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Los invencibles Los invencibles
"Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías, más precioso que todos los triunfos. Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para salvarme". ("Fracaso" de Rafael Cadenas)
I.
En Soldados de Salamina, un ficticio Javier Cercas, o al menos eso pretende el autor que imaginemos (o quizás eso pretendo imaginar yo), le pregunta a un Roberto Bolaño, también aparentemente ficticio (aunque muy similar al Bolaño real que muchos conocemos y leemos), si sabe qué es un héroe. El chileno responde con esa alucinada lucidez que no puede evitar ni siquiera cuando lo transforman en literatura: No lo sé. Alguien que se cree un héroe y acierta. O alguien que tiene el coraje y el instinto de la virtud, y por eso no se equivoca nunca, o por lo menos no se equivoca en el único momento en que importa no equivocarse, y por lo tanto no puede no ser un héroe. Leí esa novela hace unas semanas y lo único que subrayé fue esa breve conversa. A los pocos días, por esas causalidades de la vida, empecé a leer Los invencibles de Rodrigo Blanco, cuyo primer cuento arranca con una convicción con aires de paranoia: Camilo está convencido de que somos invencibles. No hay manera de hacerle creer lo contrario. También subrayé esas palabras y recién ahora noto que a lo mejor no he trazado dos líneas distintas, sino una. Lo que sigue es una forma de averiguar a dónde me lleva ese trazo que prefigura una venturosa consanguinidad literaria.
Roberto Bolaño pensaba que en la literatura siempre se pierde, pero que la diferencia, la enorme diferencia, estriba en perder de pie, con los ojos abiertos. Ese era su credo literario, su apuesta existencial: un arte de la supervivencia y la creación. Pero no sólo mantuvo esa creencia como lector, sino que la ejerció en sus cuentos, poemas y novelas con la contundencia de una escritura en la que su certidumbre estética supo imponerse sin contemplaciones de ninguna índole. Su palabra, cuando no conmueve, conmociona. Es racionalmente desquiciada e irreverente, de una ternura áspera, afiebrada, pero jamás infiel a su código de honor: aprender a perder sin miedo, con agonía. Bolaño reconocía la alta literatura como un salto en el vacío con más suspensión que suspenso: un adentrarse en lo oscuro sin más instrumentos que el lenguaje y el coraje. Toda su vida, toda su obra, las dedicó a esa fe, con una habilidad que no excluyó el horror, la aventura, la lucidez, el desgarramiento, la locura ni el humor.
Rastrear en la historia de la literatura venezolana ese tipo de obras viscerales y combativas, en las que siempre se termina por tocar el fondo de la mugre y la pena, y cuyos personajes y a veces el mismo autor se arrojan por el despeñadero de una tempestuosa lucidez del que jamás saldrán indemnes ni victoriosos, y donde incluso llegan a perder la vida o la razón, esa literatura enfermiza que es también un hacer y padecer literarios, me trae a la memoria nombres como José Antonio Ramos Sucre, Andrés Mariño Palacio, Arturo Uslar Braun, Hanni Ossott, y un poco más acá en el tiempo, Francisco Massiani u Oscar Marcano. Escritores para quienes la literatura no es tanto una forma de divertimento o trascendencia ni tampoco una pretenciosa hermenéutica, sino un territorio sombrío, demolido e inevitable, minado de incógnitas y asediado por la fatalidad, donde los personajes tienen que transitar y tropezar sin esperanza, pero con persistencia, al encuentro no de certezas sino de una especie de iluminación opaca que se asemeja a un asombro solitario, enloquecido y, en algunos casos, criminal. Obras en las que se registra no el simple lamento del fracasado, sino el revés y el resplandor de su caída, la hermosura de los escombros, la palpitación de las heridas, el alma abierta de la desolación que deja a su paso costras a medio arrancar, pero también un derrotero por donde seguir caminando y dudando y respirando. Una literatura en la que las palabras convaleciente y valiente terminan siendo eufónicas sinonimias. Porque para estos escritores no se trata de llegar a alguna parte, sino de saber partir y recomenzar. Y en ese gesto o en la conciencia de ese gesto tal vez se incube una leve forma de salvación. Ilusoria, mas no ilusa. Ese abismo existencial, a veces tan breve como un parpadeo o un estertor, que les permite a estos habitantes de una literatura temeraria, ser (o sentirse) invencibles: imaginariamente heroicos.
II.
