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Ella
 
 
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“Escrito está en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribiste; yo lo leo”.
 
Garcilaso de la Vega
 
 
A Oriana  
 
 
Hoy vuelvo a Borges. Aunque a decir verdad, cuando uno ha entrado en su literatura, es difícil abandonar del todo ese entramado de símbolos y revelaciones. La textura y en especial el tono en el que fluyen sus ideas, historias y personajes no dejan de acompañarnos una vez que hemos sido transportados hacia ese estado de la lectura en el que sólo queda asombro, gratitud y, si somos afortunados, aprendizaje. Volver a Borges es apenas un decir. Una convención verbal para transitar otra vez uno de esos muchos mundos que ya nos habitan y que el universo de su palabra ofrece como laberintos, pero también como refugios del pensamiento y la imaginación; no pocas veces de la felicidad.
  
Hace unos días releí sus Nueve ensayos dantescos. La primera vez que me detuve en ellos estudiaba Letras en la UCAB , allá por el año 1993. Los leí apurado, con la torpeza del que lee para saquear, no para recibir. Debía tomar apuntes para un examen sobre la Divina Comedia. Así sólo se puede leer doblemente mal: sin respeto y sin reflexión, pues el libro es asumido –más bien usado– como una vía para alimentar no el placer ni la inteligencia, sino el triste deber de engordar las ilusorias calificaciones: esa fatalidad de la enseñanza. La segunda lectura, ya sin urgencias, fue durante el carnaval de este año. Esta vez reparé en una idea que Borges se reserva para el último de esos formidables ensayos. Una idea que, admito, no ha dejado de perseguirme como una sombra; como un espejo retrovisor.
 
En “La última sonrisa de Beatriz”, Borges comenta los versos –según él, “los más patéticos que la literatura ha alcanzado”– en los que Dante, ya en el Paraíso (canto XXXI), ve por última vez a Beatriz, quien lo deja para siempre y se eleva hacia el empíreo. El autor y protagonista de la Divina Comedia escribe:
 
“Así imploré; y aquella, tan lejana
como parecía, se sonrió y me miró de nuevo;
y después se volvió a la eterna fuente”.
 
Luego de repasar algunas sesudas interpretaciones de ese pasaje, Borges asoma una sospecha: Dante quizás edificó la Divina Comedia “para intercalar algunos encuentros con la irrecuperable Beatriz. Mejor dicho, los círculos del castigo y el Purgatorio austral y los nueve círculos concéntricos y Francesca y la sirena y el Grifo y Bertrand de Born son intercalaciones; una sonrisa y una voz, que él sabe perdidas, son lo fundamental”. Líneas más adelante resume lo que fue la bella Beatriz para el poeta que la convirtió en literatura, para el hombre que la extraña: “Beatriz, cuya mirada solía colmarlo de intolerable beatitud, Beatriz que solía vestirse de rojo, Beatriz en la que había pensado tanto que le asombró considerar que unos peregrinos, que vio una mañana en Florencia, jamás habían oído hablar de ella, Beatriz, que una vez le negó el saludo, Beatriz, que murió a los veinticuatro años, Beatriz de Folco Portinari, que se casó con Bardi”. Esa mujer que le fue arrebatada a Dante primero por la vida y después por la muerte. Esa mujer, sugiere Borges con un argumento menos racional que emocional, no es un personaje más de la Divina Comedia : es la base, pero también el alma, de una de las arquitecturas más perdurables de la literatura medieval. El auténtico motivo por el que todo lo demás –nada menos que el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso– ha sido creado. Una conjetura hermosa y terrible si se piensa que Dante también pierde a Beatriz en la ficción que diseñó para ambos. Pero, ¿es una pérdida realmente? Dante no podía ignorar que sólo al escribir una obra como la Divina Comedia lograría otorgarle trascendencia a esa despedida final. Que cada lector que recorre con él su extenso poema contemplaría –y actualizaría–, suspendiéndolo, el inevitable adiós de Beatriz. Si para el florentino la mujer que lo abandona era lo fundamental de todo su libro, entonces la configuración estética de ese libro –las verdaderas intercalaciones– debía ser lo suficientemente sublime como para que Beatriz venciera la peor de las muertes, que es el olvido. Para que esa mujer existiera también en una obra de arte; fuera una obra de arte.  
  
