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Al otro Luis Yslas
I
Tengo 35 años y todos mis abuelos han muerto. Si es cierto que cada abuelo es una biblioteca personal, entonces ya perdí mis cuatro Alejandrías. Ni siquiera pude verlos arder en la distancia, descifrar el humo de sus voces, acompañarlos en su escapatoria final. No tuve tiempo de sentarme a escucharlos con asombro, de preguntar con impertinencia de dónde vinieron para que yo llegara, qué hicieron para habitar el mundo, para disfrutarlo y comprenderlo, en qué extravío eligieron perderse y a qué emoción solían regresar cuando la vida se les disminuía en exceso. Por qué el amor y por qué no también la derrota y la alegría sin motivo; tantas dudas que ahora se multiplican en el acústico rincón de mi ignorancia. Jamás me fui a dormir con el rumor de sus historias en mi almohada. Sé que me quisieron, que me hablaron, pero sólo conservo palabras sin sintaxis, ecos de cuartos cerrados, frases en fuga, incapturables. El saldo es un silencio acusador. Fueron breves mis horas de nieto, compuestas de distracción y lejanía; no hay que mentirse, la infancia también puede ser abono para la ceguera y la indolencia. No llegué a oír ningún relato de sus bocas, nada quise averiguar de sus oficios. Estaba demasiado lejos, vivía en otro registro, en otro país. Las cartas eran puentes que no acostumbrábamos cruzar. Los padres de mis padres eran más paisaje que familia, menos compañía que arquetipos. Ni severos ni consentidores: remotos. Ahora que ese descuidado saber instala su vacío en alguna herida que apenas estoy descubriendo, me acorrala la palidez de sus lápidas como un reproche silente. Una culpa sin boleto de vuelta. Tercamente escarbo donde no hay nada que no sea un perfil en blanco y negro, las flores de un vestido crema, el olor a nicotina y a cilantro, una cabellera blanca aprisionada en un moño, viejos libros de jurisprudencia, el ronco canturrear de un tango, macetas de helechos, quejidos de madera, unos cuantos abrazos de aeropuerto. Difusos vestigios de lo que jamás adquirió consistencia de siembra en mi memoria. Ante esta ausencia me respondo que aún viven mis padres. Ellos son extensiones de esas cuatro raíces de mi desarraigo, de esos cuartos de estudio que son los abuelos en el mundo. Yo soy acaso el reflejo de ese par de reflejos y mi escritura el opaco azogue por el que ahora les hablo a mis abuelos como se le habla a Dios en la callada noche: sin esperar respuesta.
II
De muchacho, mi padre se alojó en una pensión de los Barrios Altos limeños. La verdad es que la única altitud de esos barrios era el adjetivo; todo lo demás era estrechez y de la áspera. Pero allá fue a parar por fidelidad a su terruño y por escasez de soles. Le gustaba leer hasta tarde y recién se iniciaba en el oficio de la orfebrería. De día trabajaba el oro y la plata, y de noche se extraviaba en las páginas de alguna novela de la biblioteca del barrio. Y aunque vivía su juventud entre metales y ficciones, tampoco le era indiferente la inquietante belleza femenina que a esa hora de la adolescencia produce numerosos desvelos. La dueña de la pensión que lo había aceptado por pálido y flaco, pero también por inofensivo tenía seis hijas. Una de ellas sería mi madre. Pero antes, mi padre debía inventarse algunos encuentros y elegir el libro preciso. Pasaron meses de miradas y murmullos dejados como al descuido en los almuerzos, bajo los faroles, rumbo al mercado popular. Hasta que apareció la literatura y aceleró el reloj de sus afectos. Mi madre era de escasas lecturas, pero de enorme curiosidad. Sabía, además, que toda mujer elige al hombre que la elegirá. Una tarde le preguntó a mi padre qué era lo que leía con tanta concentración, sentado bajo el calcinante sol de marzo. Los miserables, respondió él, levantando la mirada hacia unos enormes ojos castaños que lo escrutaban con ternura. Empezó a hablar de la novela. Su voz fue ganando pista y confianza, de manera que cuando mi madre se sentó a su lado y comenzó a interesarse cada vez más por la historia de Jean Valjean, de Mario y Cosette, del tenaz Javert, de los deleznables Thénardier, del heroico Gavroche, mi padre supo que tendría conversación como para dos semanas. Pero decidió arriesgar más: Le prestó el libro, pidiéndole que lo leyera sin apuros, que disfrutara la historia y conociera mejor a los personajes. Él esperaría a que ella llegara a la página donde había suspendido su lectura, y a partir de allí leerían juntos. Supongo que mi madre no sabría qué hacer al principio con semejante compromiso de más de mil páginas, pero los encantos del romanticismo francés sumados a su coquetería limeña se encargarían de pavimentar un camino del que ya no habría retorno ni olvido. Lo demás sería una historia extendida a lo largo de otras simpatías que los llevarían a un matrimonio que aún comparten, a una residencia en tierras más tórridas, y a un par de hijos que no hallan todavía cómo agradecerle la vida a la narrativa decimonónica. Por eso, cuando me preguntan por aquellos libros que me han hecho lector, sólo puedo responder que provengo de esa comprobación de lectura con la que mis padres trazaron las primeras líneas de un hijo que no existiría sin literatura.