Los invencibles (Mondadori, 2007) de Rodrigo Blanco pertenece a esta raza de la literatura agónica. La mayoría de sus personajes han sido concebidos desde una noción de heroicidad que, como el mismo autor afirma en el prólogo, no consiste en vencer y salvar todos los obstáculos sino, al contrario, como bien lo sabía Kafka, en ser vencido y superado por todos los obstáculos y, a pesar de todo, continuar. Sin embargo, no basta una afirmación de este tipo en la antesala de un libro para que adquiera validez. Es necesario que el autor la ponga a prueba en la textura verbal de sus historias: que su escritura sea la cristalización de esa carta de batalla inaugural. Debo decir que nada me indica, luego de leer estos cuentos, que no haya ocurrido esa ardua alquimia por la que los personajes sin perder densidad y ternura y la trama sin prescindir de la intriga y el humor, se transforman en ejecutores de esa concepción del heroísmo.
Que Los invencibles esté conformado por seis cuentos es un hecho circunstancial que puede servir para las clasificaciones de género, no para entender que se trata de algo más que un grupo de relatos reunidos bajo la apariencia física de un libro. Estamos en presencia de una propuesta narrativa cuyas historias configuran un plan consistente y cuidadosamente elaborado. Esta concreción es lo que eleva finalmente un conjunto de palabras a la verdadera categoría de libro, más allá del género que esa escritura haya elegido para manifestarse. Esa unidad está dada además por una poética del cuento que es un acto de fe, una convicción artística y una estrategia narrativa: cada cuento es siempre otro. Cada uno es, como mínimo, dos. Y no se trata de la obvia conciencia de la polisemia literaria. Esta dualidad se esparce en todas las instancias ficticias de Los invencibles. De manera que el tema del doble no sólo define y articula las tramas y los personajes, sino que la misma estructura discursiva, así como la escritura y sus imágenes lenguaje engañosamente coloquial, tiempos narrativos en espiral, referencias metaficcionales, conversaciones fragmentarias, escenarios ambiguos o transfigurados, disfraces, palíndromos, espejos, biombos, gatos y alucinaciones, han sido invadidas por esa presencia perturbadora de la otredad. No quisiera revelar, con acotaciones impertinentes, la anécdota de los relatos, ese misterio en el que todo lector debe internarse sin otro báculo que el de su intuición. Basta decir que cada cuento incluye, con menor o mayor evidencia, las claves para comprender, no para adivinar, los mecanismos del desdoblamiento y la pírrica heroicidad de sus desolados personajes. Se trata pues de una literatura que exige lectores despiertos, con el ojo del detective y la sensibilidad del que no esquiva el asombro.
Si bien Rodrigo Blanco emplea con insistencia los recursos de la elipsis y la digresión para desviar o desenfocar el entramado de sus cuentos, no esconde del todo las influencias teóricas que nutren su imaginario personal. Como si quisiera compartir, no desde la sumisión o la imitación, sino desde la lealtad, el sentirse partícipe de ese mismo combate literario y milenario al que hacía referencia Bolaño, aunque con armas, vestiduras y cantos de batalla propios, sin rebajarse a la copia ni mucho menos a la vana adulación. El autor pareciera intuir que más importante (o si se quiere, más necesario) que saber hacia dónde va la supuesta nueva narrativa venezolana en la que se le pretende encasillar, es averiguar de dónde viene, en qué tradición se reconoce y también contra qué se rebela. Exponer sus reverencias pero también sus traiciones. De manera que su obra compuesta hasta ahora por los cuentos de Una larga fila de hombres (2005) y Los invencibles (2007), más que una improvisada apuesta al futuro, remite a una atenta y disciplinada lectura del pasado y del presente literarios, transfigurada en una escritura que procura formar parte no tanto de una tendencia o manifiesto de moda, sino de una cofradía literaria de la agonía cuyos referentes se corresponden con diversas épocas y territorios, y que por eso pueden ubicarse tanto en Los detectives salvajes o en Respiración artificial, como en Las flores del mal o en la poesía de François Villon. De allí que la mayoría de estas afinidades no permanezcan ocultas, sino más bien integradas al corpus de los relatos en calidad de epígrafes, citas, alusiones, notas a pie de página, pistas disimuladas y hasta en forma de personajes, como es el caso de Los golpes de la vida. Así, los nombres de Roberto Bolaño, Francisco Massiani, Fernando Vallejo, José Ignacio Cabrujas, Julio Cortázar, Michel Houellebecq, Israel Centeno, Alfredo Bryce Echenique y, en especial, Ricardo Piglia, pueblan y delimitan la comarca ficticia de Los invencibles. Son la galería de precursores de un autor con plena conciencia no sólo de haber comprendido la lección de sus maestros y haberla trasmutado en creación personal, sino de que no hay temas nuevos bajo el sol de la literatura, y que toda escritura, como pensara Jorge Luis Borges, es sólo la diversa entonación de unas pocas metáforas. Esto es: que el valor de la literatura, y más si se trata de una literatura del valor, reside no tanto en lo contado como en la manera de contarlo. Allí se juega su perdurabilidad, porque al final, los verdaderos invencibles, al menos en la cancha de la ficción, lo son contra el tiempo y el olvido.
