett

 

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Un día, caminando por los pasillos del Teresa Carreño, alguien me puso en la mano un librito llamado Ofrenda en el Altar del Bolero, de Juan Gustavo Cobo Borda, un poeta colombiano hasta ese momento desconocido para mí. Desde ese día entendí que la poesía no tenía que ser solemne, aburrida o rimada, y entonces se me abrió una ventana que aun, 20 años después, me sigue revelando postigos. 

Me hice seguidora de la estética enloquecida y caribeña de los poemas de Cobo Borda y traté de entenderlo mejor buscando más libros y persiguiendo información. Fue entonces cuando leí en una entrevista que sus poetas colombianos más respetados eran Piedad Bonnett y Darío Jaramillo Agudelo.

Pasó el tiempo, y estando alguna vez en la prematuramente desaparecida Macondo, me encontré un libro con cierta textura aterciopelada (suelo sobar los libros antes de comprarlos). Era Ese animal triste de Piedad Bonnet y, siguiendo las recomendaciones de mi celebrado Cobo Borda, me dispuse a descubrir sus porqués. Allí comprendí al menos uno: Los que leí fueron poemas llenos de música, con una voz lírica y definitiva, un ritmo circular y una estética ritual desplegada en una poesía signada por la geografía: a veces de ciénaga, a veces de hacienda y otras veces de ciudad. Un libro rico en contenidos sobre la condición humana, intenso, aunque con palabras del diario y con sabor a vino tinto como una voz de mezzo soprano cantando Verdi. Eso fue lo que vi cuando leí este poema:

“Cerrabas tú los ojos
y yo, huésped fugaz de tus pupilas,
dejaba de existir por un instante.
Ahora que sólo en sueños me
veo en tu mirada
apenas si me acuerdo de mi cara
porque busco mi imagen y  me encuentro
en el vacío gris de los espejos”

Y también este otro:

“Otra vez ha llegado el arrogante amor sin anuncio
y se ha instalado aquí
donde tu nombre comienza a ser un árbol
que me da sombra con sus siete letras
sin permiso sin prisa -con un rostro tan nuevo
que no conocí sus ojos antiquísimos
sus garras de milano
su paciencia-
ha dado órdenes para que el sol alumbre
y ha clavado su espuela
aquí donde tus ojos me pierden y me ganan
aquí donde tu voz
donde tu mano
lustra la piel de este animal que tiembla
hirsuto y tan hermoso
que ahora es guerrero el sueño al que despierto
mientras la muerte huye
y de nuevo estoy a salvo”

O este último que, según se dice, es uno de los preferidos de Cobo Borda: 

A Frida Kahlo, quien pintó este cuadro en 1946

De pura lástima y puro amor yo te regalaría mi cuerpo, venadita.
¡Yo, que envidio el relámpago nocturno de tus cejas,
tus manos con anillos,
la voz india,
y tu cuello altanero de mestiza!
A ti que te dio Dios todo a montones, incluido el dolor
y ante todo el dolor
yo te daría,
si fuera Dios, un cofre con huesitos
de plata mexicana
y un pie de oro. Y limpiaría, con mi mano eterna
las llagas de tu alma, venadita.
Te pediría a cambio todo el amor que te sobró en el cuerpo,
y un retrato vibrante de colores.

Es evidente que Ese animal triste está repleto de poemas reveladores, duros y brillantes. Está lleno de espejos en los que no resulta difícil volver a mirarse. Empuña un sentido crítico que parece de piedra y una rebeldía casi cotidiana que le hace contrapeso a lo que asumimos como obvio. La poética de Piedad Bonnett es magra y crudamente precisa. De una sensualidad cavernosa y guiada por los silencios, Ese animal triste abarca temas universales: los miedos primeros y últimos, el corazón desgarrado, el amor imposible, la vida rutinaria que corroe, la casa, los afectos y la muerte.

Esa primera aproximación a Piedad Bonnett ha marcado el inicio de muchas otras. La conocí cuando vino a Venezuela a presentar su primera novela, Después de todo, y me acerqué a verla en el Celarg. Menuda, concentrada, obviamente observadora. Me dedicó un libro que atesoro y le agradecí infinitamente su poesía circular que se muerde la cola. La poesía que aun descubro en cada lectura, en cada bramido soterrado. La poesía voyerista de Piedad Bonnett.

Piedad Bonnett es poeta, novelista, dramaturga y traductora. Colombiana, nacida en Antioquia, desde 1981 tiene la cátedra de Literatura de la Universidad de los Andes. Su primer libro de poesía, De círculo y ceniza, recibió mención de honor en el Concurso Hispanoamericano de Poesía Octavio Paz en 1989. En 1996 publicó Ese animal triste. También le fue otorgado el Premio Nacional de Poesía de Colcultura en el año 1994 por El hilo de los Días. Entre sus poemarios también se cuentan: Nadie en casa de 1994, Todos los amantes son guerreros publicado en 1998 y Tretas del débil del 2004.

Actualmente se le considera una de las voces más representativas de la poesía colombiana.

Por Adriana Bertorelli

 

comentarios (1) >> feed
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escrito por humbert tóeco, mayo 09, 2008

¡Oh Piedad!

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