La lectura de ese ensayo conduce inevitablemente a “El Aleph” de Borges. Y recordar ese relato me hace suponer que sus observaciones sobre el poema dantesco son una velada confesión: la callada intimidad –el amor a una mujer ausente– que acaso él mismo transformó en voz y rostro literarios. Borges se vale de una metáfora ajena y admirable ( la Divina Comedia) , quién sabe si para sugerir la clave de gran parte de sus propios libros: la mujer por la que todo lo demás se inventa; la ficción por la que toda mujer permanece. ¿No es entonces “El Aleph”, del que Borges (también como el Dante de la Divina Comedia ) es autor y protagonista, la elaboración de un infinito imaginario cuyo centro no es ya el abismo cósmico de la historia, sino una de las presencias que comprende su eternidad: Beatriz Viterbo? ¿No resulta revelador –y de una tristeza sin fondo– el momento en el que Borges le habla al retrato de la fallecida Beatriz al llegar a casa de Carlos Argentino? 
 
“Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: –Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.
 
Poco después sucederá la magnífica descripción del universo, y en ella, la imagen que Borges –personaje y escritor– observa con inmensa pena, pero sin callarla: “cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”, y al mismo tiempo “la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo”. La traición y la muerte de una mujer que no sólo remite a la amada de Dante, sino que lleva a sospechar que todo el cuento es sólo el pretexto –y qué pretexto– para sugerir la irreparable pérdida de una mujer real. El retrato de Beatriz es el equivalente al relato del infinito, pero además, a un ser que ya no conocemos pero que intuimos imposible en la vida del autor. En la Divina Comedia no hay dudas, la Beatriz de la ficción conserva el nombre que tuvo en vida. ¿Quién es la Beatriz de Borges? ¿Tal vez Estela Canto, a quien está dedicado “El Aleph”? ¿O quizás Concepción Guerrero, Elvira de Alvear, Silvina Bullrich, la condesa Álvarez de Toledo, la condesa de Wrede, Daly Nelson, Cecilia Ingenieros, Marta Mosquera, Alicia Jurado, Susana Bombal, Pipina Diehl, Mandie Molina Vedia, Gloria Alcorta, Wally Zenner o Elsa Astete, con quien se casaría años después? ¿O acaso Beatriz no sea sino un símbolo de ese gran amor no disimulado que profesó Borges por su madre, Leonor Acevedo? ¿A cuál de todas esas mujeres que despertaron su nostalgia, antes y durante la escritura de “El Aleph”, le debemos esa perfecta historia de amor ataviada de epifanías metafísicas y aversiones literarias?  
 
Qué importa eso. Da igual averiguar o no el nombre real. ¿Qué es lo real, en todo caso? Es suficiente saber que a Borges, como él mismo escribe en “Los dones”, “le fue dada la trágica belleza, /le fue dado el amor, cosa terrible. /Le fue dado saber que entre las bellas / mujeres de la tierra sólo hay una”. Nos queda la escritura de “El Aleph”, nos quedan sus muchos cuentos, versos y ensayos, y ya eso es suficiente hallazgo y maravilla como para andar husmeando en aquello que el autor quiso presente, pero invisible. En ese cuento –tal vez con más nitidez que en cualquier otro relato de Borges, con la excepción de “Ulrica”– habita secretamente la mujer para la que alguna vez su autor construyó ese universo de palabras. Eso ha de bastar: el resultado de esa alquimia por la que el ser amado se convierte en el satélite oculto del sistema literario.
 
