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Sólo la muerte de un ser querido es más estresante que una mudanza, dicen los entendidos en quebrantos. Los maracuchos emplean el verbo mudar en imperativo como una especie de maldición zuliana. No sé. Tampoco soy tan fatalista. Ni maracucho. Pero me estoy mudando y es inevitable no tener un vacío en el estómago, y otro en lugares menos ubicables, pero igual de sangrantes. No se trata simplemente de que aún no hallo adónde irme, del alto costo de los alquileres, de la calamidad que implica meter más de mil libros en cajas de supermercado, sino más bien, de que no encuentro cómo irme de aquí, de todo lo vivido en este espacio que jamás cabrá en ninguna caja que no sea esta urna que llevo dentro en calidad de nostalgia. Pero no es recomendable abrirle la puerta a tanto recuerdo. Es mejor seguir buscando casa para vivir, o por lo menos, la voluntad ésa que se parece mucho al coraje y un poco más a la resignación. ¿La escritura? Puede ser. Aunque ésta sea un lugar poblado de fantasmas, con ventanas que dan unas veces hacia las oscuras nubes del pasado, y otras, con suerte y espanto, hacia la intemperie del futuro. Poca hospitalidad hay en estas palabras, lo reconozco con desgano, pero tengo que repetir y repetirme que me estoy mudando. Mutando. Y ese cambio de piel lo deja a uno literalmente desollado. Las cajas no son suficientes o definitivas, uno siempre deja algo adherido en un rincón y se lleva más de lo que embala.
Pero existe la posibilidad, la respiración artificial diría Piglia, de huir hacia esas imágenes que sirvan tal vez de faro entre tanta bruma, de aire en este encierro provisorio. Pensar, por ejemplo, en aquella tarde de hace ya tres años, cuando fui a visitar a mi amigo Carlos, a la semana siguiente de haberse casado. Es un recuerdo que vence cualquier amnesia. Porque al llegar a su casa sentí de inmediato una temperatura peculiar, indescifrable, y al mismo tiempo, cierta intuición de que estaría en calma y a gusto, entre amigos, ese domingo de agosto. Esa extrañeza no se debía a que el orden espacial de su apartamento de soltero hasta hacía pocos días hubiese sido alterado por la mano recién casada de su esposa, Mora. Tampoco al nuevo color pastel de las paredes, a la reorganización de los cuartos o a la disposición y limpieza de los muebles. Era un bienestar invisible que en ese instante no supe sobre qué idea o sensación se sostenía. Las palabras que siguen son mi manera de aproximarme a esa impresión inicial, a ese domingo por la tarde. Y de paso, un atajo para aligerar mi mudanza y hacerla menos imposible.
Cuando entré al apartamento, Mora planchaba en la sala y Carlos estaba sacando unos panes del horno. Porque además de profesor de literatura, cuentacuentos, pintor y poeta, mi amigo, en el colmo de los oficios nobles, también es panadero. La escena me recordó aquel taller blanco del que hablara Eugenio Montejo. Esa imagen enharinada con la que, como buen hijo de panadero, el poeta asemeja la creación de poemas a la de los panes. Para él, la poesía es pan recién sacado del horno, es decir, de las honduras ígneas de quien la prepara, por lo que también y viceversa, toda panadería resulta un poemario de sabores frescos. Se lo comenté a Carlos mientras me servía un vaso de agua y el humo invadía la cocina. Él asintió: Sí, recuerdo ese ensayo... Aunque hace tiempo que no hago poemas. Ahora hago panes. Así que comamos. Minutos después, los tres probábamos con más hambre que literatura los poemas de maíz recién horneados. Al terminar, Mora continuó planchando camisas y cosiendo pantalones en la sala, cerca de nosotros, pero concentrada en sus labores de calor, peso y puntada. El concierto para violín de Beethoven nos acompañaba y a la vez nos protegía de la estridencia callejera, que a esa hora del domingo era elevada y vil.
