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Examen de literatura

 
 
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No estoy de buen humor. Empezar así parece más una amenaza que una confesión y posiblemente sean las dos cosas, y hasta casi una advertencia. La verdad es que no se puede escribir algo decoroso, o por lo menos ajustado a este espacio de ReLectura, si el desánimo ha decidido exhibirse desde el comienzo. Si Pancho Massiani estaba en lo correcto cuando me dijo que no se debe escribir con rabia porque todo sale hecho una porquería, entonces debería(s) abandonar de inmediato estas líneas. Pero no es rabia exactamente lo que siento –me digo sin convicción–, aunque lo de la porquería amenace igual con invadirlo todo. Es más bien una especie de descreimiento que se está aproximando bastante a la aporía. Como un desvanecimiento de la fe. No en Dios; ése es otro eclipse. Algo peor, tal vez, si pienso que escribo para una página en la que uno aspira a que se encuentren los lectores. En la que uno ha escrito, acaso con escaso pudor y demasiado énfasis, sobre las bondades de los libros. Porque lo que estoy temiendo, lo que veo alzarse como un árbol en llamas en estas palabras de marzo, es que cada vez creo menos en los efectos benéficos, placenteros, enriquecedores y áulicos que me pueda producir la literatura. Ya veía asomarse este apagón de la credulidad hacía meses, pero no preví que se apoderaría tan pronto de lo que hasta no hace mucho era mi confianza en la amable compañía de los libros. La ingratitud acecha, lo sé. Y hasta es posible que haya algo adolescente en lo que estoy escribiendo. Si fuera un adolescente, al menos quedaría la disculpa de la coherencia. Pero tengo 36 años y lo cierto es que no logro evadir este desencanto que no anuncia nada que no sea este crepúsculo de la lectura, este inmerecido desengaño. Pasto puro para la grey psicoanalítica.

La realidad es que yo era el último de la lista esa mañana de abril. Quise creer que se debía al orden alfabético. Yslas siempre quedaba al final de las muchas listas que había ocupado en mi vida. Pero no. El orden era numérico: cualitativo. Era el último de los admitidos ese año de 1990 en la UCAB. La más baja de las calificaciones que, aun así, me permitía ingresar a una de las carreras con menos demanda en el país, con menos defensores, con menos alumnos: Letras. Estaba en cuclillas y atónito, observando mi nombre en esa larga nómina de salvados del olvido y la frustración. Yo no sabía en qué consistía la carrera de Letras, lo cual dice mucho de mi aprendizaje en bachillerato. Esa carrera no presagiaba nada llamativo para mis intereses, que eran reducidos, vagos y fútiles. Pero era la cuarta universidad en la que presentaba ese año. De la UCV, la USB y la Metropolitana había rebotado con sobrada justicia. Había postulado –mi adolescencia, aunque tímida, también tuvo instantes de descaro– para Ingeniería Electrónica y Computación. El promedio de mi bachillerato era de 11 puntos. Sobra decir que actuaba como un insensato. Jamás entraría a esas carreras, de las que lo ignoraba todo. Pero en la UCAB había presentado para Comunicación Social, y por una combinación de azar y piedad, no fui expulsado completamente. La nota apenas me alcanzaba para el estudio de lo que por esos años sólo me recordaba bostezos y fatigosas comprobaciones de lectura: la literatura. Supuse que podría tolerarla un año –también confundía temeridad con coraje–, y luego pediría el cambio. Eso me había explicado la señorita de Información. Eso me retuvo. Sentí una alegría que nada tenía que ver con la euforia, pero sí con el alivio. Una resignación que disfracé de triunfo. Había logrado ver mi nombre en una lista de aceptados y eso era suficiente para saber que existía, para sobreponerme a los rechazos previos: merecidos. La carrera era lo de menos, pensaba. Eso pensaba. Y me fui a mi casa a repasar el pénsum. Ese día empezó lo que ahora estoy tratando de explicar, o al menos de explicarme, con pésimos resultados, porque ya voy por el segundo párrafo y el mal humor sigue expandiéndose como un carcinoma.