Ricardo Piglia dice, en Formas breves, que en “El Aleph”, “el objeto mágico donde se concentra todo el universo sustituye a la mujer que se ha perdido”. Observa además que “varias de las mejores novelas argentinas cuentan lo mismo. En Adán Buenosayres, en Rayuela, en Los siete locos, en el Museo de la novela de la Eterna –libro en el que Macedonio Fernández sugiere la presencia de la fallecida Elena de Obieta–, la pérdida de la mujer (se llame Solveig, La Maga , Elsa, o la Eterna , o se llame Beatriz Viterbo) es la condición de la experiencia metafísica”. Es cierto. Aunque creo que, más que una “sustitución”, en estas obras, siguiendo el pensamiento de Borges, la mujer sufre una intensificación en clave simbólica. No es desplazada por otro tema; son los otros temas intercalados los que procuran encubrir el ser femenino. La deliberada intención de ocultar lo fundamental –la persona amada y fatalmente perdida– de parte del autor, es a fin de cuentas, como pensara Borges, el modo más enfático de indicarlo.
 
ImageLa idea amenaza con invadirlo todo, lo sé. No lo evito. Las conjeturas de Borges, fraguadas desde un sentimiento sabiamente razonado, tienen ese don de expansión y contagio. Acude a mi memoria la frase de su mejor amigo, Bioy Casares: “Casi toda novela es la historia de la pasión que alguien siente por una mujer”. De ser esto cierto, uno podría desear una nueva y secreta historia de la literatura universal, sostenida sobre un amor que se ha perdido para siempre. Llámese ella, o él. (No se trata aquí de un conflicto de géneros, que tanto gusta a ciertos acomplejados de la crítica literaria sexista). Una historia además que a lo mejor no debería escribirse; sólo imaginarse. Casi como un acto de fe, como una complicidad sentimental. ¿Cuántas dosis de amor y dolor por Aurora Bernárdez, o por Edith Aron –la supuesta Maga real de Cortázar– fue necesaria para que Rayuela fuera concebida? ¿Qué hubiera sido de los versos de Petrarca sin la belleza de Laura; de las églogas de Garcilaso, sin el rechazo y la muerte de Isabel Freire? ¿Se habría escrito La voz a ti debida –uno de los más grandes poemas de amor de la literatura española– sin la existencia de Margarita Bonmatí en la vida de Pedro Salinas, o acaso, sin la sombra de aquella amante que tuvo en Estados Unidos? ¿Cuánto le debemos a Norma –la “Guagua”– el haber inspirado el deseo de Francisco Massiani de transfigurarla en la Carolina de Piedra de mar? ¿No confesó acaso Rulfo, treinta años después de haber publicado Pedro Páramo, que esa novela tiene su origen en una muchacha que conoció brevemente cuando él tenía tres años, y cuya imagen fue la búsqueda de un ideal que llamó Susana San Juan? ¿Qué amores perdidos en la vida del autor transitan su pena y su adiós tras El Decamerón de Bocaccio, los sonetos de Sor Juana, las Confesiones de San Agustín, los versos de Quevedo, Madame Bovary de Flaubert, los Ensayos de Montaigne, el Ulises de Joyce, los poemas de Pizarnik, El Proceso de Kafka, las novelas de Lawrence Durrel? ¿No sería incluso el Adán bíblico una mera intercalación en la obra divina; una excusa para incluir en él la costilla con la que sabrá Dios qué mujer habría de lamentar Dios su ausencia irremediable?  
 
Me conformo ahora con sentir que la literatura sigue siendo cantada porque hemos perdido a Helena de Troya. Y que ese rapto es lo fundamental, la razón de ser de las batallas, de los viajes, de los tesoros, de los dioses, de las aladas palabras. También del afán ilusorio de su rescate o su regreso. Todo esto es un ejercicio imaginario. Quiero creerlo así. Lo contrario, es decir, su justificación lógica no sólo sería increíble; también sería atroz. Y ese es el desdichado reverso de la idea de Borges: Que ella –a la que se ama, la que no está– permanezca sólo para los lectores futuros, no para quien le prodigó ese porvenir .
 
  
 
Por Luis Yslas
  
Febrero, 2008 
                                 
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