Carlos y yo nos sentamos a la mesa, papel en mano, como cuando trabajábamos juntos en el colegio Integral El Ávila e inventábamos las clases de nuestro taller literario. Esta vez el propósito era similar, pues se trataba de ayudarlo con el programa de literatura de ese vértigo de la enseñanza que es noveno grado de bachillerato. Y como solía ocurrir en aquellos años, la imagen inicial nació nuevamente del azar, ese borroso rostro de la providencia o la desgracia. Ahora advierto que esa imagen ya había aparecido horas antes de que nos sentáramos a la mesa, aunque yo no supiera definirla, ni asimilarla. Pero una imagen, cuando es verdadera, busca sus modos secretos de manifestarse, aunque sea por reflexión. Para eso existen los espejos. Y el primer espejo de esa tarde fue un libro de ensayos poéticos, Cómo leer la poesía, de Hanni Osott.
Carlos había ido a buscar café mientras yo sacaba el libro recién comprado de Hanni de su biblioteca. Había pensado en ese libro antes de llegar a su casa; me lo habían recomendado mucho y deseaba leerlo. Así que lo abrí por cualquier parte, y apareció la imagen que sin buscarla me golpeó: La casa es depositaria de historias personales, ella muestra anhelos, penurias, carencias o desórdenes. Ella muestra riquezas. En el espacio de la casa corre el amor o la indiferencia. Lo femenino y lo masculino. Me quedé mudo, con el libro y los ojos abiertos en la misma página. Luego le grité a Carlos: ¡Lee esto!" Él acababa de colocar las tazas de café al lado del libro. Lo tomó en sus manos como si fuese a beber de él y continuó leyendo unas líneas más adelante: La casa es por ello un habla, una voz. El inconsciente murmulla en ellas. Por ese murmullar pueden ser excesivas, barrocas, equilibradas y armónicas. Así de sencillo, como el lenguaje de Hanni, como su imagen casera, como el pan de maíz, había hecho su aparición el comienzo del curso escolar. Sí, había que empezar por la casa. ¿Recuerdas lo que decía Montejo en aquella conferencia sobre poesía?, me preguntó Carlos. Y él mismo respondió, evocándolo: Para reconstruir un país primero había que empezar por reconstruir el hogar.
Nuestra conversación, alimentada por la figura de la casa, se multiplicó en voz y escritura. Carlos y yo comenzamos a reunir recuerdos cercanos, imágenes referenciales de esa metáfora hogareña que Hanni había dejado sobre la mesa. Pensamos en el poema del cholo Vallejo. Y por supuesto, la obra completa salió rápidamente de los estantes: Las casas nuevas están más muertas que las viejas, porque sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Y también, un poco más acá en el tiempo y la geografía, se asomó la palabra del arquitecto Federico Vegas, que mucho ha de saber de hogares: Amo las casas, es la única arquitectura que sé hacer. Mi récord es bueno: en las casas que propicio nadie se divorcia, por lo menos en el plazo de siete años que atañe a mi responsabilidad profesional. De inmediato, la mesa se fue llenando de libros abiertos, subrayados, de páginas dobladas en las esquinas, de tazas vacías y ceniceros repletos. A esa altura, ambos nos hablábamos sin mirarnos, con la vista clavada en las páginas, o citando al azar versos extraviados en la memoria, rebuscando entre los estantes más textos que sirvieran de resonancia y amplitud al tema de la casa médula espinal del curso que ya para ese instante nos había habitado por completo.
Carlos anotaba en un papel una lista de escritores y libros que le servirían para sus clases: Casa tomada de Cortázar, La metamorfosis de Kafka esa casa del absurdo y el horror, los poemas de edificios de Morábito, los primeros cuentos de Méndez Guédez, La casa de Asterión de Borges... y así andábamos, arrebatados por la espiral de nuestra memoria libresca. Entramos en una especie de entusiasmo febril, tras el señuelo que la bella Hanni nos había regalado esa tarde. Las ideas flotaban, ocupaban todo el espacio de la mesa, todas nuestras palabras. El diálogo de pronto se volvió juego, también como en los años en que preparábamos el taller. Yo abría el libro de Vallejo en cualquier parte, y le lanzaba a modo de burla el verso del cholo que dice: ¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa? Y Carlos contraatacaba, arrebatándome el libro, con las palabras del propio Vallejo: Fue domingo en las claras orejas de mi burro, de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza). Nos reíamos de los azares verbales, y Mora, desde su mesa de planchar, se arrimaba un instante a nuestra algarabía, a nuestro juego, para luego volver a su minuciosa tarea de costura.