Hasta 1990 sólo había leído dos libros completos: El túnel y Piedra de mar. El primero por temor a reparar; el segundo, por primera vez en mi vida, por placer. Un placer anémico que no duró mucho porque todo mi bachillerato en materia de lecturas fue abandono sostenido e indiferencia brutal. De manera que cuando llegué a Letras, con un bagaje literario equivalente a la indigencia, tenía sólo dos alternativas: permitir que el terror ante la abundancia de libros que tenía por delante me paralizara, o hacerme el distraído y empezar a estudiar de una buena vez en la vida, que es lo que hice no tanto por orgullo o valentía –nada de ejemplo de superación personal aquí, nada de autoayuda–, sino porque el temor que debía anularme se convirtió en una fuerza extraña e infatigable, como ajena a mí, que me hizo descubrir durante esos cinco años en la universidad, que yo era, para felicidad y fatalidad de todo lo que vendría después, un lector.

En quinto año de Letras empecé a enseñar literatura en bachillerato. Eso, lejos de hablar bien de mi preparación académica, habla muy mal de las exigencias pedagógicas del país. En fin. Una suplencia de dos semanas se me convirtió en otro eslabón de la causalidad. De nuevo una situación accidental me condujo esta vez a ese espacio del salón que jamás imaginé ocupar algún día, pero donde permanecí 11 años enseñando literatura en colegios y universidades con muchos momentos de felicidad no escasamente correspondidos por mis alumnos. Mi modestia, que en realidad era absoluta conciencia de mis limitaciones docentes, me hacía decirles a mis amigos que yo no era profesor, sino un lector a quien le pagaban para que hablara de sus lecturas. No era exactamente así, pero me agradaba repetírmelo. Escuchar la resonancia de la palabra lector como si se tratase de una condición heroica, una forma de destino o de sentido, que aún estaba por descifrar.

El imaginario heroísmo se desplomó cuando empecé a preocuparme más por descifrar lo que contaban los libros que lo que me sucedía del otro lado de mis lecturas. Estoy hablando, sí, de esa especie de quijotismo involuntario por el que se desbarrancan los lectores desagradablemente emocionales. Nihil sub sole novum. Comparada con la modorra de vida que llevaba hasta esos años iniciales de la carrera, la literatura no sólo se me transformó en suspensión y escape, sino en encierro. Y en algo todavía más pernicioso: en libreto. La identificación con ciertos personajes podría ser divertida de a ratos. Ya no tanto cuando al querer simular –o aguardar– una vida ficticia terminaba por provocarla en la realidad. Tomar como modelos de conducta al Corcho de Piedra de mar no resultaba muy saludable para una pronta salida de la inmadurez; tampoco figurarse un Martín Romaña, sobre todo cuando uno es peruano y profesor, y de pronto aparece, o uno se esfuerza en que aparezca, una Inés del alma mía, luz de donde el sol la toma, o la mismísima Octavia de Cádiz. De allí al Prozac hay pocos milímetros de angustia. Era insano pretender que mis relaciones amorosas se parecieran a la de la Maga y Horacio porque a la larga me condenaba a ese dolor sin bordes en el que sólo quedan los piolines, las palanganas y la ventana abierta del manicomio. Llamar a una novia Maga, como lo hice, como sé que muchos lectores jóvenes y entusiastas han hecho, me parece ahora una ingenua irresponsabilidad, un exceso de romanticismo que raya en la insensatez: la Maga es la mujer que se va para siempre. No hay que jugar con el espectro porque se llega a serlo, advierte la cábala, y con más poesía lo anunció el romanticismo alemán: “Merece lo que sueñas”. Y yo empecé a merecer, a padecer, sueños prestados y ficticios de unas historias que poco tenían que ver con mi vida, y que luego lo contaminaban todo, confundiendo vida privada y literatura, con las desafortunadas consecuencias que ese tipo de entreveros acarrea.

