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I. II. Nunca sabremos cuántas dosis de olvido o de memoria, de querer o indiferencia, dejamos cuando dedicamos un libro. Es un territorio para la promesa o la falsía; y también una marca que condicionará las múltiples lecturas del libro elegido. Es terrible pensar así pero no hay remedio, ya llegué hasta acá y no hay vuelta en U. Tampoco en las dedicatorias. Porque lo que se está cifrando allí finalmente es la sombra de uno mismo. Un añadido externo que el autor de la obra jamás pensó indispensable, pero que ese libro que dimos, o que nos dieron, va asumiendo como atributo íntimo entre dos lectores que la vida se encargará de distanciar tarde o temprano. Porque esas huellas cambiarán de registro y dimensión, de sentido y sentimiento. Anunciarán siempre al que se fue o está por irse. Los otros. Uno mismo. Toda dedicatoria es un misterio arrojado al futuro implacable: un epitafio anticipado. Como cualquier escritura. III. Como esa noche en la que me viste abollado de trabajo y me llevaste en tu auto a la concha acústica de Bello Monte. Hacía frío y lloviznaba. Espera, me dijiste cuando nos sentamos en las gradas más bajas. Éramos los únicos en esa oscuridad y yo no sabía qué esperar. Pasaron algunos minutos, pasó la garúa, y luego me confesaste que un tenor solía aparecer por allí a esa hora. Se para allí y canta solo. Dura como una hora. Me han dicho que es médico. Que las arias lo distraen, lo relajan. Es un espectáculo hermoso. Por eso te traje hoy, me dijiste. Te abracé fuerte, enmudecido de agradecimiento. Esa noche no apareció el cantante, pero no me importó porque ya la atmósfera había atenuado mi malestar, y porque además habías llevado en tu carterota una botella de vino y dos copas, y todo para que yo quitara mi cara de circunstancia y celebráramos el simple hecho de estar allí, juntos, a la espera de un tenor que cantaba para calmarse. A ti te fastidió un poco que la sorpresa hubiera quedado incompleta, pero para mí era suficiente: Lo que esa noche nos faltó en música lo compensaron el vino blanco y tus palabras. Esa especie de levedad encendida que no hay forma de no llamarla como lo que es, como lo que eras: la felicidad. Por eso, cuando aquella vez abrí el libro mientras en la calle estallaban los petardos y la radio anunciaba que eran ya las doce y diez, no sólo me sorprendió que hubieras podido encontrar el libro de Peri Rossi y hacérmelo llegar aquella noche, sino también aquella bella y temible dedicatoria que yo intuí como petición y despedida. Esas palabras que ahora a lo lejos, y a mi lado, me ofrecen su nitidez de vidrio, su irreversible verdad y quemadura: Me gustaría escuchar de tu boca los poemas de la página 48 y 49
No tuve el tiempo ni el valor de leértelos, tal vez porque sonaban a profecía y lo fueron. Nos estábamos alejando en esos versos sin que ninguno lo supiera. O quisiera saberlo. Pero ni tú ni yo llegaríamos a sospechar aquella madrugada cuánto perduraría esa sorpresa de diciembre, hasta qué día y hasta qué bordes de la memoria se extendería esa poesía reunida que anunciaba la desunión. Esos cuatro versos abandonados aquí nuevamente como una dedicatoria en carne viva, como una cruz partida por la mitad, sin junturas ni resurrección posibles. Por Luis Yslas Noviembre, 2007
El libro cayó como a las dos de la tarde. Se fue de bruces sobre el primer mesón del Cambalache que a esa hora me correspondía supervisar. Era un libro de Paul Eluard, muy bien conservado y con el precio en la carátula. Anduvo un rato a la deriva, entre un oleaje de libros que no dejaba de agitarse, de multiplicarse, como un mar picado cuyos alcatraces hambrientos, pero selectivos, no desistían de sobrevolar. Yo, un alcatraz más pero sin derecho a alimento, también empecé a revisar algunos ejemplares, a leer sus contratapas, a revisar los índices, los prólogos, las fechas de edición. Hasta que di con el poemario de Eluard y descubrí en su primera página una dedicatoria escrita en tinta azul, con una caligrafía delicada, curvilínea, de esas que sólo se aprenden en los colegios de monjas. La copié en mi libreta: Omar: Que la poesía nos siga diciendo. Te amo. Alicia. Y más abajo la fecha: Septiembre de 1989. Era breve, pero cálida. Y vista a la distancia y sobre esa mesa de abandonos: lapidaria. Me vino a la mente ese par de novelas que a última hora no llevé al Cambalache porque me las había dedicado un primo en mi último viaje a Lima. Digamos que las restó el remordimiento. Pero también pensé en ese libro que terminé llevando a pesar de la edulcorada dedicatoria de alguien que ya no atiza mi nostalgia. A ése lo sumó el resentimiento. También imaginé las razones que tuvo Omar para deshacerse del libro de Alicia, y me pregunté, sin sarcasmo porque todos en algún momento hemos sido Omar, hemos sido Alicia, si la poesía los seguiría diciendo en otros libros, en otras personas. Cuando empecé a sentir que esa dedicatoria se me estaba transformando en una pena gratuita, decidí no darle más vueltas al asunto ni al libro y lo arrojé de vuelta al mesón. Una señora se lo llevó a los minutos juntó con Pobre negro de Gallegos y una minúscula biografía de José Gregorio Hernández. Los lectores son seres misteriosos.