III
No sé por qué, pero no aprendí a leer en la escuela sino en mi casa. A los cinco años. Me enseñó mi padre con astucia y no poca paciencia. Y también a las patadas. Que nadie sospeche maltrato infantil ni otro tipo de bestialidad. Por el contrario, el bestia era yo, que me negaba a escucharlo cuando trataba de enseñarme a pronunciar y memorizar las letras. A mí sólo me interesaba jugar con mi pelota de fútbol. Patearla hasta el cansancio contra la pared de mi cuarto y dar alaridos de euforia que crispaban a los vecinos y prolongaban mi analfabetismo. Sin embargo, no contaba con la sabiduría pausada de mi padre, a prueba de vástagos desobedientes. Una mañana, como era ya costumbre, sacó los lápices y la cartilla, y me llamó a la mesa. Me negué, pataleé y me fui a buscar mi balón al cuarto. Él no se inmutó y eso me hizo sospechar una treta que se aclararía al sacar la pelota debajo de mi cama. En cada uno de sus hexágonos estaba dibujada y coloreada una vistosa letra del alfabeto español. Yo no sabía si patearla o deletrearla, y ese desconcierto me venció. Mi padre había estado toda la noche convirtiendo mi balón en un redondo abecedario. Al salir con el alfabeto bajo el brazo, lo vi de pie, en el umbral de la cocina, con una sonrisa que revelaba su triunfo y también su expectativa. Le hice un pase con el pie, despacito, para que no se ensuciaran las letras. Él lo paró en seco, lo elevó hasta su cabeza y me lo devolvió. Luego me dijo: Cuando te hayas aprendido todo el balón, te llevo al estadio a ver jugar al Alianza Lima contra el Universitario. Yo era del Alianza. Él, de la U. Jamás había ido al estadio y, a esa edad, era como viajar a otro planeta. De manera que el pacto fraguado en esa rivalidad me enseñó a leer y a driblar con rapidez. Mi primer balón de fútbol fue también mi primer contacto con el idioma español. Cuando quería lo pateaba, y cuando no, lo pronunciaba. Lástima que no haya podido conservar esa primera cartilla. En alguna de esas fiestas a las que solía acudir toda la familia, uno de mis primos, armado de tijeras y témpera verde, transformó mi pelota en un casco de soldado alemán. Lloré de rabia, pero luego agarré el hemisferio de cuero sobrante, me hice mi propio casco y me sumé al nuevo juego: nazis contra gringos. Las armas, como en el célebre discurso de don Quijote, habían resultado otra vez favorecidas, aunque Cervantes supiera también que son las letras las que terminan por cifrar cualquier tipo de trascendencia.
IV
Mi padre y yo no hablamos mucho. Algunas palabras de noche frente a un juego de béisbol, los domingos al comentar la prensa, o cuando recordamos a los personajes de Seinfeld. No necesitamos de la voz para entendernos, para sabernos próximos. Es una complicidad muda de la que no hacemos alarde tal vez porque ambos desconfiamos de los énfasis, un poco por discretos y más aún por tímidos. El silencio es nuestro mejor entendimiento. Desde que era niño, con apenas un quiebre de cejas o un brillo en la pupila, él ya sabía qué película me provocaba ver, cuál era el restaurante chino al que deseaba ir, o qué juguete esperaba en Navidad. Siempre de su mano por las calles del centro de Lima y, luego, por las veredas de La Candelaria, transcurrieron los años en que fuimos más inseparables. Mi padre ya no lee novelas ni va al cine; sus ojos los reserva sólo para sus labores de joyero, alguna serie por cable, unos pocos artículos del periódico. La ironía es que haya desgastado su vista trabajando por un hijo que no concibe la vida sin cine y literatura. Supongo que en eso reside también su oficio, una herencia en la cuenta corriente del desprendimiento. Son otras ahora sus distracciones, sus formas de enseñarme a leer. Yo las siento a veces tan ajenas que me resultan más que incomprensibles, impracticables. Todas las mañanas se levanta a alimentar a los pájaros que acuden a la ventana, al gato que lo espera en la puerta de la cocina. Luego prepara el desayuno para mi madre, saca a mi sobrina Amarantha de la cuna, mientras le silba un tango y pone su mejor cara de abuelo, sintoniza en la radio alguna canción de Abba o Camilo Sesto rumbo al trabajo, y en las noches, cuando regresa con la mirada enrojecida del orfebre cansado, se duerme en el sofá antes de que termine una vieja película policial, un juego de fútbol o un capítulo de los Simpsons. Cómo hace para conservarse sereno, para no dejarse arruinar por la pátina de la rutina y repetir este ciclo diario sin perder el entusiasmo es uno de los misterios que jamás me confesará ni le preguntaré, porque sospecho que no preguntar es lo más sensato. No darse cabezazos contra la ingenuidad de explicar o negar una existencia cuya circularidad, pese a los abogados de la otredad y la aventura, también puede ser un sosiego que se confunde bastante con la felicidad. Osvaldo Soriano decía que cuando no se tiene más necesidad del padre, es que los hijos comprenden que se trataba de su mejor amigo. Se refería a la muerte del padre, claro. Pero el mío sigue tan en pie como mi necesidad de hallarlo cerca. Ahora mismo calienta el café en la cocina y conversa con mi madre mientras unta un pan con mantequilla y mermelada. De modo que no hay razones para la elegía. Aún no. Escribir es sólo una forma de despedirse; de decir adiós a ese que acaba de salírsenos en búsqueda de un lugar menos callado.
Por Luis Yslas
Octubre, 2007
| comentarios (2) >> |
escrito por Erika Marli Carmen Prado, septiembre 14, 2008
Primito!!!
Me encanta como escribes, ya soy una fan mas tuya de tantas y tantos que debes de tener. Tu pagina ya esta dentro de mis "favoritos".
Te mando muchos besos.
Te quiero mucho
Marli
escrito por yasmin Fumero, marzo 11, 2010
Que don el poner colorcarle palabras a los sentimientos, que manera tan facil de explicar lo inexplicable, me encanto tu escrito, ese es tu papá, no hay nada mas que decir..
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