La literatura, además de cercanía y conocimiento, de distracción y guarida, era cada vez más un contaminante de esperas absurdas, de riesgos imaginarios, de tristezas postizas, que dolían y se prolongaban ad nauseam. Corrijo: la literatura no, sino la lectura que yo me obligué a hacer de la literatura. Era comprensible entonces que los obstáculos, tan necesarios en las tramas narrativas, se me convirtieran en paradigma y desconsuelo; con la inevitable conclusión de las pérdidas prefabricadas. La ficción me fue llevando a estados que poco se diferenciaban del vicio o la enfermedad. De ese modo iba entendiendo, y viviendo, la inmensa paradoja de la novela de Cervantes: el más célebre libro de literatura no sólo incluía las virtudes y riquezas de la ficción, sino también ese peligro nada ajeno a la tragedia que ocasiona confundir la lectura con la vida. Esa tentadora adicción que puede llevar al placer de los libros o al despeñadero psíquico. El manido homenaje a la lectura, a la locura, revela su doblez en la desoladora respuesta que le da don Quijote –en realidad la voz es ya de Alonso Quijano– a un Sancho que lo incita a levantarse de la cama y seguir combatiendo a los gigantes: “En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”, pronuncia el caballero moribundo, como para despedirse de un mundo en el que se resistió a vivir sin la armadura de una falsificación libresca.

En esa alteridad progresiva anduve durante más de quince años, hasta que todo estalló con los Detectives salvajes. La leí absorto, como en un estado de sonambulismo, hace ya algunos meses. Luego de llegar a la ventana punteada –después de ese viaje alucinado hacia el desierto de Sonora con Arturo Belano y Ulises Lima– renuncié a mis clases, terminé una relación afectiva de dos años y me volví literal y literariamente una porquería. El libro fue un detonante; un hacha que terminó de romper el mar de hielo, de múltiples y afilados hielos, que llevaba dentro, como le gustaba imaginar a Kafka. Esos dos poetas creados por Bolaño, que no escribían literatura sino que la vivían con toda la aventura, el absurdo y la desolación del mundo en su interminable fuga y búsqueda de la belleza, se me develaron como un agujero negro por el que se esfumó el único piso sobre el que arrastraba mi tambaleante escepticismo. Así se desvaneció definitivamente mi confianza en lo que durante tanto tiempo era mi escape, mi celebración, y que ahora se manifestaba como una severa amenaza. Volví a escuchar la resonancia de la palabra lector en mi vida, pero ya no como heroísmo, sino como una confabulación contra la cordura y la alegría, como una hemorragia que aún no cesa. Si en literatura, como escribiera Bolaño, hay que adentrarse en la oscuridad y mantener los ojos abiertos pase lo que pase, admito mi cansancio, mi desesperanza; confieso que mis párpados han caído, que ahora sólo quiero que enciendan la luz. 

Lo mejor es dejar las cosas hasta aquí porque en realidad las cosas sólo han llegado hasta aquí. Nunca me he sentido escritor. He carecido de esa entrega a la escritura que es una de las condiciones para empezar a serlo, o al menos, para iniciar ese otro descenso en la oscuridad que es al mismo tiempo un ascenso al resplandor. Lo que sí siento es que soy un lector que ya no sabe cómo dejar de serlo. Que ignora incluso si desea esa renuncia, ese desgarramiento final. Un lector que debió seguir el consejo de Pancho y no llegar a este exhibicionismo de las heridas, a esta tristeza de diván.

Pero ya el daño está hecho.        

Por Luis Yslas

6 de marzo de 2008

       

 

comentarios (2) >> feed
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escrito por Amy, agosto 27, 2009

Caramba! Ud acá removió hasta sus honestos "desvaríos" Interminables... y muy bien puestos. Como el "Eterno retorno" que infinitamente parece que empezará otra vez: Un ritual desde el útero de la literatura. Un lector (y escritor) exiliado y desbocado en su afán por no querer sentir el presentimiento de lo que hace rato, lo llama.
Sé, por la fecha, que ha pasado tiempo desde esto... Pero igual suscribo lo anterior, si aún cabe.


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escrito por luisyslas, agosto 28, 2009

Gracias por pasearse por ese examen. Por el comentario a mis desvaríos, estimada Amy.

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