Pero el asunto de las dedicatorias persiste. Lo siento. Uno escribe para sacarse este tipo de astillas antes de que se confundan con la propia piel. O para apresurar la confusión. Lo cierto es que el sentido de la caducidad se nos dispara como un boomerang de cuarzo cuando abrimos un libro y nos encaramos con el paso y el peso del devenir en forma de dedicatoria. Con la distancia o la pérdida que anida en esa frase remota de alguien cuyos contornos del afecto han ido diluyéndose con los años. Perdiendo sangre, rostro, vigencia. Volviéndose trazos de un sentimiento en fuga, intrascendente, que ha quedado fuera de tiempo y de lugar sobre las páginas de un libro que alguna vez hizo las veces de carta y postal, de ofrenda y oráculo. Aunque, más a menudo de lo que uno quisiera, ocurre al revés. Me refiero a esas dedicatorias que reaparecen de improviso, nos agarran desprotegidos y nos recuerdan que no podemos olvidar. Que todavía nos recorren por dentro aquellos para los que alguna vez fuimos compañía o porvenir, bisagra o pasamanos; aire o asfixia. Hay dedicatorias que se transforman en fantasmas, y ciertos libros son el lugar de sus apariciones.
Quizá por eso aquella vez no supe por qué me habías escrito, en la primera página del libro de Cristina Peri Rossi, que te leyera esos dos breves poemas del consuelo y la decepción. Lo entendí mucho después de aquella madrugada del 25 de diciembre en que mi madre me dijo que el día anterior, antes de viajar con tu familia a Ciudad Bolívar, me habías dejado un regalo envuelto en esos papeles delicados con los que solías realzar el sentido de tus ofrendas. Era ese libro. Tú sabías que lo buscaba desde hacía meses, con esa obsesión de lector sin remedio que no sólo tolerabas, sino que complacías con detalles recurrentes. Pero acá no se conseguía ese libro en ninguna parte. Era la obra poética de Peri Rossi, editada por Lumen. Un ejemplar robusto, imponente, con más de 800 páginas. Con todos los poemas de la uruguaya. Todos, por fin, esa noche de gaitas y hallacas, en mis manos. A la semana me contaste que no te había sido fácil diseñar tu sorpresa navideña. Que llevabas meses en eso. Que lo habías buscado por varias librerías cuando viajaste a España en las vacaciones de ese año. No lo encontraste pero eso no hizo mella en tu afán: eras persistente, incansable y, como buena periodista, tenías tus contactos. Al regresar de Europa llamaste a una amiga en Barcelona, quien, luego de una búsqueda intensiva, lo consiguió por teléfono en una librería de Madrid, que se lo envió a los días a su casa. Dos semanas después, el libro llegaría por correo a Caracas y tú lo guardarías un mes más: hasta diciembre del año pasado. Era tu estilo de obsequiar: siempre con la impronta de lo inesperado: tu manera de darte íntegra en aquello que dabas. Era en esos detalles donde tu amor adquiría mayor elocuencia y altura. Te gustaba sorprenderme, pero no sólo con presentes, también con presencias.
| comentarios (3) >> |
escrito por maría antonieta flores, julio 18, 2008
magnífica ... la saboreé con una copa de vino blanco.
gracias por el deleite de lo íntimo, por el detalle que elabora tan entero el sentimiento del encuentro y de la pérdida.
escrito por María Eugenia, noviembre 08, 2008
Me faltan palabras para describir la sensación que han dejado dentro de mí, tus palabras, dulces, descriptivas y llenas de sentir. Amo las dedicatorias aunque te confieso que, con el paso del tiempo, algunas han perdido para mí ese significado especial. Como todo, algunos seres que amamos nunca pasan al olvido, se quedan incrustrados dentro de uno, como quizás esa mujer se quedó dentro de ti. Gracias por regalarnos parte de tu intimidad, gracias por esas hermosas palabras y por remover sensaciones y recuerdos. Maru
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