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Fuera de la cancha
 
 
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A Rodrigo Blanco, que también lo recuerda 
 
 
 
 
 
Era una mañana de vacaciones. Yo tendría quince o dieciséis años y estaba echado en el sofá de mi casa, esperando con impaciencia el inicio de un juego de fútbol. Se trataba de un Mundialito Infantil, que en aquella época contaba con una amplia cobertura en prensa y televisión. Creo que se hicieron varios en Caracas en los años 80, aunque no lo recuerdo bien. Sin embargo, hay algo que no se me borra de aquella mañana frente al televisor, y que me acosa con insistencia cada vez que pienso en la literatura, casi como una metáfora de lo que creo (o me obligo a creer) que es un verdadero escritor. 

  

Era un juego de la primera fase eliminatoria, transmitido por RCTV desde el Brígido Iriarte. Colombia contra no sé qué rival europeo. Lo que más llamó mi atención al principio no fue el juego, más bien aburrido, sino lo que ocurrió al margen de la cancha. Un jugador de la banca colombiana, más pequeño aun que sus otros compañeros de equipo, salió a calentar al borde de los límites del campo. Allí empezó el espectáculo, que un camarógrafo tuvo el buen tino de filmar: la habilidad con la que aquel niño acariciaba el balón, se lo pasaba de una pierna a otra, se lo llevaba a la cabeza y lo mantenía allí, como levitando, hasta dejarlo deslizar por su espalda, para impulsarlo nuevamente hacia arriba con un golpe certero del tacón. En esos malabarismos estuvo un buen rato, y de pronto ya no importaba lo que ocurría con los 22 jugadores del partido, sino con lo que tanto los televidentes como el público del estadio veíamos maravillados. Los camarógrafos y los comentaristas del canal se olvidaron del juego. Sus miradas y palabras se dirigían al niño que no dejaba caer la pelota a tierra, consciente ya de que la concurrencia lo observaba y aclamaba. Hasta los jugadores de la cancha miraban de reojo a quien había despertado el delirio de un público que pedía a gritos que lo metieran en el juego. Nunca antes había visto que un jugador de la banca, desconocido para los espectadores, se ganara el entusiasmo de todo un estadio sin pisar siquiera el césped. En el siguiente partido, el entrenador colombiano lo incluyó entre los regulares. Esa tarde, el niño, demasiado débil e inexperto para el juego en equipo, pasó desapercibido. Casi ni tocó la pelota, y, minutos antes de finalizar el primer tiempo, salió de la cancha cabizbajo, acompañado del silencio de un público que pocos días antes había ovacionado su dominio del balón. Para mayor desgracia, en ese juego eliminaron a Colombia, y yo me sentí pésimo por semanas con la breve historia de ese futbolista en miniatura que sólo concebía la belleza y la destreza en estado de soledad.

  

Mejor dicho, pésimo por años. Porque todavía hoy la imagen de ese niño que pasó de la veneración a la humillación en cuestión de días me persigue con un significado ambiguo; unas veces incómodo y otras desolador. Sí, un escritor se parece demasiado a ese pequeño jugador de fútbol, pues, al igual que éste con el balón, también hace maravillas con la palabra –esa esférica que se eleva o se arrastra según la gracia de quien la domina–, pero solo y fuera de la cancha. Aquel artista capaz de cautivar a un público que, por ráfagas de tiempo, se distrae de lo que ocurre en el escenario de las luces altas, usualmente aburrido o predecible, escaso de goles y juego limpio. Pero eso sí, que no lo obliguen a pisar el campo de las horas contadas, a jugar en grupo, que no le exijan entretener a la audiencia investido de un protagonismo forzado, porque será poco lo que domine y mucho lo que pierda en habilidad y poesía. También en reconocimiento. Pues la labor –y el valor– de un escritor quizás sea –o deba ser– marginal, de constante preparación y calentamiento, espera y soledad. Para trascender, su figura y trabajo requieren estar fuera de órbita; circundantes, jamás partícipes, del espectáculo masivo. Libres. Sólo así, con suerte, podrá desviar la mirada del público lector hacia su obra –esa ingravidez de las palabras–, cercana pero diferente a ese ámbito repleto de árbitros, tarjetas y patadas que es el mundo casi siempre. Su juego es otro, ajeno a jerarquías y competencias. Y a lo mejor haya que respetarlo así, para que duren un poco más junto a nosotros, su levedad y su pericia, su vivacidad y su enseñanza.

  

Image Sin embargo, lo que me pasa con este recuerdo es que me resulta inagotable, contradictorio inclusive con lo que acabo de escribir si pienso más bien que ese niño, así me duela decirlo, difícilmente llegaría a ser un futbolista profesional, sino apenas un aficionado habilidoso, un juglar del balompié circense. Un bufón, nunca un aedo de su oficio. Como esos comentaristas de fútbol –o de libros–, agudos para la exégesis, las palabras técnicas, el análisis lúcido, pero incapaces –no por falta de ganas, sino por aquel enigma llamado talento– de jugar o escribir nada que transpire emoción y arroje luz sobre la sombría naturaleza humana. De modo que por momentos me da por creer que esa cancha es realmente la literatura, el verdadero territorio de los goles y la dicha, también de la derrota y la violencia: el escenario para demostrar la fortaleza y la destreza con las que debe salir a crear todo escritor, el campo de batalla donde sólo los valientes sabrán anotar lo que haya que recordarse con admiración, y hasta con silenciosa envidia. Y ese niño anónimo, ese apasionado del juego solitario y vistoso, pero carente de marcación y anotaciones, una vez que recorra la cancha y se codee con los auténticos artífices de la belleza, habrá de descubrir en el estremecimiento del fracaso, no sólo de su equipo sino de sus propios anhelos, los verdaderos límites del campo y sus palabras.

  

  

Por Luis Yslas

 

Agosto, 2007

       

comentarios (2) >> feed
...
escrito por ambar, agosto 11, 2008

cada vez que lo leo me parece mejor.

...
escrito por luisyslas, agosto 11, 2008

Gracias, Ámbar, por volver a leerlo.

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