Fue poco después de que Carlos me mostrara un libro de Mario Briceño Iragorry y de que Mahler ocupara el silencio dejado por Ludwig, que comprendí con más consistencia, casi como una revelación, lo que sentí al entrar al apartamento esa tarde. Carlos me dijo que en uno de los ensayos del escritor venezolano había algo sobre casas antiguas. Yo sobrevolé las palabras, y me apresuré hasta las líneas finales. De pronto me quedé extático en la siguiente frase: Cuando Dios quiere probar a alguien, lo deja ciego o le enciende todas las luces. Al levantar los ojos, vi que Carlos dibujaba al borde de su hoja la silueta de su esposa. Para constatar la semejanza entre el dibujo y el original, miré a Mora con detenimiento y entonces entendí. Esta vez cesaron los espejos: la verdad apareció sin intermediarios. Y con la Quinta de Mahler como banda sonora.
Mora estaba inclinada sobre un pantalón, luchando por ensartar la aguja en la tela, y sus ojos, casi pegados a los cristales de sus lentes, hacían un esfuerzo inmenso por ver, por remendar un bolsillo desprendido con la última claridad del crepúsculo. Recordé lo que Carlos me había contado hacía unos meses sobre la enfermedad de su esposa. La inminencia de una ceguera que, en pocos años, le llegaría de manera absoluta. Y sin embargo, allí estaba ella, con la poca luz que quedaba en la casa, en un gesto de ternura que también era un milagro sin énfasis, maravillosamente cotidiano. Yo seré su lazarillo cuando llegue el momento, me dijo Carlos una vez. Y yo supe, en ese momento, al verla inclinada sobre el pantalón y a mi amigo sobre el dibujo de su esposa, en qué consistía aquello que me había impregnado al entrar a su apartamento, y que no se trataba del pan recién hecho, aunque se le parecía mucho. De nuevo Hanni: Por eso las mujeres tienden a cambiar de posición los muebles, en una suerte de gesto desesperado para que todo se mueva, para que nada se detenga. Y al fondo de ese gesto hay una dinámica del amor. Puesto que lo rutinario es congelante. Confieso que nunca antes había entendido de forma tan imperecedera el sentido de la palabra casados como en esas horas que duró mi visita.
No le dije nada a Carlos de lo que había visto, de lo que había pensado ni sentido. Supongo que lo adivinó pues fue a buscar ron para echarle al café. Seguí hojeando los libros, mientras él preparaba los carajillos y Mora mostraba orgullosa los bolsillos remendados. Así ya no se le perderán tanto las cosas, dijo riéndose. Y yo pensé en silencio que tenía razón, que ya mi amigo estaba inmunizado contra las pérdidas. Su esposa es una Penélope que, a diferencia de la helénica, no teje para soportar la espera del amor, sino para conservar lo que ama.
Cuando llegó la noche, me despedí con abrazos excesivos que indicaban tanto mi borrachera como mi emoción. El curso estaba listo y el enigma resuelto. Las palabras empezaban a empujar mientras viajaba en el autobús de regreso a casa. Pedían decir lo que acababa de vivir. O vivir lo que acabo de escribir. No sé dónde se sitúa la línea que divide o enlaza ambas esperanzas. Ignoro además en qué medida esta mudanza en el tiempo pueda, a modo de conjuro, hacerme más cercana la belleza que he procurado evocar. Sobre todo ahora que estoy a punto de partir de la efímera felicidad que me dio esta casa durante dos años.
Por lo pronto, afuera llueve. Adentro, continúo llenando cajas, buscando un lugar dónde meter tanto libro, tanto desamparo con puesto de estacionamiento.
Luis Yslas Septiembre, 2007
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