Es posible además que de todos esos modelos literarios, las ideas de Ricardo Piglia sobre el cuento moderno aunque expuestas anteriormente por otros narradores como Chéjov, Mansfield o Joyce, sean las que mayor incidencia hayan tenido en la elaboración narrativa de Los invencibles. Partiendo de la noción de que todo cuento siempre narra dos historias una visible y otra secreta, Piglia señala en Formas breves que el arte del cuentista moderno consiste en abandonar el final sorpresivo y la estructura cerrada; en trabajar la tensión entre las dos historias sin resolverlas nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a lo Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola. Este es el soplo teórico que pone en funcionamiento el esqueleto, la carne, el alma y la sangre del organismo literario que es Los invencibles. Es además lo que explica la recurrencia del tema del doble: esa alteridad que paulatinamente va trastocando tanto a los personajes como a la atmósfera en principio realista de la mayoría de las historias, propiciando un vacío que no sólo es fantástico sino también metafísico. Una especie de tierra de nadie donde el enigma se paraliza ante la inminencia de su revelación. Por eso los cuentos tienden a duplicar su sentido sin llegar a dividirse, por lo que la tensión permanece de modo perturbador luego incluso de la última frase, como si al lector le tocara completar o perpetuar el desenlace de unas historias en las que ha irrumpido una especie de mal intangible y desconcertante: fatal.
Sin embargo, consciente de que el relato, como pensara Hemingway, es apenas la punta de un iceberg invisible que no sólo es necesario ocultar sino también sugerir, el autor va dejando ciertas pistas que permiten anticipar, o por lo menos intuir, tanto el desenlace como las búsquedas y tentativas de sus escindidos personajes. Así, en El biombo, arte poética del libro y un auténtico ejercicio de prestidigitación discursiva, el narrador acepta que, como siempre sucede en los cuentos de Mariano, uno se encuentra al borde de una verdad que luego él mismo se encarga de ocultar y hacer desaparecer en el último tramo. Frase que resulta una pista en clave teórica de lo que más adelante Pedro Álamo y Sarita Calcaño representarán en su último encuentro erótico. Ambos personajes, más que poetas o cuentistas, escenifican con sus actos lo que sus palabras no alcanzan a cifrar. No aspiran a hacer, sino a ser, literatura. Han comprendido que la elipsis, el silencio, la desnudez y la mirada pueden concertar una aproximación, un contacto, una recreación artística, que el resto de los personajes apenas logra atisbar, nunca comprender ni mucho menos asimilar. Álamo y Sarita seres conmovedores, extraños y enajenados, son una imagen a escala, casi literal si se observa con detenimiento, de todos los cuentos del libro.
Pero más allá de las técnicas y procedimientos narrativos empleados en Los invencibles, lo que más se agradece de este libro es que jamás se descuida el placer de contar una historia. Que ésa haya sido la condición para barajar y repartir las cartas del heroísmo y la otredad me parece lo más meritorio del libro: su médula espinal. Que sus cuentos se revistan de bruma, misterio o ambigüedad es parte de la destreza con la que el autor logra diseñar unos personajes entrañables y, sobre todo, prolongar la curiosidad del lector hasta la última línea, para luego dejarlo allí, solitario y desamparado como los mismos personajes, enfrentado a sus dudas y temores, en la orilla de una respuesta que se disuelve antes de llegar a sus labios. Allí está quizás el más difícil de los desdoblamientos: trasladar al lector a las páginas de la ficción, quizás para corroborar ilusoriamente, como se dice en el primer relato, que el futuro de los invencibles podía ser el de cualquier persona. No hay que olvidar que a Rodrigo Blanco le ha tocado escribir en un país donde el fracaso pareciera ser la auténtica cédula de identidad de sus divididos habitantes. Darle una vuelta de tuerca a ese estado de desgracia, o por lo menos, ponerlo en evidencia a través de la lente de aumento de la ficción, es ya un compromiso que trasciende el hecho literario y roza ese otro ámbito de la agonía con el que nos toca lidiar a diario, unas veces de pie y otras doblegados ante la imposibilidad de sentirnos perentoriamente invencibles.
Por Luis Yslas
Enero, 2007
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